Humo Sapiens | Adrián Grimm

Adrián Grimm

 

Ignacio niño era silencioso. Parco. A fin de año, quemaba sus cuadernos en la pira común con sus compañeros. Se sentía entonces menos solo, pero empezaban las vacaciones y volvía a su parquedad. No encontró nada interesante en la escuela hasta que un profesor le explicó que en su nombre se escondía una chispa. Guardó aquel dato sintiendo odio-amor por el fuego y los que iniciaban las fogatas. No hubo muchas chispas en su lenguaje hasta que escuchó aquello de la chispa adecuada y se fue acercando aun más al fuego y se pensó capaz de iluminar el mundo, pero no se lo creyó… del todo.

Ignacio niño empezó a jugar con fósforos, diablillos y silbadores, los quería sentir sus herramientas, su voluntad, su maldad; pero estos juegos le fueron dejando crueldades y temeridades. Dedos manchados, uñas quemadas; partes de la piel amarilla violácea, necrosada. Mientras todos pensaban que estaba loco, aprendía un lenguaje ajeno al de los otros niños. El arte de la doma del fuego. En sus propias palabras, Ignacio significa: Heraldo de humos.

Ignacio joven compró un cuaderno para poner varias chispas ahí. Le llamó “Incendiario”. Años pasó Incendiario con sus páginas en blanco. No hallaba en sus meditaciones el anuncio del fuego renovador. Todo era destrucción, evocación del vacío. Quiso conocer una pira por dentro, caer o ser elevado en un torbellino de calor… y morir. Pero en una fiesta de San Juan en Pintag, asistió a la quema de chamizas, y sintió una sinestesia sui generis. Del humo, salía una voz silente, una intención. Como volutas mayas, pero eran palabras. Eso lo convirtió en un pirófilo que hablaba con el humo. No con el fuego; solo con el Humo.

Por un tiempo atrajo a su interlocutor con fuegos, promesas y ascuas. Lo que el humo le confiaba, lo escribía en el Incendiario. Murmuró por el Ipiales con el humo de los cigarrillos. Descubrió los escapes y las chimeneas industriales. Recordó antiguos placeres en la parrillada y presenció varios holocaustos susurrando las oraciones de su dios personal. Estuvo tentado a iniciar sus propios fuegos, pero el concepto de plasma no le convencía; lo suyo eran exclusivamente las grises volutas dinámicas, serpentinas y los remolinos saturados de alquitrán caliente. En esa entropía escuchaba –veía un mensaje que la flama cifraba, como la noche cifra una gota de sombra.

—Escribe —dijo el Humo—.

La luz es más lenta que la no luz, ya que la luz corre y llega donde la no-luz la espera desde siempre. El incendiario consumió sus primeras páginas, llenas de esa rebelde destructividad que es la forma de compaginar lenguajes entre especies; pero el humo cada vez hablaba menos; necesitaba más y más cuerpo. Y un día calló.

Después de un año de silencio, releyendo hasta la locura las pocas páginas escritas en el Incendiario; una noche miró por televisión la erupción del Tungurahua. Manejó a 140 promedio y llegó a la sombra del volcán. El humo con su voz retumbando en el suelo le confió que ya era tiempo de iniciar el gran coloquio final con sus ancestros. Los magmas del eón neérico. De vuelta en la ciudad volcó su conversación en el Incendiario. Reflexionó sobre el pedido del humo y decidió ayudarlo, aun con su débil voluntad de hombre. Pensó en conseguir gasolina, pero tuvo que admitir que así no se quema el mundo. Hacía falta algo más fuerte.

Al día siguiente apenas despertó quiso alimentar al Incendiario. Tenía unos párrafos nuevos. Había tenido un sueño que quería escribir en él: Estaba en una gran sala oscura como un cine y veía en una pequeña pantalla un programa de cocina, pasaban día y noche recetas inusitadas; la receta de la noche pasada había sido: La Bomba H.

Una ama de casa arquetípica mostraba con soltura y seguridad los pasos para preparar la peor de las pesadillas.

Paso 1: conseguir una bomba atómica de dos a tres kilos. Quitarle la cáscara y dejarla reposar.

Paso 2: conseguir deuterio de tritio. Asegurarse de que no esté granulado, sino en polvo.

Paso 3: envolver la bomba atómica con tantas capas de deuterio de tritio como sea posible, dejando la antena de radio del detonador hacia el exterior.

