La fidelidad a lo imposible: Vargas Llosa y “La Historia de Mayta” | Christian Espinoza Parra

Por Christian Espinoza Parra

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

Portada de la primera edición de “Historia de Mayta” de Mario Vargas Llosa.

El límite entre la invención y lo real es el autor, porque a la vez que se ubica en el plano imaginativo, también se ubica en nuestro mundo, hecho esencialmente de mentiras que, a diferencia de la literatura, no tiene como trasfondo una profunda verdad, sino una amarga desilusión. Como si a nuestras tragedias personales se añadiera otra: la autenticidad de don Quijote se encuentra en que no existió nunca, y con tal fuerza nos golpea su inexistencia que estamos seguros: este mundo no sería lo mismo sin él. La inexistencia de don Quijote es la existencia de lo real, debido a que el gran arte hermana a los seres humanos al enfrentarnos por igual a nuestros demonios y a nuestra bondad. Y somos quijotescos porque nuestro afán de totalidad es, por principio, levantarnos sobre la muerte y burlar el olvido; y como tarde o temprano seremos derrotados inventamos, imaginamos.

De todos los infinitos caminos de la imaginación se elige uno, y algún dios convierte los demás en las páginas todavía no escritas de su Libro de arena. El hombre es, de cierto modo, una página todavía no escrita. De ahí, si el autor es el límite entre la invención y lo real, el lector es el intermediario entre el autor y lo real, para que la ficción hable sola, sobreponiéndose a la muerte y al olvido. Esa es la razón de aquella afirmación de Carlos Fuentes: «Cada lector crea su libro, traduciendo el acto finito de escribir en el acto infinito de leer». La literatura, por tanto, no es como cree Vargas Llosa, un aliciente de la vida, al contrario, la trasciende en su mismo plano existencial, sin crear mundos superpuestos o ultraterrenos, sino redescubriendo este que se abre ante nuestra mirada perpleja, cuando observamos lo aparentemente inobservable. La realidad supone la certeza de todo lo que tenemos, pues, como decía la filósofa María Zambrano, se opone a la realización de lo que deseamos; la literatura, en cambio, supone la duda de lo que creamos, porque admite todo lo que deseamos.

Ejemplo rotundo de lo anterior es Historia de Mayta, de Mario Vargas Llosa, una novela ambientada durante un tiempo de reivindicación violenta en América Latina, y narrada a partir de la reconstrucción que el álter ego del autor hace del periplo vital del revolucionario Alejandro Mayta, con el uso del perfil periodístico y la estructura del relato policial, para levantar los innumerables testimonios de quienes lo conocieron y trataron, descubriendo en su labor que la naturaleza de la ficción traiciona la experiencia vivida.

Aires de revolución

¿Es tan ingrato este país que con el mínimo movimiento cualquiera se vuelve extranjero, como el ferrocarril que une Lima con Jauja, el campo con la ciudad, pero que sigue dejando por encima de metros y metros de cordillera la herida de la distancia? Tal es el Perú de Mayta por el que debe hacerse el camino de la revolución, y porque «si uno vive en Lima tiene que habituarse a la miseria y a la mugre o volverse loco o suicidarse». El problema es que todo revolucionario corre el riesgo de perder los impulsos y quedarse en las palabras. Pero ¿sé es revolucionario sólo a través de las palabras?, ¿hasta qué punto una acción vale más que mil palabras?, y ¿hasta qué punto una palabra resulta un acto?, ¿puede Marx de verdad solucionarnos tantas preguntas? «Disparar una metralleta es más fácil que la tesis de doble poder», le dice el subteniente Vallejos a Mayta.

La novela nos muestra que el revolucionario vargasllosiano encarna tanto una causa justa por la que debe morir, como la corrupción de esa causa a la que se le sobrepone la normalidad y sus formas coercitivas —prejuicios, ceguera ideológica, instituciones, imperialismo—. Finalmente, el revolucionario vencido y humillado, arrastra consigo, no su causa, sino sus miserias, desplegadas la mayoría de las veces por móviles de índole sexual que el sistema azuza sin miramientos, hundiéndolo en el anonimato. Pensemos en Galileo Gall, Alejandro Mayta y Roger Casement. El descreimiento del autor con el personaje del revolucionario en general, motivado por su desengaño con la izquierda y la lucha armada, permite dos cosas: la desmitificación del revolucionario como santo laico y un discurso, posiblemente inconsciente, pero bastante pesimista, sobre la imposibilidad de la integridad humana. Es muy posible, entonces, que la gran obsesión del universo de Vargas Llosa sea el corrompimiento como el arma más eficaz de un sistema que se legitima así mismo, asimilando a los individuos a través del poder y la sexualidad.

