Pesadilla 2020 | Carlos Enrique Saldívar

Por Carlos Enrique Saldívar

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde Perú)

 

Cuando Eusebio despertó, los cuerpos destrozados todavía estaban allí.

No se explicaba cómo había llegado a ese centro comercial, se suponía que debía estar en casa, con su familia; en este mes de octubre se había implantado una nueva cuarentena, indefinida, debido a la segunda ola provocada por la COVID-19.

«No, esto no puede ser», pensó, «¿qué hago aquí?». Estaba recostado, no había ruido. Enseguida, un disparo a lo lejos. Intentó pararse y se resbaló con la sangre. No, no podía ser posible tanto horror. Los cadáveres, las vísceras, hombres, mujeres, niños, por ahí algún animal, un perro. Acto seguido pensó en su mascota Koki, un pequinés que le regalaron cuando era adolescente y que ahora ya estaba viejito, sus padres le dijeron que era tiempo de hacerlo dormir, «morir»…

«No, tonto, ¿por qué divagas de esa manera?».

Algo en su interior lo impelió a buscar sobrevivientes, a ayudar a quien lo necesitara, no obstante, lo meditó mejor y se dijo que lo indicado sería regresar a casa. Primero debía identificar dónde se hallaba.

«Muy bien, los slogans no mienten, además me encuentro familiarizado con este sitio. Se trata del supermercado Tottus, el cual se ubica en el límite de mi distrito con Surco».

Rememoró cuando, hace años, venía aquí con su padre, usaban la tarjeta para cancelar los víveres, era como si quisieran llevarse la tienda entera. Al costado de este supermercado había una librería donde a veces hacían buenas ofertas. Libros a nueve soles noventa, a diecinueve soles noventa. La librería tenía otro local en el tercer piso, allí organizaban ferias con descuentos; le gustaba leer, le atraían las novelas policiales y allí había para elegir. La literatura nacional le parecía una pérdida de tiempo, se alejaba de ella como de la peste. ¿Peste? Qué chistoso. No tenía autores favoritos, no recordaba mucho sus lecturas, las remembranzas lo llevaron a Juan Madrid y su interesante libro «Regalo de la casa», con su personaje central Toni Romano resolviendo entuertos.

«¡Ya deja de divagar, carajo!»

No podía recordar mucho más, tan solo dónde vivía y quiénes eran sus familiares. Sentía que debía resolver el misterio, que tenía que solucionar el gran conflicto que se le planteaba sin que él hubiera deseado formar parte del entramado.

Se oyeron uno, dos, tres, cuatro disparos.

Avanzó temeroso entre los estantes de productos, algunos se hallaban en el suelo, «hubo saqueos». Al parecer, todo se desbordó por causa del mandato presidencial: no reuniones, no fútbol, no restaurantes, no escuelas, no playa, todos con mascarilla, salidas restringidas (únicamente para lo esencial). Hubo demasiados contagios la última semana, demasiados muertos, no se podía confiar en los ciudadanos; las medidas eran duras, casi radicales y el peruano no las acataba, estaba en su naturaleza: ir contra el orden, desobedecer.

¿Por qué tantos muertos? Miró a una madre embarazada con la panza abierta, quiso vomitar, se dio vuelta, atisbó a una niña con los sesos regados en el piso. No, eso no podía estar ocurriendo. ¿Por qué él sí se encontraba vivo?

Cinco disparos más, afuera del local.

Tottus lucía como si no contuviera más vida que la suya, no se imaginaba que siquiera una mosca volase. Era tremendo, mas no demasiado para su salud mental. De algún modo se convenció de que ya había pasado por esto antes. Pero ¿cómo?

No, no podía quedarse ahí, tenía que seguir avanzando. Salir era la prioridad, aunque ¿era lo más inteligente? No sabía si era de noche. Buscó en sus bolsillos, su celular, la hora indicaba diez y cinco de la noche. El toque de queda iniciaba a las ocho. Era obvio que no tenía por qué hallarse ahí. Ya casi iba a cruzar por las cajas de cobranza, cuando lo vio: el montón de ropa, piel y huesos. Era como una pelota salida del infierno que quería rodar. ¿Cuántos muertos allí?, ¿treinta? Más.

