“Quiero demandar a mis padres por haberme dado la vida” | María José Chiriboga

María José Chiriboga

 

Fotograma del filme de Nadine Labaki, «Cafarnaum».

La frase del título de este artículo es la premisa de la que parte la última película de Nadine Labaki, Cafarnaúm (2018). Sin embargo, no es la primera vez que se escucha algo así. Recientemente un joven hindú demandó a sus padres por traerle al mundo sin su consentimiento. Aquí cabe preguntarse: ¿Hasta qué punto la infelicidad, la pobreza, la soledad y el desprecio han causado que no solo se piense, sino que se lleve a cabo una acción de esta naturaleza?

Hay un sin número de razones por las que las personas traen hijos al mundo. La idea de mantener la especie, o simplemente para “inmortalizarse” y dejar el legado. O la menos racional, que es procrear sin ninguna razón o sentido, solo porque hay que hacerlo. Y así vienen al mundo una cantidad de hijos “deseados” (o en muchos casos no) que no son felices, que no entienden por qué han nacido si sus padres no los quieren y en muchos casos son maltratados y no reciben ni siquiera lo básico como es el alimento y la vestimenta. No hablemos de la falta de amor.

En muchos casos esos niños son considerados como simples seres sin identidad que solo sirven para el lucro parental. Y esas criaturas no consideran justo pasar por tantos problemas en la vida solo porque sus padres así lo quisieron (¿lo quisieron?).

Hay mucha literatura que abarca la problemática de niños en situaciones de conflicto familiar. Por ejemplo, los libros de Khaled Hosseini, Cometas en el Cielo (Salamandra, 2004) o Mil soles espléndidos (Salamandra, 2009), donde los niños, en general, y, sobre todo, las niñas están destinados a sufrir toda clase de penurias durante su vida o el libro La faz de la tierra (Alianza, 2014) de Juana Salabert, donde los malos tratos y la crisis, dejan muy en claro que en la infancia hay problemáticas que se mantienen muchas veces ocultas y que no deberían existir. En la misma línea está El abrazo (SM, 2008) de Ligia Bojunga Nunes, donde el abuso sexual infantil es el telón de fondo. En todos, el común denominador es el silencio o en el peor de los casos la indiferencia.

Es evidente que la realidad supera a la ficción. Basta señalar que la maldad en nuestra especie alcanza uno de sus mayores niveles cuando es ejercida de manera paternofilial, esto es, tratando a los propios hijos como algo prescindible y cosificándolos como cualquier otro producto.

Sin embargo, el debate se centra en si se puede juzgar el actuar de unos padres que viven sumidos en la pobreza y que apenas tienen para comer o un lugar dónde vivir. Es probable que en este punto se deba analizar si vale la pena la desaparición de la familia y, por ende, la especie como tal para no tener que soportar tanto dolor e injusticias en un mundo ya de por sí difícil y tortuoso, pero también habría que pensar en cuánta culpa tiene el sistema.

Así es como ha surgido el movimiento antinatalista, un fenómeno que es una posición filosófica, política o demográfica contraria a la reproducción y el nacimiento de nuevos seres humanos.

El antinatalismo ha sido propuesto por figuras como Sófocles quien escribió en su obra Edipo en Colono (Gredos, 2010): “Lo mejor es no haber nacido, pero si has nacido, lo mejor es volver hacia el lugar de donde se ha venido” (1)

También Arthur Schopenhauer, en su ensayo On the Suffering of the World (Penguin, 2004), articula su posición como sigue: “Si el acto de la procreación no fuera acompañado de deseo y sentimientos de placer y se basara en la base de consideraciones puramente racionales, ¿existiría la raza humana hoy? Tendríamos compasión por las siguientes generaciones como para preferir ahorrarles la carga de la existencia o al menos para no dejar sobre ellos esta carga a sangre fría” (2).

De modo similar, David Benatar, en su texto, Better Never to Have Been (Oxford University Press, 2006) argumenta desde la premisa hedonista que infligir dolor es por lo general moralmente erróneo y debe por ello evitarse y la intuición de que el nacimiento de una nueva persona siempre va a traer dolor a esa persona obliga al imperativo moral de no procrear (3).

Ahora bien, cabe resaltar que no se pueden olvidar los derechos humanos en el sentido reproductivo y sexual, así como la libertad individual para decidir reproducirse o no. Los seres humanos no pueden ser considerados como simples instrumentos para el capital. Todos tenemos derechos, la pregunta es: ¿hasta dónde puede llegar ese ejercicio de poder?

El debate está servido


Notas:

(1) J. Michael Walton (1996). The Greek sense of theatre:Tragedy reviewed (2 edición). Amsterdam: Routledge. p. 91. ISBN 9783718658527. Consultado el 8 de agosto de 2009.

(2) Arthur Schopenhauer (2004). On the Sufferings of the World. Londres: Penguin.

(3) David Benatar (2006). Better Never to Have Been. Oxford University Press, USA. ISBN 9780199296422doi:10.1093/acprof:oso/9780199296422.001.0001.

 

 

 

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