La vida sin Iliana | Rubén Darío Buitrón

Por Rubén Darío Buitrón

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

I

Lo primero que pensé cuando supe la noticia fue que se había suicidado por mí. No había soportado mi ausencia y cada día que pasaba sin mí iba lacerando los sentidos de su piel y su espíritu.

Yo la quería, la deseaba, pensaba en ella con frecuencia, recordaba sus conversaciones, me conmovía su forma explosiva de reír, el sutil perfume sobre su cuerpo invitando a bucear en él, las vibraciones corporales que ella decía no haber sentido nunca antes, su boca tan traviesa y fogosa.

Una vez hicimos el amor una noche entera, larga, alucinante. Ahora llevo en la memoria aquellos momentos como una caudalosa tormenta de agua caliente, con relámpagos, con truenos que susurraron para siempre en mí.

Nunca más encontré la oportunidad de desnudar, beber, oler, disfrutar y entregarme a la más bella mujer que había tenido en mi cama.

La busqué. Pregunté por ella. Exploré los lugares que solía frecuentar. Era la única que me había hecho temblar con los orgasmos que me regaló.

Era rubia, llevaba el cabello largo, impecablemente cuidado, tenía los ojos celestes, una sonrisa nítidamente blanca.

Nada que yo hubiera tocado antes era tan apetecible, tan deseable, tan urgente. Y esa mañana, cuando despertó a mi lado, me agradeció. Me dijo que nunca había tenido tantos estremecimientos y placeres como aquella noche conmigo. Que nadie la había tratado con tanta ternura. Yo sabía que fue así.

¿Me daba aquella experiencia la posibilidad de creer que fui yo, que fue mi ausencia, que fueron nuestros extravíos y desencuentros los que la llevaron a matarse?

Yo era un miserable, un cínico, un sujeto despreciable. Cuando lo supe, en lugar de apenarme por su muerte, me dolía la posibilidad de no ser el objeto de su desaparición.

Pero, si veía las cosas del otro lado, jamás negaré que me hubiera sentido orgulloso de que esa mujer tan hermosa y tan intensamente vital hubiera muerto por mí. Por nostalgia, por melancolía, porque no me había vuelto a encontrar, porque nadie le había hecho el amor como yo, porque nos habíamos vuelto a buscar y nunca volvimos a encontrarnos.

Nunca entendí que el vértigo fue la clave de su existencia y la de su muerte. Tenía 24 años y no había nada que le impidiera decidir qué hacer con su futuro. Y siempre lo repetía, aunque yo lo tomaba como una retórica de joven rebelde y desafiante: nadie me obligará nunca a quedarme, a estar a su lado, a permanecer, a estabilizarme. Nadie.

 

II

Mi arrogancia no me permitió darme cuenta de que habían sucedido muchas cosas desde la noche que hicimos el amor hasta que supe de su muerte.

Era, como dije, su manera de vivir al borde del vértigo. Un matrimonio apurado y frustrante con un sociólogo del partido socialista que terminó en un violento divorcio. Su retiro de la universidad. Un nuevo matrimonio con un médico que inmediatamente de la boda la llevó a vivir en París, pero ella, sin dar explicaciones a nadie, como era su forma de ser, regresó a Quito a los cuatro meses, sola, y nunca más volvió a Europa.

Cuando la conocí ella era pareja de Paco, mi compañero de aula, borracho y drogadicto, que me pidió un espacio para él en mi pequeño departamento cerca de la universidad, porque no tenía dónde vivir.

Yo detesto compartir mis espacios con alguien, pero Paco se estaba divorciando y tenía muchos conflictos personales. Lo que no me percaté es que se estaba divorciando de Claudia, su esposa, porque se había enamorado de Iliana.

Ella, en su auto rojo, iba a dejarlo, a recogerlo, a llevarle a comer. Pasaban juntos mucho tiempo del día. Se decían cursilerías, se besaban con frecuencia, proclamaban su amor sin que les importara lo que dijeran los demás.

