Relámpagos oscuros | Josette Burgaentzle

Josette Burgaentzle

 

Dos columnas de libros se elevaban, una frente a otra, sobre el suelo de la habitación. La primera era de poca estatura, apenas cuatro ejemplares se apiñaban en ella. La segunda, en cambio, se levantaba sin piedad, apilando un volumen tras otro, en un largo e inestable pilar a punto de caer.

Sentado en el piso, a pocos pasos de distancia, Augusto miró la escena frunciendo el ceño. Había perdido todo el día examinando el polvoriento montón de libros que había comprado, por impulso, en una feria de artículos usados en el pequeño pueblo que visitó durante sus últimas vacaciones.

¡Cuatro míseros ejemplares! De todo el cúmulo de volúmenes que estudió con tanto cuidado por horas, solo cuatro resultaban aceptables para su colección de literatura. Extendió el brazo en busca de la última obra sin mucha esperanza, seguro de que iría a parar en la alta columna de rechazos; se trataba de un delgado librillo de poesía. Abrió la portada con un movimiento desganado, pensando en qué prepararía para cenar, y pasó una página tras otra, casi sin prestarles atención. Estaba por cerrar el libro de un golpe, cuando de él cayó una amarillenta hoja de papel.

Debía de haber sido leída muchas veces; estaba arrugada, sus bordes se abrían en más de una ruptura y la tinta había palidecido con el transcurso del tiempo. Augusto se sintió más atraído por aquel documento escrito a mano y, al parecer, arrancado de un cuaderno, que por el poemario. Se incorporó de un salto, lanzó el libro sobre la cama y se ubicó entre esta y una vieja lámpara de pie. Al amparo de su luz analizó el inesperado hallazgo. Rodeado de borrosas figuras de tinta, siluetas de contornos vagos y escurridos, resaltaba el siguiente texto:

 

Manual para escapar de su propia sombra

Lamento terriblemente que este documento haya llegado a sus manos, ya que, de ser así, existe una única explicación. Su sombra, su otro yo, ha empezado a tomar control de su vida. Pero no desespere, pobre amigo, aún hay esperanza para su alma. Siga las instrucciones aquí descritas al pie de la letra y, en poco tiempo, se verá libre de la amenaza que ahora lo persigue. Antes de comenzar, sin embargo, piénselo muy bien, ya que una vez iniciado el proceso no hay marcha atrás, y de salir mal la “separación”, usted sufrirá consecuencias catastróficas.

Si decide continuar, he aquí el método que se debe seguir:

      1. El primer paso que se ha de tomar es determinar la fortaleza actual de su sombra. Conteste usted, con la mayor franqueza posible, las siguientes interrogantes: ¿Siente usted una presencia constante que no lo abandona, aunque se encuentre en la más absoluta soledad? ¿Tiene usted actitudes y emociones que muchas veces no reconoce como suyas? ¿Al mirarse en el espejo, la figura que lo observa le parece la de un extraño? ¿Tiene la impresión de que sus peores rasgos de personalidad; la amargura, la rabia, el egoísmo, en fin, aquellas emociones que usted quisiera enterrar en lo más profundo de usted mismo, ahora lo dominan? Mientras más preguntas responda afirmativamente, más fuerte es su sombra.
      2. Ahora debe identificar el nivel de sujeción que mantiene el espectro con usted. Colóquese directamente bajo la luz y fíjese en la figura que su cuerpo proyecta. Una sombra débil estará unida a su víctima solamente por los pies, sin tocar ninguna otra parte de su anatomía. Mientras más fuerte sea la sombra, o más tiempo lo lleve acechando, más conexiones habrá. Observe detenidamente, ¿parten delgados filamentos –relámpagos oscuros casi imperceptibles– desde el fantasmagórico ente hacia usted, hacia sus manos, tórax o cabeza? Esas desafortunadas hilachas son puntos de alianza entre los dos.
      3. Una vez definidos la fortaleza y el agarre de la sombra, encuentre una ubicación idónea para realizar la “separación”. Es necesario contar con un aposento que tenga un área alumbrada y otra bañada por la oscuridad.
      4. Es momento de escapar de su sombra. Colóquese en el espacio iluminado del cuarto, mire fijamente a la sombra y piense en los sentimientos que la alimentan. Recuerde los rasgos de personalidad que fortalecen al espectro, aquellos que descubrió cuando determinaba qué tan fuerte es la criatura, y que usted quiere enterrar. Piense en todos y cada uno de ellos, con cada rasgo evocado la sombra se volverá más grande, hasta revelar su tamaño real.
      5. Cuando la sombra haya alcanzado su forma máxima, usted debe salir de la luz a toda velocidad y adentrarse en la zona oscura de la habitación.
      6. Rodeado por la penumbra, y diciendo en voz alta la frase: “Renuncio a ti, ente invasor”, sacuda el cuerpo con todas sus fuerzas. Empiece por el pie derecho, agítelo sin parar hasta que sienta que la unión se rompe. Siga con el pie izquierdo. Recuerde los lugares en los que los hilos lo atan a la sombra y repita el proceso con cada uno de ellos, sin dejar de repetir el mantra de ruptura. “Renuncio a ti, ente invasor…, renuncio a ti, ente invasor…, renuncio a ti, ente invasor…” En el momento en que la última conexión se pierda, usted sentirá que una brisa fría lo recorre.
      7. Vuelva a la luz inmediatamente, dejando que la sombra, al no tener un cuerpo anfitrión al cual aferrarse, se funda con las tinieblas del cuarto.

Ahora, amigo mío, se encuentra usted libre de la criatura que lo ha estado acosando. Su alma debe estar inmersa en una sensación de ligereza, y su cuerpo debe proyectar únicamente una silueta translúcida, casi inexistente…

 

Augusto no pudo continuar leyendo. Sumergido en el insólito texto, había ido cumpliendo las instrucciones sin darse cuenta de que lo hacía. Había contestado las preguntas mentalmente; había mirado por el rabillo del ojo la silueta que se formaba entre su cama y él, y la red de raquíticas nubes que los unían; había sentido, más que visto, cómo el espectro crecía con cada sentimiento egoísta y ruin que él saboreaba… En fin, había seguido con precisión todos los puntos del pequeño manual hasta llegar al último, al momento en que tuvo que regresar bajo la luz de la vieja lámpara. No fue lo suficientemente rápido y uno de los filamentos de su sombra alcanzó a sujetarlo por el cuello.

Lo último que el coleccionista de libros vio, fue una figura casi tan alta como el techo, negra como la noche y sin formas definidas, que se abalanzaba sobre él.

 

 


Foto tomada de: https://pixabay.com/es/photos/pergamino-contrato-de-papel-2217669/

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