El hechizo de Freud | Máximo Ortega Vintimilla

Por Máximo Ortega Vintimilla

Cuando entró al consultorio un campesino que creía estar embrujado, a mi jefe, el Profe Ludox, empezó a brillarle los ojos de codicia Sin perder tiempo, le pidió que se sacara la ropa para examinarle. Al quedar en calzoncillos, se le notaba más su delgadez. Comenzó a quejarse de un dolor en el vientre.

Rápidamente, ayudé al hombre a acostarse sobre una mesa, de esas que utilizan los médicos. El Profesor comenzó a chequearle, apegó su oreja, a manera de estetoscopio, a la altura del corazón; con una paleta le revisó los dientes, las amígdalas. También le pidió que se volteara para observarle con una lupa si tenía alguna mancha en la espalda. Bueno, lo cierto es que una vez que terminó de revisarle, le mencionó que, en efecto, tenía todos los síntomas del mal de caballo, que estaba embrujado. El campesino se incorporó bruscamente y se sentó en el borde de la mesa, y, sin que nadie le preguntara, manifestó con voz entrecortada –daba la impresión de que iba a llorar– que vivía con su familia cultivando unas tierras de su propiedad, que nunca se había enfermado de esa forma, y que, tal vez, lo embrujó un vecino suyo, un tipo ruin que siempre le había tenido envidia. Hizo una pausa, respiró hondo, al final le pidió al Profe que hiciera cualquier cosa con tal de que le quitara la brujería.

—¡Claro, para eso estamos! —dijo el Profe—. ¡Vamos a dejarle como nuevo!

Pero después que, entre mi jefe y yo, analizamos con brevedad el problema (en mi opinión, el asunto del campesino Barros era más psicológico que nada) le dijimos que su caso se podría curar con un contrahechizo, que no requería que se hiciera un hechizo dirigido a alguien, lo cual, dicho sea de paso, era complicado y peligroso, porque podría rebotar en contra del campesino.

Una vez que este se vistió y tomó asiento frente al escritorio, el Profesor Ludox comenzó a examinarle los dedos de las manos, lo cual me llamó la atención, pues era la primera vez que se le ocurría hacer eso. Cuando terminó de hacerlo, le dijo que debajo de sus uñas había unos puntos verduscos que significaba que estaba a tiempo de curarse, que si se hubiesen llegado a convertir en negros habría sido imposible ayudarle a eliminar el embrujo. El hombre se revisó los dedos y, en efecto, tenía unos puntos verduscos.

—¿Qué tiempo lleva casado con su esposa? —preguntó el Profe.

—Cinco años, y tengo dos hijos tiernos —respondió el campesino.

—¿Alguna vez tuvo problemas de linderos con su vecino envidioso?

—Sí —contestó con voz melancólica—, a cada rato.

—Mmm.

—Aparte de que es mi compadre, todo el tiempo se ha dedicado a robar algunos metros de un terrenito que tengo, al menor descuido, arbitrariamente, mueve las cercas.

—¿Y por qué razón cree usted que le molesta? —quiso saber el Profe.

—No sé —respondió el otro—, todo el tiempo me he llevado bien con él… Aunque, desde que me casé con mi mujer cambió su comportamiento conmigo —añadió, en voz baja.

—Comprendo, comprendo —dijo don Piche, hizo una pausa, y prosiguió—: Bien, definitivamente, lo suyo es una brujería y tenemos que hacerle el contrahechizo.

Entonces, el campesino le pidió que actuara de inmediato, sin importar el costo de su curación. El Profesor le indicó que el tratamiento sería largo y costoso. Que la brujería no se combatía con facilidad. Para empezar, debía hacerse tres baños blancos, cada dos días, cada uno valía ciento cincuenta dólares, que debía pagarle por adelantado. El hombre le pagó al instante, sin reparar en el precio. De paso, le compró al Profe un añillo de acero y un amuleto. Mi jefe, que estaba feliz con el dinero, le indicó que ese mismo día le haría la primera limpia, pero a las seis de la tarde; por tanto, debía regresar a esa hora. También le explicó que el baño consistiría en soplarle con agua bendita por todo el cuerpo, luego, limpiarle con un atado grande de ortiga, para, posteriormente, como precaución a una reacción alérgica, darle de beber una mezcla de aguardiente con ajos machacados con piedra volcánica. Consideró el Profe que, al finalizar la tarde, a eso de las seis, la energía positiva de la naturaleza penetraba con más precisión en el cuerpo y la mente.

