El círculo | Henry Bäx

Por Henry Bäx

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

… ella cerró sus ojos.

 

Ernesto y su equipo de gente llegaron apresurados a la oficina de su cliente, tenían que hacer la presentación de la nueva campaña publicitaria de un producto de limpieza.

Los ejecutivos de la empresa estaban en la sala de reuniones a la espera de las piezas publicitarias, se les notaba impacientes.

Acomodaron la PC. y un monitor sobre la pared. Ernesto lucía un implacable traje negro Hugo Boss. Tomó la palabra.

—Un buen día señores, lamento el retraso, ahora procederemos a revisar cada pieza publicitaria.

Una joven mujer procedió a conectar la USB en su computadora y comenzaron con la presentación.

Sobre la pantalla estaba la imagen del nuevo frasco del producto de limpieza llamado “Limpia fácil”

—Este será la nueva presentación de su producto, como podrán ver, hemos diseñado otro envase, es digamos, más ergonómico, esto hará que las amas de casa puedan tomarlo con mayor facilidad, el color brillante es para que ellas puedan asociarlo con el aseo, además esto ayudará a que cuando esté sobre las góndolas de las grandes superficies de los autoservicios se lo ubique con más rapidez. Como podrán fijarse, el logo que está rediseñado, y el slogan está debidamente ubicado para que el consumidor lo pueda memorizar y esto sin duda, redundará en el posicionamiento.

Ernesto observó que los ejecutivos lo miraban con suma atención. El ejecutivo se tomó un breve sorbo de agua que estaba servido en un lustroso vaso, él cerró sus ojos por unos segundos.

Raquel tenía en sus manos una pistola automática calibre 9mm. estaba con su adrenalina a mil, la policía le perseguía, ella lideraba una banda delictiva y ellos habían asaltado un banco hace menos de una hora. Las balas iban y venían, uno de los proyectiles disparados por los agentes policiales dio en una de las llantas del auto haciendo que este se vuelque aparatosamente; dos de los hampones murieron en el acto, uno quedó herido. Afortunadamente, Raquel quedó sobre el piso consciente, pero con heridas leves.

Los policías se acercaron hasta donde estaban los rufianes muertos y el carro accidentado, uno de ellos, viendo que un ladrón estaba con vida todavía, le apuntó con su arma de dotación, lo miró con repudio y le dijo.

—¡Escoria!, delincuentes como tú no merecen vivir!

El policía atisbó hacia los lados, ellos estaban en un lugar abandonado, seguro de no ser visto por nadie, apuntó su arma sobre la cabeza y sin remordimiento le descargó una bala.

Raquel miró aquella escena con terror, su rostro tomó el color de los espectros, ella sabía que los policías también la ajusticiarían, su arma se le había extraviado, no tenía formas de defenderse, giró su cuerpo hacia el pavimento y cerró sus ojos, desde esa posición esperó plácida la hora de su muerte.

Ernesto volvió a su cuerpo como de un tirón, movió levemente la cabeza, él había terminado su brillante exposición, los ejecutivos lo felicitaron con efusividad. Uno de ellos, de aspecto oriental, habló con claro acento extranjero.

—Su campaña gustó a mí, yo diré a mis amigos que bueno, campaña buena.

Ernesto le extendió su mano en señal de agradecimiento, el oriental hizo una leve reverencia en señal de respeto, y luego de ello se retiraron.

Salieron del edificio con el grupo de gente que le acompañó en su presentación, afuera sus compañeros lo felicitaron. Uno de ellos habló.

—Bien Ernesto, otra cuenta para la agencia, esto debemos festejarlo.

—Sí, en la tarde veámonos en el restaurante de siempre, yo invito.

Los demás sonrieron profusamente.

La tarde pasó lenta, la hora de salir llegó, todos se preparaban para irse; Ernesto entró al baño de su lujosa oficina, se miró al espejo de manera perpleja, a ratos no se reconocía, se miró con rigurosidad, giraba su rostro de un lado hacia otro, como tratando de encontrar algo extraño en su cara, clavó sus ojos en el espejo, quería ver si algún nuevo secreto le develaba aquel ilusorio mundo. Se agachó, de un escondido rincón sacó un pequeño sobre, en él había un polvo blanquecino, lo miró con desidia, sonrió con sorna, como si fuera un reto, cerró sus ojos, lo hizo como si fuera a abandonar este mundo real.

