Vigilante muerte* | Fabián Núñez Baquero

Por Fabián Núñez Baquero

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

*Cuento Premio Nacional de cuento Diario El Tiempo en 1976

 

“Más pequeño que pequeño y más grande que grande, el Atman reposa en el corazón de esta criatura.” (Los Upanishads. Editora y Distribuidora Mexicana. 1964, pág. 37).

“Nadie hablaría conmigo ni me miraría más que una vez; el tiempo necesario para ver la marca en mi frente. Yo era invisible.” (Robert Silverberg. Para ver al hombre invisible. Bruguera, 1977. pág. 73).

Es una muerte que traga para adentro y que me hace sentir mecanizado, vacío, chupado por un viento interior que transitara en un clima vertical de vidrio o de porcelana. Puede ser hoy o un poco más luego o, como dice el médico, nunca se sabe, es cuestión de un día o de años. Pero yo siento que arañan en mi sangre, que me golpean con cinceles invisibles.

Están tallando lo que bien puede ser un féretro o una balsa de inmovilidad. No sé si ha transcurrido mucho tiempo desde cuando encogido, pusilánime, con las arterias como cuerdas flojas y sujetándome hacia la tierra, veo mis movimientos como trazados con regla y me desligo de mis músculos en un espacio sin atmósfera y oyendo el ruido que hace el roce de mis piernas al andar o esa sensación de fricción plástica de mi cuello gelatinado.

Algo como látigo incómodo silba entre mis dientes y hace un ruido de lija fracturada. Poseo una lateral y pálida reminiscencia de un dolor o malestar en las extremidades y todos mis sentidos pugnan por atravesar la barrera de sus muñones inconclusos o entorpecidos. Mi corazón es una bomba empequeñecida y estoy seguro que mi sangre es volátil porque no pesa y está como ausente de los canales subterráneos.

Lo que más me molesta es esa claridad de láser en el centro de mi conciencia. No deja de ser un haz centrifugado de luz que sufre, un faro feroz agarrándose con desesperación a una esquina de la vida, para no descender al vórtice de las tinieblas totales. El aire acarrea partículas de acero flexibles a la luz, dotadas de una gélida fealdad ancestral.

Recuerdo las tareas a medio hacer, el boletín de prensa con la consabida alabanza al director, el concurso, la presentación del próximo concierto con ese aparato que de alguna manera reacciona como si filamentos de piel humana pusieran a resonar en una caja mortuoria de silicio o asbesto poroso, martirizado por huesos de aztecas o toc-tocs de sepultureros.

Era un buen espectáculo hasta donde habíamos ensayado y se iba a representar en la Cabaña del Buen Ermitaño. Mi cerebro —¿es cerebro esto?— está fijo en un punto de diamante, en el rincón central de un rosetón sólido y no permeable al movimiento: Cáscara dura de basalto, huevo azulado de concreto con pórfido en el alma y en el núcleo. Y yo aquí con esta joroba de inmortal cansancio, casi despidiéndome del volumen y la masa, de esa pretensión de ser algo solo porque se lleva a cuestas una cantidad determinada de libras, litros o gramos. Me da la impresión de que mis ojos se han juntado para formar una sola concavidad central y que el oído lo llevo en todo el centro de la cabeza. Una cabeza de ponderable lasitud sostenida por un cuerpo de calamar o anguila múltiple. Mi desplazamiento —exactamente como si una pasta de dentífrico rodara— me hace reír porque parezco un papanatas bailando con vestidos bajos y acampanados como los que tal vez usó la frígida Virago, reina de los sajones.

Es necesario aferrarse porque estamos en el borde. Ya sé que acabaré por caer, es irremediable, pero que las constelaciones y los hornos milenarios quemen unos minutos y esperen. Que todavía hagan una pausa para sorber con mi visión su existencia, su repetida e insistente frecuencia en aparecer. Y qué pasará en mi casa donde los enfermos —mis hijos, mujer, empleada— estaban, pero tan conformes y casi agónicos que no sabrán, ni yo tampoco, si esa haya sido la razón para huir dejando avisos de pestilencia y maldición en todas las paredes y ventanas. ¿Será un consuelo para un individuo como yo —listo para el desliz— saber con eficaz exactitud que tarde o temprano resucitaré siendo no yo mismo, sino otro, después de una kilométrica peripecia a través de los nudos de enlace de la materia? A mí no me consuela. Quiero vivir y ahora. ¿Qué pensarán en la junta y el comité, sobre todo en la federación, ahora que deben estar alegres por el triunfo de los compañeros fumigadores, saneadores públicos y municipales?