Pero yo sabía, y ahora lo llevo como una certeza en mi mente, que esos amores aparentemente perfectos e idílicos duran muchísimo menos que los amores irregulares, atropellados, problemáticos, amores que van y vienen. Convendría ver las estadísticas.

Cuando Iliana entraba a mi departamento algunas noches, traía dos botellas del vino francés Leche de la mujer amada y una funda de plástico con marihuana.

Paco, ella y yo bebíamos y fumábamos con pleno placer. Disfrutábamos, charlábamos, nos tocábamos, bailábamos, cruzábamos besos y caricias y luego ellos hacían el amor con furia, con frenesí, en el lugar que fuera.

Creía que era un arrebato sexual más la noche que Paco la encerró en el baño, pero no escuché gemidos de placer sino gritos y ruidos. Él la golpeaba con furia. Ella lo insultaba.

No había tiempo de entender cuál era el reclamo, la furia, la bestialidad con la que él la atacaba.

Pateé la puerta, saqué a Iliana de un tirón y me enfrenté a Paco con puñetes, patadas y lo golpeé con la barra del toallero. Él era más fuerte y alto que yo, pero estaba más ebrio y no fue difícil someterlo y sacarlo del departamento bajo la amenaza de que si intentaría volver el castigo sería más violento.

Iliana lloraba y maldecía mientras yo le aplicaba compresas con hielo en las partes de su cuerpo donde sentía más dolor. Yo me puse a pensar, mientras acariciaba su cabeza y sus hombros, en la agresión de Paco y en la posibilidad, para mí cierta, de que se había puesto celoso por la manera en que Iliana bailaba conmigo.

¿Se puso fuera de sí porque, a ratos, durante la conversación, ella me abrazaba, me besaba en los labios y se arrimaba en mis hombros? ¿Sintió rabia de que en medio de la borrachera ella le dijera que tenía la verga chiquita y que a ella le gustaban los penes grande y grueso? ¿Pensó Paco que era una alusión a mí y que insinuaba que quizás yo sí podría satisfacerla?

Paco no volvió nunca más a mi departamento y dejó de hablarme en la universidad. Yo traté de acercarme a él y reconciliarme. Era mi mejor amigo. Pero los hombres podemos soportarlo todo, menos que otro, sea quien fuere, se haya acostado con quien él consideraba su mujer, su propiedad privada, su manera de demostrar al mundo que no había mejor hombre que él.

Alguna noche, luego del incidente en mi departamento, se habían reunido Iliana y Paco en un bar para terminar formalmente su relación, ante la insistencia de él y con la esperanza de volver, habían hablado.

Y como a ella le importaban poco esas trivialidades y era honesta en sus acciones, le había contado que esa noche, cuando luego de agredirla él se marchó por decisión mía, ella se quedó conmigo aliviando sus dolores e hinchazones, pero luego fue más directa: con Nacho hicimos el amor, lloré, fui feliz, olvidé tus golpes y locuras, tus agravios y patadas. Era algo que Paco debía saberlo porque Iliana no callaba nada.

Me lo contó Salomé, una joven afro que era, por esa época, la confidente de Iliana y quien le había dado hospedaje cuando los padres de su amiga la expulsaron de la casa familiar.

Yo entendí, pese a los esfuerzos de Salomé para que todos volviéramos a juntarnos, que no tenía que ofrecerle disculpas a Paco.

Todo lo que ocurrió durante y después de aquel episodio fue provocado por él, por sus celos, por su falta de confianza en ella, por considerarme su adversario sexual y provocar que ocurriera lo que sucedió después.

Pero esas eran trivialidades.

Lo grave era que Salomé me confesó que una noche había llegado a tiempo para llevarla al hospital y salvarla porque Iliana se moría: había tomado dos cajas de pastillas del psicotrópico Rivotril y una botella de whisky. Quería matarse y ni siquiera Salomé conocía las razones. El suicida convencido nunca anticipa. Simplemente lo hace.

