El milagro del 20 de abril del 2006 | Eduardo Salgado E.

Eduardo Salgado E.

 

Juan y Roberto eran dos adolescentes que, a sus 15 años, la vida les había juntado. Ambos eran lustrabotas y trabajaban en la Plaza Grande. Se hicieron bien amigos desde hace dos años. Su paso por el Flora Pallota les había juntado. Juan perdió a sus padres desde muy pequeño y Roberto se había ido de la casa de sus padres, debido al mal trato que recibía.

Ambos compartían un cuarto en Quitumbe y a las cinco de la mañana tomaban el Camal-Metropolitano y llegaban a las siete y media a la Plaza Grande. Todos los días se quedaban hasta las seis de la tarde para luego ir al colegio en la noche, menos los domingos.

En su oficio caminaban en pareja y siempre mirando de un lado a otro hasta encontrar un cliente al que decirle: “¿Limpio?”. Su estrategia principal era la insistencia. Esa frase deberán repetirla varias veces hasta conseguir una respuesta afirmativa. Pero también tienen que estar alerta de los rostros de los indecisos, para conseguir que finalmente, acepten: “¡Apure!”.

La competencia es mucha, ellos saben que los lustrabotas sobran en el Centro. Están los más antiguos, que se colocan junto al Palacio Arzobispal y también los más pequeños que son los que conmueven corazones.

Ambos esperan la Navidad. Quieren que las vacaciones lleguen pronto. Juan quiere un balón y Roberto una patineta, pero nadie se las va a regalar. Han estado ahorrando y se las van a comprar con su plata; ambos llevan meses haciendo cuentas para sus regalos. Cada uno ganaba 13, 14 o 20 dólares al día, los sábados eran mejores y podían ganar hasta 30 dólares.

Siempre estaban juntos, porque además de ser colegas del oficio, se cuidaban mutuamente, en sus momentos libres jugaban y comían juntos. Se prestaban dinero y no lo olvidaban. “Verás, me debías 1,80 y ayer me diste 80, así que todavía me estás debiendo”, se recordaban para mantener las cuentas claras y la amistad sana.

No querían ser siempre lustrabotas, Juan quería ser cerrajero como los de la Plaza Arenas y Roberto esperaba terminar la secundaria y conseguir otro trabajo. Todavía no sabe qué hará, pero cree que definitivamente cambiará de ocupación, idea que querían realizarla, pero no sabían cómo cambiar su situación.

Era el 19 de abril del 2006, un viernes al ya terminar la tarde, cuando divisaron una procesión que se dirigía a la Iglesia de la Compañía: era la imagen de La Dolorosa que cumplía cien años del milagro. Juan y Roberto se unieron a la procesión y se quedaron contemplando la majestuosidad del templo barroco.

Continuaron su viaje hasta San Roque, a su colegio nocturno, terminaron cansados y corrieron para no perder el último bus que les acercaba a su casa. No dejaron de pensar en cuál sería el golpe de suerte que les cambie su situación.

Esa noche, dos ladrones entraron por la Sacristía a La Compañía y habían realizado el secuestro del siglo, desmontado la imagen del cuadro; cortaron la tela y dejaron un papel pidiendo un millón de dólares de recompensa por devolver la imagen; habían salido de madrugada por donde funcionaba el colegio San Gabriel y se escabulleron por la plaza de San Francisco.

A los secuestradores les cogió el amanecer y a esa hora, la noticia estaba en todos los canales: “La virgen había sido robada”. En la televisión se veían las declaraciones del alcalde y del jefe de la Policía, el llanto de las beatas y todos los comentarios que el Jonathan Carrera ponía en el reportaje en vivo. Mientras los raptores se sentían acorralados, y al verse sitiados, no hicieron más que lanzar la imagen en un basurero de la Villaflora.

Esa mañana Juan y Roberto pasaban por allí rumbo a su trabajo y al ver el inusual movimiento de patrulleros, algo les llamó la atención en el basurero: “Era la imagen en lienzo que los delincuentes habían dejado”.

Vieron de cerca la imagen, un lienzo común sobre el que habían pintado el rostro de una mujer que sostenía un corazón clavado con puñales, una esquina quemada y los hilos deshaciéndose por el paso del tiempo.

Ambos entregaron el hallazgo a unos policías que estaban cerca, el mismo jefe de la policía los llevó en su auto a la Catedral Metropolitana, allí fueron recibidos por el arzobispo de Quito quien les ofreció su ayuda para que tengan el trabajo que deseaban; el alcalde de Quito les dio una beca para sus estudios, la muchedumbre los ovacionó. Sin haberlo propuesto, Juan y Roberto fueron los héroes de ese milagro del 20 de abril del 2006.

 


Foto por Carlos Adampol Galindo, tomada de: https://www.flickr.com/photos/cadampol/2127199225

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