Ella está fuera de sí | Julio Miguel García V.

Por Julio Miguel García V.

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

Naz se lava el cabello en la laguna. Cada mañana se sienta sobre la roca por donde baja la corriente de los manantiales, sumerge su cabeza en ella y luego la retira, exprimiendo las hebras entre sus gráciles manos. Hace lo mismo varias veces, mientras el agua, cristalina, le acaricia la espalda. Al terminar entrenza un moño parecido a una flor, frondosa como el follaje de los árboles frutales.

Cuando hace buen clima, también nada. Su cuerpo se deja ir abriendo tras de sí tibias hondas. Avanza hacia la parte profunda y se pone a jugar con los cisnes, los acicala y los baña. Retoza con ellos entre chapoteos lentos, luego emocionados. Al escucharla reír, los pájaros emergen de sus nidos, los grillos hacen tintinear sus patas y los peces saltan emocionados. Se organiza en la laguna una gran fiesta sin otro ser humano para disfrutarla.

Al terminar, Naz cae rendida en la orilla y duerme ahí hasta muy tarde. Tras el velo de sus ojos, se despliegan sueños. Tan fervoroso es su juego que se sueña volando. Transita por tierras desconocidas, liviana, y no existe ser sobre la tierra que no abarque su mirada. Presencia el discurrir de innumerables vidas desde que nacen hasta que mueren, pero al despertar ya no recuerda la suya. Le cuesta reconocer su reflejo en la laguna, y todo a su alrededor se le antoja desconocido.

Entonces, siente miedo. Se pone a llorar y se promete no volver a nadar con los cisnes para no cansarse tanto ni volar en sueños. Pasan tres o cuatro días en los que sólo lava su cabello, enjuaga sus prendas y chapotea entre las rocas. Al final, no obstante, vuelve a unirse a los cisnes. Ellos la seducen, la hipnotizan con sus alas. Se encuentra otra vez surcando las aguas, luego los cielos, y es como si de a poco le costara más esfuerzo poseer de nuevo su cuerpo; como si el hilo entre su presencia etérea y él amenazara con romperse, haciéndose más y más fino.

Cierto día, al soñar, ya no encontró su cuerpo dormido en la orilla. Lo buscó día tras día, año tras año, sin resultados. Vagó por mil y un mundos y con el paso del tiempo se olvidó también de buscarlo. En adelante se pasó los días atravesando nubes, rasgando vientos. Se posaba aquí y allá y al instante volvía a levantar el vuelo. El recuerdo de la joven Naz se desvaneció entre los soplidos del orbe; pero arropada en un ropaje de plumas, su alma sobrevivió.

Aterrizó junto a una niña que le ofreció un puñado de sabrosas semillas. Naz siente el instinto de quedarse con ella. Día tras día come de su mano. La sigue. Engorda. Se convierte en mascota.

Y entonces se le olvida levantar el vuelo.

 


Julio Miguel García V. (Quito, 1989). Estudió sociología en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador y una maestría en ‘Ciencia Tecnología y Sociedad’ en Viena, Austria. Ganador del XI Concurso Terminemos el cuento (2006). Se dedica a la escritura de ficción y a la corrección de textos. Le interesa la literatura, el cine y el entrenamiento físico. Suele asistir al club de lectura Bibliogatos.

 


Foto portada tomada de: https://pixabay.com/es/photos/fantas%C3%ADa-surrealista-sue%C3%B1o-perro-2890925/

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