El último pasacalle | Irene Romo Coral

Por Irene Romo Coral

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

Estaba muy cansado, las piernas me pesaban como si fueran de plomo, ya hacía varias semanas que mi vigor había menguado. Lo sabía, esa maldita enfermedad me había debilitado. El dolor del estómago era casi insoportable, las medicinas hacían poco efecto, esos parches de morfina ya no podían calmarlo; pero intentaba no quejarme para no preocuparla.

Me costaba levantarme, prefería pasar tendido en la cama; había días que no tenía ganas de comer ni de ver la luz siquiera; sin embargo, cuando ella llegaba con el puré de manzanas o el agua de hierva luisa, sacaba ánimo de lo profundo del corazón y me arrimaba en las almohadas de la cama, aparentando estar sentado. Colaboraba con ella para que el proceso de cambiarme y mantenerme limpio no fuera muy cansado. Sabía que yo estaba muy pesado por mi contextura de campesino. Pero ella, así flaquita como es, nunca se quejó al levantarme o al sostenerme en sus hombros, o al cargarme, me sorprendía lo fuerte que era. Claro que se animaba cuando yo daba pequeños pasos y así ella podía guiarme, yo también me aliviaba al poder colaborar.

La lucha había sido larga, siete meses de tratamientos, cirugías, medicinas, viajes, exámenes y demás habían mermado mis fuerzas; pero el estar en casa me inyectaba energía, el poder acostarme en mi cama, ver desde el dormitorio a los gorriones que llegaban al jardín en busca de comida, me alegraba. El olor de los geranios cuando caía una pequeña llovizna era la mejor medicina.

En una de esas mañanas, mientras ella me daba la aromática con cuchara, como a bebé, sentí que no habría vuelta atrás. Hasta ahí había tenido el valor necesario para creer que superaría ese pendejo cáncer asilado en mi hígado. Esa mañana vi con claridad que el tiempo estaba contado, aunque me negaba, iba a dejarla y supe que los últimos días venían en camino.

Fue cuando acepté que ella había crecido, siempre la consideré “mi nenita” a pesar de estar casada, tener dos hijos, y demás. En cambio, esa mañana la vi: madura, decidida, fuerte, sí, lo suficientemente fuerte para llevarme de su mano todo ese tiempo de dolor e incertidumbre.

Me preguntó:

—¿Cómo te sientes, te duele?

Le di la misma respuesta de todos los días:

—Estoy bien, no me duele nada.

Quise decirle: «mientras tu estas aquí, todo el dolor se calma», pero no podía hacerle eso, ya tenía suficiente con hacerse la dura, con dejarme que la miré entera, mientras por dentro estaba rota en mil pedazos, así que hice mi parte y la animé.

Me dio la medicina, me aseó y me cambió de ropa, para “que me siga viendo guapo como siempre”—me dijo—. Le sonreí y le pedí me llevara a la sala. El trayecto se me hizo tan largo, ya mis pies no podían levantarse del suelo y cada dos pasos descansaba. Con esa paciencia única que tiene el amor, me llevó y me sentó frente al viejo tocadiscos, mi lugar favorito.

Mientras ella revoloteaba en la cocina, el dormitorio y el patio, yo miraba mis discos de acetato buscando qué temas poner. Adentrarme en ese mundo de tantas voces y canciones, de pasillos, san juanes y valses me hacían olvidar la realidad, esa fue mi pasión, mi vicio. Después de mí hija, la música fue mi amor.

Luego la sentí pararse junto a mí y mientras colocaba un disco me acarició el pelo, me dijo:

—Cuando sea vieja quiero tener las canas como tú, tienes un color plateado muy bonito.

Le sonreí y me quedé mirándola fijo, como queriendo guardar esa imagen para el recuerdo en la eternidad.

De pronto sonó un pasacalle, para no caer en el llanto, preferí aplaudir haciendo el eco a la melodía, entonces me extendió los brazos y me levantó.

—Bailemos —dijo.

Y como si mis piernas cobraran nueva vida, comencé a bailar. Sus manos sostenían las mías y sus pies llevaban el paso, en ese instante vinieron a mi mente imágenes de cuando era pequeña y se colocaba sobre mis pies para que le enseñara a bailar, la fiesta de los quince, el vals del matrimonio, las celebraciones familiares bailando hasta el cansancio al ritmo de los sanjuanes, hasta el punto de quitarnos los zapatos. También recordé la vez que me trajo serenata por mi cumpleaños, lloramos y reímos al mismo tiempo al son del trío que cantaba en una esquina de la sala, todos esos recuerdos de una vida que parecía tan lejana.

