Gente tóxica. ¿Existe? | María Dolores Cabrera

María Dolores Cabrera

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

 

En los últimos años, se ha dado un nuevo calificativo que intenta definir a cierto tipo de ser humano. Se trata de un adjetivo antes escuchado solamente para calificar a sustancias como venenos para insectos, ratas y plagas; productos para limpieza con contenidos tan fuertes y contaminantes que podrían intoxicarnos o dañarnos, perjudicando gravemente nuestra salud. Se trata del término TÓXICO que se ha usado también para señalar a elementos como drogas químicas, alucinógenos, estupefacientes, exceso de alcohol, etc., pero sorprendentemente, un buen día comenzamos a escuchar que existen “personas tóxicas”.

Según un popular diccionario de internet, el significado textual de tóxico es: “La toxicidad es la capacidad de alguna sustancia química de producir efectos perjudiciales sobre un ser vivo, al entrar en contacto con él. Tóxico es cualquier sustancia, artificial o natural, que posea toxicidad (es decir, cualquier sustancia que produzca un efecto dañino sobre los seres vivos al entrar en contacto con ellos)”

Al avanzar un poco en la lectura encuentro un subtítulo que dice: “Tipos de toxicidad” y al finalizar la descripción de estos, no encuentro que científicamente exista intoxicación por “personas tóxicas”. Pero en cambio, en comentarios populares de redes sociales, sin ninguna base que se sustente en algún estudio profesional, excepto porque está de moda, veo que incluso se habla y se escribe sobre libros, palabras y hasta animales “tóxicos”.

Revisando un poco el mundo de la literatura, encuentro historias, que identifico con el tema de este artículo, como la del libro de Doris Lessing, escritora británica, ganadora del premio Nobel de Literatura 2007, autora de obras como El cuaderno dorado, Canta la hierba, así como El Quinto hijo, escrita en el año 1988, cuya trama nos habla sobre Harriet, la madre de un niño, su quinto hijo, al que llamaron Ben, y que desde el vientre materno fue agresivo. Nació demasiado grande, demasiado fuerte, obviamente tenía una enfermedad que, en el ámbito familiar y social, se consideraba peligroso para los otros niños, incluso para las mascotas y hasta para las visitas (lo que hoy en día sería la “persona tóxica” a la que habría que apartar). Todo el entorno que rodeaba a la madre le aconsejaba que aleje a su hijo del medio “sano” en el que el resto de la familia y allegados se desenvolvían, y ella cedió. Internaron al niño en un ambiente nocivo que Harriet sabía que no iba a ayudarlo más de lo que haría su cariño y su paciencia y por lo tanto decidió recatarlo.

En mi opinión, no debemos popularizar, por gusto, términos de nuestro idioma que den paso a tergiversar definiciones concretas, de manera tan generalizada. Para clasificar o definir a alguien bajo un adjetivo que inevitablemente lo encasille, se debe saber de qué se está hablando exactamente. La persona a la que se determina como “tóxica”, ¿tiene ya un diagnóstico profesional? ¿Se sabe a fondo cuáles son las razones que la convirtieron en aquel tipo de persona? ¿Cuánta culpa tiene de haber llegado a ser lo que es? ¿Es realmente solo su responsabilidad o también de la sociedad? ¿De su familia, quizás? Y, sobre todo, ¿qué tanta ayuda necesita de nosotros para salir de su circunstancia social y no ser expulsada del entorno, como se aconseja? ¿No es acaso fruto del mismo hábitat que ahora la está echando afuera?

Parece, que lo que hoy se llama “persona tóxica”, hubiera aparecido de pronto como un espécimen nuevo de ser humano. Sin embargo, personas con conflictos emocionales ha habido siempre a lo largo de la historia. Me gustaría citar algunos casos; por ejemplo, en del campo de la literatura, que es el que más conozco, existieron personajes literarios tan destacados e importantes como la conocida escritora británica Virginia Woolf, autora de varios libros como La señora Dalloway, El cuarto de Jacob, el libro de cuentos La casa encantada, entre otros. Woolf, podía haber sido considerada como típica “persona tóxica” por su compleja estructura emocional. Sin embargo, en aquella época no se hubiera entendido a qué se refería la idea de una toxicidad humana. En su caso, a más de su problema depresivo, se dice que tenía un carácter difícil y un trato hostil sobre todo en las tiendas y dependencias de ventas, que incluía reclamos, enojos y exigencias sobre la calidad y la atención. Sabemos que su médico le recetó alejarse al campo donde se encontraría más tranquila y a gusto, por lo que su esposo aceptó llevarla, dejar su propio trabajo para acompañarla y cuidarla. No fue excluida por él; sin embargo, estuvo interna en una casa de reposo por tres meses como un intento para tratar de ayudarla.