Quiso llamar con su teléfono móvil, mas no tenía saldo. Eludió la bola sanguinolenta, pretendía escapar de ese tortuoso sitio. Una mano lo jaló de la casaca. Era un hombre con el cráneo partido, le faltaba un brazo. «Ayuda…», dijo el desdichado. Eusebio lo pateó en el rostro. Quiso alejarse, pero se cayó y se golpeó la cabeza. Abrió los ojos. Los muertos empezaban a ponerse de pie, una horda macabra. Decían su nombre: «Eusebio».

Espantado, gritó, no podía tolerarlo más. Se puso de pie. Escapó del supermercado, aún se ubicaba en los pasillos del centro comercial. Había más pelotas, cuerpos carbonizados, uno encima del otro, destazados, acribillados.

«El coronavirus no pudo hacer esto». Era cierto que estaban muriendo incluso infantes con este rebrote, la pandemia se había convertido en un enemigo de gran poder e hizo de este año 2020 una era catastrófica. Sin embargo, lo que había ocurrido con estos pobres individuos era peor. Observó escrito con sangre en un cristal: «dieron positivo». Supo que debía ir al baño de hombres. Ahí estaría reguardado.

En los servicios higiénicos encontró a otro tipo, un militar, el cual impávido le dijo:

—Dejaste tus armas aquí, apúrate, soldado, tenemos que irnos.

—¿A dónde? —preguntó Eusebio.

—A la calle, aquí hemos terminado.

Eusebio cogió su pistola. Era una beretta, igual que la de su acompañante, quien se puso su gorra y agarró dos mochilas.

—¿Qué hacemos aquí? —dijo Eusebio.

—Yo vine a cagar. Tú te fuiste a mirar si alguien respiraba… Soldado… ¿qué te pasa?

Cuando Eusebio despertó, los difuntos aún estaban afuera, pero ya no lo perseguirían.

—¿Qué me pasó? —preguntó confuso.

—Te desvaneciste, solo unos segundos. Que no suceda de nuevo.

—No pasará otra vez. Es que tenemos bastante trabajo.

—Sí, matamos civiles en la calle y traemos sus cuerpos aquí, la rutina.

—Entendido, estoy preparado.

—Sólo relájate, llevamos haciéndolo diez días. Reunámonos con el resto del escuadrón. Si notamos ruidos en las casas, entraremos con todo. Esta vez usaremos los lanzallamas. —El militar señaló las mochilas.

—¿Cómo sabremos si los civiles están o no infectados?

—Da igual, si rompen las normas, esos idiotas están muertos.

 


Carlos Enrique Saldívar (Lima, 1982). Estudió Literatura en la UNFV. Es director de la revista impresa Argonautas y del fanzine físico El Horla; es miembro del comité editorial del fanzine virtual Agujero Negro, publicaciones dedicadas a la literatura fantástica. Es director de la revista Minúsculo al Cubo, dedicada a la ficción brevísima. Finalista de los Premios Andrómeda de Ficción Especulativa 2011, en la categoría: relato. Finalista del I Concurso de Microficciones, organizado por el grupo Abducidores de Textos. Finalista del Primer concurso de cuento de terror de la Sociedad Histórica Peruana Lovecraft. Finalista del XIV Certamen Internacional de Microcuento Fantástico miNatura 2016. Finalista del Concurso Guka 2017. Publicó el relato El otro engendro (2012). Publicó los libros de cuentos Historias de ciencia ficción (2008, 2018), Horizontes de fantasía (2010) y El otro engendro y algunos cuentos oscuros (2019). Compiló las selecciones: Nido de cuervos: cuentos peruanos de terror y suspenso (2011), Ciencia Ficción Peruana 2 (2016), Tenebra: muestra de cuentos peruanos de terror (2017, 2018) y Muestra de literatura peruana (2018).

 


Foto portada tomada de: https://pixabay.com/es/photos/habitaci%C3%B3n-espacio-puerta-2749134/

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