El poder arcano de los libros: “Balzac y la joven costurera china” | Richard Jiménez A.

Por Richard Jiménez A.

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

Dedicado a Madame Ho

 

El gentil y sabio Carl Sagan consideraba a la escritura como “el más grande de todos los inventos de la humanidad, uniendo a personas, ciudadanas de épocas lejanas, que nunca se conocieron. Los libros rompen las cadenas del tiempo y son la prueba de que los seres humanos realmente pueden hacer magia”, y estaba en lo correcto. Es bien sabido que un buen libro tiene la peculiaridad de transformar —en pocas dosis o en una completa furia— a una persona. Recuerdo el primer libro que me transformó por decisión propia, fue un regalo de mi padre. Mi viejo había adquirido las Narraciones extraordinarias de Edgar Allan Poe (Biblioteca Básica Salvat, 1969) en una librería de segunda mano, me pidió que lea “El gato negro”, pero quedé tan fascinado y enfebrecido que esa misma tarde devoré todo el volumen; una parte en mi interior no volvió a ser la misma. Porque la palabra es poderosa, el logos es aquello que nos diferencia de las demás criaturas, es el último resquicio del universo para autocomprenderse y va de la mano con el atesorado y esquivo derecho a la libertad. Es por ello que considero que el principal legado de la novela de Dai Sijie, Balzac y la joven costurera china (Salamandra, 9a. Ed., 2003), es evidenciar la cualidad transformadora de un libro y la capacidad liberadora de la palabra.

La historia —escrita en francés— nos sitúa en la China comunista de comienzos de 1971 y cuenta con una considerable dosis de tintes autobiográficos (al igual que los protagonistas el autor también fue enviado a un pueblo cerca de la frontera con el Tíber a “reeducarse”). Por aquella época el presidente Mao había lanzado una campaña que ordenaba a los jóvenes, que hayan terminado sus estudios secundarios, dirigirse a las zonas rurales para ser “reeducados” por los campesinos. Dos jóvenes, Luo de 18 años y el narrador de 17 —provenientes de familias que habían tenido ciertos encontronazos con el régimen—, son direccionados a una aldea en la recóndita montaña Fénix del Cielo. En sus inquietas mentes en formación no pueden explicar por qué en la sociedad en la que les tocó vivir cunde un desprecio hacia los intelectuales —en especial opositores o poco afines al Gobierno—. Además, padecen prohibiciones hacia gustos cercanos a la cultura occidental, como tocar música clásica en el violín o pretender leer libros vetados. Si bien su día a día transcurre dentro de la monotonía de las labores asignadas y la resignación de quedarse para siempre en las montañas (tenían una oportunidad de tres sobre mil para conseguir ser liberados de sus obligaciones y así poder volver a casa), todo se redirecciona debido a dos sucesos definitorios: ser enviados por el jefe de la aldea a la ciudad de Yong Jing a presenciar la película mensual —que después debía ser contada con lujo de detalles— y su encuentro con la hija del sastre de la localidad.

La Satresilla era una montañesa más, huérfana, pero con una belleza soberbia; era la princesa de las montañas. Los tres no demoraron en volverse amigos. Al parecer ella gustaba y estaba fascinada por ambos, sin embargo, debido a las grandes habilidades exhibidas como narrador de películas y la cercanía que se gestó cuando atendió su paludismo, la joven inclinó sus afectos hacia Luo. Este se puso de tarea ilustrar a la montañesa y qué mejor forma que ayudarse de los grandes clásicos de la literatura. Para tales fines fue necesario mendigar los libros prohibidos que tenía a su haber otro “reeducado”, el Cuatrojos —fue de casualidad que ambos jóvenes descubrieran los volúmenes que escondía su amigo en una maleta secreta—. El primer título prestado, Ursule Mirouët de Balzac, se lo ganaron por ayudar al Cuatrojos a llevar arroz al depósito. Aquel tesoro exótico —traducido por Fu Lei, un escritor vetado por cuestiones políticas— transformó la vida de los jóvenes. Fueron trasladados a lugares nuevos, conocieron gentes y culturas distintas, descubrieron el amor, las pulsiones y los deseos. Se alejaron por unos instantes de la chacra, la revolución, la ideología y la propaganda. Tal fue el hechizo y la fascinación provocada por la novela de Balzac que el narrador principal anotó fragmentos en la piel interior de su chaqueta de borrego. Pues ya lo decía Kafka, y lo dicho aplica a cualquier buen título que caiga en nuestras manos: “Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado que hay dentro de nosotros”.