Ayer, frente a mi acotación de querer escribir un artículo sobre esto, escuché el comentario de una persona, a la que considero una profesional muy preparada en la rama de la psicología clínica, quien me dijo: “Esos términos (refiriéndose a ‘personas tóxicas’) se generalizan cuando se quiere encontrar, con facilidad, culpables de los problemas para dar soluciones superficiales”, con lo que estoy completamente de acuerdo. Y yo agregué: “…Y además, hallar salidas cómodas para quien no se quiere involucrar”.

Otro caso que puede servir de ejemplo es el de una destacadísima escritora, mucho más contemporánea, la argentina Alejandra Pizarnik, amiga cercana de Julio Cortázar, quien fue siempre su gran apoyo. Pizarnik en cambio, fue la autora de varios libros como La Condesa sangrienta, En esta noche, en este mundo, La extracción de la piedra de la locura, libros de poesía y más. Ella, también pudo haber sido encasillada como “persona tóxica” por su alteración emocional, pero en ese momento, no existía esta denominación. Su depresión, desencadenó con fuerza en 1972, cuando falleció su padre, por lo que fue ingresada en un Hospital Psiquiátrico de Buenos Aires. Pizarnik terminó suicidándose a los 36 años.

Más allá de que se haya dado paso a aceptar un término simbólico que ayude a comprender que hay seres humanos que puedan dañar emocionalmente a otros, está el siguiente cuestionamiento: ¿Qué es lo que hoy se considera como una “persona tóxica”? ¿Cómo se la describe?

Entre las respuestas que he obtenido, resultado de una pequeña encuesta personal, se afirma que la “persona tóxica” puede tener pocas o muchas de las siguientes características: muy complicada, manipuladora, narcisista, envidiosa, vanidosa, que lucha contra su propia neurosis, que se aflige y se queja constantemente porque no se ubica, no se siente cómoda en ningún ambiente, que no encuentra respuestas frente a su realidad, que no es coherente, que está confundida, que es insegura, que aún no descubre qué es lo que realmente desea en un mundo que no le gusta, que critica constantemente. Se trataría de una persona que siente resentimiento, que tiene crisis de ansiedad, que tiene pensamientos negativos e inclusive suicidas, depresión, tristeza crónica, desmotivación total, miedos, angustia, pesadillas, ataques de pánico, que explota como una bomba emanando elevados niveles de rabia y agresividad, que parece egoísta, que se siente crónicamente enferma por lo que se lamenta todo el tiempo, hipocondríaca y, por lo tanto, se victimiza, que no consigue sentir alegría frente a ninguna circunstancia positiva, que vive decepción y dolor porque se siente incomprendida y sola, la cual necesita descargar con mucha frecuencia sus frustraciones, que aparenta el no desear “curarse” pues manifiesta rechazo (este aspecto, muy fácil de ser juzgado de manera liviana y superficial pues detrás de este síntoma hay, con seguridad, motivos inconscientes importantísimos y claves para su dolorosa situación). En otras palabras, que no es buena compañía para quien está dispuesto o dispuesta a divertirse, a bailar, a reír, a ver la vida color de rosa; es decir, simplemente y, en conclusión: Es una persona QUE SUFRE.

Todo lo descrito en el párrafo anterior, se puede resumir a esto: Una “persona tóxica” es simplemente una persona RESENTIDA porque en algún momento le hicieron daño, fue herida de una o de otra forma.

