El padre de los cuentos japoneses | Richard Jiménez A.

Por Richard Jiménez A.

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

Ryūnosuke Akutagawa (Fuente: https://bit.ly/3pH5pwr)

Akutagawa, de nombre Ryūnosuke, que significa “hijo del dragón”, tuvo una vida signada por la genialidad en su labor como escritor y por la tragedia que lo terminó de devorar desde que su madre cayó en la psicosis; la locura de su progenitora lo condicionaría para siempre. Experto en cuentos cortos, aparecidos en revistas y periódicos de la época, tan prolífico que es considerado como “el padre de los cuentos japoneses”. Fue discípulo de Natsume Sōseki, uno de los autores que mejor introdujo en su obra la inestabilidad que ocasionó en la sociedad nipona la apertura a occidente, desde la era de restauración Meiji. Akutagawa perteneció a la generación neorrealista y estuvo muy interesado en la vida del Japón feudal, su obra predijo la crisis de valores que llevó a los japoneses a su propio fascismo. Según Jorge Luis Borges, quien prologó varias de sus obras, “La extravagancia y el horror están en sus páginas, pero no en el estilo, que siempre es límpido”.

En el quehacer de Akutagawa no solo se muestran casi todas las etapas de la literatura japonesa, ya que al autor no se le hacía complejo trabajar con varios periodos de tiempo y distintos momentos culturales. También es reiterativo el lirismo satírico, la crítica social, lo grotesco y la ironía. Como ejemplo de ello se podrían colocar a las historias “La nariz”, “Sémola de ñame” y “Kappa”.

El protagonista de “La nariz”, Gran Capellán Zenchi, de la Corte Imperial, nos recuerda el “Érase un hombre a una nariz pegado” de Francisco de Quevedo. Un pobre hombre al cual su nariz le causaba desasosiego. Los métodos poco ortodoxos que utiliza para tratar de encoger su apéndice causan gracia: untarla con orina de ratón, hervirla y luego pisotearla. La reflexión se suscita por el tema del cambio, pues al conseguir encoger su nariz, y al no estar la gente habituada al nuevo rostro, Zenchi se granjeó aún más burlas.

En “Sémola de ñame” el autor nos sitúa en la época del Reino Imperial. Un oficial de quinto rango, al servicio de Fujiwara Mototsune, es un sujeto tan insignificante que ni siquiera merece un nombre en el relato, dentro de la historia se lo conocerá por su rango “Gol”. El oficial es ignorado y despreciado por los demás, es tomado como recipiente de bromas pesadas. Para él su existencia cobra sentido al buscar la forma de hartarse con un manjar: sémola de ñame. Por fortuna el oficial no solo suscita burlas; Fujiwara Toshihito, hijo de Mototsune, apiadado le da la oportunidad de cumplir su sueño.

Sin duda “Kappa” es una de las obras mejor logradas y sobresalientes de Akutagawa, escrita en dos semanas y casi llegando a la nouvelle, es el perfecto paradigma de una sátira social bien conseguida. Según la autora Susan Napier, se podría decir que Kappa es “la primera novela distópica en toda regla de Japón”. La historia está narrada por un paciente psiquiátrico del que no conocemos su nombre, tan solo es llamado “Número 23”. El hombre afirma haber viajado a la tierra de los kappa o kawatarō, unas criaturas variedad de yōkai pertenecientes al folklore japonés. Mediante irónicas viñetas se van presentando estos seres humanoides con forma de rana, también se muestra toda su organización social llena de vicios y virtudes. Se cree que el propio Akutagawa y su pensamiento están representados en Tokku, un kappa poeta y pesimista que se había suicidado y se presenta a Número 23 a través de la nigromancia. Tokku admira a los escritores y filósofos que se han quitado la vida, como Heinrich von Kleist, Philipp Mainländer y Otto Weininger; estima a Michel de Montaigne, quien justificó la muerte voluntaria, no así a Arthur Schopenhauer, quien a pesar de ser pesimista no se suicidó. Es curioso saber que nuestro autor feneció el mismo año de la publicación de Kappa, es por ello que el aniversario de su muerte es conocido como “Kappaki”.

