Antifaces | María Dolores Cabrera

Por María Dolores Cabrera

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

Suelo revisar las redes sociales como un intento compulsivo para calmar mi ansiedad. Un acto irreflexivo y desesperado. Inconsciente y maquinal. No razono ni analizo. Lo hago a diario y muchas veces en el día, casi siempre sin encontrar el objetivo que requiero. Sin embargo, la semana pasada me llamó la atención una convocatoria. La planteaban los dirigentes de un grupo del que formo parte a pesar de no conocer en persona a ningún integrante. Se sugería una reunión presencial a la que deberíamos asistir con un disfraz que nos permitiera ocultar la identidad y en la cual pudiéramos hablar, desahogarnos, abrirnos y compartir nuestros vacíos, carencias y necesidades emocionales. No tendríamos que ser reconocidos ni reconocer a nadie. La idea era permitirnos tener una catarsis sin ser juzgados, criticados o encasillados bajo estigmas y prejuicios que nos señalen y condenen como ocurre al ser identificados en medio de la sociedad.

De inmediato, sentí curiosidad por la oferta y me interesé en averiguar pormenores. Los administradores del grupo me dieron información detallada y después de la respectiva inscripción en la que se me asignó un número que no sería asociado a mi nombre sino a los dígitos de mi cédula de identidad, se me indicó fecha, hora y lugar. Se había establecido, además, una pequeña cuota económica para un refrigerio ligero.

Hoy es el día señalado y mi entusiasmo por esto ha crecido. La expectativa es enorme pero también debo reconocer que siento miedo y desconfianza. Sin embargo, no quiero echarme para atrás: “A lo hecho, pecho” digo y empiezo a vestirme. Días antes, adquirí todo lo que consideraba adecuado para usar.

Ya está. Me miro en el espejo. Estoy nervioso. El antifaz púrpura que cubre mi rostro es llamativo. Me agrada. Miro mis ojos negros detrás de los agujeros de la máscara. A los extremos de mi rostro se alargan extensiones cuyas puntas brillan escarchadas. Sonrío. Mi boca está descubierta y puedo ver mis labios pálidos. El pelo cubierto de gel para no ser reconocido. En unos minutos voy a salir. Visto con una túnica fosforescente que llega hasta el suelo y me hace ver un poco más alto. Pido un taxi y salgo a esperarlo.

El chofer me mira asombrado y para que no sienta desconfianza le digo con un tono amable:

—Voy a una fiesta de disfraces. Al salón de eventos del Hotel Imperial, en el Centro, por favor.

Llego a la dirección indicada y veo en la puerta a algunas personas disfrazadas que desean ingresar. Pago al conductor y me bajo. Me pongo a la cola. Tiemblo un poco por los nervios. Siento ansiedad y temor.

Al llegar al umbral, un guardia robusto que sostiene un papel en la mano me pregunta:

—¿Número?

—Ochenta y seis —le digo.

Revisa en la lista, pone una señal junto al número y me dice:

—Pase.

Cruzo el portal. Avanzo por un hall de paredes blancas con cuadros surrealistas y llego a un salón donde hay mesas con manteles habanos, sobre éstas, hay vasos y jarras con agua y refrescos. En el centro, unos pequeños sánduches sobre bandejas desechables de cartón. Se escucha una música suave en volumen bajo. Las personas están de pie y se miran entre sí. Todos llevan antifaces como exigía la convocatoria. De inmediato, me llama la atención la variedad de modelos y de tonalidades de éstos. Algunos muy sencillos y otros muy excéntricos. Me fijo en los detalles de cada uno. Miro a alguien que lleva uno en tono pardo y con un ribete dorado en el filo que bordea sus ojos, de la parte central se desprenden plumas marrones que cubren la frente del personaje que está detrás. Volteo mi cabeza y veo a alguien con una careta blanca en cuya parte superior se acentúa un tono cobre brillante. Una persona, que se nota que ya tiene una edad algo avanzada, lleva una máscara gris sobre la que hay un tejido de mullos apretados y entrelazados con pedrería plateada. A mi alrededor, pasean otros individuos que usan disfraces que aparentan caras sofisticadas y excéntricas de felinos, otras de arlequines que intercalan matices intensos al estilo veneciano con elevaciones cóncavas que terminan en puntas circulares como usaban los bufones en las cortes de los reyes. Me llama la atención un antifaz de color verde aceituna que tiene un calado como la filigrana. Un hombre con una mascarilla negra y adherida a la piel como si se tratara de un látex, se acerca y me dice:

—Amigo, ¿se siente cómodo? Elija un refresco o un bocadillo. Recuerde que, además, puede conversar e interactuar con los demás. La idea es abrirnos y hablar de nuestras cosas sin ser juzgados.

