Gracias por tus lágrimas | Rubén Darío Buitrón

Por Rubén Darío Buitrón

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

—Digo que me voy y no te importa, ¿no?

—No, no me importa.

—Aunque me vaya con otro hombre.

—No sería la primera vez.

—¿Cómo te atreves?

—Cómo te atreves tú a insistir en la mentira.

—No tienes pruebas de que te fui infiel.

—Las tengo, pero nunca dejaré que las veas.

—¿Ves? Es un pretexto para dejar que me vaya.

—Entonces, quédate.

—No, ya no te soporto.

—Estás confundida. Dices que te vas y te pone mal que mi respuesta sea indiferente. Luego, cuando digo que te quedes, dices que no me soportas. Estás loca.

—Estoy loca, sí, por tu culpa. Por todo lo que me has hecho.

—No te he hecho nada.

—¿Y Juana? ¿Y la montubia? ¿Y la lojana? ¿No son nada? Me has vuelto loca de celos.

— Ni siquiera las recuerdo.

—Porque no te conviene.

—Con Juana pasamos una noche en el karaoke. Salimos de allí, la dejé en la casa y no he vuelto a verla. Una mujer sin ideas en la cabeza. Con la montubia dormí una tarde de sábado, pero no me excité lo suficiente como para tener una relación. Con la lojana nos vimos tres veces en una cafetería, me gustaba mucho su conversación, su alegría, su belleza. Pero Juana te conoce y yo conozco al marido de Juana, y como los cuatro somos buenas personas no estamos dispuestos a cruzas nuestros caminos.

—Farsante. Con Juana pasaste una noche en el karaoke y terminaste en la cama cantándole al oído mientras le hacías el amor. Con la montubia lo hiciste dos veces en tu oficina so pretexto de que le explicabas cosas que no entendía de tus clases en la universidad. Y con Juana estuviste a punto, pero ella puso fin a tus coqueteos y propuestas.

—¿Contrataste detective para enterarte de todas estas cosas?

—Sí, lo hice, porque ya estaba harta de tus mentiras.

—Me parece que has desperdiciado el dinero. Que además es (o era) mío, no tuyo.

—Todo el dinero que entra acá es de los dos, es como una alcancía doble, porque se guarda tu plata y la mía. ¿No habíamos dicho que siempre sería así?

—Pero, dime, ¿el detective era idóneo? Porque parecería que me estuvieras hablando de un hombre araña para trepar paredes, un super hombre para penetrar los muros y tomarnos fotos. Juana vive en un departamento en el sexto piso. Mi oficina está en el cuarto piso, no tiene ventanas a la calle y lo único que puede saber el hombre era que la montubia entró y salió dos horas después. ¿Eso significa algo? Nada. Y lo de Andrea, la lojana, entiendo que el detective tuvo auriculares atómicos para escuchar a la distancia nuestras conversaciones.

—No hay que ser demasiado suspicaz para darse cuenta de lo que ocurría en tus escondites.

—Mira, ya no tengo tiempo para seguir con estas niñerías. Debo levantarme muy temprano.

—¿Vas a desayunar con alguna de esas?

—Imposible. Andrea estará con su marido, Juana con alguno de sus amantes y la montubia con sus dos hijos.

—¡Cómo las conoces!

—Sí, mucho más que el detective. ¿Te das cuenta cómo te estafó?

—Te odio. La próxima vez voy a pagar para que te metan dos tiros en la cabeza.

—¿Con una Magnum o una Taurus? Me gustaría que fuera con una Taurus. La pistola es más pesada y el disparo es más seguro. Así cualquier tembleque puede disparar a la cabeza sin temor a que los proyectiles se desvíen y el potencial asesino termine suicidándose.

—Tus ironías son estúpidas.

—Tus ideas también.

—Solo dime algo…

—Claro…

—¿Alguna vez me amaste?

—Siempre. No importa lo que me digas. No importa que otra mujer esté en mis brazos. No importa que me amenaces con marcharte. Siempre te he amado.

—¿Y por qué me haces sufrir?

—Sufres porque dejas que te ronden conejitos en la cabeza.

—¿Puedes jurar por Dios que nunca te acostaste con ninguna de ellas?

—No metamos a Dios en esto.

—Dios es lo más sagrado que existe. Por eso te pido que me jures por Él, porque si lo haces te creeré y quedaremos en paz.

—Me parece infantil. Debes creerme porque yo te lo digo, no porque deba jurar por Dios o por una virgen o por un santo. Son mitos.

—Estás evadiendo la respuesta.

—Solo tengo una respuesta: te amo. Y espero que te sea útil.

—Pero yo necesito saber si alguna vez me has sido infiel, si yo te importo tanto como para que no me hagas daño, si esas mujeres se burlaron de mí acostándose contigo.

—Yo te amo. Y no quiero que jamás te vayas de mí.

—Pero hace un rato me dijiste que no te importaba que me fuera.

—Porque el amor no se puede forzar. Si tú crees que te hace bien irte y dejar de verme significa que no me amas y que piensas que separarnos sería lo mejor.

—¿Estoy forzándote?

—Sí.

—Y, entonces, ¿qué debería hacer?

—Olvidarte de los hombres con los que me has engañado.

—¿Y tú?

—…

—¿Y tú?

—…

¡Respóndeme!

—Trataré de dejar atrás lo que he intentado hacer cuando me he enterado de tus aventuras.

—¿Qué es lo que has intentado hacer?

—Serte infiel.

—¿Te das cuenta de que sí has querido hacerlo?

—Lo he pensado. Pero nunca lo he hecho desde que estoy contigo.

—No puedo dejar de pensar en eso. Estoy segura de que sí.

—Si no crees en mí, volvamos al principio de esta conversación.

—¿Que me vaya y no te importa?

—Sí, que te vayas y, aunque me duela mucho, no me importe.

—¿Te dolería mucho si me fuera?

—Mucho.

—Entonces me quedo.

—Es tu decisión.

—….

—….

—¿Estás llorando?

—…

—¿Estás llorando, mi amor?

—Un poco…

—Gracias por tus lágrimas. En verdad son más elocuentes que jurar por Dios.

 


Rubén Darío Buitrón (Quito, 1966) es poeta, periodista y escritor. Es director—fundador de www.loscronistas.net

 


Foto portada tomada de: https://www.pexels.com/es-es/foto/mujer-maquillaje-salud-cansado-4471316/

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