Los errores del Creador | José Antonio Campos (Jack the Ripper)

Por José Antonio Campos (Jack the Ripper)

(Publicado originalmente en Rayos catódicos y fuegos fatuos, Tomo I. 2da. Ed. Aumentada e Ilustrada. Guayaquil: Imprenta La Reforma, 1911, págs. 237-240)

Portada del libro Rayos catódicos y fuegos fatuos, Tomo I de José Antonio Campos (Jack the Ripper), 1911)

Ah, si me hubiera sido dado corregir a mí las obras del Gran Arquitecto del Universo, cómo las corregiría a menudo, sin ofenderlo, y con perdón de mi habitual modestia, al menos en cuanto nos atañe más de cerca.

Yo, por ejemplo, en lugar del Creador, habría suprimido la nariz y su sentido correspondiente a los habitantes de Guayaquil.

¿Para qué necesitamos nosotros la nariz?

Los ojos, está bien, que sirven para ver; las orejas para oír; la boca para comer; pero la nariz ¿para qué? ¿Para oler?

¡Y qué hay que oler aquí, donde todo huele mal!

Luego la nariz está demás.

Las viejas suelen llamar “bofetadas” a ciertos malos olores como el que hizo exclamar a don Quijote: “hueles, Sancho, y no a rosas”; y a la verdad que da compasión los que nos abofetean en la mejilla del olfato, metafóricamente hablando, hasta el punto de hacernos flaquear las piernas del espíritu, también metafóricamente.

No hay duda, pues, que en lugar de nariz habría yo colocado a los habitantes de estas regiones un plan de botella en sentido inverso.

Además, les habría dotado de membranas entre los dedos de los pies, como los patos.

¿Para qué? Pues para nadar, es claro.

¿No han visto ustedes, por ventura, con qué seguridad se lanza a nado el pato por la más profunda laguna?

Pues es porque sabe que tiene membranas en las patas para batir el agua y avanzar; en cambio guayaquileños hay que llegan a la ribera de una calle lacustre y no saben qué hacer con los dedos de los pies, ni les sirven para nada.

Luego es un hecho que necesitan la referida membrana y el honor de figurar entre los palmípedos.

Siempre he criticado al Divino Hacedor la ocurrencia de colocarnos dos ojos en la cara; no porque sean dos, sino por estar de frente y mirar en un mismo sentido.

Para lo que hay que ver, con un ojo basta, dice el refrán; y yo estoy conforme con el dicho modificándolo así: “para lo que hay que ver por delante”. Y en efecto, tener dos ojos de frente es lo mismo que si tuviéramos dos bocas. Para qué nos servirían, cuando con una sola hay hombres que tienen de sobra para comerse vivo a medio mundo. ¡A qué fin, pues tener dos!

A menos que se tuviera uno delante y el otro por detrás, en cuyo caso serían más útiles.

El Rey de la Creación no debe estar a oscuras por la retaguardia: hay que verlo todo.

Cuántas veces se le prepara a uno un sablazo, de aquellos que están en uso para las mil instituciones benéficas y pías que hay aquí y para los mil y un dejados de la mano del Fisco que andan por ahí. Pues bien, cuando el sable se viene de frente hay como taparse, porque se ve venir; pero cuando viene por la espalda, niquis.

No sucedería, lo mismo a tener, si tuviéramos un ojo vivo y alerta en sentido opuesto al anterior.

Además, las muchachas tendrían la inmensa ventaja de ir mirando a los enamorados que las van siguiendo por la calle, sin necesidad de volver la cabeza, y aún podrían guiñarles, sin llamar la atención.

Opino también, con un escritor muy previsivo, que de todo entiende, que las pantorrillas no están bien colocadas hacia atrás, sino que debieran estar ambas por delante, sobre todo para los hijos de Guayaquil.

Aquí las mejores calles, con excepción del Malecón, Pichincha y algunas transversales, parecen un despeñadero: tiene que ir uno haciendo equilibrio, como el Vizconde de Folle Aveine al atravesar las quebradas de Cocarnaum, y si en esto se resbala y se cae, decid, hermanos, ¿qué es lo que más sufre?

Casi siempre la espinilla, me diréis todos.

Y cuánto duele, ¡válgame, Dios! ¡Un golpe en la espinilla!

Duele más, porque allí no hay carne, sino hueso, y el golpe se recibe en seco; pero si las pantorrillas estuvieran por delante, el tropezón sería en lo blando, y ahí nos las podían dar todas.

