Secretos literarios | Carlos Enrique Saldívar y Benjamín Román Abram

Por Carlos Enrique Saldívar y Benjamín Román Abram

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

Había estado todo el día en el trabajo. Al llegar a mi casa, ni siquiera quise comer, antes debía relajarme, un potente juego de video haría la magia, así que me dirigí a mi habitación, tomé asiento en mi preciada silla ergonómica y prendí la computadora. No pude prever que lograría el efecto contrario, mis nervios se tensaron al máximo, ya que la pantalla dejó ver un repugnante rostro color plomo, y, por si no fuera suficiente, se asomó unos centímetros desde allí. Grité, mientras pensaba a gran velocidad: ¿Un virus informático 3D? ¿Una alucinación? ¿Una ilusión? Luego me quedé mudo y laxado con el espaldar reclinado al máximo, pero aquella figura, que imitaba a un humano no solo en una versión horrible sino también con varias horas de fallecido, me habló y en un tono por demás perverso dijo:

—¿Sabes cuánto tiempo te resta de vida? 

Yo decidí que ni lo sobrenatural me iba a intimidar, así que reí nerviosamente y respondí: 

—¿Y tú sabes cuánto tiempo te queda a ti? —a continuación, apagué el monitor.

Luego me dirigí al baño, me induje al vómito, y busqué una explicación convencional, «debía ser esa chicha de jora», aquella que sirvieron en la oficina.

Me lavé el rostro y me vi en el espejo, ya lucía más descansado y hasta me asomó una sonrisa. Ahora sí, era hora de cenar. Ya luego ingresaría a Google y a Facebook. Revisé las ollas, tenía un poco de arroz del día anterior, una albóndiga y papas amarillas, calentaría todo en el microondas… pero se me volvió a quitar el apetito, real o no lo cierto era que no podía dejar de pensar en aquella siniestra cara.

Oí un susurro. Era una especie de conteo… 99, 98, 97, 96… ¿Mi propia mente me jugaba una mala pasada? 78, 77, 76, 75… Me puse nervioso, me tapé los oídos con mis índices. 

Retorné aturdido a mi alcoba y vi el monitor encenderse… él estaba otra vez en la pantalla, sostenía aquella maldita cuenta regresiva. Ahora asomaba su torso, también de un plomo brillante; quería salir de su celda, lo que era verdaderamente aterrador. Mi corazón comenzó a dolerme con fuerza; para mi mayor desazón su faz iba adoptando mis rasgos y miraba los alrededores como si el espacio le perteneciera. Cada vez se parecía más a mí, aunque mantenía su calva tatuada con símbolos ocultistas.

Recobré la compostura y, con frialdad, le mostré mi mano sobre el enchufe, esta vez no sería solo presionar el botón de apagado, sino quitar toda energía eléctrica. El mensaje le quedó claro y con mi prueba también supe que podía controlarlo, tal vez a mi favor.

Viendo mi éxito, quise redondear mi faena y, con voz pausada, pronuncié:

—3, 2, 1… ¡Reflejo …! —y él se fue por su iniciativa, en tanto yo decidí sacar algún provecho aun de lo oscuro, había una buena historia para llevarla a un cuento. Pronto publiqué con un colega «Reflejo acabado» y alcancé la respetabilidad intelectual que siempre soñé.       

Quiero dejar claro que no tengo problemas con las ideas al momento de trabajar relatos en solitario, soy autor de cientos de textos, la mitad publicados. Es con las narraciones en colaboración con Bernardo cuando se me presentan dificultades, mi coescritor es brillante, a decir verdad, y solo con él y con el ente es que he logrado un besteller donde figure mi nombre.

Meses después, tenía un acuerdo con la criatura, tal vez una paz armada. «Eso» me contaría historias oscuras, yo las mejoraría. Él ya no podía presentarse cuando quisiera, solo si lo conjuraba con las palabras que hallé en un libro digital que se posteó años atrás por el administrador del grupo de terror Opus, del fenecido Yahoo Groups. Naturalmente, siendo un pacto, algo tenía que ofrecerle. Coloqué mi palma izquierda sobre un nuevo monitor de 34 pulgadas y apareció una vez más su rostro distorsionado y maligno, que ya no se asemejaba al mío. Con su lengua inmensa lamió el pequeño corte que yo tenía, producto de mi cuchillo de cocina, esto duró un par de minutos. Su saliva no era gratuita, impedía que la herida se cerrara durante su viciosa acción.

