El extraño caso del Capitán Rayo | Juan David Cruz Duarte

Por Juan David Cruz Duarte

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde Colombia)

 

Estaba jugando solitario en mi computador cuando un joven de barba y lentes grandísimos entró a mi despacho. “He estado averiguando por todas partes”, me dijo sin preámbulos, “y me han dicho que usted es el mejor detective privado en toda la ciudad”. Terminé un movimiento en la pantalla y levanté la cabeza. “Eso es discutible. ¿Cuál es su nombre? Dígame en qué lo puedo ayudar”. El joven estaba nervioso, no sabía qué hacer con sus manos. “Mi nombre es José Rodríguez. Estoy buscando al Capitán Rayo”. Yo me reí de buena gana: “Acá no vive. Mire, imbécil, si esto es un chiste”… “¡No! Claro que no”, dijo él. “El Capitán Rayo es un juguete, una figura de colección supremamente rara. Fue creado y distribuido por Guliver Juguetes en los ochentas. Creo que fue producido por primera vez en 1986, en Colombia. Guliver había pagado por los derechos de producción de juguetes basados en los superhéroes de DC Comics: Superman, Flash, Batman, Linterna Verde, Aquaman, la Mujer Maravilla, etcétera. Esta línea se llamó Super Powers en los Estados Unidos y Súper Héroes en Latinoamérica. El Capitán Rayo es una creación de la fábrica latinoamericana, que decidió hacer su propio juguete, combinando el cuerpo de Superman y la cabeza de Aquaman. El diseño es lindísimo: el Capitán Rayo lleva un traje negro con botas y calzoncillos amarillos, una capa roja y un logo amarillo y rojo en el pecho. El logo es igual al de Flash, aunque con ciertas variaciones en lo que respecta al color”. Yo me quedé mirando al tipo en silencio. Nunca nadie había venido a mi despacho buscando algo tan ridículo. ¿Con qué clase de adulto estaba hablando? “Oiga, esto no es una juguetería. Yo me esfuerzo por ganarme la vida en este negocio, y no puedo perder mi tiempo en pendejadas”.

Cuando me disponía a enseñarle la salida, Rodríguez me explicó que una figura del Capitán Rayo en su empaque original puede venderse por unos 500 dólares en internet. Él y Juan Carlos Gómez, un viejo amigo suyo, habían empezado un negocio de cómics y figuras de colección en Chapinero. Después de una acalorada disputa habían roto sus relaciones comerciales. Rodríguez se había trasladado al norte de la ciudad, al barrio La Colina, Gómez había movido su local al centro. Durante este proceso el Capitán Rayo, originalmente propiedad de Rodríguez, había caído en las manos de su antiguo socio. Mi trabajo sería recuperar este juguete. Según él, el Capitán Rayo no sólo tenía un considerable valor comercial, sino también un enorme valor sentimental para él, ya que había sido un regalo de sus padres. ¿Pero qué clase de niño guarda las cajas de sus juguetes? No voy a mencionar la suma total que el muchacho se ofreció a pagarme, pero puedo decir que me quería dar 500 mil pesos para que me comprometiera a devolverle al Capitán Rayo lo antes posible. Le expliqué que yo no podía tomar algo de otra persona, y mucho menos sin pruebas de que ese objeto no le pertenece a su actual dueño. Le dije que lo único que podía hacer era encontrar el juguete, y arreglar un encuentro en el cual él y su antiguo socio podrían discutir quién era el verdadero propietario de esta figura; tal vez podían discutir una posible transacción. Él no quería aceptar mis condiciones. “Haga lo que quiera”, le dije, “ningún detective serio en esta ciudad va a aceptar su propuesta; eso es robo”.

Rodríguez salió de mi despacho, muy ofendido. Yo me fumé un cigarrillo y jugué dos o tres partidas de solitario. Antes de salir me di cuenta de que afuera llovía como si fuera la noche del fin del mundo. Me bebí un wiski para hacer tiempo, pero la lluvia no cesaba. Salí a la calle envuelto en mi gabardina gris.

