La prisión | María Dolores Cabrera

Por María Dolores Cabrera

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

He bajado mucho de peso. Me veo en el espejo y no me reconozco. Tengo la fisonomía de un enfermo terminal. No me parezco al Miguel de antes. La piel de mi rostro ha tomado un tono amarillento. He tenido varias infecciones, pulmonía, inflamación de las encías, dolores musculares. Mi voz ronca, se ha apagado. Ahora mis frases son lentas, pausadas.

Me siento en la cama de la celda, tomo un libro de los que nos permiten leer. Los reparten una vez a la semana. Casi siempre tengo dos a la mano. Arrimo mi cabeza a la pared y leo. El lecho es precario y está en una esquina del cuarto de paredes sucias, grasientas. La cobija azul es áspera (todas son azules). El colchón tiene mal olor y está deformado. Creo que la almohada es lo mejor que tengo. No es muy suave, pero puedo abrazarla antes de quedarme dormido y eso ya es bastante.

Frente a la cama está el inodoro y un lavabo. A veces no hay agua y los olores se estancan. Hace frío. Es invierno y ni siquiera se puede salir al patio como en verano porque llueve constantemente y el clima es insoportable. Los huesos se vuelven gélidos y los músculos duelen. Me he acostumbrado a permanecer aquí, desde hace meses, como un alma en pena; quizá como el alma de Inés.

No me gusta charlar con nadie. No puedo interactuar con otros reclusos porque los considero antagónicos a mi personalidad. No los desprecio ni los minimizo, tampoco los juzgo. Aquí se mezclan las tristezas con las risas. Los enojos con peleas y perdón. La camaradería con venganzas y amistad. Los despechos y las rabias con morbosas carcajadas. Las burlas con sarcasmo y con dolor. Cada cual lleva incrustada la tétrica cruz de su destino, de sus circunstancias, del equilibrio de la suerte que a veces se balancea hacia un lado y a veces, hacia el otro. Yo mismo debería considerarme un asesino porque así me encasillaron cuando sucedió aquello.

Toda la historia del estúpido juicio y la teatral sentencia fue como el descenso al mismo infierno. Algunos dicen que el infierno no existe, otros defienden la idea de que sus flamas inmortales arden esperando por los “pecadores”. La injusticia, la falsedad, la hipocresía duele más que la quemadura del alma misma.

Inés. Inés se murió arrastrándome con ella a otro tipo de muerte, pero no me arrepiento. Me acusaron de haberla matado. Me condenaron por eso. Las investigaciones, las pruebas, mis propias afirmaciones. Yo no tenía una coartada que me exima de la responsabilidad de haberlo hecho porque en efecto lo hice.

En este punto el lector pensará que entonces es correcto que yo esté en este lugar.

Inés estaba enferma. Si no se aburren, puedo contarles lo hermosa que era. Tal vez para muchos era una mujer común y corriente, pero para mí era encantadora. El pelo negro, largo. Se maquillaba poco. Su ropa siempre cómoda y vaporosa, sin complicaciones ni formalismos. Inés era alegre y optimista. Le gustaban las sandalias y nunca usaba medias.

Vivimos juntos algunos años. Cocinábamos. Paseábamos. Reíamos. Nos apoyábamos en nuestros intereses personales, en nuestros trabajos. En fin, todo era ideal hasta que ella, una tarde cuando ya empezaba a oscurecer, se mareó. Cuando se recuperó de la obnubilación mental, estaba pálida. La llevé a su cama y se durmió.

Amaneció. Era un día soleado y me dijo que le dolía la cabeza. Lo demás fue cosa de días. Los exámenes, los estudios y la noticia del tumor. La decisión de luchar, de que ninguna enfermedad nos iba a vencer. La esperanza. Los seres humanos nos aferramos a la vida con una desesperación inconcebible, absurda, irracional. Luego vino el sufrimiento, el desgaste, el dolor. Para qué obstinarnos a permanecer agarrados de una existencia tormentosa. No tenía sentido. Inés me expresó su deseo. Su decisión a evitar el sufrimiento, la angustia, la impotencia. Padecer no era lo óptimo a cambio de continuar respirando en medio de un mundo que había decidido agredirla con brutalidad.

—Miguel, voy a escribir una carta —me dijo—, si tú me ofreces que vas a aliviar mi malestar, si prometes que me darás apoyo para marcharme en paz, yo explico por escrito que fue mi propia decisión. Nada te pasará.

A Inés se le acrecentaba día a día, hora tras hora, el suplicio de una agonía angustiante y feroz.

—No puedo más —pronunció mientras me miraba con ojos suplicantes y escribió la carta.

Nada sirvió. El juicio no fue justo. Las leyes vanas, incongruentes, necias. La oposición de la sociedad a la eutanasia. La absurda defensa de una vida maligna, implacable, asesina y mordaz. Ahora estoy aquí, en esta celda oscura de la que prefiero no salir por el frío que se siente en los pasillos y en los patios de la prisión.

Percibo hedores nauseabundos que no conocía antes. Parece que la porosidad de los ladrillos absorbiera todo el sudor de los reos, los fluidos de los cuerpos y los dejara impregnados en las paredes y hasta en los muros del patio. Hay una pestilencia que invade el aire. No hay limpieza que recoja la grasa caliginosa y volátil que se percibe en cada respiración.

