¿Por qué es importante la ciencia ficción? | Giulio Bettino Guzmán Arce

Por Giulio Bettino Guzmán Arce

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde Perú)

 

La imposibilidad de acotar las características de un tipo de literatura nos lleva al campo aparentemente infértil de las definiciones. En el caso de la ciencia ficción podríamos decir, solo lo que, la conocida cita de Clarke, obtenida de Damon Knight, dice: “Ciencia ficción es lo que señalo y digo ‘Eso es ciencia ficción’”. Primero, sería necesario conocer sus límites para poder valorarla. Mucho más sólido que la necesidad comercial de etiquetas, es el hecho de ese nombre establecido por el uso del lenguaje y que ya nadie puede modificar aun si este nombre ha sido o no conveniente. La usucapión del nombre ciencia ficción no puede ser removida e incluye obras que no podrían ser estrictamente calificadas dentro de este género si recurrimos a la rigidez de la palabra ciencia. Carl Mitcham y Eric Schatzberg en el volumen 9 de Philosophy of Technology and Engineering Sciences, hubieran preferido llamar “con más precisión” a lo que conocemos como ciencia ficción como “ficción tecnológica”. Indican que la tecnología se volvería un término clave solo recientemente y ello influiría en esa denominación. La conclusión de Adam Roberts en su The History of Science Fiction también lo lleva a la definición de “ficción tecnológica” aunque en un sentido mucho más profundo de visión del mundo no solo de artilugios maravillosos.

Después de esas consideraciones podemos preguntarnos: ¿Qué hubiera sido diferente si el nombre ciencia ficción se hubiera limitado al rigor de las palabras que contiene? Podría decirse que acaso solo la ficción basada en la ciencia restringiría el contenido a solo el uso de teorías, experimentaciones o métodos científicos ficticios basados en efectos ficticios. ¿Existen esos tipos de relatos? Sí, pero son escasos y todos no poseen la pureza que esta definición pretende. El que se acerca más es la fría y bella ficción en forma de artículo de Asimov, Las Propiedades Endocrónicas de la Tiotimolina Resublimada. En este escrito de apariencia rigurosamente científica, encontramos ese requisito básico: un fenómeno ficticio y un desarrollo metodológico científico, en base a la experimentación y expresiones numéricas que la sustentan. Se trata de una sustancia que puede disolverse en agua antes de entrar en contacto, rompiendo nuestra causalidad (Hay muchos ejemplos de materiales ficticios entre los que encontramos el Dilithium, el Collapsium, etc. Con sus respectivas explicaciones ficticias). Eso es el sustento del relato y con ello posiblemente tendríamos un método de calificar una obra de ciencia ficción: si el factor científico se extrae del relato toda esa ficción perdería sentido. ¿Podría decirse lo mismo del tipo de obras que incluyen a Un mundo feliz por ejemplo? ¿No funcionaria igual la historia si cambiamos su tecnología ficticia por cualquier elemento fantástico? ¿No funcionaría igual la narración si cambiamos a los seres de La guerra de los mundos o la melange de Dune por monstruos o sustancias fantásticas en mundos fantásticos sin pretensiones futuristas o de especulación científica? Otro ejemplo cercano a la obra mencionada de Asimov también lo podemos tener de Picnic Extraterrestre de los hermanos Strugatski donde encontramos objetos que “violan la primera ley de la termodinámica”. También en la obra de Stanislaw Lem. Incluso se acerca Poe quien en su Eureka anticipa, aunque sin un consistente sustento científico respecto a la expansión del espacio, las teorías del Big Bang y el Big Crunch, en una proposición que es puro arte ficticio. Cuando uno lee epistemología uno desea que la ciencia ficción funcione en la conocida sentencia de Borges concluyendo que la filosofía de la ciencia es una rama de la ciencia ficción. Esa sería una idea de ciencia ficción, pero solo es un juego de definiciones, no se puede cambiar el uso que del nombre ya se tiene, el de reunir las extrapolaciones tecnológicas, las aventuras espaciales, las reflexiones fundamentales sobre la ciencia y la tecnología, etc. ¿Hubiera sido mejor restringir su uso a una forma de ficción que solo contuviera la profundidad de la ciencia o de su filosofía? ¿Eso les hubiera reservado respeto frente a los dictados de la academia literaria? Tal vez, pero el tiempo le está dando a este género un espacio más abierto en el que está ganando el reconocimiento que merece.