Ya veo la cara de buey sin suerte que pondrá el prefecto, el alcalde; el rector no dirá nada, solo resollará con despecho de ballena sin agua.

Pero ya estoy con el pie sumergido en el caldo original. En mi temprano museo de cera soy el rostro joven sin polvo en mis cabellos acalambrados, sin sortilegios brillantes o hermosos telares de araña en las abiertas pupilas. Para mañana, aunque lo quiera, no puedo entrar a la oficina, saludar al secretario, fornicar mentalmente con las amplias y torneadas caderas de las muchachas y púberes jubilosas de los otros departamentos y pisos, a quienes nunca tuve el coraje de proponer una noche de amor incluida la cama. Ya no podré amar tampoco a las radiosas adolescentes que transitan desprevenidas por todas las calles y veredas de mi pueblo. No podré ser hombre, ni siquiera lo que soy, frente a la circulación libre del viento que corteja con sus besos las fragantes rosas, las hojas de otoño o los verdecidos tallos de primavera. No podré oír ni olfatear el mundo numeroso. No podré recibir las olas de la vida y la alegría recostado en la lujosa alfombra de la grama muelle y olorosa a mujer en celo.

Tanta incomodidad, —no tengo donde moverme— me hace pensar en el esfuerzo de tantos años para levantar esta casa y luchar contra la envidia de todos. Es verdad que he robado, pero ¿es que hay como ser rico sin ser a la vez ladrón? Me pueden llamar traidor o asesino, pero yo no permitiré… ¿qué estoy diciendo…? ¿Qué me pasa? Nunca mi imaginación presintió esta catástrofe que se acurruca y refugia en este singular alero de rara presión y corta superficie.

Sí, claro, es rarísimo que no pueda tocarme la cara y que todo lo que vea plano como el pez-luna o la estrella de mar. Plano, recto, horizontal y sin límite. Denme siquiera la oportunidad del trino, ya que mi garganta —¿es esto garganta?— es un tubo macizo de polietileno gomoso. Quiero hablar, quiero expresarme, entonces por lo menos que se me permita emitir fragmentos de onda amorosa de vida y de palabra hacia algún abandonado y oscuro radar informe, antenas o espirales. Debo estar con orejeras, con esos tapacubos o tapa verdades que se ponen ciertos arzobispos para ocultar queridas queridísimas o empresas anónimas a nombre de sus ex, o de sus tías solterísimas.

¿Es una mitra, bonete o cucurucho? Sea como sea, pero me siento como si estuviera viviendo en el planeta más pesado del sistema solar. Pelota de caucho maciza, esfera de níquel acolchonado. Todo es despacio y demorón, muchos pasos y poco trecho… y en la mitad una buena distancia eterna. Y yo que creía que mi libre empresa fue construida para durar por los siglos, que solo yo tenía la voz y la saliva adecuadas para prosperar. ¿Para qué me sirvió o me ha servido mi fortuna, mi envidiable posición social? Hasta el amor de Conchita fue parte —esta membrana me perturba, me hace doler— de mi estrategia, de lo que yo llamaba el don de hacer parir fortuna. ¡Conchita y mi ternura de empresario!… Oh, ¡y no poder siquiera palparme el corazón! Esto es o era pecho, eso. Un día fue ella y se quejó de la pelusa de los telares y el olor del estampado y como yo le respondiera, ella me dijo que yo tenía mentalidad y constitución de insecto, de obrera. Sí, es cierto, había mucha explotación y el trabajo era demasiado. Te debo decir, Conchita, que nuestra unión nunca fue amor. Si hubiéramos tenido hijos, ellos hubiesen sido fruto de la desesperación.

Claro, no dejamos de darnos sucios, pornográficos y comerciales besos, eso lo sabemos. Pero, así como estoy —ya inflamándome de senectud y archivo—, así, no es posible decir sino la verdad. ¿La primera enfermedad? Fue por obra y gracia de mis reiteradas visitas al “Danubio Azul”, donde la bruja Quelonia, excelente celestina entre paréntesis. Me gustaba la jorobada rechazada y sin fama, por su inefable ubicuidad en la novedosa innovación en el placer, jorobadita. Bueno, y todo eso no me ha resguardado de la falta de amor y la esterilidad. Pero siquiera eso era preferible a esto… No podré cumplir el contrato. Aunque ellos tampoco me solicitaron y demostraban olvidarse de tales requisitos. Notaba que cuando llegaba hacían un silencio alrededor mío, luego, con el tiempo, acostumbraron a ponerse pálidos, blancos, y fue solo bastante tarde —cuando los amigos y compañeros ya me habían abandonado— cuando huían horrorizados de mi presencia dejándome en el escritorio espejos de todas las dimensiones imaginables, formas y variedades.