Al propio autor le ha pasado: su ficción («Herbert coincidió totalmente con él, al comprobar que la verdadera razón de la presencia de los europeos en el África no era ayudar al africano a salir del paganismo y la barbarie, sino explotarlo con una codicia que no conocía límites para el abuso y la crueldad») ofrece una diatriba progresista contra la atroz uniformidad mundana provocada por el poder. En tanto, su ensayo («Aunque en cuestiones económicas y políticas Ronald Reagan y Margaret Thatcher tenían una inequívoca orientación liberal, en muchas cuestiones sociales y morales defendían posiciones conservadoras y hasta reaccionarias… hechas las sumas y las restas, estoy convencido de que ambos prestaron un gran servicio a la cultura de la libertad») lo laurea y lo objetiva sin desparpajo.

Por su parte, Carlos Fuentes asegura que «sí hará falta, siempre, revocar, por magníficas que sean, las pretensiones poéticas o políticas (Rimbaud: hay que cambiar la vida; Marx: hay que transformar el mundo) por la revolución que relativiza las cosas, pluraliza el mundo y renuncia a la ilusión de la totalidad, tan similar a la palabra totalitario». La revolución del siglo XXI asegura, garantizará la búsqueda de la armonía, de la tolerancia, de un nosotros en el ámbito político, social, étnico, sexual, religioso, etc., siempre y cuando ese nosotros valga por el valor que le demos a la diferencia de cada uno.

Y para lograr ese gran cambio, Mayta se pregunta si la fe es incompatible con las dudas. Creo que la respuesta aproximada sería una especie de extrapolación de ambos términos: fe, la fidelidad a lo imposible, y duda, la necesidad de incertidumbre que permita la crítica y la autocrítica desde una perspectiva que, en mayor o menor medida, aliente el radicalismo como una fuente inagotable de pensamiento que clama y previene las ortodoxias. Se podría ponerlo de la siguiente manera: el creyente se resigna, el revolucionario se cansa y, a la larga, la resignación del creyente es cansancio de fe y el cansancio del revolucionario es resignación de su revolución. El revolucionario necesita de fe para su revolución, la creyente revolución para su fe, pero una fe verdadera, honesta no reside en abstracciones, reside en que el hombre crea en sí mismo.

El narrador (casi) siempre es el protagonista

Mario Vargas Llosa, escritor peruano, Nobel de Literatura Data: 09 de maio de 2016 Local: Teatro Cetip-Complexo Ohtake Cultural (Fuente: https://bit.ly/2MhKh1G)

En su libro Cartas a un joven novelista, Vargas Llosa define al narrador como «un ser hecho de palabras, no de carne y hueso como suelen ser los autores…», que «vive en función de la novela que cuenta y mientras la cuenta (los confines de la ficción son los de su existencia) …». En Historia de Mayta hay dos principales: primera persona para el álter ego de Vargas Llosa, un narrador-testigo que abre la novela desde los basurales del malecón de Barranco, en Lima, y el mismo Mayta, que a medida que avanza el relato se cuenta así mismo. Pero el primer narrador en primera persona está contaminado por la tercera persona equisciente —narrador no omnipotente como la tercera persona, ya que sólo sabe lo que sabe uno o unos determinados personajes, o sea, su conocimiento depende del conocimiento de sus seres narrados—. En esta novela, el conocimiento del álter de Vargas Llosa está determinado por lo que sabe de Mayta. No se mete en ninguna otra cabeza que no sea la de su biografiado.