Raquel estaba en el medio de una fría celda, se la notaba temerosa, insegura. Un policía se acercó a los barrotes, ella le lanzó una mirada de desprecio. El policía le dijo:

—Veo que no has comido tu rancho o, ¿es que crees que aquí servimos comida especial?, ya verás como el hambre te derrota luego de no comer por tres días. Juan, a la presa de la celda 18 no se le dará de comer hasta después de tres días ¿me has entendido?

Del fondo de la prisión contestó un gendarme.

—¡Así se hará mi sargento!

El policía la volvió a mirar de pies a cabeza, él la devoró con su mórbida mirada, con un tono inescrupuloso, le dijo.

—Pero mujercita, si se te ve bien buena, no sería mala idea si nos divertimos.

Raquel prefirió no decir nada, y sintiéndose como acosada y temerosa se retiró de los barrotes de su celda. El hombre le volvió a decir.

—Tranquila, tranquila, no pasa nada; esta noche volveré, verás como nos divertiremos, si te portas bien, te traeré la comida que comemos en el regimiento.

El policía se alejó lentamente, pero con mórbida actitud, mientras le guiñaba el ojo se perdió en un infinito pasillo oscuro.

A la mujer se le notaba como inquieta, parecía una fiera enjaulada, no dejaba de maldecir una y otra vez, trataba vanamente de halar los barrotes para ver si estos cedían. La noche había caído y el pasillo se tornó tenebroso, sobre el techo, de manera austera brillaban unas pocas luces que estaban espaciadas. Unos pasos lánguidos empezaron a transitar el tortuoso camino hacia su celda, cada paso era lento y firme, toc… toc… sonaban. Cada vez se oían más cercanos. Se detuvieron frente a la celda de Raquel. Unos ojos brillaron sobre los simétricos barrotes de la prisión. La cerradura se abrió con lento afán, la puerta cedió. El cuerpo del policía amparado en las sombras del pasillo entró. Raquel estaba serena.

—Mira lo que te traje muñequita, si te portas bien te dejaré comer de estos manjares.

La mujer lo miró de manera provocativa, deslizó su lengua por sus delirantes labios, como invitando a su agresor a que se le acercara. Ella abrió su camisa dejando libres sus firmes pechos, en segundos se tendió sobre el camastro de manera deliciosa. Ella extendió sus brazos hacia el infinito, cerró sus ojos y sin más se liberó.

Ernesto llegó a casa, estaba drogado, se le notaba vivaz; a ratos estaba como ido, pero atento, decía incongruencias, pero no se dejaba notar. Subió a su dormitorio, los niños estaban dormidos, la mucama los había hecho dormir pronto. Su esposa estaba duchándose, la saludó.

—Hola Isabel, no te olvides que tenemos un compromiso a las nueve, ¿estás lista?

—Si Ernesto, dame unos minutos. Por cierto, mi madre vendrá este fin de semana.

—Lo sé, ella me lo dijo ayer.

El sonido de la ducha era plácido. Isabel volvió a hablar.

—Amor, no sé cómo pudo hablar ayer contigo, si ella llegó recién hoy de viaje.

—Eh… si, eso quise decir, ella me llamó hoy en la tarde, estoy un poco nervioso por el festejo que hoy.

La esposa salió de la ducha, tenía un cuerpo de diosa, la piel le brillaba como si fuese un manto de vaselina, ella le sonrió de manera pícara. Le preguntó.

—¿Deseas que me ponga aquel vestido que tanto te gusta?

Pero Ernesto le contestó frío.

—Me da igual, vístete como te sientas mejor.

—¿Te pasa algo amor, te noto extraño?

—No, nada en particular, solo que esta semana ha sido muy complicada y estoy muy cansado, solo eso.

Isabel se le acercó sensual, como pecaminosa.