En mis propios libros (cuentos, novelas), he construido, muchas veces, a personajes con alteraciones emocionales a los que, los lectores de hoy en día, podrían definirlos fácilmente como tóxicos. Voy a citar el cuento: “Me hubiera gustado hablar contigo” del libro de cuentos de mi autoría: De nuevo tus ojos publicado en el año 2010, por Editorial El Conejo. Esta historia está ambientada en un hospital psiquiátrico, donde una paciente (Leonor), se sorprende por la llegada de otra (Mercedes), con la cual se identifica de inmediato y a la que además compadece por el abandono de su familia en aquel sanatorio. Decide entonces ayudarla a morir para escapar de tanta incomprensión, decidiendo finalmente morir también con ella.

Algunas frases del cuento que definirían a Mercedes y a Leonor como “personas tóxicas”, a las que se decide recluir para evitar molestias y penosos trabajos familiares en vez de intentar cubrir sus enormes y numerosas carencias afectivas son:

“…Podría ser loca, de hecho, todas quienes que estamos aquí parecemos serlo o lo somos ante los ojos de los demás y a veces nos convencemos a nosotras mismas de que es así. Locas. Todas nos volvimos locas en un punto trascendental de nuestra existencia, en el instante preciso en que en que nos venció con extrema fuerza, la maldita adversidad…”

 “…Está inquieta y llora. Está desgarrando su bata blanca. Parece que le estorba. Está halando de su pelo y grita…”

 “…Mercedes rasgó toda su bata. Puedo ver sus senos y parte de ese vientre donde debió haber engendrado a sus hijos.

“…Ella tiene mucha fuerza y lucha por soltarse…”

“…Traen una camilla y sujetan sus brazos con esas correas con las que tantas veces sujetaron los míos cuando yo gritaba igual. Gritaba por la gente que no quiso conocerme bien y me negó el amor que merecía. Por la soledad. Por todo aquello que quitaron de mis manos y de mi corazón, porque quise reclamar así, a gritos, mi derecho al afecto, mi derecho al abrazo, a la dicha de un detalle, a la compañía, a la amistad, al amor…”

“…Ya no quiero que Mercedes grite más…”

“…Recuerdo que yo también estoy loca…”

“…La locura me protege…”

“…tomo una jeringuilla. La lleno de una sustancia que conozco bien y la escondo bajo la manga del saco azul que llevo puesto sobre la bata blanca…”

“…inyecto en su brazo, por debajo de la sábana, la mitad de aquello que podrá ayudarla…”

“…Tus hijos vendrán mañana a recogerte y se sentirán muy mal por haberte abandonado…”

“…La otra mitad es para mí, ¿sabes? …”

“…Inyecté lo que faltaba en mi propio brazo y al rato caí al suelo…”

(Páginas 62, 67, 68 y 69 del libro de cuentos: De nuevo tus ojos. María Dolores Cabrera)

En redes sociales, artículos de internet, videos de YouTube, se lee a menudo:

  • “Cómo alejarse de inmediato de esa persona tóxica…”. No se refiere a un asesino en serie, sino a la amiga que posiblemente causó una discusión entre dos hermanas porque tiene baja autoestima y se sintió rechazada pues sus padres siempre dieron preferencia a la otra hija.
  • “Cómo reconocer a una persona tóxica para apartarla enseguida…”. No se refiere al criminal que tiene un trastorno psiquiátrico profundo, sino a una esposa que es complicada y tiene crisis frecuentes de ansiedad manifestando sus celos o su inseguridad porque ya la han engañado muchas veces y tal vez lo ha vivido como una realidad familiar ancestral y tiene miedo.
  • “Apártalo de tu casa lo más pronto posible…”. No se refiere al violador que atacó la noche anterior en el barrio y luego mató a la niña, sino al sobrino adolescente que está confundido y es problemático y rebelde porque tal vez siente rencor hacia una sociedad (escuela, maestros, padres) que menosprecian su capacidad para aprender.
  • “No permitas que el tóxico se acerque…”. No se refiere al demente que empujó a las vías del tren a un niño, sino a al amigo que reaccionó mal ante una observación que parecía simple, porque desde niño fue física, psicológica o emocionalmente maltratado y agredido cuando se lo intentaba corregir y por un temor inconsciente pero latente, vive a la defensiva.
  • “Te hace daño, te contagia, te arrastra, te hunde con ella. Huye…”. No se refiere al loco alienado que se comió a un animal vivo frente a una cámara, sino a la vecina nada empática que se queja a gritos, que es negativa y tiene mal genio porque vive sola y no sabe cómo demostrar la frustración de abandono con la que vive.

