Contra naturam | Jorge Vargas Chavarría

Jorge Vargas Chavarría

[Colaboración especial para Máquina Combinatoria]

 

“Mi hombría fue morderme las burlas Comer rabia para no matar a todo el mundo Mi hombría es aceptarme diferente”

“Hablo por mi diferencia” (2005), Pedro Lemebel

Para Zulema, Juan José, Satya y Amada

 

I

—Hazlo con más fuerza.

—Me duele, Thiago.

—Será peor si digieres esa porquería. Tienes que hacerlo con más fuerza.

Laia introduce el cepillo de dientes por su garganta hasta que el vómito desemboca en el inodoro. Toce y se arregla el cabello en tanto que Gabo limpia el piso.

—Me duele mucho.

Y se limpia con la ropa la bilis que le cuelga del labio.

—Lo sé, bonita, pero es lo mejor.

Laia aún no comprende que la carne podrida de la cena es una práctica que acumula sus frutos en el fondo hueco de una zanja del patio del centro: los cuerpos fétidos de mis hermanos caídos. ¿Qué otro destino merecemos a los ojos de la gente de fe? Así funciona su amor al prójimo.

He visto a mis hermanos internos aún vivos:

lamer las botas de los celadores para evitarse una paliza

implorar que se detengan

vomitar sangre tras los golpes y la humillación

Las he visto:

Escarbar en la tierra y comerse sus gusanos

ser violadas en manada—como actúan los más cobardes—: “¡Dale, puta, que aquí vas a aprender a ser mujer!”;

a los feligreses escudriñar en sus cuerpos rotos;

ampararse en el nombre de Dios antes de mutilar sus clítoris porque una lesbiana es una

mujer fallada: despojadas del placer se suprime su pecado.

Una costilla rota hizo que Thiago entendiese pronto que debía tragarse la carne por más repulsivo que fuese; que desobedecer aquí no era una opción.

Gabo y yo levantamos a Laia y salimos del baño. De regreso a nuestras celdas Thiago nos sonríe y nos recuerda que «somos fuertes porque estamos juntos», y se marcha una vez estamos a salvo. No podríamos hacerlo sin él. Siete años de reclusión y tortura le enseñaron todo sobre supervivencia.

Esta noche, como otras tantas, nos quema el esófago y nos sabe la boca a mierda. Pero estamos vivos, y mientras viva, me despertará el anhelo de encontrar luz en esa sonrisa.

 

II

Entre las ocho y las nueve de la mañana mi padre enciende el auto y eso solo significa que él y mi madre están por irse. No queda nadie en casa más que yo. Y en soledad, mis manos se saben útiles. Lo terrible es el silencio que sobreviene al goce; en él solo puedo escucharme a mí mismo: el grito que nace en mis entrañas me ensordece. De rodillas, ruego a Dios por la cura; por la normalidad que me es ajena.

La culpa comiéndome desde adentro.

En soledad, encaro al monstruo y lloro mirándolo en el espejo. Aversión y miedo. Me desplomo sobre los azulejos del baño, aprieto los ojos y le juro al Padre que ha sido la última vez. «Quiero ser normal, quiero ser normal, quiero ser normal, por favor, ¡quiero ser normal, Dios mío!» Así, el día entero.

Entre las cinco y las seis de la tarde mi padre estaciona el auto. Con prisa, recojo mis partes rotas. El monstruo se calma con mis padres en casa. Los abrazo al verlos y continúo con las tareas del colegio. Cenamos juntos llegada la noche. «La comida está rica, mamá», y sonreímos mientras dura el cuento de que su hijo ama a las mujeres.

 

III

La pared detrás de mi cama es un mosaico de hongos atravesada por una tubería que cruza todas las habitaciones del pabellón. Su función es conducir el agua al patio durante la limpieza, pero Laia, Thiago y yo le debemos a su oquedad la comunicación.