Después que salió el paciente del consultorio, le pregunté a mi jefe si tenía pensado en dónde iba a conseguir el agua bendita; pero se quedó callado, me miraba con desprecio. Para que se relajara le dije que me ponía a su disposición para ayudarle en lo que quisiera, y, entonces, me envió a buscar matas de ortiga. Me sorprendió que no me hubiera pedido alguna opinión sobre cómo hacer el contrahechizo, a decir verdad, él no tenía experiencia en el arte. Pero bueno, en esos momentos, lo que más me interesaba era no perderme el espectáculo que se avecinaba, esto es, mirar las diabluras que iba a realizar con el paciente, quería ver cómo le soplaba el agua de grifo puesta en alguna botella que don Piche la haría pasar por bendita. No me lo quería perder, así que me apresté a buscar las plantas de ortiga en algún solar abandonado por ahí cerca. Pero, para mi sorpresa, mientras abría la puerta para retirarme del consultorio, me dijo, desde su escritorio, con cierta grosería, que no requería de mi presencia para cuando apareciera el campesino, que me daba media hora de plazo para que llegara con la ortiga y que debía dejarla, en caso de que estuviera en ese momento atendiendo a algún paciente, frente a la puerta, sobre el piso. Me sentí como si fuera su criado. Le dije que ya me estaba hartando del trabajo y salí dando un portazo. Al poco rato, mientras bajaba la escalera, el Profe Ludox salió del consultorio y me dijo, muy molesto, que, si quería seguir trabajando como su ayudante, debería hacer lo que me ordenara, caso contrario podía irme cuando deseara. Entonces, le pedí disculpas, le expliqué que estaba estresado.

—Por esta vez te perdono —dijo. Al llegar a la puerta del Consultorio se volvió y agregó—: Una vez que hagas el mandado, si quieres, puedes retirarte a descansar a tu casa.

Le dije que aún no deseaba hacerlo, que podía seguir ayudándole en cualquier cosa; entonces, añadió que podía quedarme todo el tiempo que quisiera, leyendo el periódico, barriendo el piso, o limpiando las ventanas, pero eso sí, ni de broma quería verme dentro del consultorio.

Cuando regresé a la casa donde funcionaba el consultorio, una vez que abrí la puerta metálica del cerramiento, me sorprendí al mirar una rata grande que yacía muerta en medio del sendero del jardín. Me dio asco. No me quedó más remedio que arrastrarla con mi zapato hasta un rincón. Sin embargo, para evitarme problemas con mi jefe, cogí un palo y avancé a llevarla hasta el contenedor de basura de la esquina. No tuve ningún mal presentimiento por lo del animal. Al ingresar al largo corredor, que hacía como sala de espera, no había ni un solo cliente haciendo fila para ser atendido. Dejé una considerable cantidad de matas de ortiga donde me indicó mi jefe. En el interior del consultorio el Profe Ludox discutía con algún paciente. Como no me interesaba saber de lo que hablaban, di la media vuelta; además, ya eran cerca de las seis de la tarde. Para mi sorpresa, mientras salía por el corredor, me crucé con un tipo extraño, sesentón, con barba y entradas en la frente, bien elegante, que vestía terno oscuro, con chaleco y leontina, creo que de oro. VI que el tipo, sin decir nada, llegó hasta una silla, se sentó y cruzó las piernas. Justo en esos momentos, apareció la señora Elena, amante de mi jefe, que también colaboraba con él, y se acercó para decirle algo, quizá, indicarle que tendría que esperar más de una hora al Profe, porque a las seis llegaría un paciente, a quien tendría que atenderlo de urgencia. Pero el tipo extraño, que, a propósito, fumaba un puro y que parecía como salido del siglo XIX, al parecer le había leído la mente a la señora Elena, pues, en un idioma medio raro, mezcla de español y alemán, o algo así, le dijo que justamente quería hablar de ese paciente, del campesino que tenía síntomas de estar embrujado; entonces, la señora Elena, sorprendida, le dijo que iría a avisarle al Profe Ludox para que le autorizara dejarle pasar. Pero, extrañamente, el tipo raro, le dijo que no era necesario, pues, regresaría otro día; finalmente, pidió que le dijera a mi jefe que le deseaba éxito con lo del baño blanco. La señora Elena, asombrada, le dio las gracias. El hombre se levantó y se fue. Esa sería la única vez que lo vimos, nunca más asomó por ahí.