Hay escritores que se separan o se resisten a la etiqueta de ciencia ficción como Margaret Atwood o Kazuo Ishiguro, ganador del Premio Nobel aun cuando a veces parece apoyarla. Al final, resultaría que esos nombres solo han resultado perjudiciales a los escritores en busca de esos reconocimientos y algunos preferirían eliminarlas. La ciencia ficción ha sido más famosa o está en la idea general más representada por obras que entran usualmente en el Space Opera. Las naves y los rayos laser han ganado a las “lentas” reflexiones de los mundos que vendrán, de corolarios de la acción humana o del juego teórico y científico. Por ahí han ido Olaf Stapledon o Gren Egan, por ejemplo, al especular sobre la conciencia o el lugar del hombre en el universo. Por ello tal vez deberíamos decir que mucho de la ciencia ficción es solo historias de aventuras, de amor, de propaganda política, etc. con un fondo futurista o de ficción tecnológica.

Poseemos una idea de lo que es o debería ser la ciencia ficción y podemos acercarnos a fundamentar su importancia. Esto nos conduce a preguntarnos: ¿Qué deberíamos esperar de la ciencia ficción? ¿Qué nos ofrece? Sería bueno empezar por qué es lo que no podríamos obtener de su lectura. Creo que lo primero es negar la capacidad de plantear una crítica social correcta mediante la literatura y la cuestión de por qué la literatura debe ser un instrumento de crítica social o de formación de pensamiento. En su conferencia Literatura y política, Vargas llosa nos cuenta su queja al leer a Sartre aceptando que su novela La náusea no podía aportar en nada frente a un niño que muere de hambre. Vargas Llosa, aunque acepta que la literatura no puede cambiar el mundo no puede evitar salvar algo de sus anhelos juveniles, al intentar encontrar un pequeño efecto social o moral y atribuir un deber al escritor que extrañamente muchas formas de arte no cargan. Creo que es irrespetuoso hacer de la literatura un “instrumento”, como si fuera un martillo o un desarmador. Su representación me recuerda una imagen que está en el archivo fotográfico de la Biblioteca Nacional del Perú, donde un hombre usa un libro sobre una silla para salir más alto en la foto. ¿Por qué es empobrecedor que la literatura solo sea de entretenimiento? ¿Por qué algunos escritores y lectores se sienten vacíos si no encuentran en la ficción algo más? Mientras otras formas de arte que incluyen a la música, la pintura o la poesía pueden ser simplemente bellas a la literatura se le exige dar algo más para ser digna. La poesía solo puede ser eufónica, usar las jitanjáforas o la pintura poseer una bella composición abstracta pero la literatura debe aportar a la sociedad con la crítica o con el conocimiento del hombre, de su interior. Un deseo que es improductivo y que desprecia la importancia del entretenimiento que es el único camino y destino de la literatura y sobre el que Thomas Ligotti expresa concluyentemente “la literatura es entretenimiento o no es nada”. Puede tener un contenido inteligente, información científica, un vocabulario enriquecedor, pero es entretenimiento, intelectual, pero entretenimiento al fin. Esa es su principal importancia, la misma a la que se refería Aristóteles y Santo Tomas de Aquino, con la Eutrapelia. La virtud que debemos satisfacer sin culpabilidad, sin pensar que es una especie de necesidad deshonrosa o que debe escandalizar a la gente de la forma en que lo hizo San Juan evangelista al jugar con sus discípulos. El entretenimiento no necesita legitimación, es importante y una de las grandes formas que nos la proporciona viene por la literatura, y especialmente para nosotros, por la ciencia ficción. El hombre que no ama la literatura, la belleza de la palabra y el juego en lo formal, que necesita una justificación para su arte o para que se consuma y sea importante, debería cultivar la escritura que colme sus ambiciones sociales, puede ser el ensayo o un panfleto.