En los cuentos de Ryūnosuke Akutagawa es posible observar un amplio conocimiento sobre temas relacionados con el budismo y sintoísmo, no es difícil encontrar en sus páginas desfilando a deidades, bodhisattvas y monjes. En “Los días de vejez del venerable Susanoo”, el nombre del personaje principal es sacado de la mitología japonesa; así como la mención a Takamagahara, residencia de los dioses en el sintoísmo; y las terribles pruebas al posible yerno de Susanoo, típicas de un “viaje del héroe”. En cambio, en “El hilo de araña”, tenemos presente al mismísimo buda Sakyamuni quien, desde su residencia en el Paraíso, se compadece y pretende ayudar a un célebre malhechor a escapar del fondo del averno. La perfecta ironía se produce cuando Kandata gana la simpatía del buda al no matar a una simple araña, por ello cae desde el Paraíso un hilo para que pueda trepar. Kandata trunca la hazaña cuando su corazón de pecador se llena de egoísmo al no dejar subir a otros condenados, por miedo a que se rompa el hilo, lo que al final sucede. En “Figuras Infernales”, cuento narrado por un sirviente del Señor de Horikawa, tenemos al pintor Yoshihidé, orgulloso y sacrílego, quien condena su alma al olvidar lo humano en aras de la pintura. Le es encargado pintar un Biombo de las Figuras Infernales, que represente las torturas que existen en el Infierno y los martirios provocados por los demonios. Por sus decisiones y actos deplorables le toca presenciar la inmolación de su propia hija para alcanzar la perfección en su arte; lo que también le acarrea condena, locura y muerte.

Siguiendo el tema de la religiosidad y creencias, Akutagawa también explora, y lo hace de gran forma, en el cristianismo occidental o, mejor dicho, el cristianismo introducido en Japón por los misioneros. Es por ello que escribió cuentos como “Ogin”, en donde se nos presenta un grupo de cristianos perseguidos y epifanías de santos y ángeles. La tragedia de la campesina Ogin, huérfana y ex budista, se soluciona cuando la joven abjura de su nueva religión, no por miedo al cadalso, sino por su deseo de poder acompañar a sus padres no bautizados en el Infierno.

Digno conocedor de la literatura y representantes de la época Edo, y exponentes de la literatura clásica china, tenemos ejemplos como “La iluminación creadora”, básico si se quiere entender los dramas que puede enfrentar cualquier escritor. Akutagawa utiliza la figura del novelista Takisawa Sakichi, “Bakin”, para hablar de problemas como la crítica, cuando es positiva y negativa; el ego del autor y su tendencia al ensalzamiento; el peso de la tradición, que puede mermar los deseos de avanzar; la falta de originalidad y la tendencia a la repetición de lo ya hecho, que podría resultar en plagio; la presión de los editores, los tiempos y la producción bajo demanda; la desconfianza en la propia obra, el fantasma del fracaso y la imposibilidad de heredar algo trascendental a la posteridad y el problema con la censura y los censores, quienes coartan la creatividad. Al final, el momento previo a la inspiración creadora le viene a Bakin a través de su nieto Taro, quien le receta para su labor como escritor el trabajo duro, no dejarse llevar por los momentos de cólera y tener mucha paciencia.