Días más tarde el joven regresó. Me informó que Gómez decía haber vendido el juguete. Él no le creía, y estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para recuperarlo. Me comprometí a encontrar al Capitán Rayo, dejando muy en claro que no podía tomar posesión del mismo, ya que esto era ilegal. Rodríguez me dio 500 mil pesos para empezar la investigación. Esa misma tarde fui al nuevo local de Gómez, pregunté por la figura del Capitán Rayo y pude ver que el vendedor se ponía nervioso. Era un tipo corpulento y con tatuajes en los brazos: en el derecho tenía un oso pardo y un dragón chino, la cara de un tigre adornaba su hombro izquierdo. En su muñeca había un par de pececitos koi. Tenía la cabeza rapada y una barba que le llegaba hasta el pecho. A pesar del frío, llevaba puesta una camiseta sin mangas que decía Ramones. Parecía un tipo duro, pero tenía un tic en el ojo derecho que lo habría delatado si estuviera tratando de ocultar una buena mano en una apartida de póker. Me preguntó si el juguete era para mí, le dije que era para mi hijo. También me preguntó cuánto dinero estaba dispuesto a pagar, le dije que no más de 800 mil pesos. Fue a la bodega a ver si todavía tenía algún ejemplar. Al salir me dijo que ya lo había vendido. Por la forma en la que hablaba era obvio que me estaba mintiendo, su ojo derecho temblaba como si le estuvieran apagando un cigarrillo en el párpado. Le dije que mi hijo era un coleccionista especializado, y que si lograba conseguirme esta figura estaría dispuesto a pagarle hasta un millón de pesos. Antes de irme escribí mi teléfono en una hoja de papel. Le di un nombre falso que uso a veces. Sabía que sospechaba algo. Pero todos los comerciantes tienen un punto débil: la plata. ¿Quién puede estar pensando en dinero todo el día sin obsesionarse con él? Tarde o temprano, el nuevo dueño del Capitán Rayo se daría cuenta de que le convenía venderlo. ¿O es que acaso hay muchas personas ofreciendo un millón de pesos por un muñequito de plástico? Esa noche, cuando me acosté a dormir, tuve la sensación de que este caso se iba a resolver de manera sencilla. Todavía no era consciente de la avalancha de mierda que se me venía encima.

Gómez me llamó al teléfono de mi despacho. Me dijo que podíamos encontrarnos en una especie de feria que se llevaría a cabo en el centro. Acepté su invitación e informé a mi cliente al respecto. Le pregunté si sabía algo de esta “feria” que se llevaría a cabo y él se ofreció a pasar por mi oficina para traerme un volante y hablar acerca de la naturaleza de estos eventos. El viernes por la mañana llamé a Suárez a su oficina. Es un detective sin mucha experiencia, pero creo que tiene talento.

El sábado me encontraba en una enorme bodega llena de adolescentes e idiotas de treinta y pico. Le había pedido a Suárez que me acompañara, ya que él sabe mucho más que yo de súper héroes y cosas por el estilo. Yo entraría al lugar cinco minutos antes que él. Cuando me encontrara con Gómez, Suárez se acercaría disimuladamente para indicarme si el producto que estábamos viendo era o no era el verdadero Capitán Rayo. Él se asomaría por detrás del vendedor y me haría una seña sutil. Si afirmaba con un movimiento de cabeza yo me daría la vuelta y le haría una seña a Rodríguez, que vendría a hablar con su exsocio para discutir los términos bajo los cuales él podría recuperar al Capitán Rayo. Si el idiota no le devolvía el juguete, Rodríguez haría una denuncia formal en la estación de policía. Él nos había pedido a Suárez y a mí que actuáramos como testigos. Yo le expliqué que únicamente podíamos dar fe de que Gómez tenía el juguete en su poder durante el momento de la falsa transacción, ya que no teníamos certeza de que el juguete le perteneciera en verdad a Rodríguez. En este negocio no hay espacio para la buena fe. Se habrían necesitado todo tipo de pruebas para corroborar lo que decía mi cliente: fotografías viejas, por ejemplo, acaso una vieja factura de compras. Pero nadie guarda una factura por tano tiempo.

La sola idea de armar semejante debacle por un estúpido juguete era absurda. Ningún juez se tomaría en serio un caso así. Y lo peor era que, de abrirse un caso en contra de Gómez, el proceso legal podría tomar años. Lo mejor que se podía hacer era una negociación en la que ambas partes salieran medianamente satisfechas. Esa era mi opinión, y así se lo dejé saber a Rodríguez. Él tenía ojos de idiota nostálgico y Gómez era un vendedor experimentado; sabía bien quién llevaba las de perder. Tarde o temprano llegarían a un acuerdo.