Aquí que hay tantos pantorrilludos, con perdón sea dicho qué ventaja sería para ellos tropezar con las aristas de un pedrusco, ¡como quien tropieza con una esponja!

Y luego, como las damas gozarían también de tan grande beneficio y ellas tienen la costumbre de recogerse la falda por delante, pensad un poco cuánto habría que ver, ¡oh santos varones!

Otra de las cosas que encuentro demás en la especie humana es la lengua. Dios me perdone, pero yo no les habría dado la lengua a los hombres, ni a las mujeres.

¿Para qué sirve la lengua?

Para hablar.

Pero mejor estaríamos todos callados. ¡Qué dicha tan grande y qué mundo de disparates dejaría de oírse!

Ya no escucharíamos más discursos pedantescos, como aquellos que se usan; ni se dirían chismes; ni se aguantarían latas… ¡Qué gloria!

Saber uno que va a un banquete a comer, y nadie podrá indigestarle el pavo con un brindis cargante; saber que sale uno a la calle y está al abrigo de todo majadero; saber que va uno a la Iglesia y no hay fraile chiflado que suelte una catilinaria contra los masones… ¡Oh progreso!

Pero entonces, me dirán ustedes, ¿cómo se entendería la humanidad? Por señas, hijos de mi alma, ¡por señas! Así se entienden los enamorados y les basta. él le hace una seña, con los ojos simplemente y ella comprende en el acto qué es lo que quiere; ella le da un ventanazo y él entiende que debe irse a la porra.

¡Qué lenguaje más elocuente y silencioso!

Mientras tanto cuántos hay que se las dan de elocuentes en la tribuna política o en la cátedra sagrada, o en la simple charla, familiar, y está uno deseando que todo lo que dicen se lo vayan a contar a su abuela.

Luego, opto por la supresión de la lengua.

Declaro igualmente que no estoy con el Sumo Hacedor en lo de habernos dado el sistema nervioso.

¿Para qué? Para estar uno sulfurándose a cada momento. ¡Que el Gobierno hizo o dejó de hacer! ¡Que la Municipalidad se peló o la pelaron! ¡Que aquí se puso y no parece! ¿Que esto debió ser así y no asado? Rabietas, disgustos, incomodidades, peleas, todo viene de los malditos nervios. Luego son perjudiciales.

Más nos valiera sustituirlos con un ladrillo; así estaríamos todos tranquilos, gordos, felices y contentos.

¡Que se le perdió la maleta a Crespo con todos los documentos! ¡Y nosotros tan anchos! ¡Que sentenció el Rey a favor del Perú! ¡Y nosotros tan frescos! ¡Que se robaron la custodia! Risueños. ¡Que nos arrancan el pellejo! ¡Qué calma! ¡Que al credo liberal se lo llevó el Diablo! ¡Qué descanso! Esa sería vida tranquila, digo yo, gracias a nuestro ladrillo.

Otra y última observación voy a hacer; pero esta no la haré contra la Creación sino contra las costumbres, para ser en todo justo.

Habéis de saber que el sabio Humboldt, el excursionista inglés Stevenson, la viajera alemana Ida Phiffher, Wiener, Llorente Vásquez, Wery, y cuantos viajeros han llegado a Guayaquil y se han ocupado de esta ciudad en pro o en contra, han hecho una observación que más de una vez me sacó los colores a la cara al leer sus obras, y es la de que los burros andan aquí con calzones en invierno, cosa nunca vista en ningún punto de la tierra y que coloca al sexo masculino en igual condición que los jumentos durante cierta época del año.

Pido, pues, que les quiten los calzones a los burros o que los hombres nos pongamos faldines en invierno.


José Antonio Campos (1868-1939). Escritor, periodista, humorista. Escribió artículos costumbristas y críticos sobre la vida de Guayaquil y Ecuador. Sus artículos desde 1891 los publicó con el título de “Rayos Catódicos”, usando para el caso el seudónimo de Jack the Ripper. Por su obra fue condecorado por el presidente José Luis Tamayo con la Condecoración Nacional al Mérito. Se conoce de él su única novela, Dos amores libros como: Crónica del Gran Incendio de Guayaquil en 1896, Rayos catódicos y fuegos fatuos (en dos tomos), Cosas de mi tierra, y otros más.

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