El narrador inicia en primera persona y pasa a la tercera persona equisciente con Mayta, sin dejar de encarnar la voz del álter ego de Vargas Llosa. Pero, justo cuando el lector llega a un punto de tensión donde la sexualidad del protagonista se problematiza, carcomiéndolo interiormente, es la voz de Mayta la que asume la responsabilidad de narrarse así mismo, aunque permanezca con resabios del álter ego de Vargas Llosa. En negrita se encuentra el narrador en primera persona para diferenciarlo de Mayta:

“—¿Y entonces por qué no querías curarte? — repitió Adelaida.

Quiero ser el que soy tartamudeé. Soy un revolucionario, tengo pies planos. Soy también maricón. No quiero dejar de serlo. Es difícil explicártelo. En esta sociedad hay unas reglas, unos prejuicios, y todo lo que no se ajusta a ellos parece anormal, un delito o una enfermedad. Pero es que la sociedad está podrida, llena de ideas estúpidas. Por eso hace falta una revolución ¿ves?

—Y, sin embargo, él mismo me había dicho que, en la URSS, lo hubieran metido a un manicomio y en China fusilado, que eso es lo que hicieron con los maricones— me dice Adelaida—. ¿Para eso quieres hacer la revolución?”

Estos dos narradores tienen elementos comunes: se emparentan mediante la basura que infesta su cotidianidad en un plano físico y existencial, en el cuestionamiento sobre la integridad del individuo o su inevitable corrompimiento, en el reclamo iracundo hacia el academicismo de hielo de los potenciales revolucionarios que niega desde una caricia, hasta las pulsiones sexuales y la posibilidad de disparar una metralleta.

Un excelente ejemplo de historias cruzadas o vasos comunicantes está en las páginas de la 219 a la 221, en la edición DeBolsillo, colección Contemporánea, las cuales conjugan el lenguaje serio e informativo de Mayta, cuando es obligado a mentir en su carta de renuncia del partido, el POR(T), y en un solo plano espacial y temporal el autor funde los narradores, y el pasado y el presente con esa marcha de tintes fascistas de la Junta Militar de un Perú con resonancias distópicas, que el álter ego del escritor, al reconstruir la vida de Mayta, mira por televisión. Este instante muestra a una revolución sustituida por un burocratismo execrable de los supuestos revolucionarios y las parafernalias hitlerianas y estalinistas de la marcha militar. Lo uno como resultado de lo otro. Ejemplos abundan en las páginas: 201, 204, 206, 215…

Pero es en las páginas 245 a la 246, en donde se encuentra una de las formas más acabadas de la técnica de diálogos telescópicos —que consiste en replegar mediante las acotaciones de diálogos una conversación que mantienen o mantuvieron personajes en diferentes épocas y/o espacios, quienes se emparentan por medio de un personaje común, un estado anímico o un dato escondido—, que en esta novela anula por fin el pasado, el presente y el futuro.

Por otro lado, lo que importa del secreto de Mayta, más que la imagen o las palabras, es el ímpetu que en sí mismo posee el secreto, y ese sentimiento de morbo y admiración desprendido al hacernos partícipes de la intimidad del protagonista. En la página 235 se describe el matrimonio de Adelaida con Mayta, idilio deformado lentamente en una espiral de pólvora y muertos, ya que parte de la violencia incrustada en el secreto es que una vez descubierto por la sociedad, la condena es metafóricamente una bala en la cabeza.

“Se casaron a las tres semanas, por lo civil, en la municipalidad de Lince. Entonces empezó a conocer al verdadero Mayta: bajo el cielo purísimo y sobre los techos de tejas rojas del Cusco ondean cientos, miles de banderas rojas, y las viejas fachadas de sus iglesias y palacios y las antiquísimas piedras de las calles están enrojecidas con la sangre de los recientes combates. Al principio, no entendió bien eso del POR… ¿Han comenzado los fusilamientos de traidores, soplones, torturadores, colaboradores del viejo orden, en la hermosa plaza de Armas donde las autoridades virreinales descuartizaron a Túpac Amaru? Mayta se lo explicó: el partido revolucionario era todavía pequeño”.