Él estuvo conmigo la primera noche, que siempre es la más difícil porque no entiendes qué ha pasado, cómo has llegado aquí, cómo tu propia familia ha podido pagar por tu secuestro y reclusión; curó las heridas de mi golpiza de bienvenida y me hizo sentir que todo estaría bien. De algún modo, tenerlo cerca me hizo sentir en casa. En una verdadera casa.

A Gabo lo conocí en el patio del centro, en una tarde destinada a la convivencia de los internos. Un celador me quitó la fruta que yo había encontrado entre las plantas y lo increpó hasta los puños. Vinieron refuerzos y enfermeras a sedarlo. Y al borde de la inconsciencia me pidió que no volviese a llamarlo Gaby, como lo hacían los feligreses, para quienes los senos bajo una camiseta bastan para reconocer a una mujer.

Gabo es un hombre transexual y, como muchos, está aquí por decisión de su familia, que se encargó de impedir su mastectomía. «Tres años de trabajo para pagarla, B. Tres.» Volvimos a hablar días después. Esta vez, ningún funcionario intentó separarnos porque nuestra amistad suponía un triunfo para nuestra rehabilitación: él, una mujer a los ojos de los funcionarios y feligreses; yo, un hombre. Que nos emparejásemos habría de ser el retorno al orden natural de las cosas. Sexo biológico, orientación sexual, identidad de género, territorios tan inexplorados como insólito para la gente de fe. Por eso le debemos a la ignorancia esta amistad. Nuestra diversidad –y la belleza que supone– es demasiado vasta para sus mentes binarias.

Al principio me costó creer que hubiese médicos y psicólogos entre los funcionarios, pero ¿cuándo ha sido la educación una garantía de coherencia y humanidad? Pocas cosas cuestan tanto al hombre como la empatía.

 

IV

Otra vez muñequitas. ¿Qué cara hago para que papi y mami entiendan que no me gustan las muñequitas? Es igual cada cumpleaños: les regalo mis juguetes a las otras niñas del cole a las que sí les gustan las muñequitas. Siempre doy las gracias, pero no me gustan; no me gustan las niñitas de plástico maquilladas. Yo no quiero verme así. Yo no soy así. Mami me castiga por pedir respuestas. Le digo que no me entiendo, que he metido mi mano bajo mi falda y que no me entiendo. El cuerpo en que nací es extraño, como si yo fuese un parásito habitándolo y quisiese ya ser huésped en otro sitio. ¿Se puede habitar otro cuerpo? ¿Se puede uno mudar de aquel en que nació?

«No le digas a tu padre todas estas cosas, ¿me oyes? Tienes que quedarte callada y olvidarte de esas tonterías», me dice mamá cuando le explico, llorando, que mi vagina no es mi vagina, que la odio y que me da asco limpiarla, verla siquiera, saber que existe en mí.

Un día me atrevo a decírselo a papi. Le pido que me explique por qué me siento rara y por qué las niñas del cole me hacen a un lado porque no quiero ser mamá de mentirita; porque no me mueve un bebé de plástico con cabello rubio, que lloriquea. ¿Por qué los bebés son siempre rubios?

«¡Tú eres una niña, Gaby! Las niñas juegan con muñecas y toman el té», grita papi. Conforme pasan los años, crezco y me miro al espejo con aversión. El encierro se vuelve un alivio. En soledad, no tengo que soportar que alguien más mire este cuerpo extraño y cómo quiero irme de él.

No soy la mujer que nací.

 

V

El rumor no tarda en esparcirse: hay internos desperdiciando la comida que sirve el centro.

No tarda en gestarse un castigo. Los internos que somos llevados al patio advertimos en esa práctica uno de los ejercicios de conversión. «Pidan a Dios por su cura», dicen al recibirnos. Nos conduelen y recitan salmos acordes a la ocasión que los reúne, convencidos de que pueden limpiarnos y de que ellos son los buenos. Qué perversos son los hombres convencidos de su bondad.