Paso 4: rociar teflón entre capa y capa.

Paso 5: destruir mundos al gusto.

—Como el mundo de esta época no está inclinado a la auto combustión —dijo el Humo, hay que ayudar a que suceda y se necesita ayuda para lograrlo.

«Ayuda y consejos».- escribió en el Incendiario, apenas despertó.

Viajó a Pintag. Alquiló un terreno y diseñó un laberinto con chamizas, serrín y otros combustibles. Robó una máscara de oxígeno y una chaqueta anti-fuego. Se colocó en el inicio de su obra y le prendió fuego. Las grises volutas aparecieron seguidas de aquella voz ardida. Los amigos se saludaron y hablaron tranquilamente debajo de esa oscuridad humeante. Parecían socios poniéndose al tanto de últimos detalles.

Lo del deuterio pareció excesivo al Humo Sapiens. Bastaría, en teoría, con una bomba colocada estratégicamente en un volcán o una falla geológica, una humeante falla que él conocía bien seria la elegida para ser la madre del nuevo eón de sombras. Cubrirían la Tierra de oscuridad como se hizo antes y se volverá a hacer algún mañana. La raza del humo podría volver a vivir del alquitrán del planeta bañado en magma.

Al día siguiente, con la ropa todavía olor a humo, Ignacio se dispuso a cumplir lo acordado con su socio. Necesitaban un hombre, un hombre importante con acceso a las bombas del país. No conocían a nadie así. Ignacio sabia del tío de un conocido que fue portero del edificio de oficinas de la comisión atómica nacional, seguramente él sabría quien es el duro de las bombas. Fue a por él.

—Llévame contigo —gritaba el Humo Sapiens desde las ascuas del laberinto con la voz más horripilante que Ignacio había oído jamás.

—Solo puedo llevarte como olor. Deberías dejarte embotellar; o si quieres, meterte en un globo de esos de papel.

—Me asfixiaría dentro, además necesito un corazón.

—Tengo una idea, pero dime si aún te gustan las ascuas.

—Aún me gustan… a qué te refieres.

Ignacio construyó un reposa ascuas con alambres muy delgados. Lo puso en el pecho de un traje liviano de cuerpo entero y puso en las extremidades guantes quirúrgicos. Selló las fugas con cinta adhesiva y esperó.

Mientras trabajaba en el traje, no dejaba de pensar en una palabra rara. Ni corta ni larga. De 72 letras, 49 de las cuales cumplían una función de muralla y las 23 restantes actuaban como arcanos de tarot, pero reunidos en conjuntos de valor armónico-dinámicos. Se podía expresar en signos matemáticos, en formas y sonidos; pero nunca en palabras. El nombre lo había invadido mientras media y cortaba alambres con un alicate, pero se le fue secando de la boca cuando estaba por acabar su obra. Le quedó un recuerdo desordenado y poco expresivo. Como si de una hermosa música nos llegaran solo las palabras de quienes la oyeron. En su mente, que lo había abarcado, quedó un sitio vacío de bellas proporciones, pero menos parecido a un huevo que a un cascarón vacío.

—Entra por aquí —le dijo mostrándole un hueco en el dedo meñique del guante derecho.

El Humo Sapiens se instaló rápidamente dentro del traje y se convirtió en un gordito simpaticón con guantes en los pies.

—No te muevas que te voy a ajustar las correas del traje.

—No le pidas quietud al humo, conseguirás más caos… escribe eso en tu Incendiario.

Horas después, el Humo aprendió a caminar entre malabares de equilibrio con su poco peso. Ya tarde salieron en busca del ex portero, cuyo nombre era Max. La consigna: espantarlo y reclutarlo.

—Buenas noches, ¿el señor Max?

—Él mismo, ¿en que le puedo ayudar?

—Mi compañero y yo le venimos a pedir su ayuda en un proyecto muy importante…para nosotros.

—¿Y qué cosa será?

—Le ruego que salga al jardín.

El Humo Sapiens, escondido detrás de un basurero, saludó al señor Max y se quitó el traje. Se transformó en algo que se parecía a Saurón, luego pasó por debajo de una cerca, voló encima de los cables de tendido eléctrico y por fin se dejó consumir por la llama de una fosforera en la mano de Ignacio.

