Michael Ende: creando futuros positivos | Leonardo Wild

Por Leonardo Wild

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

Michel Ende (de la página web del autor: http://michaelende.de/)

En 1956 un compañero de colegio de Michael Ende, cuyo nombre él ya se había olvidado, lo encontró en la calle y le dijo: “Escuché que escribías. ¿Qué tal sería un texto del cual juntos creamos un libro ilustrado?”

El amigo era diseñador y Ende estaba en una época en la que cualquier trabajo era un rayo de esperanza.

Fue a su casa y comenzó: “El país donde vivía Lucas el maquinista se llamaba Lummerland…” Después de años de estudios y análisis sobre estilo literario, sobre reglas de dramaturgia, comenzó un texto sin saber la dirección a seguir. Fue un sentimiento liberador.

Lucas el maquinista

En cerca de nueve meses tuvo en manos un manuscrito de 500 páginas. Nunca pensó en publicarlo. Él era un crítico de cine, poeta, guionista, un intelectual apresado en la vida de escritor para los shows de Cabarets de Munich y los programas de radio. Su nueva obra, Lucas el maquinista, no era más que un escape de las presiones del mundo.

Pero esas mismas presiones —amigos que leyeron su texto y la falta de dinero— lo llevaron a enviar el manuscrito a varias editoriales juveniles. Sin suerte.

(Muchas gracias, es un trabajo muy bonito, que promete bastante pero lamentablemente no entra dentro de nuestras necesidades editoriales…)

Luego de una pelea cruenta por detalles estilísticos, gramaticales y de contenido con una editorial de Berlín (que por fin ofreció a Ende publicar la novela), se decidió a romper el contrato con ellos, pues acabaron diciendo que debía reducir en dos tercios el texto.

Pero casi inmediatamente Jim-Knopf y Lucas el maquinista fue aceptado tal cual, por otra editora de Stuttgart, y salió a la venta en 1960.

No fue un éxito.

Un año más tarde Ende se encontraba retrasado con seis meses en el pago de su apartamento. No sabía de dónde sacar suficiente dinero para comprar la comida para él y su madre. De pronto recibió una llamada por medio de la cual se le avisaba que había ganado el Deutscher Jugendbuchpreis, el mayor premio de literatura del gobierno alemán… lo cual representaba 5.000 Marcos Alemanes y un impulso en las ventas de Jim-Knopf…

Este fue el comienzo de la fama de Ende, pero no el de su faena literaria que había nacido muchos años antes.

Con el arte en las venas

Después de la Segunda Guerra Mundial, en plena era de la reconstrucción, se presentaban en Berlín más de doscientas obras de teatro en una noche: Shakespeare, Goethe, muchos otros grandes.

Conciertos y música, arte corría por las venas de la Alemania de posguerra. El padre de Michael Ende, Edgar Ende (1901-1965), era pintor y como tal introdujo en la familia el amor a la inspiración artística, a la creación. No es pues de sorprenderse que el joven y futuro escritor acabara recorriendo las bibliotecas y comenzara a trabajar como director de teatro y guionista, y luego como actor.

Su “carrera” en el teatro, sin embargo, acabó tanto por decisión propia como por ataques de envidiosos que deseaban a sus mujeres, las chicas de “Mike” (su apelativo), pues la fama de Ende de ser un Don Juan era muy conocida. No solo quería él a las más bellas, sino que ellas lo querían a él para el desconcierto de los demás.

¿Sería por su atractivo? ¿Sería porque él siempre quería figurar, recibir los papeles principales en el teatro?

Sea como fuere Ende dejó todo de un día para otro y se dedicó a la vida de autor libre, lo que no es cosa fácil a pesar de ya tener un nombre como guionista.

Atrapando los sueños de la gente

La grandiosidad de la temática de las novelas de Ende surgió recién después, más tarde aún que su fama como escritor por crear un guion sobre Friedrich Schiller (1955) para la conmemoración de su muerte hace 150 años.

Ocurrió en Italia, en Palermo, al escuchar las oratorias en un parque de palmeras cerca del majestuoso Palazzo dei Normanni.

Toda la tarde versos brotaban de labios de los “Cantastoria”, historias antiguas sobre caballeros nunca olvidados, sobre reyes y princesas, oradores con una espada de madera en la mano y un brillo especial en los ojos, el público absorto y Ende allí parado sintiendo en su corazón la llamada de la prosa, de prosa escrita para ser eterna.

Así hay que escribir, pensó mientras escuchaba. Al atardecer preguntó al orador siciliano que de dónde había sacado la trama. “Una historia vieja”, respondió el hombre encogiéndose de hombros. Se la había contado su abuelo, quién la había leído de un texto antiguo de un escritor llamado Alejandro Dumas.

Fue en el fondo lo que impulsó a Michael Ende a escribir cuentos y novelas, no para los críticos ni para ser vendidas, no para los intelectuales ni para los círculos de escritores (esperando su aprobación), sino para despertar los sueños de la gente con metáforas brillantes y un estilo fino y diferente, con un idioma hecho para atrapar la esencia del país de la fantasía.


Leonardo Wild. Escritor ecuatoriano-norteamericano. Estudió en Lord Fairfax y Nova College, Virginia. Escribe ciencia ficción desde 1996. La primera fue escrita en alemán, Unemotion (1996) la cual fue recientemente publicada en español bajo el título de Yo artificial (2014). Entre sus obras se tiene: Oro en la selva (1996); el ensayo: Ecología al rojo vivo (1997); Orquídea negra o el factor vida (1999); Cotopaxi, alerta roja (2006). Más recientemente ha publicado una reedición de su novela El caso de los muertos de risa (2019).

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