En el Capítulo I, la novela se cuenta en presente del indicativo para el ahora y pretérito perfecto para los recuerdos de Mayta, creando una brecha nostálgica entre ambos. Ya en el Capítulo II, los diálogos telescópicos son tratados con tanta soltura que la oficina de estilo neovirreinal del doctor Moisés Barbi Leyva y el centro clandestino del partido POR(T), en el jirón Zorritos, se conectan en un único espacio, como dos escenas de una película sucedidas sin transiciones, mediante una elipsis bien lograda. Los detalles de los ambientes con cosas desparramadas por el piso y las paredes son importantísimos. La guarida de los revolucionarios muestra así su derrumbe anímico y su precaria situación económica, en tanto, el edificio de Leyva, que el éxito profesional de ese viejo ex camarada es su más grande fracaso, su promesa siempre inconclusa. En el Capítulo VIII, Vargas Llosa realiza un truco de prestidigitador, haciendo como si don Ezequiel continuara sus movimientos del pasado en el presente, y por medio de una elipsis sutil, vemos que esos movimientos seguían ocurriendo en el pasado, pero eran de Mayta esta vez. Estos recursos le permiten al autor descolocar espacio y tiempo, haciendo de la forma una analogía con el estado social convulso del Perú y la intimidad atormentada de Mayta, gracias al tono particular de los narradores que van matizándose y conformando sus personalidades, al relevarse uno tras otro para contarnos la historia. Este descoloque espacio-temporal es posible, además, por preguntas, adjetivos, nexos gramaticales y fragmentos de frases, intercalados a lo largo de la narración, casi siempre sin sujeto y que, por tanto, pueden ser aplicados al álter del autor o a Mayta, fungiendo como puentes dentro del andamiaje narrativo y la construcción de ese personaje novelesco tan importante llamado narrador. En la página 230, Vargas Llosa prepara el terreno para uno de los mejores saltos espaciales de la novela y cuando sucede el lector atento puede notar que solamente el uso del adjetivo posesivo «mío», en medio de las líneas dichas por el álter ego del autor, lo hacen dueño de su propia voz, caso contrario, ésta podría ser la de Mayta.

En el siguiente ejemplo se encuentran en negrita los puentes que posibilitan el juego de narradores:

“Lo que había dicho Joaquín lo tomó tan de sorpresa que Mayta no atinó a decir nada: salvo a encogerme. ¿Por qué me sorprendía tanto? ¿No era algo que, en un repliegue secreto de la mente, estaba siempre temiendo que surgiera en todos los debates, súbito golpe bajo que me quitaría el aire y lo dejaría baldado para el resto de la discusión? Con un calambre en todo el cuerpo, se acomodó sobre el alto de periódicos y, sintiendo una oleada solar, asustado, pensé. “Anatolio se pondrá de pie y confesará que anoche dormimos juntos”. ¿Qué iba a decir? ¿Qué iba a hacer?

La sexualidad problematizada

Historia de Mayta, como muchas novelas de Vargas Llosa, reinserta la sexualidad como una expresión que enriquece la creatividad al integrarse a los demás actos cotidianos de cada individuo. Sin embargo, el poder convierte el sexo en un quehacer burgués válido nada más para las clases altas. Por ejemplo, el trío de burgueses en Cinco esquinas. Los demás pueden si es moralmente aceptable.

El móvil de los personajes de Vargas Llosa deambula, muchas veces, en la órbita sexual, porque en lo que respecta a su modus vivendi, son seres problematizados en la esfera pública, aplastados, marginados por la verticalidad del poder. Es decir, el sexo es un contrapoder, una forma de luchar. La única utopía privada posible, tal como lo concibe don Rigoberto en Elogio de la madrastra, o Paul Gauguin en El Paraíso en la otra esquina. Si Mayta anhela esa «otra revolución» con la que la humanidad irá hacia un verdadero progreso humano, conciliado con la libertad, también debemos asumir la plenitud de la sexualidad, negada hacía tanto por el cristianismo que ha vituperado contra el cuerpo, encerrándolo en una burbuja de falsa moral y convenciones sociales.

