Réquiem para “Cartón Piedra” | Iván Rodrigo Mendizábal

Por Iván Rodrigo Mendizábal

 

La pandemia en Ecuador ha cobrado otra víctima. Fue una revista cultural, de literatura, artes, cine, teatro, etc., de nombre Cartón Piedra. Nació en el seno de un periódico emérito, El Telégrafo, en su nueva gestión, esta vez bajo el auspicio del Estado ecuatoriano cuando era gobernado por el entonces presidente Rafael Correa, el cual había apuntado con este y con otros, a establecer medios “públicos”. Formidable proyecto o grandioso horizonte en el terreno de los medios de comunicación, proyecto que enfrentaba a los ya tradicionales, detentados por familias o por grupos de poder, con sus propios intereses y con sus propios enfoques en nombre de la “libertad de expresión”. El problema fue que todo el proyecto luego abrió sus brechas y el nuevo gobierno, el actual, el del presidente Lenín Moreno, ya no pudo soportarlo más y, con ello, la muerte de su revista emblemática Cartón Piedra.

Dicho así, habría que cambiar ahora el enunciado inicial: no solo fue la pandemia la que cobró otra víctima, sino un gobierno –o dos– que no supo entender el rol público de los medios de comunicación. Es claro que el auspicio estatal pudo ser una garantía para pagar los salarios de los comunicadores, pero también es claro que dentro de las políticas actuales la comunicación se ha reducido enteramente a ser institucional, organizacional, corporativa –o como quiera llamársele–; en otras palabras, ser vocería del poder. Y los comunicadores de medios públicos, me consta, trataron de que el estigma “institucional”, “corporativista”, no aparezca demasiado. Muchos de ellos quisieron volcar a la comunicación social la vocación del periódico –y de los medios públicos–, a sabiendas que el mainstream es la “comunicación institucional”.

Sí, aunque suene a demérito, una cosa es hacer comunicación institucional y otra comunicación social. No es mi intención abrir debates ni hacer revisionismos, pero hay que decir que la comunicación institucional es tributaria de las relaciones públicas; hoy en día hablar de esta disciplina es hablar de algo viejo, pero para que no sea así, impregnado por las modernas ideas del marketing y la publicidad, se prefiere hablar de comunicación institucional.

Pues bien, ¿y qué pretende esta? Para Joep P. Cornelissen en su Corporate Communication: A guide to theory and practice (Sage, 2004), la comunicación institucional o “corporativa es la función de la administración que ofrece un marco de referencia para la coordinación efectiva de toda la comunicación interna y externa con el propósito expreso de establecer y mantener reputaciones favorables con los grupos interesados de los cuales depende la organización”. Hay palabras clave en esta definición: administración, coordinación, comunicación interna y externa, mantenimiento de la reputación, organizaciones de las que depende la institución. Dicho de otro modo: saber administrar los recursos de información para que los stakeholders, los grupos a los que hay que satisfacer, tengan una imagen “positiva” de la empresa. Y de eso se trató en este y en el anterior gobierno: hacer publicidad de sí. A la final, la tensión entre agentes estatales y comunicadores fue hacer que haya “reputación”, es decir, “buena imagen” del gobernante, visto este como “administrador”. Y ¿ante quién? Ante los que pretendieron apoyarles. El problema está en que, con la comunicación institucional, el público o lo público no es lo social, sino el público es en sí el partidario, es el propio Estado, es el autoconvencido y, más recientemente, empresas, sean las que fueren. Sin embargo, a las empresas no les interesa ni la cultura –sino la del consumismo extremo–, ni la comunicación en sí, sino que haya buena imagen de sí mismos y no se hable de los desmanes que cometen. Y durante la pandemia los desmanes contra los trabajadores y contra la sociedad se dieron a diestra a siniestra.

