Notas sobre Los casos del comisario Croce y la «Teoría del complot» | Leonardo López

Leonardo López

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde Argentina)

 

El destino verdadero de un kantiano es la escuela de policía.

 

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Para Ricardo Piglia la forma policial fue gravitante dentro de la construcción de sus obras, pero, paradójicamente, no fue parte cenital de su gran literatura. En cualquier caso, las referencias al género se pueden rastrear no solo en la producción de su ficción –como en Plata quemada (1997), La ciudad ausente (1992), Blanco nocturno (2010) y algunos de sus relatos: «Mata-Hari» (1967) y «La loca y el relato del crimen» (1975)– sino también en su qué hacer como crítico y como editor –pensemos en Crítica y ficción (2006) y en la colección Serie Negra de la editorial Tiempo Contemporáneo, respectivamente–. Además, Croce –acaso su personaje más recurrente junto con Renzi– es policía o comisario, para ser más exactos.

En rigor de verdad, la literatura policial de Piglia no es concreta como la narrativa de Taibo II, Padura o Ampuero, pues el comisario Croce –que es un detective consolidado como tal– no había tenido un espacio, esto es un libro, destinado para el desarrollo del personaje en su dimensión de lo que consideramos policial y, por tanto, no se puede hablar de un artefacto que responda a estas características. Algo similar sucedía, rememoremos, con los policías de la novela decimonónica: Vautrin y Javert.

Esta ausencia, sin embargo, se puede explicar debido a que Piglia no escribía una narrativa policial fiel a la tipología del género planteada en un inicio por el Detection Club y teorizada por Boileau-Nacerjac o Todorov tiempo después. Tampoco Piglia está en sintonía, hay que decirlo, con la tradición neopolicial más fuerte como la del mencionado Taibo II. Por el contrario, el autor de Jaulario (1967) echaba mano de ciertos elementos del género –estructura, personajes, misterios, investigaciones– para construir sus obras al igual que algunos escritores más contemporáneos como Roberto Bolaño o Jorge Volpi; es decir, Piglia utilizaba algunos materiales formales típicos de la novela policial para concretar una novela típicamente ecléctica: postmoderna.

No obstante, con la publicación póstuma del libro de cuentos Los casos del comisario Croce (2018), Ricardo Piglia revierte la situación inicial y abre la puerta a un universo policial concreto, centralizado en el detective y atravesado por una exigencia formal. El crimen, el misterio, el detective y la pesquisa, en estos cuentos, están definidos de manera sistemática tal y como los propone la teoría más ortodoxa del género, sobre todo en el policial posterior al desarrollo del relato de enigma[1]: el negro.

Hay que mencionar también que Los casos del comisario Croce no solo se limita a compilar una sucesión de eventos detectivescos, como un clásico libro de narrativa policial –pensemos en Las aventuras de Sherlock Holmes (1892) o Las pesquisas de Román Calvo (1944)–, sino la escritura de este libro funciona también como una especie de «relato de origen» que pone en el horizonte del comisario Croce una serie de elementos con los cuales completar su biografía literaria –metodología, ideología política claramente peronista, lugar de procedencia, etc.– ; y, a su vez, este horizonte retrotrae una serie de inquietudes que Piglia manejaba desde su trinchera como crítico literario.

Los casos del comisario Croce, entonces, se desempeña como un lugar de expiación o trinchera ya que en él circulan los tópicos que Piglia asumía como su materia prima de trabajo. En este espacio vamos a enfocar únicamente la «Teoría del complot»; aunque en el libro mencionado se ve claramente otras preocupaciones teóricas de Piglia como: las narrativas de Borges y de Roberto Arlt como bifurcaciones del canon nacional de la literatura del Río de la Plata, la cristalización de una lengua universal y el mismo género policial.

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Para comenzar, la «Teoría del complot»[2] que Piglia esbozó y perfeccionó a través de los años, junto con la crítica a las novelas de Roberto Arlt –Los siete locos (1929) y Los Lanzallamas (1931)– corresponde directamente a la identificación de grupos paralelos a la estructura del poder estatal. La existencia de estos sujetos nucleados bajo una consigna de clandestinidad y resistencia, para Piglia, se explica debido a que el mismo Estado –a partir de sus apéndices de control (la policía, los ministerios de sanidad, etc.)– crea mecanismos con los cuales conspirar contra los valores que emana desde la oficialidad –la democracia, el derecho a la vida, a la justicia, la vida digna, etc.–.