Akutagawa en ningún momento renunció a la tradición, fue astuto al aplicar técnicas modernas a sus adaptaciones de historias tradicionales del feudo; es por ello que el costumbrismo está abordado de una manera diferente. Por ejemplo, en “Villa Genkaku”, dentro de una típica casa, salvo que ésta es de apariencia “presumida con una puerta discreta”, vive una familia tradicional que tiene en agonía al jefe del hogar. Hasta ahí podría tratarse de un conflicto familiar como cualquier otro, sin embargo, el mal olor del tísico Genkaku, la presencia de una concubina que quiere brindar su ayuda y la malicia de la enfermera Koono, regocijada por los problemas humanos, sal pimentan la trama. En “Castidad de Otomi” el lector deberá trasladarse al primer año de la era Meiji, a la ciudad de Ueno, y experimentar la desolación y asedio previos al cruento enfrentamiento entre el Gobierno y la banda de Shogi, fieles al shogún. Por el otro lado tenemos, en una misma vivienda, a un gato, un mendigo y una fiel criada. 20 años después de lo acontecido al resguardo de la lluvia, aún queda la interrogante para ambos de por qué ella iba a entregar su virginidad a cambio de la vida de un gato y por qué él decidió no tocarla. En “El pañuelo” el profesor Kinzo Hasegawa, de la Facultad de Derecho de la Universidad de Tokio, recibe la visita de la señora Nishiyama Kenichiro, quien le comunica que su hijo, y ex alumno del profesor, ha muerto de peritonitis. Pero ahí no queda la cosa, el inmaculado e imperturbable semblante de la madre, que oculta su profundo dolor y solo es traicionado por un pañuelo que estruja su mano y que manifiesta su llanto “con todo el cuerpo”, le demuestra a Hasegawa que el espíritu del Bushido está intacto y que en verdad es necesario tenerlo presente para que Japón avance en el ámbito espiritual y le sirva como medio de comprensión de occidente.

No se puede hablar de Akutagawa sin mencionar “Rashōmon”, su cuento más conocido, que incluso llegó a la pantalla grande, junto con “En el bosque”, de la mano del gran director Akira Kurosawa. En “Rashōmon” se recupera el clásico Konjaku Monogatarishū japonés, una antología de más de mil historias escritas en 1120. En dicho relato se describe la decadencia de las tradiciones niponas, además de la ambigüedad moral de los seres humanos y la presencia de las encrucijadas angustiosas de tipo existencial. El cuento toma su título de la puerta de Rashōmon, la que fuera la más grande de las dos puertas de Kioto durante la era Heian y en donde eran arrojados los cadáveres no reclamados. En aquel lugar, a propósito de un humilde sirviente que fue despedido y se debate entre morir de hambre o volverse un ladrón, y una anciana que roba el cabello de los muertos para confeccionar pelucas como medio de subsistencia, se baraja una cuestión filosófica: ¿es conveniente corromperse si de ello depende sobrevivir?

El fatal desenlace de Ryūnosuke Akutagawa estuvo sellado desde la muerte de su madre. Al quedar solo y ser adoptado por su hermano, su tía política se encargó de convencerlo de que heredaría la locura y la muerte. Él así supo que si enloquecía su vida dejaría de tener sentido. Afectado por las secuelas del gran terremoto de 1924 y por una disputa con el también escritor Junichiro Tanizaki, sobre las características que debería tener la nueva novela japonesa, en 1927 su salud se complica en demasía; fue víctima de una aguda crisis nerviosa, ansiedad, insomnio crónico, alucinaciones visuales y auditivas, violentos dolores de cabeza y paranoia. Ese mismo año decide poner fin a su vida con una sobredosis de Veronal, en su nota de suicidio dirá: “Pero la naturaleza es hermosa porque llega a mis ojos en su última extremidad…”

 


Richard Jiménez A. (Neal Moriarty). Escritor a ratos, Licenciado en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica del Ecuador y Máster en Estudios de la Cultura (Mención Literatura Hispanoamericana) por la Universidad Andina Simón Bolívar, sede Quito. Fundador y miembro activo de la Revista Literaria Independiente Matapalo y Revista Heptaedro. Ha colaborado en varios cafés filosóficos y recitales poéticos en Quito. Ha participado en talleres de escritura y lectura precedidos por escritores como: Huilo Ruales Hualca, Juan Carlos Cucalón y Raúl Serrano Sánchez. Investigador independiente, redactor de contenidos en Revista Súper Pandilla (suplemento para niños de diario El Comercio) y documentalista en diario El Comercio de Ecuador. Ha publicado una biografía novelada sobre el poeta Gastón Hidalgo Ortega, dentro del libro Los 7 que fueron cinco, y viceversa (2017).

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