Culto al caído | Sebastián Gómez Piñeros

Por Sebastián Gómez Piñeros

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde Colombia)

 

Desde las masas iridiscentes de un calmo océano invertido —dio un matiz ceremonioso a su voz—. Un cuerpo de arena se había abismado en la exuberante selva, detonando y esparciendo abanicos de restos. El suelo desprendía surtidores humeantes, desencadenando columnas flameantes. Los latidos del cuerpo, intermitentes, sorbieron cualquier arraigo de vida.

—Un cuerpo que, ¡catapum!, forma un desierto. Hermanos, no seamos ciegos, no hay señales o patrones que indiquen un colapso de semejante magnitud. Simplemente, obedece a procesos erosivos y transporte eólico. Quizás, mintieron nuestros ancestros. Quítense ese velo, de lo contrario, sollozarán al no desenterrar el paraíso que les promete quién nos preside —concluía hermana I.

Una columna de sobrevivientes seguía un curso sinuoso, otrora un grupo compacto que entonaba alabanzas melodiosas, evocando la indómita sierpe de Marte, raudo escudo frente a eventualidades. Inesperadamente, fue trastocada su defensa por incisiones solares, perforando y rasgando la tierna piel de devotos, que sedientos y hambrientos, no cedían en la búsqueda para resarcir pecados.

—Cierro la procesión como una cola con cascabel —dijo hermana Inquietud.

—¡Hermana! No uses en vano los atributos sagrados —respondió su hermano.

—Hermano Olvido, acaso importa el juramento al sordo.

Mis reproches se apaciguaron, hasta que emularon el silbido del viento sobre el recalentado sendero. Exhausta, enfocaba a hermano Olvido, que los conduciría con padre.

—Salvador —puntualizó hermano Tieso, con sus labios embadurnados de grasa. Que pronto se agrietaron y espolvoreados de arena, simularon un agonizante llamado a la carroña.

—Cuántos nombres rondando en tu mollera, hermano Olvido. Disimulas los embistes de nuestro dolor. Protegiendo compulsivamente, aquel nonato que envuelves como si fuera lo único valioso —murmuraba resentida.

El cascarón celeste era un cúmulo de pupilas lumínicas, formas henchidas de vida que tejían y cifraban y permutaban aconteceres como capullos, eclosionando al lánguido toque solar. Cof cof. «Pero hijos míos», se despertaba el padre. «No solo soy bancos de arena interminable, ciego, sordo a sus lamentos. Aunque, ¿Qué más pueden pensar?, si buscan mi ideal omnipotente amontonado en falseada escritura. Siento sus ampollados pies arrugando mi ceño. Hijos míos, permítanme interceder».

Un siseo extendió un clamor repentino, de modo que hermana Inquietud ignoro los filos hasta toparse con otro hermano en quietud. Una cascada luminosa arrancó destellos a colmillos, que asomaban como brotes opalescentes hasta donde alcanzaba la vista.

Cuatro hermanos no soportaron el ardor y agotados reverberaron contra el mar esquirlado. Hermana Inquietud, no podía malgastar energías brindando ayuda. Echó un trago de su cantimplora para honrarlos o intentó: el refrescante hilillo liquido se redujo a una ilusoria gota evaporada en sus labios resecos.

Los pies maltrechos del hermano Olvi, sin embargo, avanzaron luego del berrido entrecortado de la criatura. Arropándola antes de una inminente tormenta.

La visión volvió a clarear tras la súbita turbulencia, que enterró el mar afilado. Delante, hermano Olv, apretujaba la criatura, ignorando su medio cuerpo sepultado. Hermana Inquietud, agotó sus reservas energéticas aupándose y precipitándose hacia su hermano O. Vislumbró, en medio de su carrera, coronillas arropadas en manto rojizo.

Hermana I carraspeo:

—Hermano Olvido, que te indica la presciencia.

La garganta del hermano articulo un babeante chillido.[1]

 

Ocaso de la víbora

Digresión santísima: milagros y trifulcas, vol. iv, pp. 44-46

 

Notas

[1] En una segunda edición no sometida al meticuloso escrutinio, persistió un fragmento que se le considero una pérfida burla. Los detractores alegaban un repetitivo antropomorfismo de la deidad que, rebajada a mera anécdota intrascendente y banal, no se aglutinaría al grueso que compondría la siguiente edición, dados los altos estándares de calidad del superventas. Los vaivenes de la polémica lanzaron a sediciosas masas contra puntos de venta que exponían la edición expurgada, alegando un control mental, etc., etc. El consenso fue añadirlo en una nota tras la edición crítica que fue un fracaso en ventas, determinándose a puerta cerrada, la prudente combustión. Al llegar a este punto se inserta el fragmento de una versión digitalizada:

«Hijos» suspiro padre. «Suelten todo el dolor comprimido ya que su travesía concluirá pronto y podrán reconfortarse bajo mi abrazo. No teman al frío momentáneo, déjense trasladar hasta mí estancia. Vengan, recordaré, tallado en mi piel a vivo fuego sus nombres»

… de su interior brotó una percusión inaudible, un chasquido propagó clamores discordantes que produjeron un bramido primigenio del cual se elevó una interminable voz: hermano Brisa, Hermana Rodillas, Hermano Espanto, Hermana Atardecer…

 

 


Sebastián Gómez Piñeros (Colombia). Estudiante de Ingeniería Ambiental.

 


Foto portada tomada de: https://pixabay.com/es/photos/fantas%C3%ADa-surrealista-dios-pie-3186483/

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