—¿Deseas que te de un masaje? y luego…

—No mujer, ahora no estoy de humor, será mejor que te apresures, ya es tarde, nos deben estar esperando.

—Está bien, espero que cuando regresemos estés de mejor humor.

La mujer se dirigió hacia el vestidor, en cuestión de minutos se vistió de manera muy sensual. Ernesto se hecho una ducha muy rápido, se vistió de manera semi formal.

Llegaron al lugar en donde sus compañeros lo estaban esperando, el sitio estaba inundado de luz y de música. La pareja entró, había una mesa en donde sus compañeros lo aguardaban, uno de ellos dio la voz de alarma.

—Miren, llegó Ernesto, el mejor creativo del año, un aplauso por favor.

Con tedio cerró sus ojos, y a su vez dio un largo y profundo suspiro.

Raquel se había abandonado al deseo, ella retozaba serpenteante sobre el catre, el policía se extasiaba de sus sinuosas formas, tenía sus pantalones casi abajo, unas llaves sonaban con insidiosa molestia sobre el piso, los delataba. Ella aprovechando de su evidente excitación, en un descuido se apropió de las preciadas llaves. Sin que se diera cuenta el policía, las tomó con cuidado, mientras el depravado se extasiaba con el cuerpo de la mujer, ella agarró el tolete y lo propinó un certero mazazo en la cabeza. Raquel se incorporó; guardó sus exuberantes pechos y cerró su blusa. Con sigilo abrió la puerta de la celda, atisbó nerviosa para los lados, al final del pasillo se podía ver una débil luz, comenzó a transitar por aquel largo zaguán en pos de la ansiada libertad, llegó hasta el filo de la puerta; en la pequeña oficina no había nadie, la escrutó con frágil temor, miró una vez más, sobre el escritorio estaba un arma, seguramente pertenecía al policía que dejó abandonado en la fría celda, ingresó con sigilo, estaba como agazapada para evitar ser vista, agarró el arma, se sintió más segura de sí misma y una vez armada dio unos frágiles pasos hacia fuera, al fondo había otra puerta, esta vez pegó su oído. Escuchó unos pasos y el rumor de unas débiles voces, ella empuñó el arma con decisión. Los pasos se los escuchaba cada vez más cercanos, las voces se tornaron claras y legibles.

—… ¿Y dónde está el sargento?

—Le llevó comida a la interna de la celda 18, la que era la líder de los asalta bancos.

—¡Ah, suerte del maldito!, cada vez que llega una interna él le lleva comida y luego las viola, desde hace dos meses que no nos taca ninguna.

—Tranquilo mi pana, él me dijo que hoy nos tocaba, pero ya sabes mi brother, todo esto en cortito.

La puerta se abrió con lentitud, como si le costara desplegarse. Raquel estaba tras la puerta nerviosa pero decidida. Ellos entraron, Raquel sin darles tiempo a nada abrió fuego y sin más huyó vertiginosa cual saeta nocturna.

La voz de alarma sonó, ella se abría paso a balazo limpio, logró salir del pequeño regimiento, la persecución empezó. Ella era perseguida por una tropa de cinco hombres. Raquel corría y corría, ni se detenía en los sucios charcos, a ratos parecía que flotaba, iba vertiginosa, cual flecha que corta el viento, llegó a unos abundantes matorrales, había tomado ventaja de los policías; jadeaba exhausta, imperfecta, cansada, angustiada. Cerró sus ojos, pero de manera extraña a sus ojos vivaces le llegó cual flash de luz algo que le era muy extraño, pero a la vez le complacía. Veía una celebración en un desconocido lugar, no lo comprendía; esa visión le sobrevenía como si fuera viva realidad, se sentía segura, pero a ratos confundida, porque había gritos y jolgorio.

—¡Viva Ernesto, nuestro mejor creativo, viva…!

Raquel movió la cabeza frenética, ella se sintió tan cansada que se vio obligada a echarse en aquella mullida vegetación. Cerró sus ojos y un poderoso sueño le poseyó enseguida.