Los feligreses son la cabeza del centro. Su estirpe lidera los actos de los funcionarios: celadores, médicos, enfermeras, todos con derecho y, sobre todo, deber de recordarnos que somos la escoria y ellos –los normales– la supremacía.

Los internos más vulnerables son aquellos que no han vencido a la culpa. En ellos, las torturas repercuten de formas variadas: depresiones insondables, pérdida del apetito, insomnio. Consecuencias de que te aten, te humillen y te digan a la cara que eres una mierda y que así Dios no te ama. En ellos, que aún quisieran no sentir lo que sienten, o amar a quien aman, la tortura consigue el reconocimiento propio de lo que condenan los feligreses. Porque, claro, hemos sido manchados por la sombra de lo distinto, y quien esté fuera de la norma que han impuesto ellos mismos solo puede ser el enemigo. ¿Dónde se dibuja la frontera del amor al prójimo?

Somos puestos en fila en el estrado del patio, con las manos y pies atados a palos empotrados en el suelo. Los feligreses cantan alabanzas y nos escupen agua bendita. Gabo ríe y dice que el diablo que lleva dentro no se irá, que escupan cuanto quieran.

Laia llora porque la estremecen los cantos litúrgicos. Su familia la echó de casa porque la iglesia a la que asistía dio órdenes de que cortaran la comunicación con una lesbiana. Con su hija lesbiana. Su hija que, con la garganta hecha un nudo y los ojos hinchados, les contó cómo el pastor de la iglesia la había abusado durante años. Por supuesto que no le creyeron, ¿cómo iba alguien de fe a creerle a una lesbiana? ¿cómo iba un hombre de Dios a tocar a una niña?

Laia odia los cantos porque sus melodías la regresan a las bancas de la iglesia en que el sacerdote la manoseaba. «Tranquila, mijita. El amor de Dios tiene muchas formas», le decía, con los dedos metidos en su vulva. «Ni una palabra sobre esto, ¿me entendiste?», le advertía. Laia-niña entendió pronto que los monstruos también visten de blanco y llevan cruces sobre el pecho.

Me parece oír los gritos de su yo-niña; a sus padres diciéndole que se calle, que no mienta más, que el sacerdote es un hombre intachable. La infancia de una niña destruida por la indignación selectiva de la gente de fe.

Bajo el colchón de su celda, Laia conserva la carta que su familia le dio antes de encerrarla. En ella se despiden y le dicen que, apenados, no podrán volver a verla. No hasta que regrese limpia y del brazo de un marido. Porque para sus padres su futuro es ser esposa y ser madre para, en la práctica de esos oficios, encontrar al Señor.

A mí me duelen los cantos porque los disfruté y aplaudí en las novenas del colegio; porque estoy convencido de que el Dios con que yo hablo no quiere esto para nosotros, pues para Él no somos seres fallados. O eso elijo creer.

Cierro los ojos y me pienso en brazos de Thiago mientras me besa la frente y me acaricia el pelo. Fantaseo con esa escena con frecuencia.

Entonces empiezan los gritos. Algunos de los internos sobre el estrado suplican que los dejen volver a sus celdas. Los más iracundos doblan sus cuerpos cuanto pueden, intentando liberarse. Los celadores les ordenan detenerse y terminan golpeándolos por su desobediencia. Esta no se parece a ninguna dinámica del pecado que hayamos hecho antes.

«Esto es otra cosa, B», dice Gabo, y concuerdo.

La proximidad de la muerte no atenúa el miedo de advertirla un hecho. Entonces es difícil no odiarse un poco también. Después de todo, si tus padres han podido negarte, ¿cómo no habrías de hacerlo tú mismo?

Mi cuerpo sobre un estrado frente a una audiencia ávida de un desenlace. Gabo a mi derecha; Laia a mi izquierda. ¿A qué esperanza se aferra uno cuando lo han atado a un palo y la gasolina que esparcen sobre el suelo que pisas te salpica las piernas? No hay forma de ver luz en circunstancias como estas.