Al principio opté por quedarme encerrado y no salía —pese a los llamados y a los comentarios enigmáticos que se formaban alrededor de mi oficina— sino hasta cuando consideraba que podía estar más o menos visible. Como Jefe del Departamento de Estudios Técnicos, el gobierno y el ministro bien podían esperar. Pero este recurso no sirvió porque pronto descubrí que no podía estar visible en todo el tiempo. De modo que ordené vacaciones arbitrarias para mis subalternos hasta cuando la situación mejorara. En mi casa reunía a mis dos empleados en la sala de visitas y en la mañana disponía —por intermedio de bien situados altavoces— todo lo referente a las actividades del día, las mismas que debían realizarse meticulosamente y de acuerdo a prioridades. Para salir, tanto de la casa como del Ministerio, lo hacía en altas horas de la noche y no podía alejarme mucho con el traje oscuro de casimir que era el único que no se quemaba y me dejaba mover con un poco de dificultad. Los otros no resistían un minuto porque de pronto les sentía calentarse, ablandarse, transformarse en algo como cebolla atacada por ácido putrefacto y me quedaba, de inmediato, desnudo, sin cubrir la ominosa y repelente materia que ya nacía de mis huesos.

De modo que para mí ya no fue ninguna sorpresa el día que encontré aquella inscripción. La esperaba desde hace mucho tiempo, quién creyera, me alegraba más que mi jubilación o que el balance semestral de mi empresa o que una cordial felicitación del ministro. Solo así me deslindaba del escalofrío continuo, de esa especie de violación tenebrosa cuando me encontraba con alguien en los pasillos, el ascensor, el bar o la escalera de emergencia. Y, sobre todo, me quitaba de encima la responsabilidad horrorosa de hablar en cinta magnetofónica en horas hábiles cuando resguardaba mi presencia detrás de mi escritorio particular oculto tras de una persiana de amianto refractario. Es más, mi voz iba perdiendo el timbre usual, la intensidad, la modulación y la calidad que la distingue de otros seres homogéneos y orgánicos. Mis órganos táctiles adquirían cada vez preponderancia y los sentidos avanzaban hacia lo que puedo llamar integración sintética, monista, unitaria, excepcional. Mis piernas y mis brazos, mis músculos, se volvían radiales y asimilaban —sin que lo pueda evitar— más peso.

Empecé a ver y desarrollar una nueva teoría del universo y ya no comprendía un ápice el sin sentido de hurgar papeles y mancharlos, usar artefactos y máquinas, agitarse en las calles y en los parques, en los lugares de reunión o de trabajo, moverse por los tres elementos, nacer, crecer y morir con ese estilo y bajo esas formalidades tan conocidas por todos. Claro que yo no he realizado ningún esfuerzo ni ha sido mi meta devenir hasta el estado actual, todo ha sido tan natural y ha llegado a ser parte de mí mismo, que ahora creo que siempre fue así.

Supe que siempre no fue así cuando apareció mi nombre en los periódicos reclamando sucesores y herederos, los albaceas, para repartir mi legado después de mi aparente desaparición. Ya veo quiénes se inventaron parentescos y testamentos originales y hasta resultaron ser mis hijos. Fui incapaz de donar mi fortuna para movimientos progresistas o para premiar al inventor que diera con el método definitivo de eliminar comerciales de la televisión o asesinar con eficacia a todos los responsables del hambre mundial. Pero, bien, eso fue mucho después y los actos se deben llevar a cabo con oportunidad. Lo que pasa es una silueta irrecuperable.

Dije que ya estaba preparado, sin la ventaja de la sorpresa para aquel día cuando encontré un pedazo de mármol rojo con una extraña inscripción verde: “Señor funcionario, renuncie, váyase, es un horror sin nombre tenerlo por compañero. ¿No percibe el olor y la huella de condenación que deja a su paso? Ojalá este espejo de magma terciaria retenga su abominable imagen y lo decida a abandonar el Ministerio”.

