“El fin del homo sovieticus” de Svetlana Aleksiévich | Fabricio Guerra Salgado

Por Fabricio Guerra Salgado

Luego de apenas setenta años, el colapso del experimento socialista en la URSS marcó el fin del denominado “nuevo hombre soviético”, sujeto histórico que, según el ideario oficial, encarnaba los sublimes valores del marxismo leninismo. Altruista, solidario y, por supuesto, genial, el mentado señor iba por la vida dispuesto a dejarse arrancar la piel para defender a los oprimidos del mundo entero. Realmente conmovedor.

Pero para su desgracia, en la década del ochenta, Gorbachov, jefe de estado y máximo líder, emprendió una serie de reformas en materia política y económica, acelerando el derrumbe de la Unión Soviética. Más aún, en los noventa, Yeltsin, el beodo presidente de la naciente Federación Rusa, vendió el país a precio de saldo a las fuerzas del mercado y el crimen organizado, lo que acabó de sellar la suerte del supuesto héroe.

Fiel al estilo narrativo de otorgarle voz a la gente, Aleksiévich construye un relato polifónico en el que dialogan los nostálgicos del comunismo con los sobrevivientes del Gulag. Hablan también los abuelos perseguidos por el estalinismo, y sus nietos, que se dicen decepcionados del actual modelo capitalista. Dolorosos resultan los testimonios de quienes salieron a las calles durante los decisivos días de 1991, dispuestos a enfrentarse a las rojas tanquetas, soñando con un nuevo orden, sin sospechar que la tan anhelada libertad posee un lado sombrío e inexpugnable.

 “Los rusos no comprendemos la libertad, necesitamos del cosaco y el látigo”, señala alguien sin mayor recato. Mientras otro lo refuta afirmando convencido de que: “Éramos un pueblo lleno de grandeza y ahora nos han convertido en uno de traficantes, pillos, tenderos y gerentes”.

Surge entonces el enigma del alma rusa, aquel carácter, esa particular forma de ser, de aprehender el mundo, que vuelve épicos y trágicos a los personajes de Tolstoi o Dostoievski. Tal especificidad, muy eslava, es quizás determinante para entender el sinuoso tránsito de esta sociedad por el zarismo, el bolchevismo y el mercantilismo, en medio de grandes guerras, nacionalismos étnicos, aspiraciones imperiales y un cristianismo radical que, por cierto, está más vigente que nunca.

El texto constituye el registro emocional del fin de una era siniestra, y el surgimiento de otra no menos infame, al mando, hoy, de un oscuro ex agente del KGB, al que muchos tachan de “zar de pacotilla”. Los intelectuales han cedido el protagonismo a los popes ortodoxos. Los nuevos ricos ostentan sus lujos sin pudor. A la vez, millones de personas han visto trucar la mísera libreta de racionamiento de antaño por las migajas del capitalismo actual. Como era de esperarse, al desmesurado arquetipo soviético le sobrepasó la realidad y terminó aniquilado. RIP.

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