Organista | Jorge Dávila Vázquez

Por Jorge Dávila Vázquez

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

A Consuelo Albornoz Tinajero

Tuvo un sueño desazonante, que se repitió, con variaciones, algunas veces durante la última semana y en especial en aquella noche, víspera de la Asunción: el gran órgano de la catedral se reía de él y le hablaba.

La visión fue particularmente nítida hacia el amanecer el 15 de agosto. El teclado se convertía en dientes que mostraban tan pronto alegría como agresividad. Y mientras, asustado, abandonaba el coro, y posteriormente la iglesia barroca, llena de dorados y pinturas pobladas de seres flotantes en la bóveda, escuchó una voz amenazadora que venía, inequívocamente, de los grandes tubos del instrumento:

—Herr Struck, lo noto muy distraído. Ayer, en el motete de Bach echó a perder la melodía. Si sigue así, un día de estos lo devoro.

Y se echó a reír con unas carcajadas tan estridentes, que lo despertaron, sudoroso y temblando.

Se vistió en la oscuridad, pensando que el profano amor por una de las jóvenes sirvientas del príncipe elector, Marie, y la constante presencia de esta casquivana y fría mujer en su mente, le habían, en efecto, trastornado. Olvidaba las notas de las piezas sacras, confundía los tiempos y hasta llegó –¡horror!– a interpretar un Kyrie en el momento del Agnus Dei. Tembló por las consecuencias.

El deán, por suerte, estaba medio sordo y no se dio cuenta de nada, o si lo hizo, olvidó decirlo. La edad estaba haciendo terribles estragos en el anciano cura, que le había llevado como organista alterno a la catedral.

Pero lo que realmente lo estremecía desde poco tiempo atrás, fue sorprenderse pensando en que sus relaciones con el gran órgano recién restaurado, se volvían difíciles. Parecía como si el instrumento enorme se negase a obedecerle. Como si hiciera burla de él. Como si escapase a su dominio y capacidad. Y empezaron los sueños.

En esa misa de alba, que incluía el Magníficat de Bach, los plateados tubos tendrían que hacer lo que en las solemnes hacían las varias voces del coro. Amaba particularmente esa pieza del maestro, así que puso todo su brío en la interpretación, pero fue un desastre. La sensual Marie se superponía con su boca entreabierta, sus caderas insinuantes y el leve temblor de los senos al andar, al himno esplondoroso que canta las maravillas de la Madre de Dios. ¡Una calamidad! Pensaba en todo ello cuando se sintió engullido por el órgano. No hizo nada para defenderse. Sabía que sería inútil. Y no era un sueño. No… no… no.

Al terminar la ceremonia, los sacristanes apagaron una parte de las luces. El templo quedó en penumbra. Uno de ellos oyó como un suspiro de satisfacción y un gran eructo viniendo de los tubos, pero no hizo el menor comentario, intentando convencerse que debía ser el aire de los fuelles, que acababa de escapar. No dijo nada a nadie, aunque sintió un extraño escalofrío. Nada. Si lo hacía, pensarían que estaba loco.


Jorge Dávila Vázquez (Cuenca,1947). Doctor en Filología por la Universidad de Cuenca, docente, escritor y crítico de arte. Ha publicado libros de cuento, novela, poesía, teatro y ensayo, y ha recibido importantes reconocimientos, como el Premio Nacional Aurelio Espinosa Pólit y el Premio Joaquín Gallegos Lara. La obra de Jorge Dávila consta en antologías nacionales y extranjeras, con textos traducidos al francés, inglés, alemán, portugués, italiano y hebreo. Ha colaborado con revistas y diarios nacionales y extranjeros. (Fuente: Lo que leo: https://www.loqueleo.com/ec/autores/jorge-davila-vazquez)


Foto portada tomada de: https://bit.ly/3GlvSYm

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