Foucault, tiempo atrás, en 1985, había planteado de manera amplia y detallada esta relación como una dialéctica entre «poder y resistencia»; sin embargo, el abordaje historicista es mucho más riguroso en el autor de La historia de la sexualidad. La «Teoría del complot», por su parte, materializa este juego de oposiciones en la especificidad de la literatura. En Los siete locos y en Los lanzallamas la consigna es esa básicamente: la conspiración en contra del poder estatal. En Los casos del comisario Croce, por su parte, se alegoriza esta problemática, pero posicionándose siempre en uno de los dos polos. Veamos de qué forma.

En el cuento llamado «La película» se rastrea un filme pornográfico en el cual, al parecer, Eva Duarte participó entre 1942 o1943. Naturalmente, la participación de la mujer en el filme coincide con un tiempo anterior a su matrimonio con Juan Domingo Perón y, así mismo, a la permuta de su figura en mito, en Evita. El núcleo del caso, por su parte es estructuralmente y discursivamente similar a La carta robada (1844) y Escándalo en Bohemia (1891); es decir, se basa en detener a los conspiradores del poder establecido: en este lance, la popularidad del peronismo fijada en sus dos figuras predominantes.

Croce, quien comulga con esta tendencia política, previene que dicho filme sea puesto en circulación y, por consiguiente, se detiene una ruptura entre la mitología popular y el orden establecido de las cosas. El comisario, como es fácil darse cuenta, no se posa en el terreno de la subversión o de la ilegalidad como los personajes de Arlt. Por el contrario, el detective funciona a las antípodas, como un dispositivo de la ley y del orden construido para rastrear, ubicar y desmantelar todo conato de complot. Si se quiere, se puede pensar en el comisario como una bisagra entre los 2 bandos: el del estado y el de los grupos que apuestan por su desestabilización. Así mismo, el cuento «La película» posibilita la discusión del complot como un constante artefacto que hay que desmantelar para prevenir el caos social: por ellos se justifica la existencia del detective, de Croce.

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Ricardo Piglia

En otro orden de cosas, el manejo del complot evoca ineludiblemente un origen y una posición teórica. Al final de Los Lanzallamas se lee:

Hipólita y el Astrólogo no han sido hallados por la policía. Numerosas veces se anticipó la noticia de que serían detenidos «de un momento a otro». Ha pasado ya más de un año, y no se ha encontrado el más mínimo indicio que permita sospechar dónde puedan haberse refugiado.

Este fragmento, leyéndolo dislocado de su contexto original, resulta insignificante. Sin embargo, cristaliza una cuestión clave: la figura de El Astrólogo como crisol del complot y su huida como la atomización y conmutación en otras formas. En la literatura latinoamericanas esas formas o tipos –pensando a través de Lukács– se los encuentra bajo los nombres de «Sergio el oscuro» en Sueño de lobos (1986), Belano y Lima en Los detectives salvajes (1998 o Qüity y Cleopatra en La virgen Cabeza (2009).

Volviendo con el final de Los Lanzallamas, hay que mencionar que esta huida corresponde –ya en un terreno de la crítica y utilizando un proceso de alegorización– a la imposibilidad de echar mano de El Astrólogo de la forma en que los estudios literarios están acostumbrados a hacerlo: en el agotamiento del objeto. Pero tampoco esta hipótesis es cierta pues bebe mucho de una suposición. De cualquier manera, Piglia, a través de la fábula del cuento homónimo: «El Astrólogo» –incluido en Los casos del comisario Croce–, da por terminado el ciclo con Arlt, la subversión y todo lo relacionado con el hombre que quería confrontarse con el Estado.

El movimiento, en este caso, es simple: poner a Croce a seguir los pasos de El Astrólogo y reconstruir desde su huida, en la novela de Arlt, un sistemático derrotero. No obstante, esta pesquisa, como es evidente pensar, es diferente a todas las que Piglia había entablado desde la cátedra[3], como dijimos. En otras palabras, contrario a lo que él autor de Critica y ficción había postulado –siguiendo las palabras de Gombrowikz–: «no se debe hablar poéticamente de la poesía», Piglia capitula la vida de El Astrólogo (de la misma forma que termina Los Lanzallamas) con base en una nota de prensa: «matan a dos patriotas».

En este cuento, por otro lado, es fácil perder de vista a Croce ya que otros elementos, ya abordados, monopolizan la atención. De hecho, el misterio en sí se fija en la ubicación de Leandro Lezin (El Astrólogo) y su captura. Sin embargo, Croce no le aprehende, como última maniobra lógica en el relato policial; más bien se entrevista con él. En este procedimiento, Croce se desdibuja parcialmente para dar paso a Piglia, no como narrador, sino como perspectiva crítica. Y en esta confrontación se reconstruyen los ideales del personaje, sus proyecciones y su traslación –teniendo presente que Croce se ha devenido, de alguna forma, en Piglia–.