—Sí, sí. Muchas gracias. Estoy ambientándome un poco. Apenas he llegado hace unos minutos.

—Entiendo. Creo que la mayoría está en el proceso de adaptarse.

Comprendo que debe tratarse de uno de los organizadores y continúo mi recorrido entre la gente enmascarada.

Poco a poco noto que empiezan a conversar entre sí. Dos mujeres hablan con mucha soltura, como si se hubieran conocido de toda la vida. «Para las mujeres es más fácil abrirse», pienso. Una de ellas lleva un vestido rosado, largo y el rostro cubierto con una tela bordada en colores llamativos. La otra tiene la cara cubierta con una máscara de lentejuelas en cuyos extremos se elevan flequillos blancos igual que el resto de su ropa. Me acerco un poco y escucho que una de ellas solloza.

Cada vez las conversaciones son más fluidas. Hablan hombres con mujeres, pero también hombres con hombres. Yo no me he animado a acercarme a nadie aún, me siento inseguro, nervioso. Pienso que no es mi lugar y que no debí haber ido. Estoy a punto de marcharme cuando de pronto, alguien toca mi brazo. Veo un antifaz rojo con un plumaje volátil en su lado derecho. Me miran unos ojos azules pequeños, inquietos. Debajo, una boca fucsia sonríe a medias.

—Hola —le digo—. Aún estoy un poco perdido.

—Estoy igual. Por eso me he acercado al verte solo. ¿Qué te trajo aquí?

—Pues, la idea de poder hablar un poco sin ser juzgado, ese era el objetivo de todos, creo.

—Más bien sin ser reconocido, pues igual juzgarán y juzgaremos, aunque no sepamos a quién.

—Algo así.

Los dos reímos con prudencia. La música suena sutil. La voz de la chica es dulce y parece muy joven.

—Háblame un poco de ti —me dice—. ¿Tienes una familia? ¿Te aquejan deudas? ¿Alguna enfermedad? ¿Soledad? ¿Traición, desamor?

Río con sonoridad y respondo:

—Muchas preguntas; pero sí, las respuestas son afirmativas. Pareciera que has adivinado mi vida.

—Pues créeme que, en este preciso momento, la mayoría habla de eso y de sus consecuentes conflictos emocionales, depresivos. De dolor. De vacíos. De inconformidad con el proceder de los humanos, de las sociedades, de las miserias terrenales. De egoísmos, de la brutal falta de empatía que hay en el mundo.

—Pues la frustración nos aniquila a muchos. Nos decepcionamos de la vida por la incomprensión, por la injusticia.

—Créeme que ahora mismo, aquí, alrededor nuestro, se habla de dependencias, de alcoholismo, de violencia, de abusos. De miedos, de traiciones, de paranoias, de decepción. De pérdidas y de duelos. De culpas, pero también de perdón.

—Y finalmente como conclusión, de soledad.

—Así es.

—¿Y tú? ¿Qué me dices de ti? ¿Por qué has venido?

—Porque la necesidad de ser escuchada es imperiosa. Afuera nadie lo hace y si intentan o fingen hacerlo es sin la atención suficiente. Nadie tiene tiempo. Cada quién en sus propios asuntos, trabajan en sus conveniencias e intereses personales. Todos corren contra reloj dentro de su propio tiempo El mundo es así, egoísta. —Un silencio— Mira, no podemos ver las expresiones de angustia y de consternación que hay debajo de los antifaces. Tal vez hay lágrimas que resbalan y que no se ven. Las miradas sí y eso ya es bastante. Sin embargo, las personas nos sentimos protegidas si nuestro rostro está cubierto. Más libres de expresarnos sin ser identificadas. Nos soltamos, nos desinhibimos. Creemos que, si no ven nuestra cara, nuestros gestos, no seremos sentenciados, discriminados, encasillados y condenados. Por eso se pensó que este experimento podía dar resultado.