La comunicación social ha sido casi olvidada. Christian Baylon y Xavier Mignot en La comunicación (Cátedra, 1996) apuntan sobre la comunicación social lo siguiente:

“Toda sociedad aspira a luchar contra los males sociales que la persiguen (inseguridad, accidentes, enfermedades, degradación del medio ambiente etc.) y a promover los valores colectivos necesarios para su seguridad y su esplendor. Muy pronto, sin embargo, la reglamentación y los controles se muestran incapaces para obtener los resultados que se esperaban. No basta con hacer que una medida sea obligatoria o con amenazar con sanciones en caso de falta de cumplimiento para modificar el comportamiento individual. Más vale tratar de obtener la adhesión voluntaria de todos mediante un proceso basado en la voluntad de hacerlos participar en su propio bienestar y en el de la colectividad. Tal es el objetivo de la comunicación social. Mientras que la publicidad comercial alaba las ventajas de los productos para que la gente los compre, la comunicación social, cuyas técnicas y medios son parecidos a causa de la utilización generalizada de los medios de comunicación (campañas de carteles, mensajes televisivos, etc.), tiene por ambición hacer responsable de su elección a cada ciudadano y asegurar su participación en la vida pública”.

Si nos atenemos a esta extensa explicación que, a la par, contiene una definición, se podrá decir que la comunicación social tiene un enfoque distinto de solo mirar hacia adentro, de hacer que el gobernante o el empresario se vea en el espejo para admirarse cuán interesante es, al modo del Narciso. El enfoque más bien es hacia los problemas emergentes –que siempre los habrá– y que se logre conciencia, y actitud voluntaria de la gente para que esta sea el agente del cambio. Por lo tanto, la comunicación social no está orientada a la “reputación”, sino al bien social, a que la sociedad sea partícipe de su propio destino: debe dar lugar a la autoridad y a la responsabilidad de las personas para que construyan lo que debe ser la verdadera ciudadanía. Para decirlo mejor: la comunicación social crea conciencia crítica u proactiva, impulsa la responsabilidad, pone al descubierto a quien quiere y a quien no quiere lograr una colectividad de diversos que se respeten unos a otros. Conseguir que el Estado trabaje con su ciudadanía en proyectos de futuro es un reto y es posible.

En este sentido, es claro que la comunicación en el contexto de lo social y del gobierno, siempre será política, porque está orientada a la participación y al debate, a que todos se interesen por los asuntos públicos. Constituir medios públicos debió ser eso: una plataforma. Se hizo esto a medias. Pesó más el determinismo gubernamental en la gestión previa a la de Moreno; y en esta, las políticas comunicacionales fueron variando. Los comunicadores de los medios públicos creyeron que podían hacer algo para revertir ya la imagen deteriorada.

Crear conciencia, formar criterio, lograr debate, orientar a que las personas construyan sus propias perspectivas: eso creo que estuvo en Cartón Piedra. El valor de este medio es, en tanto revista, en haber sido plataforma de pensamiento. Y eso es lo que no tienen los medios de comunicación masivos y tradicionales, salvo ciertas páginas editoriales y algunas secciones firmadas. Es decir, si hay pensamiento es por medio de cápsulas. Pero hacer crónica, ensayo literario y periodístico, artículo de reflexión de mayor envergadura, más aún crítica de cine, de libros, de teatro, de artes: todo esto es raro o casi inexistente en los medios ecuatorianos –por lo menos, insisto, en los tradicionales–. Cartón Piedra los abarcó e integró más: entrevistas, estudios, incluso creación literaria en los últimos números.

El último número de Cartón Piedra para bajarse: https://bit.ly/Carton424

Hoy en día hay revistas literarias, culturales, de artes, etc., en internet. Son medios digitales, en la mayoría sin financiamiento y otras buscando donantes o auspiciantes. Máquina Combinatoria se inscribe entre las digitales sin ánimo de lucro y en sus casi 20 números ha congregado, es plataforma, es convergencia de ideas y de propuestas desde Ecuador y varios países. Bueno, como la nuestra, hay más y mejores, sin duda. Con esto quiero decir que Cartón Piedra fue una de las mejores de los últimos años. Quizá la única, la excepcional en medio del trajín de los periódicos comerciales –con excepción de Artes y Cultura del diario La Hora, ya clásica, aunque venida a menos por la reducción de sus páginas, al punto de desaparecer entre las del propio periódico–, con un amplio grupo de colaboradores, cada vez más variado, cada vez más nuevo. Si hay una fuente de la cultura contemporánea ecuatoriana y del pensamiento diverso en varias materias hoy es precisamente Cartón Piedra. Bueno, tal vez en el futuro no será más que un archivo y los artículos, la memoria de un mundo antes y durante la pandemia.