Y sin embargo todo está en orden. Salvo las grabaciones que tanto me apenan. Allí solía hablar a mi pueblo de nuestros problemas, los suyos, y les instaba a organizarnos, lo único que nos salva. Pero no puedo enviar una carta, tampoco un recado, alguna manera de insinuación… es imposible dejar indicaciones para repetir rollos, cintas o casetes de otras épocas, que todavía tienen actualidad, es imposible y penoso hacerles saber que se han borrado todos… así, sin saber cómo… Pero todo está en orden y veo cómo en cada esquina del vasto edificio burocrático, se mueven figuras conocidas siguiendo una mecánica y chirle sucesión de actos, esa especie de cómplice nulidad de los que no tienen fe en lo que hacen y que les pareciera increíble saber que hay una criatura, una y la misma detrás de sus espaldas, haciendo un balance frío e irónico de los gestos y actitudes, traiciones, amores, clandestinidad del afecto amoroso, ese abrazo furtivo o esas manos tocando lo soñado o el pensamiento vago, mendaz, de incendiar la casa del imbécil que ganó el ascenso o la beca; del ensueño que creemos utópico donde no todo se mida por horario y no haga falta comprar, vender y más vender, y no se necesite de oficinas trabajando ni obreros sacándose la madre, ni pueblos en guerra o muriendo de hambre y miseria o cretinos quemando libros y torturando seres humanos, o el miedo, el terror de quedarse sin empleo en plena soledad, como si siempre no estuviésemos solos:, o la envidia del lujo, los amantes y el confort del jefe, o esa manera extraordinariamente toral y masiva de engañarnos a nosotros mismos para matar el tiempo y dar sentido al vacío que pudiera resultar de la comprobación de que ya estamos devaluados, podridos y vivimos de préstamos o que nos hemos declarado insolventes.

Y esa criatura, única y la misma, detrás de la cabeza de cada uno, sabe que el mundo puede ordenarse conforme a los sueños. Aunque yo mismo no haya llevado a la práctica mis discursos, el contenido de mis pensamientos más convencidos. Pero ya no es posible la hora de las concreciones y materializaciones. Porque ahora ya nadie me reconoce. Atravieso por sus vidas y por sus cuerpos como un fluido cristalino que no puede detenerse para conversar, estrecharles las manos y cambiar una mirada de amor. Trato en vano de inventarme un método para por lo menos decir “Buenos días, quiero charlar desde hace mucho tiempo con ustedes”. No, ya no puedo comunicarme, todo lo tergiversan y lo vuelcan al revés tal como las noticias de diarios, revistas, radios, televisoras que se pasan las 24 horas del día edificando la catástrofe de la patria.

Esta posición es incómoda y cada vez me resta más espacio-tiempo, antes me servían bien mis cinco dedos. Veo que el mundo no tiene prisa en su eterno movimiento y no siempre marcha hacia adelante, la ley del progreso solo se cumple a medias y todos tenemos que cumplir una órbita de acción dentro de un perímetro limitado. Y Conchita no se percatará de que la estoy llamando, que mis esfuerzos —¿son brazos estos…?— se estrellan contra una muralla infranqueable, un dieléctrico bien construido para evitar el arco y la respuesta.

Es demasiada distancia y demasiado el tiempo de la espera. Ayer Conchita tuvo el primer hijo que no era mío y ahora conozco a una bisnieta de ese hijo que también se llama Conchita, pero es ella misma y yo lo sé y por eso la llamo y me interpongo entre ella y su camino, pero no logro interceptarla. Empiezo a sospechar que esta vigilante muerte se parece a una nostalgia invisible, a una pequeña estadía en algún lugar donde solo habitan (y no puedo librarme de estas pesadas verrugas) los triunfantes espectadores en un área o circo de estricto movimiento rectilíneo y uniforme.

Aunque no tengo compañeros que me precedan no puedo saber si me siguen, hay un silencio y un vacío comparables a una cabina para escándalos vagino-sentimentales de los yanquis en la luna. Pero miento si digo que avanzo con un movimiento mecánico lineal; lo exacto es decir que camino hacia abajo sin descender y como que me succionan por los pies y las entrañas hacia un abismo que solo se hace presente por su voraz y gélido torbellino.

Tengo la impresión que han pasado ya varias generaciones porque en esta minúscula esquina, que es mi observatorio y atalaya, solo observo ya hacia arriba y hacia abajo, a un lado y a otro, una larga perspectiva de arena, silencio y soledad. No existe la casa ni el pueblo de mi familia, Conchita es un rostro que no puedo recordar ya y no sé si existió de verdad.

Solo una luz verdosa, a la cual me adecuo muy bien, se ve tranquila y serena sobre el horizonte.

 


Fabián Núñez Baquero (Tulcán, Ecuador, 1942). Poeta, escritor ecuatoriano. Ha publicado varias obras entre las que se destacan: La Uña de la Gran Bestia, En torno a Montalvo, Solo de amor me rindo, Voces errantes, Pura Lámpara, Morir de España dos veces, Homenaje al libro y al escritor, Martes 13. Mantiene un blog donde se puede encontrar además sus ensayos: Umbral de voces: http://umbraldelasvoces.blogspot.com/

 


Foto portada tomada de: https://bit.ly/3stYzvg

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