—Me gustaría escucharte y también hablarte.

—¿Con disfraz o sin él?

—Como prefieras, pero no aquí. ¿Salimos de este lugar?

—Vamos.

Pasan entre las pinturas surrealistas del hall blanco y en unos segundos cruzan la puerta y dejan atrás la tenue música y el murmullo de las conversaciones de la gente enmascarada. Se alejan. Caminan en silencio entre luces y bocinas de automóviles. Después de unos minutos, ella descubre su cara y él la suya. Se miran. Se observan. Los ojos azules de ella se aclaran y la mirada de él se ilumina.

—Manuel, dice él.

—Sofía, dice ella.

Sonríen pues recuerdan aquellos nombres dentro del grupo al que pertenecen y han roto la regla del no reconocimiento.

—Nos refugiamos en las redes sociales, ¿verdad?

—Así es.

—Conozco un sitio en este sector donde podemos tomar un trago, un café. Lo que desees.

—Acepto.

Entran a un sitio pequeño y acogedor. A pesar de que es notorio que vienen de una fiesta de disfraces, la gente los mira con asombro por sus vestimentas inusuales, pero a ellos no les importa. Hay otra clase de música. Otro estilo, otro ambiente. Las personas tienen la cara descubierta y muestran al resto sus expresiones crudas como es común en el mundo real. Manuel y Sofía piden dos tés de frutas y pastelitos de requesón.

—Estoy ansioso por escucharte, le insiste él.

—Soy una madre soltera a pesar de mi corta edad. He cometido errores que podrían sorprenderte. Incluso ahuyentarte de inmediato. Pero me arriesgaré. En muchas ocasiones no he sido honesta y he hecho de todo por sacar adelante a mi hijo. Estuve a punto de perder su custodia —Sofía narra una historia sórdida, dura. Describe un entorno machista. Una infancia rodeada de atropellos, de iniquidades y de una madre injusta. Una etapa posterior de desamores llena de mentiras y egoísmos. De sufrimientos y tristezas. De soledad—. Necesito hacer una pausa. Ahora te escucho yo.

Manuel describe episodios repletos de inseguridades, de miedos frente a responsabilidades impuestas por un padre autoritario y exigente. Nunca pudo descubrir su verdadera vocación por presiones del entorno a pesar de que cree que le hubiera encantado ser músico. Siente que ahora no es nadie, que no consigue encajar en ningún espacio ni sentir satisfacción por la vida. No experimenta alegrías, tampoco ha podido amar y entonces le dice:

—Ahora voy a responder a todas tus preguntas: Sí, tengo una familia con la que no cuento, no me apoya ni me entiende. En efecto, debo dinero por todos lados, pues he fracasado en mis proyectos de supervivencia. De hecho, me aqueja el mal de la ansiedad y los trastornos bipolares. Y la última respuesta a tus preguntas es que sí, que estoy solo después de un matrimonio que duró muy poco y en el que hubo traición y engaño.

Con los brazos extendidos sobre la mesa, se toman de la mano y continúan con una conversación en la que se sienten extasiados, seducidos, hechizados y por primera vez felices mientras el antifaz púrpura y el de color rojo con livianas plumillas, reposan inútiles sobre un sobrio mantel azul.


María Dolores Cabrera (Quito, 1962). Estudia en su ciudad natal y en 1984, egresa de la carrera de Psicología Clínica. Posteriormente, ingresa como miembro del Taller Literario conducido por Abdón Ubidia, destacado escritor ecuatoriano. Luego, años más tarde en 1998, publica su primer libro de 12 cuentos titulado: Mas allá de la piel. En el año 2010, un segundo libro, también de 12 cuentos: De nuevo tus ojos. En 2012, presenta su primera novela: Te regalo mi cordura. En el año 2016, una nueva novela con el título: Cuando duermen los Jilgueros, y su más reciente libro, en el año 2018, la novela: Pinceladas (Bosquejo de un trastorno).


Foto portada tomada de: https://bit.ly/32V5Soi

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