El viaje positrónico | Benjamín Román Abram y Carlos Enrique Saldívar

Por Benjamín Román Abram y Carlos Enrique Saldívar

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde Perú)

 

«Primera Ley. Un robot no hará daño a un ser humano ni, por inacción, permitirá que un ser humano sufra daño. Segunda Ley. Un robot debe cumplir las órdenes dadas por los seres humanos, a excepción de aquellas que entren en conflicto con la primera ley. Tercera Ley. Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la primera o con la segunda ley»

Isaac Asimov

 

La llamada máquina del tiempo, antes de que fuera prohibida por su desmesurado consumo de energía, causó una gran frustración para sus clientes. Lograba trasladarlos al pasado como seres invisibles e incorpóreos que no podían interactuar con el lugar, y a las pocas horas los retornaba a su presente. Pero el inconveniente no era ese, sino el hecho de que solo se podía hacer el viaje una vez en la vida, en caso contrario el individuo terminaba con sus átomos esparcidos por el universo, como ya había pasado con los incrédulos o suicidas. Y esta alternativa a su vez provocaba que los usuarios en algún momento de sus existencias se arrepintieran del destino escogido. Se torturaban preguntándose por qué no optaron por otro camino y su psicología se derrumbaba. Solo quienes tenían pocos días por delante quedaban satisfechos de su elección.

En mi caso, como gran aficionado a la ciencia ficción y con la vehemencia de la juventud, tenía dos alternativas inusuales: ir a ver al gran Hugo Gernsback o a John Campbell, Jr. El primero por ser el creador del término de mi género favorito y uno de sus padres; el segundo, por ser el editor que le dio a esa corriente un halo de respetabilidad con contenidos más adultos o serios. Decidí por el último, pero para ser honesto lo hice porque me permitiría ver al joven Isaac Asimov.

En el momento preciso estuve en la mítica editorial Street & Smith Publications y escruté cómo Asimov conocía a Campbell y le proponía un cuento. Una pena, sabía que sucedería (unos días después le remitiría una carta de rechazo, pero con muchos consejos). Debo decir que no me agradó observar que el director fumara como una chimenea. Casi al acabar la entrevista, yo no pude evitarlo y musité sabiendo que no me iba a escuchar: robots positrónicos, leyes de la robótica y algunas frases más que he olvidado y que dejé en el año 1934, pero casi seguro que incluí un «saludos desde Lima, Perú».

Ya cuando estuve entrado en años, me lamenté del viaje, me dije que pude haber ido a ver a Jesucristo, finalmente, con el multilenguas habría oído sus parábolas. En otra ocasión pensé que no hubiera estado mal una visita a mi propia niñez, pero hoy, que siento que mi vida terminará muy pronto, he releído las «Memorias» de Asimov y cambié el arrepentimiento por la preocupación. En el texto figuran palabras propias de la segunda década del siglo XXIII y que no tendrían cabida en el vocabulario de mi escritor favorito, pero eso podría explicarse por la mano de un editor contemporáneo. Aunque hay algo que no reconozco: en las memorias habla de su cuento de fusión del cerebro humano con el positrónico, ¡eso jamás lo había leído!

Mi temor es que nuestro esparcimiento en el tiempo no haya sido inofensivo y que con otros hayamos cambiado la realidad con nuestras palabras a manera de publicidad subliminal.

Necesito analizar más ese cuento, lo necesito, aún no estoy completamente seguro… me desvanezco, es la vejez, creo, alucino, me pareció oír a la enfermera: «su cerebro ya no da más».

Si yo estuviera en lo correcto no puedo hacer nada. No obstante, resisto, porque requiero una respuesta definitiva.

Lo que me interesa es saber yo senté en la mente de ese escritor prodigioso ideas que luego se aplicaron en la realidad. Bueno, yo he leído «The Early Asimov» en idioma original, ya que estaba en un solo tomo (en castellano lo dividieron en tres partes). Muy interesante libro que narra sus inicios y su afán por convertirse en un autor respetado de ciencia ficción, menciona además sobre su gran amistad con John Campbell, Jr. y de sus intentos por lograr cuentos publicables, al tiempo que brindaba datos autobiográficos de sus pininos literarios y su vida académica. Mi relato preferido es el que cierra el volumen: «Madre Tierra», donde ya sentaba las bases de dos de sus grandes novelas: «Las bóvedas de acero» y «El sol desnudo», donde aparecen sus robots. Hasta ahí todo bien, se mencionan en la obra que leí, pero algo va mal con aquella historia de la fusión entre los cerebros positrónicos y humanos.