—¿Y si me dices dónde viven y voy a hablar con ella? —Salomé sonrió con pena y me dijo que ella nunca casi nunca me había nombrado y recordaba cosas imprecisas de mí.

Entonces entendí: yo había sido un sustituto de Paco cuando ella hizo el amor conmigo. Yo había sido el mejor instrumento de la venganza de Iliana para que Paco sufriera como esa noche la hizo sufrir a ella. Muchas veces nuestros supuestos triunfos y conquistas no son más que imposturas de quien creemos poseer.

Después del incidente con Paco y lo que me contó Salomé (los matrimonios y separaciones de Iliana, su retiro de la universidad, la expulsión de la familia) la encontré en una ocasión en un autobús. Ella iba sola a una hora extraña: las tres de la tarde. Su rostro estaba pálido, su cabello había perdido su brillo y tenía la mirada fija en un punto muerto.

En el transporte no iba nadie más que ella y el chofer. Y ahora yo. El chofer no podía escucharnos. Era una tarde sin suerte y él estaba concentrado en recoger pasajeros.

Pensé que era la oportunidad de recuperarla para mí, mostrarme tierno, escucharla, abrazarla, dejar que las cosas fluyeran y que quizás terminaríamos en mi departamento fumando un porro, tomando vino y haciendo el amor.

Nunca me miró de frente. Alcancé a escuchar que yo no era nada para ella. Que algo recordaba de mí con cariño, creía que, porque la salvé de que Paco la matara, pero omitió todo lo que pasó después entre ella y yo.

Yo, acostumbrado al éxito y al prestigio sexuales, me derrumbé. ¿No era yo el hombre que aquella noche la protegió, la salvó, la acogió en sus brazos, la satisfizo sexualmente e hizo que olvidara a Paco?

—¿Lo has pensado alguna vez? Tal vez no eres nadie —me dijo con una mueca de desprecio que se formó en su boca, convertida en un fuego apagado.

—Soy Ignacio —le respondí mientras ella me interrumpía y me daba a entender que no le importaba quién fuera yo.

Le pedí que dejara que la acompañara y se negó. Yo voy a estar en este bus hasta la noche, yendo y viviendo, y quiero ver Quito una y otra vez sin la compañía de nadie. Así que bájate porque no necesito compañía.

Insistí y ella fue más dura. No recuerdo bien cuándo ni dónde te conocí, me espetó. Si no te alejas de mí voy a gritar hasta que el chofer del bus te saque a patadas.

No me importó su amenaza. Nunca antes ni después sentí que amaba a alguien como esa tarde amé a Iliana. Era un pajarito mojado, triste, cabizbajo, resignado a lo que pasara, sin un rumbo fijo.

Yo pensé que podría seguir junto a ella, yo quería quedarme con ella, yo creí que sería capaz de salvarla del pozo profundo donde –era evidente– estaba cayendo.

Pero le di un beso en la frente, que ella pareció no sentir, y bajé del bus en la parada siguiente, con la sensación del inmenso vacío de que nunca más la volvería a ver, pero que, también, nunca se volvería a presentar una oportunidad como esa para seguir a su lado, aunque me rechazara.

Cuando me llamó Salomé a contar que de nuevo encontró a Iliana en estado de shock no había pasado una semana del encuentro en el bus.

Pero esta vez, me contó una sufriente y desconsolada Salomé, ya estaba muerta junto a dos botellas de whisky y decenas de cajas de pastillas para dormir.

Ese momento yo, el irresistible e inolvidable macho, lloré y entendí que la extrañaría para siempre.

Desde entonces, Iliana fue la única mujer que existió en el mundo y yo el único incapaz de encontrar las palabras o los gestos que hubieran evitado su muerte.

 


Rubén Darío Buitrón es poeta, periodista y docente. Es el director-fundador de loscronistas.org

 


Foto portada tomada de: https://www.pxfuel.com/es/free-photo-jjzty

 

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