“Ampliación del campo de batalla” de Michel Houellebecq | Fabricio Guerra Salgado

Por Fabricio Guerra Salgado

 

Prematuramente hastiado del trabajo, el placer y la gente, un ingeniero informático de mediana edad, subsiste en medio de la desesperanza total y la abulia, mientras se entretiene diseccionando las miserias del prójimo, la crueldad de las relaciones humanas y la lógica aplastante del sistema imperante.

Cree que las pláticas de las chicas ponen en evidencia “los últimos residuos lamentables de la caída del feminismo”. Deplora haber conocido a su exnovia, “aquella repugnante muchachita”. Y no tiene escrúpulos en alentar a un desdichado compañero de oficina a matar, en nombre de los reiterados fracasos amorosos de tal colega.

En el relato, Houellebecq formula una inquietante teoría acerca del rol que cumple la sexualidad en el modelo de economía liberal, sosteniendo que el sexo es una segunda modalidad de jerarquización, con completa independencia del dinero. Irrumpen así quienes triunfan en tales lides, acumulando innumerables encuentros íntimos, al tiempo que otros, los perdedores, quedan relegados, condenados a la masturbación y la soledad.

El cansancio vital del personaje se traduce en una insistente desvalorización de la existencia, en una incesante anulación de cualquier argumento legitimador de la vida. Por lo que llega a afirmar con convicción que “fumar cigarrillos se ha convertido en la única acción con la que me comprometo a plenitud, con todo mi ser. Es mi único proyecto”.

El aludido se refugia en un sombrío cinismo para rechazar, o al menos esquivar, la realidad. Entre tanto, la globalización ha ampliado y diversificado los campos de batalla en los que se lucha por la supervivencia. Corren los años noventa y todos los resquicios posibles son ahora reductos en los que hay que combatir, aun a sabiendas de que no habrá laureles ni redención. Como el náufrago en altamar que debe nadar hasta desfallecer pese a ser consciente de la absoluta imposibilidad de alcanzar orilla alguna.

Un occidente sumergido en la vacuidad y la frivolidad, regido desde hace tiempo por una ética de supermercado, tan solo puede engendrar vulgares vencedores y categóricos vencidos. Inevitables, surgen entonces los personajes houellebecquianos, caracterizados por una recurrente misantropía, la que se convierte en arma de defensa y ataque para resistir en el frente de guerra.

Al final, este tecnócrata, que por cierto permanece siempre en el anonimato, se confina por unas semanas en una clínica psiquiátrica, resignándose a la idea de que, en adelante, quizás todo se reduzca a un ir y venir a tales sanatorios. Porque, prisionero de sí mismo, ya no hay reversa. Solamente queda el dolor, el asco y la amarga espera de la muerte.

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