Ernesto era un hombre de éxito, tenía una hermosa familia, su esposa era una bella modelo de lencería, en la agencia de publicidad ganaba muy bien y era muy cotizado en el medio; su casa estaba ubicada en uno de los mejores barrios de la ciudad, todos los días se montaba en su lujoso Ferrari, mientras que su mujer se movilizaba en un Land Rover del año. Pero estaba lleno de hastío, su vida era vacía y carente de emociones, para aplacar esa rutina, se escapaba de la realidad drogándose, él quería que su vida tuviera emociones sin límites. Ernesto deseaba intensamente ser otra persona, dejar de vivir aquel tedio. Soñaba ser una mujer que liderara una banda delincuencial, le gustaba vivir al límite, le excitaba ser perseguido, la adrenalina le hacía un ser feliz, soñaba abandonarse a sí mismo y ser otra persona.

Raquel nunca fue una mujer afortunada, de pequeña sus padres la abandonaron y fue en el orfanatorio que conoció a su verdadera familia. Una vez, unas personas la adoptaron, ella pensó que su vida cambiaría, pero no fue así, Raquel tenía un espíritu libre e indómito; pronto se escapó de su hogar y una noche, luego de un delito menor fue a parar a una correccional para menores, allí conoció a Paula, una mujer mayor que la violó. En el lugar conoció a gente que le inició en el mundo delictivo, a los 17 años ya era especialista en utilizar armas de grueso calibre, cuando salió de la correccional fundó su propia banda delincuencial.

Raquel era buscada por la policía intensamente, había asaltado cuatro bancos y matado a tres guardias de seguridad. Ella se sentía agobiada por la vida que llevaba, deseaba con viva esperanza cambiar de vida, estaba cansada de su vertiginoso destino. Ella soñaba con ser un exitoso ejecutivo, tener una gran casa en un lujoso barrio, una bella esposa e hijos, además, ella sabía que con dinero se podía comprar autos, tomar vacaciones y viajar. Raquel soñaba que cerraba grandes negocios y que sus colaboradores le festejaban en un lujoso lugar.

Raquel abrió los ojos, estaba como recostada sobre un mullido lecho de vegetación, trataba de esconderse de la ley, ella sentía los pasos de unos policías que la buscaban, había escapado de la estación policial y en su loca huida había matado a un policía; su corazón le latía a mil por que sentía el éxtasis de saberse perseguida, pero una extraña sensación de seguridad le invadía en su interior, pues estaba segura que todo era un sueño y que ella en realidad era un ejecutivo de una agencia de publicidad, y que la persecución era parte de aquel sueño. Todo no era más que la fantasía que tanto anhelaba Ernesto.

 

Ernesto abrió los ojos, estaba en el baño inhalando polvo blanco, su vida vacía era aplacada por su vicio, pero él se sentía seguro de que su adicción no llegaría jamás a ser un pernicioso exceso, ya que Raquel se soñaba a sí misma como un hombre de carrera exitosa; ella se sentía tranquila puesto que no había ninguna autoridad que la persiguiera; se hallaba en un lujoso baño drogándose y lista para seguir el festejo, para al día siguiente seguir su exitosa vida. Raquel estaba segura de que ella era Ernesto y que aquella pesadilla de ser perseguida por la policía pronto acabaría, era solo cuestión de despertarse…

Ernesto soñaba eternamente con Raquel, y Raquel soñaba eternamente con Ernesto, ninguno de los dos sabía quien soñaba a quien, o si los dos eran sueños o personas reales, pero ellos formaban un círculo eterno, en donde el primero que despertaba, descasaba, y dejaba que el otro comience a soñar.

 


Henry Bäx (seudónimo de Galo Silva Barreno), escritor ecuatoriano (n. 1966), publicista. De vasta producción literaria, cultiva los géneros de la ciencia ficción, literatura policial, de terror, la poesía, etc. Sus obras, entre otras: El pergamino perdidoEl psíquicoEl libro circularEl último siloítaHungarian Rhapsody, etc.

 


Foto portada tomada de: https://pixabay.com/es/illustrations/mano-sangre-manchado-hiriendo-a-525988/

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