Alicia | Diego Alejandro Gallegos Rojas (Godié)

Por Diego Alejandro Gallegos Rojas (Godié)

 

Alicia Yánez Cossío (Foto tomada de su perfil de Facebook).

Alicia nos abre la puerta de su hogar, de su corazón generoso, de su vida. Nos sonríe y es como si de inmediato se abrigara el frío friolento, como si alumbrara más el pálido sol quiteño. Ella nos recibe en un modesto departamento, ubicado en la esquina de las calles Toledo y Madrid en el emblemático barrio La Floresta.

Es la mañana del mes de Julio del año 2012, de un miércoles diferente, alegre, risueño… Quienes nos encontramos ahí, estamos inscritos en el Taller de Creación Literaria que se desarrolla durante un mes, los días lunes y miércoles de 10:00h hasta las 12:00h. Las lecturas, las letras, la escritura, la Literatura es el gran pretexto que nos convoca. En mi caso, lo hago para construir nuevas amistades literarias y conocer cuáles son los temas que escriben quienes somos aprendices de escritores, aunque los temas son todos los que convergen en la esencia misma de lo que está hecha la vida: palabras, palabras, y más palabras… Porque el ruido está hecho de silencios y hasta el silencio está hecho de palabras.

Estamos ahí para ensartar una a una las letras en la página vacía, en blanco y que se extienda en el papel arrugado hasta darle forma a las historias imaginadas, inventadas, desordenadas, manchadas, remendadas, desubicadas, imperfectas… Y así se hagan sangre, carne, oxigeno, vida. Y lo hacemos escuchando las vivencias de Alicia, esas anécdotas que se hicieron poesía, prosa poética, narrativa, con su pluma repleta de una imaginación imaginada en la realidad, en su mente, en su aliento, con su corazonado corazón.

Alicia nos invita a recorrer el pequeño departamento. Y miramos algunas fotos que destacan de su familia. Y también están los infaltables “hijos” de pasta, papel y tinta que colocados en un estante componen una mínima parte de su biblioteca. Otros libros están guardados en varios cartones grandes, como si recién se hubiera cambiado de casa y se olvidó de sacarlos, de lucirlos, para que respiren los libros libres del encierro acartonado en los cartones.

Antes que en un taller de escritura las reuniones son una tertulia literaria, amenizadas con una taza de café o de agua aromática acompañada con algunas galletas, bizcochos de Cayambe, quesos de hoja Hacemos como una pambamesa, cada uno de los integrantes comparte lo que generosamente ofrece y digiere el corazón. A los colegas del taller de creación literaria les comparto unos deliciosos bocadillos lojanos, hechos del jugo de caña de azúcar, y maní, bocadillos que para algunos es la primera vez que los degustan y les gustan.

La mejor degustación es cuando Alicia nos cuenta de sus relatos y es como saborear las letras de sus historias, degustarlas sorbo a sorbo, despacio, sintiendo emocionados como si el corazón crujiera, como si estuviéramos masticando, mordiendo un croissant francés, porque su narrativa es eso, una deliciosa delicia al paladar del espíritu, de la mente, del sentimiento, de la inspiración, del desamor, del amor…

Y el corazón se extiende emocionado cuando Alicia nos comparte sus anécdotas de vida en Cuba, su esposo fue cubano. Vivió en la bella y amada isla desde el año 1956 hasta 1961, así nos dice. Nadie le preguntamos cómo vivió los años a inicios de la revolución cubana. Nos cuenta que regresó con su familia, a su Quito amado, entrañable, inolvidable, al país de la línea imaginaria, imaginada, reinventada…

De vez en cuando recibe la visita de uno de sus hijos. Otras veces la visita una actriz de una comedia televisiva: Las Zuquillo, recién ahí me entero que la actriz, es hija de Alicia. Por cierto, ella se entretiene armando y desarmando un rompecabezas de pequeñísimas piezas que le ayudan para estar vital, aunque Alicia es pura vitalidad.

Nos platica que cuando tenía 9 años empezó a inventar a un abuelo imaginario que vivía en el África. Aunque ninguno de nosotros le preguntamos en que ciudad del África vivía su abuelo a quien le escribía cartas y ella misma las respondía. Entonces, ya desde su niñez sintió la vocación por contar historias, por las letras, por la escritura…

Nos cuenta también que cuando le aparece el insomnio utiliza el rosario, no para rezar, le sirve para contar las ovejas imaginarias que aparecen en la madrugada hasta que de tanto recontarlas, algunas veces, se hace el milagro y se queda dormida abrazando al sueño, al ensueño soñador de los sueños y ensueños…

Alicia, no es el personaje de la novela Alicia en el país de las maravillas, aunque su escritura es una maravillosa maravilla. Alicia es la escritora quiteña, ecuatoriana, latinoamericana, que hizo trizas a los prejuicios de la época cuando escribió con su estilo sobrio, pulcro, humorístico, irónico su novela: La Casa del Sano Placer y nos cuenta que uno de sus hijos le acompañó para conocer cómo funciona el ambiente en una Casa del Sano Placer, esto demuestra que el escritor no solo su herramienta es la imaginación sino también la realidad. El entorno en donde se desenvuelve le sirve para darle coherencia, soporte y así se haga arteria viva, creíble la historia entre los críticos, los libreros, los lectores…

Escuchar a Alicia contar sus historias de su propia voz, de cómo nacieron, en quién se inspiró, hace más enriquecedor el momento de la tertulia, es como si estuviéramos escuchando las historias de los abuelos, de las abuelas, alrededor de una mesa del comedor y cada vez es emocionante escucharla y es como si no deseáramos que termine la historia, porque no hostiga, no aburre, es como si sus historias estuvieran hechas de un manjar especial de letras, de palabras que se deshacen y se hacen agua en la boca.

Fue así como la conocí. De esas tertulias literarias han transcurrido seis años. Alicia en septiembre de este año 2018, cumplió 90 años con una lucidez única, extraordinaria, la escritora de Bruna, soroche y los tíos, Yo vendo unos ojos negros, El cristo feo, Y amarle pude, Sé que vienen a matarme… y de otros tantos cuentos, poemas y novelas escritos con un estilo limpio, sagaz, audaz, maduro, provocativo, provocador, irreverente…

Ahora mismo, la visualizo a Alicia sonriéndonos, estrechándonos sus manos generosas. De su inspiración brotaron joyas literarias que engrandecen a la escritura ecuatoriana, latinoamericana, universal.

Este es un homenaje en vida, de gratitud, de reconocimiento a la madre, a la abuela, a la profesora, a la escritora, a la extraordinaria Alicia, mujer de una estatura intelectual, cosmopolita, trascendental…

De las escritoras ecuatorianas, latinoamericanas, del mundo, doña Alicia Yánez Cossío, es mi escritora favorita, una mujer íntegra, ejemplar.

 


Diego Alejandro Gallegos Rojas (Loja-Ecuador). Ensayista y escritor. Máster en Derechos Fundamentales, Universidad Carlos III Madrid, España. Especialista Superior en Derechos Humanos Instructor de Desarrollo Humano, Mozambique, África. Observador Internacional de Derechos Humanos como Acompañante Ecuménico en Palestina e Israel. Como escritor ha publicado el libro de cuentos La orgía de los gusanos (2017).

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