Granizo | Adrián Grimm

Por Adrián Grimm

“It ain’t what you don’t know that gets you into trouble.

 It’s what you know for sure that just ain’t so. “

 Mark Twain

Copito, le llamaron los medios por ser blanco, sigamos llamándolo así. Mi esposa lo odió siempre porque era un recuerdo de una relación anterior y porque marcaba cortinas y sillones con su orina. La blanca nieve, que en mi ciudad no se conocerá nunca, cae despacio en las melosas películas de temporada, y es delicioso verla estando calentito en la latitud cero. Sospecho que para un trabajador de la televisión todo lo blanco puede ser nieve.

“Copito” le quedaba bien, hizo furor en redes cuando salimos en un video que ustedes seguramente recordarán. Pero, les confieso que luego de años de travesuras, mejor le iba: Granizada.

Mi bisabuelo, papá Carlitos, nos llevaba seguido a La Merced y al Tingo a todos los primos Lozada. Llegaba en su carro verde y chifleaba como un profesional. Debía estar listo o sino… perseguir el auto un par de cuadras con el resto de Lozadas desternillando hincados en el asiento de atrás haciéndome muecas y coreando:

—¡Por len-to! ¡Por len-to! ¡Por len-to!

A veces, se ponía malvadillo y organizaba concursos de clavados entre nosotros y los demás bañistas. Organizaba las categorías y anunciaba el gran premio: un plato de hornado. Si ganábamos nosotros, el hornado era acompañado de abrazos y cara de orgullo, pero si perdíamos llovían sin cesar sus:

—O si no…

Una vez por falta de alguien más pequeño tuve que participar en los clavados. Era mi primer clavado y entonces yo no sabía que no sabía nadar, los Lozadas nadan como peces, al menos los mayores. Casi me ahogué, Juancho, mi primo mayor, me salvó y recibió doble plato de hornado. A mí, papá Carlitos me llevó a la piscina de bebés e hincado dentro del agua, hizo una camilla con sus brazos para que yo aprendiese a patalear.

—Patelea, bracea, patalea, bracea, toma aire, patalea más duro, o si no…

Estando en eso, sentí un golpe en la cabeza parecido a los coscachos de Juancho pero sin risas. No había sido él, sino un granizo de 3 cm. Así es mi ciudad: capaz de granizar con sol. Todos los bañistas se refugiaron en los galpones, menos nosotros dos que metimos la cabeza bajo el agua y nos movimos muy despacio hacia la orilla.

Vi como las pelotas de hielo alcanzaban 10, 20, 30 centímetros de profundidad, y algunas tocaban el piso dejando rastros de burbujas negras que al empezar a subir se volvían blancas. Me meé del miedo y ya nunca he querido aprender a nadar. Afuera, los Lozadas tiritaban arrejuntados, otros niños recogían asombrados un granizo que rompió un macetero. Yo lloraba abrazado a papá Carlitos y le pedía que me lleve a casa. No lo hizo.

De vuelta comíamos una sopa de vísceras en una hueca del camino. A mí no me gusta la tripa mishqui porque hay que masticarla quinientas veces, y las aladeaba en el plato. Abundaban los perros callejeros y les lanzábamos las sobras, pero si alguno de nosotros se enamoraba de un peludo, podíamos llevarlo a casa. Les poníamos nombres excelentes porque todos dábamos ideas; pero papá Carlitos, siempre risueño, escogía el nombre en la mama cuchara donde todavía vive Martita, porque ella siempre se quedaba primera. Kimba, Chamo, Pepo, Tasca, Sin culo, Tarzana, Doc, los que recuerdo.

Mi esposa, adora a los gatos. Copito les tenía un… cariño diferente. Llegó a casa el más bello gato negro que he visto, le pusimos Garrick.

—¿Quién es el gatito más bonito? ¿De quién es?

Garrick miraba a Copito con burla, cuando el pobre alzaba las orejas esperando que ella también le preguntara algo. No lo hacía. Entonces empeoró su temperamento y marcó la cama de Garrick y destruyó el sofá nuevo. Ella al ver esto lo correteó por el patio escoba en mano y entre los dos rompieron varias macetas. Así fue condenado a muerte mi pobre perro runa. No me pude negar, el sofá era nuevo y arreglarlo iba a costar lo suyo. Lo llevé al veterinario para que lo duerman, pero en el camino tuve una gran idea: Liberarlo.

Compré un recibo en una papelería y lo hice llenar ahí mismo: Aplicación de dosis letal para perro mediano: 30 dólares. Cantidad 1. Fecha. Firma, etc. Al llegar a casa clavé el recibo en el pincho de siempre sabiendo que ella lo revisaría en algún momento, aunque no volvió a tocar el tema. Eso fue viernes.

El lunes explotó la cosa sentí los granizos cayéndome en tandas. Nos habían filmado en el momento de nuestra despedida. “Copito” corrió unas cuadras tras de mí y de su verdadero nombre, pero aceleré y salí de cuadro.

Contarles lo que ya saben, no es mi deseo, ni fingir vergüenza. La actitud de Marietta, que así se llama mi mujer, hizo que Garrick también me viera con su expresión burlesca. Esos ojos verdes me persiguen en cada persona que cree que sabe lo que hice. Juancho me dio nuestro último coscorrón en esa ocasión.

Era no más lo mandes a matar.

Yo nunca mataría un perro, y menos por un sofá.

La próxima vez, me lo pides a mi, o si no…

No lo hice.

Garrick había hecho su cama en el roto del sofá ya vuelto basura, fingí no verlo y me senté de un salto sobre él, era como sentarse sobre una legión de ratones furiosos. En seguida llamé a Marietta y le conté del accidente, le ofrecí comprarle otro mas bonito No lo quiso. Eso fue miércoles 4 pm.

A las siete pm, Marietta ya había revisado el video de seguridad de la sala, se ve la mitad nueva del sofá, pero se entrevé lo sucedido.

Negué y rogué, pero de nada sirvió.

Al salir de casa con las maletas mal hechas me encontré siete reporteros, setenta animalistas y setecientos setenta y siete vecinas furiosas. Con las mismas manos que enterraron a Garrick, me abrí paso entre esa pared hecha de ojos.

Alguien me pegó con algo duro, supe que no era un granizo.


Foto portada tomada de: https://bit.ly/3otHxyf

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