Nada de lo que me dijo Rodríguez acerca de este evento, y nada de lo que discutí con Suárez el día anterior, me habría podido preparar para lo que sucedió esa tarde. Entré a esa bodega esperando ver una manada de niños desadaptados, y lo que encontré fue un carnaval de idiotas disfrazados de súper héroes y de adolescentes vestidos como caricaturas japonesas. A duras penas podía moverme en medio de la multitud. Era evidente que me hallaba fuera de lugar; todo el mundo me miraba como a un bicho raro. Un par de jóvenes me ofrecieron cómics (o “novelas gráficas,” como las llama Suárez) y juguetes de todo tipo. Había una mujer de mi edad dibujando muñequitos que mercadeaba con el nombre de animé. Tenía unos ojos azules y enormes, me acerqué y le pregunté cómo se llamaba. Verónica es un lindo nombre. Intercambiamos un par de frases y al final me dijo: “Lo que hay que hacer en este país para ganarse la vida”. Yo sólo le contesté: “No tienes ni la menor idea”. Entonces vi a Gómez. Me di la vuelta, miré a mi alrededor y vi que Suárez estaba parado cerca de la puerta de entrada. Llevaba puesta una camiseta gris con el logo de Batman (al menos conozco uno de estos dibujitos). Él me vio y se acercó disimuladamente. Yo estaba algo nervioso, esa tarde Gómez se veía enorme, aunque era un par de centímetros más bajo que yo. Recuerdo que llevaba puestas unas botas de estilo militar. Cada brazo suyo era tan grueso como una de mis piernas. Debía pesar unos 90 kilos. Mientras hablaba con él recordé la manopla de acero en mi bolsillo. Mi colega se paró detrás del vendedor y dio su visto bueno. Movió la cabeza rápidamente y siguió su camino. Daba la impresión de que se estaba divirtiendo. La gente nunca deja de sorprenderme. Hablé con Gómez por unos cinco o diez minutos. Me di la vuelta y le hice una seña a Rodríguez para que se acercara. El tipo estaba escondido en la multitud, llevaba un ridículo casco de plástico que, según él, era el casco del Halcón Rojo en una vieja serie de televisión japonesa llamada Liveman. Cuando se quitó el casco y se nos acercó hubo cierta conmoción a nuestro alrededor. Entonces entendí que había caído en la trampa como un principiante. La razón por la cual Rodríguez había dispuesto que nos viéramos en este ridículo evento no era, como yo lo había supuesto, una simple cuestión de conveniencia; era una cuestión de respaldo. Sus acompañantes, tal vez otros comerciantes, quizás familiares o amigos suyos, se pusieron muy nerviosos al ver a mi cliente. El corpulento vendedor me tomó por la espalda y me apretó el cuello con sus enormes brazos. Lo oí gruñir: “¿Qué está pasando aquí? ¿Qué putas es esto?” Me faltaba el aire, los ojos se me iban a salir del cráneo y empecé a ver lucecitas de colores. Traté de poner la mente en blanco, cerré los ojos, saqué la manopla de mi bolsillo y puse mi antebrazo derecho junto a mi cuello. Empujé con todas mis fuerzas y me liberé de la llave de ese hijo de puta. Esquivé un derechazo que Gómez me lanzó en cámara lenta y le conecté un puñetazo en el pómulo derecho, luego un zurdazo en el tabique y otro golpe con la manopla que le rompió los dientes de adelante. Me disponía a agarrar a mi cliente del brazo para sacarlo de allí cuando sentí un dolor extraño en la espalda. No era un dolor intenso, más bien era un ardor frío. Me puse la mano en la camisa y vi que estaba cubierta de sangre. Traté de defenderme, pero el maldito era rápido. Casi pierdo el conocimiento cuando me volvió a apuñalar. Me hubiera clavado su navaja por tercera vez, pero alguien nos separó de un empujón. Caí de bruces al suelo. Cuando me di la vuelta vi que Suárez le estaba moliendo la cara a puñetazos al malnacido. No pude evitar una sonrisa. Ambos terminaron forcejeando en el piso y la navaja fue a parar debajo de un estante de historietas. Traté de levantarme, pero un mareo intenso me nubló la vista. Caí de espaldas. Cuando abrí los ojos pude ver que un hombre fornido estaba tratando de ayudarme. Me extendía su mano pálida, que brillaba suavemente. Llevaba un traje negro y botas de cuero de color amarillo, su capa roja flotaba detrás de él y una luz celestial caía sobre sus hombros y no me dejaba ver su rostro. Creo que vi un par de chispas amarillas saliendo de sus ojos. Entonces supe que lo había encontrado: era el Capitán Rayo. Todo había sido un maldito chiste de mal gusto.