Estábamos la señora Elena y yo deslizando los dedos por las pantallas de nuestros celulares, enterándonos de los chismes de las redes sociales, cuando llegó el campesino para lo de la limpia. Con amabilidad, le hicimos pasar y le pedimos que tomara asiento. No tuvo que esperar nada, porque el otro paciente ya se retiraba. Me despedí de la señora Elena. Salí a la calle, avancé hasta la tienda de la esquina, me acomodé en un taburete y pedí una cerveza. Mientras la bebía, me acordé de ese señor extraño, que parecía llegado de otra dimensión, de quien tenía la impresión de que su rostro lo había visto en alguna parte, quizá en un libro. Bueno, lo cierto es que, media hora después, mientras meditaba sobre mi futuro, sobre si seguir o no trabajando con el Profe Ludox, desde el interior de la tienda, vi pasar por la acera de enfrente al campesino. Parecía estar deprimido, con vibraciones negativas. Por desgracia, no pude presenciar el baño ni enterarme de lo que aconteció dentro del consultorio. Pero no creo que el Profe Ludox hubiera actuado con mala fe; además, el baño estaba dentro de los requisitos. Creo que el problema del señor Barros era psicológico. Estaba seguro de que el tipo no fue sincero. No le dijo toda la verdad al Profesor. Escondía algún asunto grave, alguna cuestión muy seria que le carcomía la conciencia. Tal vez se sugestionó por alguna cosa que le dijeron, consecuencia de algo malo que hizo, lo que impedía que reaccionara favorablemente con algún remedio natural. Y si mi suposición era real, no habría nada que lo curase. Ni la medicina, digamos que tradicional, ni la alternativa que nos brinda la naturaleza. Así pues, me entró la duda de que el campesino pudiera asistir a la siguiente sesión con mi jefe. Y, en efecto, así sucedió, días después, la señora Elena me contó que el hombre no había podido llegar al consultorio porque, según le dijeron a ella, había fallecido en una clínica por una enfermedad rara.


Máximo Ortega Vintimilla. Especialista en Criminología, Universidad Complutense de Madrid; Master en Derecho Penal, Universidad Andina Simón Bolívar; doctor y abogado U. Católica Cuenca. Actualmente es Juez Penal en la Unidad Judicial de Iñaquito de Quito y Conferencista. Obras publicadas: Derecho: La criminalidad económica” (Edit. Fondo de Cultura Ecuatoriana, Cuenca, 2000); La calumnia y las expresiones en descrédito y deshonra perpetrados por medios digitales: Facebook, Watts App y más (Edit. ONI y Editorial Jurídica del Ecuador, 2018 (2 ediciones)). Literatura: La Poesía es algo más que un sueño (Edit. América, Azogues, 1990); Novela El arco iris del tiempo” (Edit. Huerga y Fierro, Madrid-España, 1996, 1ra. edición; Edit. El Conejo, Quito, 2da. edición, 2010); Poemas Vibraciones en Verde”; Cuentos El hombre que pintaba mariposas muertas; novela Gigantescos elefantes dormidos” (Edit. El Conejo, Quito, 2007).


Foto portada tomada de: https://bit.ly/31BimgW

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