Como la mamá del Cuatrojos había gestionado la posibilidad de que su hijo termine el periodo de “reeducación” y vaya a trabajar a una revista revolucionaria, este necesitaba granjearse puntos a favor; su idea era reproducir las canciones populares de las montañas y enviarlas a la revista. Ahora el trato consistía en conseguir esas canciones a cambio de los ansiados libros. Disfrazados de un dirigente comunista de Pekín y su intérprete pudieron extraerle dieciocho canciones al viejo molinero, amante de las bolas de jade en salmuera. Sin embargo, para el Cuatrojos, esas canciones expresaban el colmo de la vulgaridad, con letras eróticas y prohibidas por lo que se negó a cumplir con su parte del convenio —no obstante, dichas canciones, un poco editadas a su conveniencia, lograron convertirse en su boleto de salida—. Ahora, la última oportunidad que quedaba se reducía a robar los libros durante la fiesta de despedida del Cuatrojos.

A pesar de las necesarias eventualidades que suponen un pago por la aventura, el robo fue todo un éxito. Aquel mes de septiembre los libros se convirtieron en el médium entre ellos y el mundo exterior que les era ilícito: la mujer, el amor, el sexo (es curioso, pero, en el caso de Luo, los libros no solo le permitieron experimentar esos placeres de una manera figurativa, sino que le ayudaron a compenetrarse con la Sastresilla y que ella tenga su primera relación sexual con él). De los tesoros robados, Luo quedó prendado de Balzac, en cambio el narrador —del que en este punto se nos revelan los caracteres que conforman su nombre: un caballo al galope, una espada larga y un pequeño cencerro— cambió para siempre con Jean-Christophe de Romain Rolland; a través de él descubrió el individualismo, es decir, la lucha en solitario en contra del mundo entero.

También se suscita otro hecho peculiar en donde los libros juegan un papel principal. Un día el sastre decide visitar la aldea e instalarse en la vivienda de los amigos de su hija. Para complacer al anciano, el narrador se encarga de contar una historia —pero esta vez no se iba a tratar de una película—, él decidió transmitir algo que había leído; de esa forma se ejemplificarían mejor los deseos humanos, el sufrimiento y la vida en sí. El título escogido fue El conde de Montecristo de Alexandre Dumas. La genialidad de la historia, los recursos estilísticos del autor y las destrezas del joven narrador vencieron la fatiga del anciano sastre, además le dotaron de nuevas ideas y motivos para sus diseños de ropa y así encantar a la clientela. A la tercera noche —de nueve— el jefe de la aldea, que los había espiado, interrumpió la sesión al creer que se transmitía una historia reaccionaria. Con la finalidad de evitar que su amigo sea llevado a las torturas en la oficina de Seguridad Pública del municipio, Luo tuvo que —haciendo honor al oficio de su familia— intentar curar de una manera empírica la muela del jefe.

Casi al arribo del eclipse de Balzac y la joven costurera china acontecen una serie de sucesos complejos, hondos y determinantes. A Luo le conceden una licencia temporal pues recibe un telegrama informándole que su padre estaba grave. Ante su ausencia el narrador principal queda encargado de alejar de pretendientes a la Sastresilla, leerle y cuidarle. Esta confiesa su embarazo y les toca enfrentarse a un casi callejón sin salida: la ley dictaba que ninguna clínica o comadrona podían traer al mundo un hijo de una pareja no casada, el matrimonio solo podía darse a los 25 años —a Luo le faltaban 7— y la ley también prohibía el aborto. Es durante este escenario donde los libros vuelven a obrar —igual se produce una sincronicidad gestada por la mano invisible de un religioso agónico—. El narrador le propone un trato al ginecólogo de Yong Jing; intercambiar su atención médica por un libro de Balzac. Para corroborar sus palabras indica los fragmentos escritos en su chaqueta de borrego, el lego terminar por acceder al conmoverse ante las lágrimas derramadas por el narrador en homenaje a los intelectuales, en especial en homenaje al traductor de Balzac, Fu Lei.

