Ciencias de la vida | Iván Rodrigo Mendizábal

Por Iván Rodrigo Mendizábal

Mural por PITR (Fuente: https://bit.ly/3g0zljC)

Michel Foucault al hacer una revisión del impacto del pensamiento del Georges Canguilhem en la filosofía francesa evidencia un hecho: el lugar de las ciencias en el mundo actual es determinante en tanto gracias a las ciencias, particularmente las médicas, las biológicas o las químicas, con sus epistemologías han llevado a una transformación la comprensión sobre la misma noción de vida. Por lo menos quiero detenerme en este tópico. Tomemos una larga cita del texto “La vida: la experiencia y la ciencia”:

“Habría sido imposible constituir una ciencia de lo viviente sin tener en cuenta como esencial a su objeto la posibilidad de la enfermedad, de la muerte, de la monstruosidad, la anomalía y el error, cuyos mecanismos físico-químicos pueden conocerse cada vez con mayor exactitud. Tales mecanismos encuentran un lugar en el interior de una especificidad que las ciencias de la vida no pueden dejar de considerar, salvo que ignoren lo que precisamente constituye su objeto y su ámbito propio”.

“De aquí proviene un hecho paradojal para las ciencias de la vida. Si bien, por un lado, el proceso de su constitución se produjo sacando a la luz mecanismos físicos y químicos, constituyendo campos como la química celular y molecular, utilizando modelos matemáticos, etc. por el otro, las ciencias de la vida fueron capaces de desarrollarse solo en la medida en que se plantea constantemente, como un desafío, el problema de la especificidad de la enfermedad y del terreno que ocupa entre los seres naturales” (Foucault 2007, 53).

Desde la historia, Foucault, en efecto, se plantea que las ciencias de la vida aparecen, en el mismo momento en el que la modernidad empieza a tomar cuerpo de ciudadanía, cuando se invierte el rol del individuo como sujeto productivo cuando este antes era considerado como sujeto de la soberanía. Al individuo como sujeto productivo hay que preservarlo y como tal vencer las enfermedades que le amenazan, además de no dar lugar a la muerte en su cosecha de vidas sino más bien hacer que el individuo sea cosechador de elementos de vida del capital. La medicina, entonces, aparece como la ciencia que va a enfrentar a la enfermedad y a la muerte para preservar un tiempo más la vida de los individuos en tanto sujetos productivos. Pero ¿cómo conocer más la enfermedad y también la muerte, pensando que la enfermedad es la probable anticipación de la muerte en la vida? Si no a partir también de aproximarse a lo que desconstituye el cuerpo, pero igualmente lo que, por algún error, por alguna extraña codificación de la vida, produce lo monstruoso, lo anómalo, lo que implica un error. Las ciencias de la vida han ido perfeccionando sus métodos gracias a las tecnologías que emplea: hoy se puede decir que, de la mano de la biotecnología, de la bioquímica, el cuestionamiento sobre los anteriores aspectos ya no está sobre el cuerpo, sino sobre el ADN humano. El objeto de las ciencias es la vida. Esto es lo que nos refleja los planteamientos de Foucault en su parte inicial.

Ha debido pasar mucho tiempo para que los pensadores actuales también reflexionen sobre el devenir de las ciencias. Con anterioridad las reflexiones estaban más bien en las soluciones a cuestiones emergentes que afectan la vida, emergencias nacidas precisamente de la amenaza al cuerpo productivo, en otras palabras, al cuerpo sano. El primer cuestionamiento aparece en la Ilustración respecto a diferenciar el saber del creer: “forma científica del conocimiento y contenido religioso de la representación, o paso de lo precientífico a lo científico; constitución de un poder racional con una experiencia tradicional de fondo” (Foucault 2007, 45). En otras palabras, sobre la creencia religiosa, o sobre el pensamiento mágico, el imperativo de la racionalidad científica aparece como un nuevo horizonte; de este modo el cuerpo sagrado pasa a ser objeto de exploración científica; o, si se quiere, la enfermedad como designio divino es interrogado por el ojo de la tecnología médica hasta hacerle hablar de su modo de destrucción del cuerpo sujetado. Incluso el anormal que era todavía una entidad paradivina de pronto adquiere, si bien la dimensión del objeto que hace producir, además el sujeto experimental por el cual la ciencia podrá descubrir nuevos modos de afrontar la adversidad. Canguilhem, al hacer historia de discontinuidades, ayuda a pensar la epistemología de las mismas ciencias en tanto su modo de aproximarse discontinuamente, por episodios a las propias discontinuidades que la propia vida ofrece.

