Palabras esdrújulas | María Dolores Cabrera

Por María Dolores Cabrera

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

Los niños caminan en grupo. A cada paso, restriegan sus zapatos sobre la tierra. Algunos de sus perros los siguen necios por el sendero. Se levanta una polvareda, pero a ellos no les importa. Están acostumbrados. Respiran un polvo que solo es visible cuando danza bajo rayos de luz, pero sus gargantas y pulmones ya se han habituado a esto. El pelo, el rostro y hasta las pestañas muestran residuos de partículas terrosas. Tosen un poco, pero continúan. Conversan. Se ríen a carcajadas de todo y de nada. Avanzan a la vez que saltan, juegan con ramas y piedras que toman de la orilla del camino. Alfonso, el más alto, aunque no por eso el mayor, reitera desafiante los apodos que ha puesto a los demás. Se resienten, aunque en broma, para lanzar cascajos al provocador.

Jacinto, Alfonso, Rocío, José y Beatriz, tienen ocho años. Hay pequeñas diferencias de edad entre ellos; meses más, meses menos. Rocío hace tres semanas ha cumplido nueve y José, recién cumplirá ocho en abril. Estudian en la misma escuela, en el mismo grado. Falta poco para llegar. Desde el barrio en el que viven hasta la escuela, hay dos kilómetros de distancia. Hoy, más que nunca, hace calor. Visten pantalones cortos y camisetas livianas sin manga. A una cuadra ya se divisa la estructura desgastada del plantel. Una edificación pequeña, alargada, pero sin altura, precaria. Las paredes deslucidas, con ventanas chicas. Los rayos de sol hacen brillar la cubierta de metal que cubre la construcción y en la que, por lo general, descansa un gato pardo que alimenta Elena, la directora.

Otros alumnos que han llegado más temprano pululan, corretean, saltan y esconden en medio de la juerga, su congoja infantil. El establecimiento se asemeja a un refugio improvisado como aquellos a los que llegaban con urgencia, los soldados heridos en las guerras civiles de la historia.

Mientras más caminan, más cerca se puede ver la puerta abierta de madera pintada de azul. A un costado de la entrada está Paulina, la maestra de la perenne sonrisa triste que, al verlos acercarse, los recibe con una alegría necesaria, con cariño. Les entrega pedacitos de amor. Sabe que cada uno espera eso de ella, que lo precisan, que todos traen una historia dura y diferente marcada detrás de las expresiones pueriles de sus rostros, incrustada en la invisibilidad de sus mentes, atravesada en la oscuridad de sus corazones.

Ella los estrecha uno a uno y con eso también alivia su propia angustia, su propia ansiedad. Tiene 24 años. Acaba de titularse como educadora parvularia en la capital. Aceptó el puesto en aquel pueblito rural de la sierra donde la mayoría de las casas son de adobe o de barro y la pobreza resalta insistente, porque tiene vocación para ayudar a criaturas de escasos recursos económicos, de pocas comodidades y de abundantes carencias afectivas. No ha dormido bien como suele ocurrir. Vive sola y le hace falta el contacto físico para emprender la cotidiana labor de enseñar.

Enseguida suena una campana rústica y ronca que la directora ha comprado en una ferretería de la ciudad y que la hace sonar como aviso para el ingreso al aula.

Entran quince niños. Ocupan los taburetes de madera acomodados sobre un piso de cemento que se inunda en el invierno porque el nivel no fue bien calculado por quien levantó el inmueble. Cada asiento está frente a un pupitre de tabla rústica. Los cinco vecinos se sientan juntos. Al filo de la ventana hay cuatro macetas con geranios de diferentes colores que los niños deben regar y cuidar para despertar su devoción por las plantas. A través del vidrio se puede ver, cuando el cielo está despejado, la cima de uno de los nevados más hermosos e imponentes de la cordillera. Los chicos miran a Paulina como esperando que les resuelva el propósito del día. Ella, acomoda su blusa y les pregunta si todos están bien y si traen la tarea terminada. De inmediato, la mayoría saca sus cuadernos con la redacción y las ecuaciones. Beatriz, llora. Llora a mares. No pudo hacer nada porque en la tarde ayudó a la tía Julia con el pan y en la noche, no tuvo luz.

Beatriz es huérfana. Tiene pelo corto. Negro, rizado. Ojos pequeños color café. Vive con sus dos hermanitos menores y con la hermana de la madre, la panadera del pueblo. Hace tres años fallecieron los padres de la niña cuando un día de lluvia, el camión en el que sacaban sus productos al mercado de la ciudad, se desbancó por la quebrada.

Jacinto, el chinito le dicen, tiene la carita redonda, los ojos rasgados. Es el más obediente y respetuoso. Hijo único. Solo tiene a su madre que es soltera, y a su abuela. Nunca conoció ni conocerá a su padre. Jamás le hablaron de él, su existencia es un misterio.

Rocío, la Chio, entrega insegura su trabajo. Es bajita de estatura y tiene unas hermosas pecas oscuras sobre la nariz. Su cabello es largo, lacio y a su madre le gusta tejerle, por las mañanas, un par de trenzas para que vaya muy bien peinada a la escuela. La niña duda de que las respuestas sean las correctas y de que la redacción esté bien escrita. Tiene muchas faltas y se avergüenza de ello. Es la mayor de todos, pero también es la más tímida. Entró tarde a la escuela porque los padres consideraron que la hermana con parálisis cerebral necesitaba de su ayuda; además, Chio tiene problemas para concentrarse al tratar de aprender. Mientras crece, asume la resignación como forma de vida, como tétrica defensa para soportar heridas abiertas que quedarán postergadas.