Al finalizar la novela, ambos jóvenes ebrios de tristeza e impotencia desintegran todos los libros del Cuatrojos en una pira purificadora (cuando leí esta parte no pude evitar que se me venga a la cabeza la imagen de la biblioteca quemada de la abadía de El nombre de la rosa. Libros atesorados, queridos y sacrificados. En el caso de la novela de Eco como símbolo de la llegada del Siglo de las Luces; con esa imponente luz de la llama y el amanecer. En el caso de Sijie como castigo procurado por los dos jóvenes a esa herencia ilustrada—occidental, asumida, querida y deseada, pero que les resultó un arma de doble filo). Aquella “reeducación” balzaquiana de la Sastresilla, su reciente ilustración, le hicieron querer abandonar las montañas y convertirse en una adolescente moderna. Perdieron a su amiga, pero imposible retenerla, porque ella siempre fue un alma libre; ahora también de mente libre y ampliada gracias a la magia transformadora de los libros. Resulta contundente y es la cereza del pastel lo que Luo revela que la Sastresilla le confiesa antes de despedirse: “Balzac le había hecho comprender algo: la belleza de una mujer es un tesoro que no tiene precio.”

***

En cuanto al filme —recomendado—, Balzac et le petite tailleuse chinoise (Dai Sijie, 2002), coproducción China—Francia, es destacable pues nos permite conocer la faceta cineasta del escritor. La fotografía, encargada a Jean-Marie Dreujou, es sublime por aquellos paisajes monumentales. No obstante, siempre creo es mejor haber leído el libro primero pues, a veces, si se ha visto la película antes, uno tiende a guardar en su disco duro la fisonomía de los actores y escenarios vistos; lo que resta trabajo a nuestra labor imaginativa.

Sijie, encargado de la dirección y gran parte del guion, introduce algunos cambios que no existen en el libro: se sabe el nombre del narrador —Ma— desde el principio, la pequeña costurera es nieta y no hija del sastre, Luo y Ma conocen a la Costurera cuando Luo resbala por una grieta al espiar a las jóvenes mientras tomaban un baño en el río, la Costurera sabe de la existencia del Cuatrojos y sus libros, los tres esconden los libros robados en una cueva bautizada como “La gruta de los libros”, los jóvenes narran a los campesinos la historia de Ursule Mirouët, sucede un accidente en la mina que deja malherido al jefe de la aldea, a Ma le afloran deseos de componer música y va visitar al viejo molinero, Ma vende su violín para darle dinero a la costurera.

En lo personal considero que de los cambios y añadidos que se dan en el filme, y que no constan en el libro, lo más destacable es haber dado una cierta continuidad a la historia (pues el lector queda intrigado sobre el destino de los jóvenes, ¿acaso pudieron librarse de la “reeducación” y regresaron con sus familias?). Se nos revela que Ma se convierte en un famoso violinista y Luo en un reconocido odontólogo. Que la aldea en donde fueron “reeducados” está próxima a desaparecer al ser anegada por efectos de una presa en construcción. También sabemos que Ma regresa a dicha aldea a buscar a la Costurera y cazar los recuerdos de su juventud. Recuerdos y vivencias sumergidos y borrados por el agua.

 

 


Richard Jiménez A. (Neal Moriarty). Escritor a ratos, Licenciado en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica del Ecuador y Máster en Estudios de la Cultura (Mención Literatura Hispanoamericana) por la Universidad Andina Simón Bolívar, sede Quito. Fundador y miembro activo de la Revista Literaria Independiente Matapalo y Revista Heptaedro. Ha colaborado en varios cafés filosóficos y recitales poéticos en Quito. Ha participado en talleres de escritura y lectura precedidos por escritores como: Huilo Ruales Hualca, Juan Carlos Cucalón y Raúl Serrano Sánchez. Investigador independiente, redactor de contenidos en Revista Súper Pandilla (suplemento para niños de diario El Comercio) y documentalista en diario El Comercio de Ecuador. Ha publicado una biografía novelada sobre el poeta Gastón Hidalgo Ortega, dentro del libro Los 7 que fueron cinco, y viceversa (2017).

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