Mientras dábamos los pequeños pasos de baile y ella me miraba con esos ojos profundos y me sonreía tragándose las lágrimas, tomé valor y le dije:

—Estoy listo para irme —se quedó quieta por un momento, se tomó la barbilla y me dijo—: ¿A dónde? Aquí estamos bien bailando.

Entendí que ella no quería saberlo, qué a pesar de estar consciente de mi pronta partida, no quería hablar de eso. Al terminar la canción me abrazo tan fuerte, como si fuera una despedida, besó mi frente y me volvió al sillón. Fue la última vez que disfrute de mi música y en la mejor compañía.

Dos días después amanecí con una sorprendente energía, con ganas de comer y con fuerza hasta para ducharme solo. Ella estaba muy contenta, la escuchaba hacerse ilusiones respecto a una posible recuperación, arregló el dormitorio de manera diferente e hizo planes para un futuro, al que yo sabía no iba a llegar.

Me dolía tanto dejarla, qué pasaría con, ella si yo no estaría ahí para ayudarla con los arreglos de la casa, con el mandado del mercado, con el cuidado de los nietos y tantas cosas más. Quién la animaría cuando se pondría triste, quién la acompañaría cuando se sentiría sola, a quién acudiría para desahogarse, que sombra la cobijaría. Me daba miedo dejarla, pero no existía otro camino. Así que le pedí que se sentara a mi lado, le tomé sus manos y las coloqué en medio de las mías, ella puso su cabeza en mi hombro y me dijo que me amaba, sentí que quería romper en llanto, entonces con el valor que nunca había tenido, le dije:

—Quiero que seas feliz, que continúes con tu vida —no dijo nada, ni se movió siquiera, creí escuchar un sollozo, pero nada más.

Esa noche, ella me colocó el pijama, subí a la cama y me acomodó rodeado de almohadas. Me relajé dejando caer todo mi cuerpo del lado derecho, me preguntó si necesitaba algo, solo meneé la cabeza y ella acarició mis piernas. Se sentó en el sillón grande frente al televisor. De pronto, sentí que el corazón me estallaba, se me hizo difícil respirar, quise hablar, pero solo salió un fuerte ronquido, me llevé las manos al pecho como queriendo calmar el dolor. La vi levantarse de golpe, me tomó las manos y en sus ojos pude ver angustia, pero su voz me dio paz, me dijo:

—Quieres irte, ve tranquilo, ten paz, estaré bien, no tengas miedo, has hecho un buen trabajo conmigo.

Mientras el pecho me explotaba, sentía sus manos que intentaban sanarme, dándome masajes en el pecho, pero los ojos se me cerraban y no podía hablar ni una palabra, sentía cómo ella me besaba la frente, luego me apretaba las manos y me hablaba.

—Ya no habrá dolor, estarás en paz, ten buen viaje, allá otros brazos te esperan y yo te amaré siempre, siempre.

Su voz que por lo regular era muy chillona, sonaba cálida, entre cortada pero serena, mis manos dejaron de sentirla, mi corazón se detuvo, pero mi mente seguía escuchándola, millones de imágenes de toda mi vida me invadieron, su risa sonaba por todos lados, pero al final apareció claramente la última imagen bailando ese pasacalle y de mi alma salió un suspiro tan grande que iluminó todo.


Irene Romo Coral, tulcaneña. Apasionada por la lectura, desde pequeña asidua lectora de cuentos y novelas, es licenciada en Lengua y Literatura. Desde el año 1998 al 2003 formó parte del taller de escritores de Abdón Ubidia. En el 2002 participa en el primer encuentro de escritores “25 años Editorial El Conejo”. En el año 2015 luego de regresar a vivir a Tulcán, crea “Las Letras, espacio cultural” desempeñándose como directora hasta la fecha. Encuentra en los talleres culturales un espacio para compartir el conocimiento de una manera vivencial y generar nuevas propuestas creativas, diferentes experiencias literarias con niños, jóvenes y adultos. En dicho espacio dicta talleres referentes a literatura. Desde el 2021 es colaboradora en la página Tulcán Online, en la cual publica sus textos narrativos. También es coordinadora de Las Letras Culturales, espacio virtual, el mismo que desarrolla conversatorios y entrevistas virtuales, con el fin de ser plataforma para nuevos creadores de la zona y también ser el canal de difusión de los artistas a nivel nacional.


Foto portada tomada de: https://bit.ly/3MfsT7z

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