Me desperté en una habitación de la Clínica Marley. Suárez le había roto la mandíbula al tipo que me acuchilló, y estuvo detenido por un par de días. Sólo pudo visitarme un día antes de que me dieran de alta. Yo había perdido mucha sangre antes de que llegara la ambulancia. Estuvo cerca. Rodríguez me visitó en la clínica, me informó que había depositado el dinero que me debía en mi cuenta bancaria, y que había pagado los costos del hospital. El tipo empezaba a caerme un poco mejor. Vi que llevaba algo debajo de su chaqueta “¿Y es que ahora anda armado?” Él se rio y dijo que no. Se abrió la chaqueta y vi que llevaba puesta una camiseta del Santa Fe (algo bueno tenía que tener este idiota). Orgulloso, me mostró la caja con el juguete del Capitán Rayo. Le dije algo así como: “Bueno, es la primera cosa que hace bien desde que lo conozco”. Él sonrió y me explicó que había recogido la caja del suelo cuando Gómez la soltó para atacarme (al menos tenía claras sus prioridades). “Me refería a la camiseta del Santa Fe, joven. Un robo es un robo… Pero tranquilo, Rodríguez, no lo voy a denunciar. La próxima vez que alguien entre a mi oficina preguntando por el Capitán Rayo ya sé por dónde empezar a buscar”. Él no supo si reírse o no. Me dio varias barajas de cartas para que tuviera algo que hacer durante mi recuperación. Me preguntó por qué me gustaba tanto jugar solitario. Le expliqué que el solitario es como la vida: “Uno tiene ciertas opciones limitadas, ciertos caminos que puede tomar. La decisión es de uno. Si uno pone un tres de corazones bajo un cuatro de picas está bloqueando esa escalera, pero puede estar abriendo la puerta para otra escalera. Cada puerta que uno abre es otra que se cierra, cada opción que se cierra es una puerta que se abre. Y a veces, opciones que uno ha descartado hace tiempo vuelven a abrirse, trayendo nuevas posibilidades, nuevas escaleras. Y al final, así se gane o se pierda, el juego siempre termina. Siempre. En todas estas cosas el solitario es como la vida. En eso y en que es un juego que se juega solo, que se gana o que se pierde solo. En eso también es como la vida. Sólo hay una diferencia relevante entre las dos cosas”. “¿Cuál?” preguntó el joven en un tono muy serio. “Que el solitario es un estúpido juego de cartas y la vida es la vida”. Rodríguez se quedó callado, buscándole la gracia al chiste. Finalmente le pregunté si sabía el nombre del tipo que me había apuñalado. Era Javier Serna, un viejo conocido suyo que también comerciaba con cómics y objetos de colección. Le pedí que anotara el nombre en una libreta que siempre llevo encima. Tuvo que buscarla en los bolsillos de mi pantalón, que estaba doblado sobre una silla. Me preguntó si pensaba denunciar a Serna ante las autoridades. “Claro que sí, pero todo a su debido tiempo. Primero pienso hacerle una visita. Luego hago la vuelta con la policía”. Charlamos por un buen rato, luego el sol empezó a bajar en la ventana de mi habitación y las nubes se pintaron de rojo. Rodríguez se despidió muy formalmente y prometió visitarme en mi despacho. Nunca más lo volví a ver.

Cuando Suárez vino a visitarme trajo chocolates rellenos de aguardiente. Me encantan. Lo curioso es que detesto el aguardiente. Supongo que la vida está llena de pequeños misterios. Le di las gracias por el regalo y lo felicité por esa derecha de herrero. “Quién lo hubiera imaginado”. Había machacado brutalmente a Serna, pero el hijo de puta se había escabullido después de que apresaron a mi compañero. Decidí que lo dejaría recuperarse un poco antes de hacerle una visita.

Semanas después, mientras trabajaba en mi despacho, recibí una llamada de Suárez. Acababa de recordar que una enfermera le había dicho que mientras yo estaba inconsciente una mujer de ojos azules me había ido a visitar, pero se había marchado al ver que yo no recuperaba la conciencia. Verónica. Es un lindo nombre. ¿Cómo me habría encontrado? “Bueno”, dije resignado, “es como en el solitario: unas se ganan y otras se pierden. Pero”… “¿Pero qué?” preguntó Suárez sin mucho interés. “Pero casi todas se pierden”.

 


Juan David Cruz Duarte nació en Bogotá, Colombia. En el 2018 obtuvo su doctorado en literatura comparada en la University of South Carolina. Sus cuentos y poemas han aparecido en Máquina Combinatoria, Five:2:OneBurningwordJasperBlue Collar Reviewthe Dead Mule School of Southern LiteratureEscarabeo, etc. Sus ensayos han sido publicados en Variaciones Borges y Divergencias. Varias de sus caricaturas políticas han aparecido en Las2Orillas. Su trabajo académico se ha enfocado en el estudio de la ciencia ficción latinoamericana de los siglos XX y XXI. Cruz Duarte es el autor de la colección de relatos Dream a Little dream of me: cuentos siniestros (2011), la novela breve La noche del fin del mundo (2012), y la colección de pomas Léase después de mi muerte (Poemas 2005-2017). Actualmente Cruz Duarte vive en Bogotá.

 


Foto portada tomada de: https://pixabay.com/es/photos/misterioso-hombre-fantas%C3%ADa-4161249/

 

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