No me queda mucho tiempo. La enfermera se me acerca y me pide que descanse, yo intuyo: «quiere que descanse para siempre». Soy un hombre viejo, atrás quedó mi experiencia del viaje en el tiempo, y basta de sandeces, fui a la época correcta, a vislumbrar la escena ideal. Soy fan del por muchos considerado el mejor escritor de ciencia ficción de todos los tiempos, autor de grandes libros, como «Estoy en Puertomarte sin Hilda» y «El hombre bicentenario», entre otros. Textos que sembraron en mí la fabulosa simiente de la narrativa, no obstante, desistí de hacerme un profesional, pues en la tercera década del siglo XXIII se ha hecho un anacronismo escribir nueva ciencia ficción.

Por supuesto, no hemos conquistado aún las estrellas, como lo predijo Isaac, pero como lo auguró sí hemos construido algunas ciudades en órbita para trasladar a parte de la población terrícola, después de que muchos lugares quedaran inhabitables por la contaminación que la misma gente incentivó desde el siglo XX o en otros casos por esnobismo. Yo aún permanezco en la Tierra. Mis hijos y nietos no me visitan y sé muy bien que me hallo en un hospital de la muerte (creo que cuantos menos viejos, mejor para el Gobierno actual). Mi mente está lúcida, es mi cuerpo el que no tolera tantos malestares. Mis riñones ya no sirven, mi corazón está débil, mis pulmones se atrofian, y eso que me he cuidado mucho durante mi vida.

La enfermera regresa y oye mis murmullos, me dice que ya detenga mis meditaciones, son órdenes del doctor, en cinco minutos apagará las luces de mi habitación. Estoy seguro de que, tras dormir, no me despertaré.

¡Ya lo tengo! Yo poseo un cerebro positrónico. Al susurrarle al oído a Asimov, sembré en él la idea de los cerebros humano-positrónicos, y algunos fans lo deben haber leído en sus cuentos y lo hicieron realidad. Cuando perezca, este artilugio maravilloso biológico-mecánico se me extraerá para las clases universitarias de los jóvenes, para que aprendan cómo crear otros para implantárselos a los humanos recién nacidos. Aunque, cabe la opción de que me entierren con el armatoste dentro de mi cabeza.

¿Por qué nos adelantamos tanto en los cerebros, pero no en los cuerpos? Desde luego, porque el cerebro nos tenía activos veinticuatro horas como máquinas de generar dinero trabajando para las empresas, sin embargo, no conviene que nadie, excepto a los ricos, que uno sea inmortal. Los pobres y la clase media (a la que pertenecía) debe algún día fallecer. Estoy resignado, aunque me fastidia tanta injusticia.

Ya no tengo tiempo. La luz se apaga. Eso no me conmina a dormirme y algo me impide pensar. Ya no reflexiono. Todo se pone negro… y a los dos, tres segundos yo despierto en un cuerpo joven. Estoy desnudo, junto a otros, tendré veinte años a lo sumo, pues me veo en los espejos que nos rodean, frente a un comité que nos dice: «Bienvenidos, las tres leyes de la robótica están instaladas en sus sesos. Son débiles, son humanos en gran parte, pero ese lado cibernético que se encuentra dentro de su cráneo los hará trabajar sin descanso para crear más ciudades en órbita. Tenemos el material. Muy pronto se les asignarán sus labores. Han de darse cuenta del gran servicio que prestarán al resto de la humanidad. La contaminación y el calentamiento global siguen devastando muchas zonas del globo, por ello los esfuerzos de ustedes son necesarios. Pónganse estos trajes».

Mi cerebro humano-positrónico no funciona del todo bien, un error que no han detectado, pero debido a las tres leyes de Asimov no puedo rebelarme contra mis captores. Ahora confirmo qué es lo que sucede. Los ricos, los que se van a las ciudades en órbita poseen cerebros normales. Al menos sé de lo que se trata, yo no era un sirviente de los millonarios, yo era un ciudadano que vivía feliz y contento, con un cerebro biológico. Al realizar ese viaje al pasado, y susurrarle esas palabras al Buen Doctor, creé la serie de acontecimientos que desembocaron en este presente sombrío. Que me volvió como muchos otros, un cautivo. Tenemos esta parte máquina que nos impulsa a servirles y somos reciclados. Es casi una pesadilla. Mi familia, mi vejez, fue una ilusión.