Las revistas culturales y literarias fueron históricamente el lugar de debates, de exposición de ideas, de puesta en escena de cuestiones distintas al periodismo informativo. En el siglo XIX en Ecuador aquellas proliferaron y dejaron huella, lo mismo que en el XX. Entre sus páginas se pudieron leer poemas, fragmentos de novelas, ensayos, declaraciones… El acervo es cuantioso en tanto sus páginas permitieron formar círculos literarios, grupos de ávidos lectores, gente que compartía prestando los ejemplares. En el siglo XX no solo en Ecuador, además en varios países latinoamericanos y del mundo, las vanguardias y los vanguardistas hicieron de las revistas los emplazamientos para formar conciencia, para invocar fuerzas sociales, para hacer que segmentos de la población se interesen por temas concretos. Alguien dirá que las revistas siempre tuvieron públicos delimitados, lectores objetivos. Sí, y de eso se trataba, que a través de los lectores se formen comunidades y, con ellos, se disemine el conocimiento. Las revistas, pese a su tiempo de publicación, fueron y siempre serán intemporales y los públicos que las lean serán también intemporales. Por ello fue única y excepcional la propuesta de Cartón Piedra: porque, insisto, es la fuente del pensamiento de lo contemporáneo y de sus redes y los gérmenes que la han nutrido para su desarrollo. La revista, en el mismo tono de todo conocimiento, es la explicitación de una red de tiempos y de espacios por los cuales es necesario transitar para no quedar en la simple ignorancia.

Cartón Piedra quizá fue el ejemplo de una revista en el sentido de la comunicación social. ¿Se orientó a la reputación del poder? Si hay pensamiento crítico y proactivo, no importa la reputación, sino saber decir las cosas con justicia. Y hay veces que al poder de turno no le gusta y se establece la censura. Pero como al poder actual no le interesó ni la cultura real ni la comunicación social, Cartón Piedra se constituyó en una excepción. Allí conocí a sus editores, a muchos de sus colaboradores –yo fui uno de ellos–, tratando de demostrar un pensamiento siempre nuevo. ¡Salud por todos ellos que, gracias a su juventud y compromiso, mantuvieron un espacio libre de toda contaminación!

Si es que hay que seguir luchando por las revistas literarias, por las culturales, por las que difunden pensamiento serio, es para que ellas sigan siendo el camino de nuevas mentalidades. Eso es lo que interesa. Y más allá de ello, interesa un ethos diferente. La propuesta siempre tendría que ser formar una comunidad ética.

Un apunte:

Si quieres descargar los números de Cartón Piedra, están disponibles en: https://www.cartonpiedra.com.ec/100-pdf-carton-piedra/

 

 


Iván Fernando Rodrigo Mendizábal. Doctor en Literatura Latinoamericana por la Universidad Andina Simón Bolívar – Ecuador. Magíster en Estudios de la Cultura por la Universidad Andina Simón Bolívar – Ecuador. Licenciado en Ciencias de la Comunicación Social por la Universidad Católica Boliviana San Pablo. Profesor invitado de la Universidad Andina Simón Bolívar – Ecuador. Autor (entre otros) de: Análisis del discurso social y político (junto con Teun van Dijk), Cartografías de la comunicación (2002) y Máquinas de pensar: videojuegos, representaciones y simulaciones del poder (2004), Imaginando a Verne (2018), Imágenes de nómadas transnacionales: análisis crítico del discurso del cine ecuatoriano (2018) e Imaginaciones científico-tecnológico letradas (2019).

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