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Ahora, no se puede hablar de conspiración sin marginalidad. El caso «El Impenetrable» gira en torno a la desaparición de un empresario famoso y acaudalado llamado Panizza. Lo complejo del caso es que todas las posesiones materiales del desaparecido –copiosas, vale recalcar– quedan intactas y eso, para su cónyuge, significa que no es un típico caso de rapto –teniendo en cuenta que ningún captor se ha manifestado–; más bien, dice la mujer, se debería hablar de otro tipo de crimen. En una sola frase, en este misterio, Croce se enfrenta a un hombre que se coloca fuera de los márgenes de la sociedad a la cual él, desde su posición como capitalista, ha logrado construir.

Esa marginalización voluntaria sigue, con cierto grado de modificación, el concepto de vida nuda y soberanía que Agamben (1995) había planteado; es decir, en la capacidad de un sistema para suspender el estado de la ley y colocar al sujeto fuera de un margen legal. En esta oportunidad, el ejercicio de suspensión de ley se revierte, pues Panizza es quien se autoexilia, por llamarlo de algún modo, y no es el Estado quien lo termina por orillar a un grado de marginalidad.

El Impenetrable Panizza expresa con su gesto, por tanto, un discurso que deviene en una posición frente al sistema estatal de dominación y control; él mismo asegura un «tranquilo desprecio de cualquier convención, o posesión o identidad, que no se sometiera a su férrea, invicta e inexplicable voluntad de huir». Croce, una vez ha resuelto el caso –y dado con el desaparecido– respeta este estado de autoexilio y permite que Panizza se marche a un lugar indeterminado para la esposa del desaparecido y para el mismo Croce que es, de alguna manera, un apéndice de la ley. En este punto es cuando el detective se pone del lado de los saboteadores del control estatal.

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Los casos del comisario Croce, al igual que toda la obra de Piglia, gira en torno a un rizoma de corte borgeano que finaliza en la visualización de una genealogía literaria. Como se ve, con la «Teoría del complot» no solo se aborda varias facetas de la aporía que conlleva el ejercicio del Estado, sino cómo las fuerzas civiles le salen al paso rápidamente desde la literatura y desde el arte; sean estas venidas desde el centro (como Panizza) o desde el margen (como la película de Evita que alguien la quiso revelar al gran público). Croce, como buen rastreador pampeano, descifra algunos planes que se cuecen y que fortalecen la «Teoría del complot» que, de cierta manera, forman parte de una lectura sesgada a la obra de Arlt y modifican, por qué no, la lectura de las dos grandes obras argentinas: Los siete locos y Los Lanzallamas. Un verdadero problema teórico.

Para finalizar, Los casos del comisario Croce –al igual que Plata quemada– nace de una serie rumores o historias de bar que le llegaron en algún momento de su vida a Piglia y que, desde su postración a causa de una esclerosis, le regresaron a la memoria. El mismo Piglia lo advierte en la «Nota de Autor» que adhiere al final del libro. El rumor, en este caso, es uno de los aspectos de la «Teoría del complot» que trabaja como una manera sutil de desestabilizar el poder oficial. Acaso, el cuento «La película» funciona de esa manera directamente. Sin embargo, no lo abordamos de manera exhaustiva, ni a los otros cuentos incluidos aquí, porque el rumor, como los testimonios falsos dentro de una investigación policial, son difíciles de comprobar; por el contrario, generan más dudas que certezas.

Notas

[1] Si extraemos el procedimiento de alguno de los textos de Christie, se puede generalizar la forma del policial clásico o de enigma: el planteamiento de un misterio, la resolución del mismo y la explicación final.

[2] Véase: «Teoría del complot». En Piglia, R. (2014). Antología personal. Buenos Aires: Siglo XXI.

[3] En el libro de cuentos Nombre falso (1975) Piglia ya había incluido «Homenaje a Roberto Arlt» que básicamente persigue el mismo camino de «El Astrólogo» solo que en una forma menos ortodoxa de un relato policial.

 


Leonardo López. Nació en Cuenca en 1991. Ha publicado algunos de sus relatos y poemas en fanzines culturales de la región y algunos textos críticos en revistas especializadas. Actualmente reside en Buenos Aires y es candidato a máster en Literaturas Española y Latinoamericana por la universidad de esa ciudad. Publicará próximamente su libro de relatos Ficción de origen (CCE).

 

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