La exigencia de referirse a la sociedad y de intentar cambiarla o de educar o moldear moralmente a los lectores no podrá alcanzar su finalidad. Si lo intenta lo hará mal. Si yo quiero formarme consciencia social sobre las protestas políticas de los sindicatos, por ejemplo, no voy a recurrir a Germinal de Zola para formarme. Entender o cambiar la realidad recurriendo a la ficción o a la fantasía no parece ser una fórmula afortunada. Si quisiera formarme sobre el tema indicado podría ir a la lectura de Las Huelgas en Francia. 1830-1968 de Edward Shorter y Charles Tilly. Pero ¿No es acaso inseparable el hecho social de la mayoría de los relatos incluyendo la ciencia ficción? Claro, pero es inseparable también de lo psicológico, ya que en la mayoría está el componente humano, pero eso no significa que sean los protagonistas, que deben o pueden guiar la ficción exclusivamente.

Esa visión de la literatura, de herramienta, de instrumento, no ha sido honesta, así pasó con el realismo socialista, al que se debía llegar porque decían que el arte había sido corrompido por la civilización burguesa. Los escritores debían convertirse en “ingenieros de almas” y el arte por el arte era excomulgado como lo indica Raymond Aron en El opio de los intelectuales.

Es más fuerte que esos propósitos sociales o morales la belleza y esto lo podemos encontrar en la exposición que hace G. H. Hardy en su A Mathematician’s Apology, ya que hablamos de la ficción que se acerca a la ciencia. Sobre los matemáticos y la matemática nos dice: “Los patrones del matemático, como los del pintor o el poeta deben ser hermosos; las ideas como los colores o las palabras deben encajar de forma armoniosa. La belleza es la primera prueba: no hay lugar permanente en el mundo para las matemáticas feas”. No solo eso, Hardy, aun hablando de un tipo de conocimiento científico no exige efecto alguno en lo social o en lo práctico, no lo aprecia porque sea un medio de aplicación o una “puerta” como decía Unamuno. Señala que si esperamos que la creación matemática se justifique contribuyendo al bienestar material de la humanidad entonces las vidas de Abel, Riemann y Poincaré habrían sido un desperdicio ya que su contribución fue insignificante, al menos en su tiempo. El hecho de que se encuentren aplicaciones posteriores a sus hallazgos no importa, pues basta con ser una actividad científica, donde se incluye la belleza. “No es posible justificar la vida de ningún genuino matemático profesional sobre la base de la “utilidad” de su trabajo” nos dice. Nuestra conclusión respecto al trabajo del escritor de ciencia ficción debe estribar en esas palabras de Hardy. La ciencia ficción no debería ser justificada por una finalidad pedagógica, de formación moral o de consciencia social, ni ninguna finalidad que no sea solo el placer de hacer ciencia ficción. Ni siendo un medio de divulgación científica puede servirnos con efectividad, para eso hay mucha bibliografía adecuada.

Es, por lo expuesto, una consecuencia. La ciencia ficción es el efecto de nuestros intereses no la causa de que vayamos a la ciencia o a la filosofía o inclusive a la reflexión sobre la sociedad. Muchos científicos dicen que llegaron a dedicarse a la ciencia por la ciencia ficción, pero si no hay un gusto por la formalización o el trabajo científico nunca se estudiará ciencia. He tenido amigos que adoraban la astronomía, pero no querían estudiarla por evitar el cálculo matemático. La belleza de la ciencia ficción y el placer de su lectura contiene lo mejor de la creación humana, si no es la ciencia solamente, al menos es la tecnología, la imaginación futurística. Es la confirmación de que nos interesa el universo y su funcionamiento, sus orígenes y su futuro y es lo que debe complacernos. La formulación de su importancia es breve pero suficiente, la ciencia ficción es bella, no busquen en sus páginas necesariamente una enseñanza, un cambio social, una herramienta, una moral, una cabeza que pisar para alcanzar otra finalidad.

 


Giulio Bettino Guzmán Arce (Lima, 1982). Estudió Física (ciencias) en la UNMSM. Posteriormente estudió Bibliotecología y Ciencias de la Información en la misma universidad. Sus relatos han sido publicados en revistas digitales e impresas: Umbral Revista Peruana de Literatura Fantástica (2012, 2014), Revista Literaria Monolito de México (2012), El narratorio (2019) y en la última antología elaborada por el profesor e investigador Elton Honores: Noticias del futuro. Antología del cuento de ciencia ficción peruano del siglo XXI. Ha publicado el libro de cuentos de ciencia ficción Simulador de irrealidad (2018).

 


Foto portada tomada de: https://bit.ly/2NRMZuV

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