Pero Foucault en su planteamiento que anotamos diferencia que la vida y la muerte no son los problemas de las ciencias de la vida; es sobre todo el reconocimiento de un objeto de investigación en las propias discontinuidades de la vida (Foucault 2007, 54). El resultado es el concepto: “Georges Canguilhem quiere descubrir lo que, [del] conocimiento, corresponde al concepto en la vida. Es decir, el concepto como uno de los modos por medio del cual un ser vivo extrae información de su medio e, inversamente, lo estructura” (54-55). De este modo, se trataría de “formar conceptos [como] una manera de vivir y no de matar la vida [,es decir, de tratar de extraer] un tipo muy particular de información” (55). Y ¿qué ese tipo particular de información? Hoy, con más certeza, es el ADN, el libro de codificación del cuerpo humano; pero no solo eso, el libro de la codificación de la vida. Esto lleva a que la biopolítica vaya más allá del control de la vida ciudadana; se trataría del control de la naturaleza de la vida.

Obras citadas:

Foucault, Michel. 2007. “La vida: la experiencia y la ciencia”. En Ensayos sobre biopolítica: excesos de vida, editado por Gabriel Giorgi y Fermín Rodríguez, 41-57. Buenos Aires: Paidós.


Iván Fernando Rodrigo Mendizábal. Doctor en Literatura Latinoamericana por la UASB-Ec. Magíster en Estudios de la Cultura por la UASB-Ec. Licenciado en Ciencias de la Comunicación Social por la Universidad Católica Boliviana San Pablo. Profesor de la UASB-Ec. Escritor de artículos científicos en diversas revistas ecuatorianas e internacionales. Columnista de El Telégrafo (Ecuador), Suridea (Ecuador) y Amazing Stories (EE.UU.). Autor (entre otros) de: Análisis del discurso social y político (junto con Teun van Dijk, 2000); Cartografías de la comunicación (2002); Máquinas de pensar: videojuegos, representaciones y simulaciones del poder (2004); Imaginando a Verne (2018); Imágenes de nómadas transnacionales: análisis crítico del discurso del cine ecuatoriano (2018) e Imaginaciones científico-tecnológico letradas (2019). Capítulos de libros, entre otros: “El monstruo es del sur: más allá de la biopolítica” en Marginalia III, relecturas del canon literario (Carlos Alberto Castrillón y Juan Manuel Acevedo, comps., 2013); “YouTube y el documentalismo global: ecuatorianos en el proyecto Life in a Day” en El documental en la era de la complejidad (Christian León, ed., 2014); “Ciencia ficción ecuatoriana: las exploraciones del futuro de las nuevas generaciones” en El pez solo puede salvarse en el relámpago (Augusto Rodríguez, comp., 2020); “Análisis del discurso de lo político: notas para una metodología aplicada a Twitter” en Comunicación Política: Debates, estrategias y modelos emergentes (Sergio Rivera Magos y Bruno Carriço Reis, eds., México, 2020); “La ciencia ficción ecuatoriana (1839-1948)” en Historia de la ciencia ficción latinoamericana I. Desde los orígenes hasta la modernidad (Teresa López-Pellisa y Silvia G. Kurlat Ares, eds., España, 2020).

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