«¡Levanta la cabeza, B! ¡No les des el gusto!», me grita Gabo.

Mis hermanos internos lloran; prometen su conversión esperando misericordia. Los cantos y palmas de los feligreses trastocan el pasado de Laia. Su yo-niña es su versión más frágil.

«¡Laia, mírame! ¡Mírame!», le pido, «somos fuertes porque estamos juntos», le recuerdo.

Descubro en sus ojos a la Laia-niña a la que sus padres ignoraron. Los feligreses encienden sus velas y piden a su Dios por nuestra salvación. Justo entonces el tiempo se tensa como un hilo y levanto la cabeza como me lo ha pedido Gabo y como, seguramente, lo habría hecho Thiago en medio de lo que para ellos no es más que una dinámica.

Al borde de la muerte, una bola de plomo se suelta en mi interior y destruye lo que queda de mí. Las llamas se esparcen en segundos. Soy uno con el fuego que me devora. Miro mis piernas y mis músculos son llagas. Se recita un credo y se aplaude más fuerte. ¿Se escucha en el cielo nuestro llanto o las palmas de la gente de fe?

Ganarle el juego al dolor como tantas veces. Levantar la cabeza y decirle al mundo yo soy y seré sin importar lo que tú quieras. Decirle: si volviera a nacer escogería ser de nuevo. Aunque tuviera que cruzar el mismo infierno y quemarme ante tus ojos.

La calcinación de mi cuerpo sobre el estrado al que se lanzan plegarias y cantos sucede en compañía de mis hermanos más reales.

Apenas escucho el pitido de la alarma del centro anunciar una fuga. Mis hermanos internos han conseguido escapar de sus celdas e intentan apagar las llamas que obedecen al ritmo de los cantos. ¿Está Dios realmente de su lado? ¿Puede un Dios-amor secundar nuestras muertes?

Los celadores no pueden hacer frente a la furia de mis hermanos ausentes a la dinámica del pecado, pero nos desvanecemos ahora en libertad también en su nombre.

Los restos de Gabo se desploman a los pies del fuego que vuelve a Laia un resplandor. No vuelvo a mirarla porque quiero recordarla así: siendo luz enteramente. Laia-niña consigue reposo.

El horror en su estado más puro es la confirmación del ocaso hacia donde todos caminamos, de donde ya no hay retorno. Thiago sube al estrado y recoge mis restos esparcidos en el fuego y me lleva hacia su cuerpo vivo. Su mano en mi nuca es esperanza. Besarlo es comprender que lo amé a él en todos los hombres.

Me aferro a la vida en sus labios y en ellos me repito que elegiría una y mil veces ser. Mis hermanos internos tumban rejas y puertas y, entre las promesas de los feligreses de un castigo mayor y el rumor del fuego, huyen. Hay disparos y cantos para incentivar a los celadores que aún dan guerra. Pero no hay bala que pueda perforarnos ni fuego que nos extinga: en la vida y en la muerte somos y hemos de ser libres.

«Somos fuertes porque estamos juntos», me dice y, sin que me suelte, alzo el vuelo y me entrego al viento en libertad.

Soy las cenizas de un hombre que amó.

 

 


Jorge Vargas Chavarría (Ecuador, 1992). Publicó La espada de Sorton (2009) y fue nominado al programa de escritura creativa de la Universidad de Iowa tras la publicación de On the road to dreams (2012). También ha publicado el libro de cuentos Aquí empieza lo extraño (2016). Textos suyos aparecen en Despertar de la Hydra: antología del nuevo cuento ecuatoriano (Editorial La Caída, 2017), Antología iberoamericana de microcuento (Editorial Torre de papel, 2017), así como en periódicos y revistas literarias de Ecuador, Chile, México y Estados Unidos. Las cosas que no decimos (CCE, 2018) es su libro más reciente.

 

 


Foto tomada de: https://stocksnap.io/photo/2B47ZJBEU3

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