El cuerpo como principal víctima del mecanismo de castigo forma parte indivisible del concepto de pecado que legitima la adoración de las abstracciones religiosas («Y si tu ojo te hace pecar, arráncalo y tíralo. Es mejor que entres en la vida con un solo ojo, que, teniendo dos ojos, ser echado en el infierno de fuego», se puede leer en el Evangelio según san Mateo) que, a más confusas, más adoradas, como la Santísima Trinidad o la omnipotencia de Yahvé. En pocas palabras, es creer en dios para desconfiar de nosotros mismos. Creer en dios para delegar la responsabilidad de todos nuestros actos, incluida nuestra propia felicidad, a un ente ininteligible, cuyo nombre, Yahvé, se traduce en el Éxodo como «Yo soy el que soy».

La univocidad bíblica de la sociedad empezó desde el nombre de dios, uno tan sagrado que nadie, aun en la eternidad, sabría interpretar. En Historia de Mayta, el protagonista comprende que es responsable de la ejecución de cada de uno de sus actos en unas determinadas circunstancias, e intenta cambiarlo todo, y ante la imposición de «Yo soy el que soy», dice definitivo: «Quiero ser el que soy». Por eso, la condena de la búsqueda de Mayta debe radicar en un categórico «no ser» frente al deseo de «ser»; una nada política, mas no metafísica. La nada del desaparecido, el cruel y concreto anonimato, por irónico que sean estos dos últimos términos.

La sexualidad en la obra de Vargas Llosa se presenta de las siguientes tres formas:

  1. Aliciente vital: cuando la lucha de los personajes termina en su bancarrota moral, dejándolos a la merced de unas pasiones que obedecen al deseo de una soterrada libertad que los arranca, durante unos minutos fugaces, del sistema represivo, causado por aquel quehacer político que contamina la vida. En El sueño del celta, Roger Casement, consciente de sus fracasos, se entrega a bacanales de sexo y decadencia, en la medida en que hacerlo resulta un paliativo de su fracaso vital.
  2. Una política de los cuerpos: presente en varias de las novelas de Vargas Llosa, aunque uno de sus ejemplos más acabados lo encontramos en la tiranía de Rafael Leónidas Trujillo, en La fiesta del Chivo, que muestra la sexualidad como una política de control de la fidelidad de los hombres del dictador dominicano, quien se acuesta a propósito con novias, esposas e hijas ajenas, mientras en Conversación en La Catedral, Cayo Mierda emplea una diplomacia sexual en la casa del placer de La Musa para mantener a raya a unos desatados y felices senadores, diputados y empresarios que se regocijan con sus respectivas muchachas y muchachos. Si bien, La fiesta del Chivo narra la dictadura puertas adentro y Conversación en La Catedral la narra puertas afuera, a la larga, el palacio de gobierno y la ciudad es uno solo, cuando la política de los cuerpos ocasiona el empobrecimiento de una sociedad, al convertir las miserias íntimas en una política de Estado.
  3. Un nuevo despertar hacia la vida: los personajes de Vargas Llosa en muchas de sus novelas se abandonan a sus pasiones, como si desearan alcanzar, a través del cuerpo, una parcela de conocimiento que no da la lectura de filosofía o de literatura, ni la contemplación de un cuadro o de una película. En un pasaje de El sueño del celta, un joven Roger Casement se baña desnudo cerca de un paraje verdoso de África, con una cascada de aguas claras de fondo. Pero, al rato, descubre que de entre los arbustos lo mira un nativo. Ambos se habitan mutuamente, transmitiendo al lector un erotismo en estado puro: una carta que naturaliza el cuerpo y nos lo entrega como saber (realidad profundamente razonada) por medio de la ficción, gracias a la libre imaginación dada al lector.

Postdata

Martín Caparrós escribió que una vez, en una caverna, hace tiempo ya, el hombre se cansó de oír los ruidos de afuera, de temerle a las fieras y al frío, y luego de contemplar largo rato a su compañera, la acarició, la besó. Ambos hicieron el amor «cara a cara», de manera frenética, pero apacible aquella noche. «La civilización es descuidarse», remata Caparrós. Entender así la palabra civilización sería despertar de nuevo hacia la vida, porque la única moral válida debería permitirnos elegir el bien y el mal a la medida de cada uno, descuidarnos sin que los otros asuman interminables juicios.

 


Christian Espinoza Parra (Cuenca, 1996). Es comunicador, subcoordinador de Catarsis y colaborador del diario digital Nuevo Tiempo en la sección de cine Eriales perdidos. Escribe para Los Cronistas.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s