Ahora sé más por los comentarios de mis vigilantes, que no hay robots en esta realidad porque ellos se levantaron en armas contra sus creadores, pero fueron vencidos, por eso se recurrió a la fusión del cerebro positrónico con el humano, y durante doscientos años ha dado buenos resultados. Las tres leyes de la robótica al final no funcionaron del todo, así que nos reciclan cada treinta años, antes de que el cerebro desarrolle una consciencia y el individuo anhele su libertad, un regalo que obtendré cuando me libere de las leyes robóticas y luego logre las metas que mi mentalidad dibuja: crear ciudades en órbita para los pobres y los de clase media, porque esos bienes son para quienes los trabajan, irnos a vivir a estos porque son los ricos quienes contaminaron el ambiente y casi destruyen la Tierra, no merecen la salvación, debemos expulsarlos de nuestros hogares que se encuentran más allá de la atmósfera terrestre. La clase trabajadora triunfará, al menos en esta realidad (si se mantiene) o hasta que desaparezca. No estoy seguro del todo de las consecuencias del viaje.

La segunda meta es modificar esta odiosa mente humana-positrónica para transformarla en lo que debe ser: un cerebro humano al ciento por ciento.

Y al finalizar mi labor, realizaré mi alocado pero hermoso plan de convertirme en un autor de ciencia ficción en una época donde el género se respetaba. Eso será con una nueva máquina del tiempo que voy a optimizar con la ayuda de miles de cerebros humanos-positrónicos. Viajaré al pasado, destruiré cualquier artilugio temporal con lo que bloquearé la llegada de mi primer yo y muchas otras locas distorsiones. Escribiré un cuento, me presentaré con John Campbell, Jr. y con mi nuevo cuerpo y el nombre de Isaac Asimov, le entregaré esta historia, pero más ligera. Igual me la rechazará al decirme que es más terror que ciencia ficción. Algún día escribiré mis memorias y para evitar mucha investigación diré que nací en Rusia y que mi padre vino a Estados Unidos en busca de una nueva vida, alteraré algunos documentos por si acaso. Al fin, nunca me convertiré en medio autómata y moriré de anciano y famoso en mi línea de tiempo.

 


Benjamín Román Abram (Lima, 1970). Es abogado con estudios de posgrado en seguros y administración. Es escritor del género fantástico. Sus cuentos y reseñas se han publicado en diarios y revistas nacionales e internacionales como El Comercio, Correo (Huancayo). En las revistas impresas Heterocósmica, Fabulador, Umbral, Buensalvaje, etc. En revistas en línea: Escritores por escritores, Cosmocápsula, miNatura, Agujero Negro, Plesiosaurio, Zona libre. Sus poemas se encuentran en webs del género (La Ira de Morfeo) o publicaciones virtuales (Alfa Eridiani). Sus cuentos se han recogido en las antologías nacionales Se Vende Marcianos y Manuscritos de R´LYEH. Es autor de los libros de relatos En Envase Pequeño y Bioficciones. Ha dictado talleres de ofimática bajo un esquema de su creación denominado tecnoliteratura orientado a escritores para corrección avanzada de sus textos. También cultiva la poesía. Como bloguero, publica regularmente cuentos y reseñas literarias de su autoría.


Carlos Enrique Saldívar (Lima, 1982). Estudió Literatura en la UNFV. Es director de la revista impresa Argonautas y del fanzine físico El Horla; es miembro del comité editorial del fanzine virtual Agujero Negro, publicaciones dedicadas a la literatura fantástica. Es director de la revista Minúsculo al Cubo, dedicada a la ficción brevísima. Es administrador de la revista Babeblicus (literatura general). Finalista de los Premios Andrómeda de Ficción Especulativa 2011, en la categoría: relato. Finalista del I Concurso de Microficciones, organizado por el grupo Abducidores de Textos. Finalista del Primer concurso de cuento de terror de la Sociedad Histórica Peruana Lovecraft. Finalista del XIV Certamen Internacional de Microcuento Fantástico miNatura 2016. Finalista del Concurso Guka 2017. Mención honrosa en I Premio Literario Valle del Pillko. Publicó el relato El otro engendro (2012). Publicó los libros de cuentos Historias de ciencia ficción (2008, 2018), Horizontes de fantasía (2010) y El otro engendro y algunos cuentos oscuros (2019). Compiló las selecciones: Nido de cuervos: cuentos peruanos de terror y suspenso (2011), Ciencia Ficción Peruana 2 (2016), Tenebra: muestra de cuentos peruanos de terror (2017, 2018) y Muestra de literatura peruana (2018).

 


Foto portada tomada de: https://bit.ly/3dMD4ln

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