Alfonso es el más revoltoso e inquieto. Piel morena. Le gusta hablar mucho. Será un líder en el futuro, piensa Paulina al verlo incansable, emprendedor. Trabaja en el campo con el padre que es afrodescendiente y que está orgulloso de serlo. El “negro Alfito”, así le dicen al chico con cariño, es alto y fuerte. Realiza labores duras como si tuviera al menos tres o cuatro años más. Para él, el progreso representa renunciar a la vida estancada que amordaza los ecos de la ingenuidad.

José, triste y melancólico. Soñador. Mirada enigmática y pestañas espesas. Ama a la señorita Paulina y alucina con crecer para tener una novia igual a ella. Sus padres lo quieren, pero la pobreza les agobia tanto que muchos días, él y sus cuatro hermanos, tres mayores y una menor, no tienen para comer más de una vez al día. Respiran una emergencia estática. Se ahoga un gemido de auxilio entre sus voces.

Los demás niños de la clase tienen historias diferentes y similares a la vez, como María, una niña solitaria que no vive en el mismo barrio del grupo de los cinco pero que, a veces, se junta con ellos para jugar. Se sabe, por los rumores del pueblo, que su padre es tosco, machista, bebedor. Muchos aseguran haber escuchado es esa casa, gritos, insultos, malos tratos y hasta golpes propinados por el hombre, seguidos del llanto de María y de su madre. Para ellas, las lesiones invisibles se dilatan en un tiempo sin reloj, un tiempo que se volverá mañana y entonces será su futuro también.

Paulina toma la tiza y empieza a escribir ejemplos de palabras esdrújulas para explicar que todas llevan tilde. Rocío, distraída y nerviosa como lo es siempre, interrumpe sin importarle las esdrújulas, levanta la mano y con voz temblorosa pregunta si es verdad que una enfermedad rara y mortal está infectando a todos. Que en su casa escuchó que ya hay muchos enfermos en otros países e incluso acá en la ciudad y que ella tiene miedo de morir con su familia porque oyó que el mal avanza por el aire como un manto negro que envuelve a las personas para asesinarlas. Llora y los demás reaccionan con un desorden alborotado porque ese rumor ya lo oyeron todos y ahora lo cuentan interrumpiéndose entre sí, cada uno a su manera.

Paulina los calma. Les explica que sí hay un virus nuevo y peligroso pero que no hay que temer, en especial en el pueblo y en el campo. Que ya darán indicaciones de cómo cuidarse para evitar el contagio, que todos van a estar bien y que mejor seguir con la gramática. Sin embargo, ese jueves doce de marzo, será el último día de clases. A mitad de la jornada, apenas un poco más tarde, en diferentes medios de comunicación se da la noticia de que el gobierno central dictamina la suspensión indefinida de clases a nivel nacional, una cuarentena incierta y un toque de queda con decisión provincial.

Paulina, los despide uno a uno. Les abraza como siempre. Espera que ese abrazo lo guarde cada uno como un respaldo a su soledad, a su vacío.

Los cinco vecinos caminan de regreso a su barrio. Van despacio. Callados. El sonido del miedo los confunde. No juegan. No levantan polvo con sus saltos. No restriegan los zapatos sobre la tierra ni recalcan sus apodos para reír a carcajadas. Regresan a sus casitas humildes, incrustadas de historias tristes, desventajadas. Vuelven a sus espacios incompletos mientras un sexto sentido que se vuelve demencial, les cuenta al oído que no volverán quizás en semanas, o en meses o en un año o en dos.

Elena se lleva el gato del tejado a su casa y Paulina va a vivir la incierta cuarentena junto a su familia en la ciudad. No verá a sus pequeños en mucho tiempo. Los extrañará sin esperanza, con impotencia. En los próximos meses, la pandemia se llevará a un par de amigos suyos y a un ser querido muy cercano, causándole un dolor abismal. La chica se pregunta si acaso el destino sabe lo que hace o solo destruye a diestra y siniestra con total brutalidad. La nostalgia de recordar a sus chiquillos, la devasta. Los intuye solos, desprotegidos, necesitados, carentes e indefensos. Sabe que la educación para ellos no va más. La recién impuesta enseñanza virtual, no encaja con su realidad como en otras ciudades del país. Ellos no tienen internet, ni celulares, ni tabletas electrónicas, ni nada para continuar con un aprendizaje digno, básico. Ella no puede cortar el hilo conductor que conecta la tristeza con la ignorancia, con la injusticia, con el dolor de sus pequeños. El conocimiento de la geografía, de la gramática y del cálculo, se quedará sin alas y flotará inmerso en un círculo cerrado, oscuro. La epidemia avanzará como un monstruo maldito y despiadado, como una mancha perversa, maliciosa, que se extenderá para regarse sin piedad sobre almas y cuerpos. El virus acechará macabro y es posible que el nuevo abrazo tarde mucho en volver. Quizás cambie de atuendo, de forma, de rostro y cuando al fin llegue, se habrá convertido en algo raro, desconocido y extraño.

 


María Dolores Cabrera (Quito, 1962). Estudia en su ciudad natal y en 1984, egresa de la carrera de Psicología Clínica. Posteriormente, ingresa como miembro del Taller Literario conducido por Abdón Ubidia, destacado escritor ecuatoriano. Luego, años más tarde en 1998, publica su primer libro de 12 cuentos titulado: Mas allá de la piel. En el año 2010, un segundo libro, también de 12 cuentos: De nuevo tus ojos. En 2012, presenta su primera novela: Te regalo mi cordura. En el año 2016, una nueva novela con el título: Cuando duermen los Jilgueros, y su más reciente libro, en el año 2018, la novela: Pinceladas (Bosquejo de un trastorno).

 


Foto portada tomada de: https://unsplash.com/photos/ZnQS61dgAoM

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s