Recuerdo a Inés en sus dos facetas. La miro dentro de mis pensamientos, así como ella era antes de que la enfermedad la atraque. Limpia. Impecable. Fresca. Pero también veo su piel pálida, casi transparente. Las ojeras bajo sus ojos marcadas de un tomo oscuro grisáceo, amoratado y verdoso a la vez. Su cuerpo temblando después de cada vómito, de cada estertor. Llegó un momento en el que ya no comía, cualquier cosa que intentaba tragar regresaba como horrorizada del interior de un cuerpo macabro, dañado, roto.

Inés, viene a verme muchas veces. Me acompaña. Se acuesta a mi lado y observa los libros que leo. Ha estado conmigo en el comedor y ha sido testigo de lo desagradable que es la comida en este lugar. En las madrugadas me ha despertado para decirme que se siente culpable. Piensa que cambió su libertad por la mía, pero le digo que no, que espere tranquila, que es así como tenía que ser.

Entonces, vuelvo a recordar cuando me miraba con sus pupilas suplicantes. Rogaba por piedad y pedía que, en nombre de nuestro amor, la ayude.

Quería huir de ese cuerpo infestado de podredumbre y marcharse libre, serena. Escaparse de las punzadas, de los vértigos, de las náuseas, de la debilidad.

—Ten compasión, Miguel—, me decía hasta que decidí demostrarle todo lo que la amaba y la ayudé a partir.

Ahora estoy aquí, entre estos muros asquerosos, con gente envuelta por su propia miseria humana. Tristes. Miserables. Culpables y víctimas de una sociedad insulsa que no entiende que, en esta prisión, todos somos el resultado de la ignorancia y del mal manejo de nuestro propio conflicto humano.

—Libérame— me decía. Dime que lo harás y yo escribiré esa carta. La carta no sirvió. Yo la maté y punto. Soy un asesino que, por haberla salvado, debo pagar entregando mi propia libertad.

Inés murió en mis brazos. Vestía una bata blanca, nítida. Yo introduje las pastillas en su boca con paciencia, con cariño y las empujé lentamente. Luego, le acerqué un vaso con agua y sostuve su cabeza para que las pueda tragar. Cuando consiguió hacerlo, la besé con un beso suave, tierno. Me miró y parpadeó varias veces. Sonrió. Después de muchos meses, pude ver paz en su mirada. Quiso vomitar, pero yo apreté su cara contra mi pecho y la contuve. Se agitó mientras yo la sujetaba. Cuando sus extremidades se tensionaron, sentí que algo se desprendió. Algo fuerte, poderoso como la humanidad.

A pesar de que su enfermedad era inminente, de que estaba desahuciada, de que la vida se le escapaba violentando su dignidad, me acusaron de asesinato. No hubo atenuantes. La mate. La maté y ya. «Hombre asesina a su pareja». Nada más. Esa era la única realidad. La insólita verdad.

Hace un par de días, mientras escuchaba a la lluvia furiosa estrellarse contra los vidrios de las ventanas enrejadas, escuché una noticia en la televisión:

«El gobierno de un país de otro continente aprobaba la eutanasia como una medida piadosa para evitar el dolor innecesario del ser humano con enfermedades terminales, tal cual como acá lo hacemos con nuestras mascotas porque las amamos con un amor puro y real». Pero ese país no es el mío. Si lo fuera, me hubieran ayudado a socorrer a Inés. Su partida hubiera sido asistida, controlada, compasiva, sin un criminal de por medio, sin un asesino como yo.

De pronto, una voz a través del megáfono dice que es hora de cenar. Se suspende la televisión y entonces ladrones, corruptos, criminales, traficantes, agresores, violadores e inocentes, nos dirigimos ordenados al comedor. Inés se preocupa porque sabe que detesto la colada espesa que tengo que tomar. En cuarenta minutos, se apagan las luces y vamos resignados a las celdas, a dormir.

A la mañana siguiente, Inés despierta por el silbato de los guardias. Hace frío. Ahora, me ve más flaco y más enfermo que ayer. Advierte mi náusea, mi asco incrementado. Se da cuenta de que cada día amanezco más amarillento y desvalido. Noto su sutil sonrisa mientras afirma que ahora soy yo, Miguel, quien debe escribir una carta con urgencia porque el día en el que ella va a ayudarme a ser libre, ha llegado.

 


María Dolores Cabrera (Quito, 1962). Estudia en su ciudad natal y en 1984, egresa de la carrera de Psicología Clínica. Posteriormente, ingresa como miembro del Taller Literario conducido por Abdón Ubidia, destacado escritor ecuatoriano. Luego, años más tarde en 1998, publica su primer libro de 12 cuentos titulado: Mas allá de la piel. En el año 2010, un segundo libro, también de 12 cuentos: De nuevo tus ojos. En 2012, presenta su primera novela: Te regalo mi cordura. En el año 2016, una nueva novela con el título: Cuando duermen los Jilgueros, y su más reciente libro, en el año 2018, la novela: Pinceladas (Bosquejo de un trastorno).

 


Foto portada tomada de: https://pxhere.com/es/photo/1394056

 

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