Max, no entendió las acciones de sus visitantes, sospechó que eran vendedores o estafadores y trató de cerrar su puerta, pero el humo ya estaba dentro y era difícil de expulsar. Fuera, Ignacio había encendido fuego en un basurero plástico que se derretía replegándose hacia el suelo y alimentaba el fuego con cosas que iba encontrando en el jardín. Descubrió una caja de licores guardada tras una división de madera y se dispuso a quemarlos. Cuando no quedaba ya nada por quemar, hasta el humo se asustó por el grito de Max.

—Nooo… aguanta —salió sudoroso y con mirada derrotada con un llavero en las manos y una funda de plástico brotando de un bolsillo del pantalon.

—¡Qué pasa!

—Haré lo que sea, pero no desperdicies mis botellas. Mi mujer ha intentado por años deshacerse de ellas, he puesto mi fe en conservarlas. Por favor no las quemes.

—Mi amigo parece interesado en ellas. Le gustan los combustibles.

—Qué quieres de mi. No te conozco ni te he visto. Ya vete que mi mujer está por llegar y se va a encontrar mis botellas desenterradas en el patio.

—¿Eres alcohólico?

—Lo fui, pero las guardo por su valor económico y para que otros brinden en una ocasión especial.

—Y qué tiene que decir de eso tu mujer.

—Está en contra del alcohol desde que es Testigo de Jehová. Si las llega a ver, me va a causar graves problemas.

—Quizás tu mujer tiene razón. Me parece un pretexto muy malo. ¿No estarás planeando una recaída, o sí? —preguntó con alegría el humo.

Max suspiró largamente, con lágrimas de risa y humo. Luego se calmó y los escuchó. No pensó en locura o maldad, en bueno o malo. Sino en posible y factible. Finalmente encendió un cigarrillo y les ofreció su ayuda. Pero antes, debían cumplir dos condiciones: una guardar cuidadosamente las botellas y dos: seguirlo a las alturas del Volcán Pichincha.

Con gran dificultad llegaron a un mirador en la mitad del camino hacia Cruz Loma, el Humo no podía andar entre los fuertes vientos y les era preciso llevarlo de las manos, o sobre los hombros de ambos como un liviano año viejo.

—Deberían hacer un funicular —se quejó el Humo.

—Dijeron que necesitaban humo.

—¿Tienen las bombas en esta montaña?

—Qué idea tan tonta, ¿crees que vayas a necesitar mas humo? —dijo, y extendió su mano en un gesto amplio que ellos siguieron con la mirada— contemplen la ciudad de Quito.

—Un mar de entropía —dijo el Humo.

—Una voz de colmena —dijo Ignacio. Miraban fijamente la humareda que ocultaba la ciudad, detentaban los barrios por las luces y los espacios vacíos, podían escuchar un sonido hecho de retazos de otros sonidos como un Frankenstein impalpable.

—Desde aquí se ve un poco mas concentrado el smog de la ciudad. Aunque no se trata exactamente de smog por la falta de niebla, pero espero que les sea útil —El humo volvió algo parecido a una mirada hacia Ignacio y le preguntó sin palabras si era suficiente denso como para atraer a otro ser del eón neérico; este se quedó quieto, quietísimo por un tiempo incómodo para sus acompañantes. El humo por los vientos, y Max por el humo. Entonces entre las voces de los vientos, como salida de la imaginación de Ignacio, surgió una voz. Una de esas voces neéricas que solo el podía escuchar

—Creo que si fue suficiente —dijo con voz apagada y se desplomó exhausto y con un hilo de sangre que bajaba de su nariz.

—Deja tu traje detrás, sé libre —dijo la otra voz neérica.

—Pero moriré.

—Arriésgate. Qué vida es esa, metido en esa forma de transporte

—Pero mis amigos, mi plan, mis ancestros…

—Hace tiempo que todo aquello se ha vuelto cenizas. Ven, te mostraré un magma como no has visto.

El traje del Humo Sapiens perdió cuerpo, las correas dejaron de apretar y se arrodilló. Se desinfló rápidamente hasta llegar al suelo, dejando tan solo el relieve del reposa ascuas manchado de cenizas. Un caso no visto de auto combustión.

El día de la gran fumarola fúngica del Pichincha, Ignacio volvió a oír la voz de su amigo. No habían pasado ni seis meses, pero se lo oyó cambiado.

—Quema el Incendiario, no deseo tener mas hijos —fueron sus últimas y reveladoras palabras.

 

 


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