*

Post en mi muro de Facebook, 31 de octubre a las 23:36:

“Ayer fue un gran día, celebrando el cumpleaños de mi genial amigo Bernardo Omán (su onomástico es hoy, 31). Fue una tertulia literaria-culinaria, pergeñamos nuevas historias a cuatro manos que ya están en camino de ser un magno cuentario. Se puede venir una sorpresa pronto. (A mi lado, mi libretita de Julio Cortázar, gracias por este asombroso obsequio, Búfalo Editorial. Al suyo, una estupenda botella de vino tinto borgoña que fue bebida por él como si fuera agua y sin mayor efecto), un pollo al horno y un caldo sellaron la noche”.

Post en el muro de Facebook de Bernardo Omán, 1 de noviembre a las 12:34:

“Gracias, Luis Milano. Más de una década de una amistad silenciosa y fecunda, abonada por nuestra pasión, la literatura creativa. Tiempo en el que prácticamente no hemos tenido desacuerdos, y sí muchas coincidencias. Respecto a la sinergia lograda, estoy seguro de que, para quienes no nos conocen, esta se verá plasmada en nuestro próximo cuentario, al que no quiero encasillar en corrientes o subclasificaciones, pero sí anunciar que es de literatura fantástica”.

Las dos publicaciones estaban acompañadas con una foto de ambos en un restaurante.

Me sentí muy animado, nuestro primer libro de relatos fantásticos a cuatro manos (o más bien a seis manos), «Desde un mar de irrealidades», estaba quedando más que bien. Casi cincuenta textos escritos en pocas semanas y diez por desarrollar, de los que una decena se han acogido en revistas nacionales y extranjeras de gran prestigio (nunca nos han rechazado una ficción) y con gran aceptación de la crítica. Convoqué a la criatura. Su voz tétrica y rasposa me contó cuando se le envió al infierno en una época incierta, en la que apenas se había descubierto el uso de la pólvora en juegos artificiales. Me gustó la idea y detuve un tiempo generoso mi palma sobre la pantalla, a pesar de lo costoso que era estar lánguido o hacerme heridas en las yemas de mis dedos o en las palmas de mis manos, o que esa parte de mi computadora luciera sanguinolenta, con la entidad calva de rostro de piedra, ojos rojos, boca colmilluda, que fungía de mi disparador creativo.

Me pregunto qué pasará el día en que me pida más que unas gotas de sangre, y aquel asombroso ente saque su enorme hocico para beber y yo no se lo niegue pensando en la gloria literaria, ¿qué será de mí entonces? Pero valdría la pena sacrificar algo, por mucho.

Post en el muro de Facebook de Luis Milano, 1 de noviembre a las 12:31:

«Secretos Literarios» ha sido un triunfo, premiado como el cuento del año, me permite pensar que mi pacto es correcto.

Bosquejo de post en el muro de Facebook de Bernardo Omán, 1 de noviembre a las 12:31 (borrado antes de publicarse):

Ay, Luis Milano, ¿qué sentirás cuando sepas que Bernardo y la imagen de tu monitor somos el mismo? ¿Quién más te podría dar esas ideas? Para que luego me las devuelvas con tu sufrido, pero necesario toque y yo siga mejorando mi creación, mi creación mi creación…


Carlos Enrique Saldívar (Lima, 1982). Es director de las revistas El Muqui y Minúsculo al Cubo. Es administrador de la revista Babelicus. Finalista de los Premios Andrómeda de Ficción Especulativa 2011, en la categoría: relato. Finalista del I Concurso de Microficciones, organizado por el grupo Abducidores de Textos. Finalista del Primer concurso de cuento de terror de la Sociedad Histórica Peruana Lovecraft. Finalista del XIV Certamen Internacional de Microcuento Fantástico miNatura 2016. Finalista del Concurso Guka 2017. Mención honrosa en I Premio Literario Valle del Pillko. Publicó el relato El otro engendro (2012). Publicó los libros de cuentos Historias de ciencia ficción (2008, 2018), Horizontes de fantasía (2010) y El otro engendro y algunos cuentos oscuros (2019). Compiló las selecciones: Nido de cuervos: cuentos peruanos de terror y suspenso (2011), Ciencia Ficción Peruana 2 (2016), Tenebra: muestra de cuentos peruanos de terror (2017, 2018, 2021) y Muestra de literatura peruana (2018).

Benjamín Román Abram (Lima, 1970). Es director de la revista El Muqui. Sus cuentos y reseñas se han publicado en diarios, antologías y revistas nacionales e internacionales como El Comercio, Correo (Huancayo), Heterocósmica, Fabulador, Umbral, Buensalvaje, Cosmocápsula, miNatura, Agujero Negro, Plesiosaurio, Zona libre, etc. Es autor de los libros de relatos En Envase Pequeño y Bioficciones. También cultiva la poesía y la ha publicado en diversos medios.


Foto portada tomada de: https://bit.ly/31vGyVH

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