Quizás estos ejemplos parezcan bastante drásticos o exagerados, pero los escojo así, para que nos sirvan de reflexión.

Me atrevería a decir que en más del 90% de los casos, en los que se usa comúnmente las palabras “persona tóxica”, no se está hablando de delincuentes, ni de asesinos en serie, ni de psicópatas; estamos hablando de personas que ya sufren bastante al no poder resolver su dolor, como para que la sociedad las ahuyente de una manera tajante y egoísta.

Las preguntas múltiples aquí son: ¿Y si la actitud frente a una “persona tóxica” cambiara y en vez de satanizarla o verla como a un ser maléfico, demoníaco y temerla igual que a un leproso al que hay que repeler o repudiar con crueldad y de antemano exigirle que lleve un cascabel atado al cuello para advertirnos del peligro de su cercanía, por el miedo que tenemos a que infecte nuestro sano y positivo ambiente de relajado vivir, sin contaminar ni robarnos nuestra excelente energía cósmica, hiciéramos algo por ayudar a disminuir sus niveles de “toxicidad”? ¿Y si en vez de apartarla, como nos aconsejan los defensores del auto positivismo, de la felicidad propia, utilizáramos ese empuje del que nos hablan tanto, ese ponerle muchas ganas y fuerza de voluntad, ese empoderamiento (palabra que también está de moda) para cooperar en hacer que esas “personas tóxicas” sean menos manipuladoras, haciéndolas sentir más sustanciales dentro de su círculo, que tal vez es nuestro mismo círculo? Menos neuróticas, haciéndolas sentir necesitadas. Menos egoístas, resaltando algunos de sus valores, que de seguro los tienen, para que así dejen de sentirse inferiores. Menos ansiosas, destacando alguna de sus capacidades para que sean más seguras. Menos poca cosa y más irreemplazables para alguna actividad concreta que saque a flote algún talento que aún no descubren. Menos menospreciadas y más estimadas por la sociedad.

Podría alargarme con la lista, pero prefiero terminar este párrafo diciendo, si todo esto no fuera realmente posible, no habría la vocación del psicólogo o del psiquiatra, cuya principal función es disminuir culpabilidades. No existiría la disposición del que cuida con acogida emocional a los pacientes en hospitales para tratar depresión, bipolaridad, ansiedad, etc. No habría madres que, con solo demostraciones de apoyo, de incondicionalidad y de amor, elevan la autoestima de sus hijos, sacan adelante a adolescentes conflictivos, drogadictos o que incluso empiezan a delinquir; si todo esto, digo, no fuera posible, todos nos contagiaríamos de toxicidades y punto. Claro que podemos ayudar en vez de repeler para salvarnos a nosotros mismos. Rechazar y repudiar o aconsejar hacerlo, es más ruin que cualquier otra cosa.

Se podrá disminuir la “toxicidad de un ser humano” cuando prevalezca la paciencia, la tolerancia hacia su negación, hacia su rechazo a ser ayudado por su falta de confianza; el cariño, la constancia y finalmente cuando se sienta un poco más apoyado, incluido, importante para alguien más.

Para concluir, hagámonos esta pregunta y respondamos con sinceridad: ¿No podríamos todos, en algún momento, haber sido o incluso ser ahora mismo, un poco o muy tóxicos para los demás?

 


María Dolores Cabrera. (Quito, 1962). Estudia en su ciudad natal y en 1984, egresa de la carrera de Psicología Clínica: posteriormente, ingresa como miembro del Taller Literario conducido por Abdón Ubidia, destacado escritor ecuatoriano. Luego, años más tarde en 1998, publica su primer libro de 12 cuentos titulado “Mas allá de la piel”. En el año 2010, nos entrega “De nuevo tus ojos”, un segundo libro, también de 12 cuentos y ahora, la autora nos invita a conocer la historia de su primera novela “Te regalo mi cordura”.

 


Foto portada: https://pixabay.com/es/photos/hombre-mujer-componer-disputa-2933984/

 

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