La gran estocada | Carlos Enrique Saldívar

Por Carlos Enrique Saldívar

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde Perú)

Aún me cuesta creer que soy parte de esta operación. Hemos llegado en vehículos sencillos para no alertar a nadie. Como si fuéramos conductores de paso, es parte de nuestra misión. El golpe es definitivo, para eso entrenaron al resto. Yo, en cambio, soy un infiltrado. Sí, soy policía y mi meta radica en detener a aquella banda de criminales, empero, realicé algunas maniobras muy bien elaboradas, con el fin de que me designaran a este escuadrón, eso es porque mis motivos son poderosos. No me perderé lo que ocurrirá dentro de cinco minutos.

He sido antes partícipe de redadas, arrestos en las calles o en viviendas; las órdenes del juez son de gran apoyo, aunque muchos de los hampones, que ayudé a capturar a riesgo de mi vida, fueron liberados por malas decisiones judiciales o fiscales. La ley no se respeta en el Perú, las normas protegen a los granujas y eso me enerva.

Lamento que, debido a un tecnicismo, un hombre de espalda ancha y un metro noventa, al cual detuve, salió de la cárcel riéndose. Esa misma noche fue por mi prometida. Tras violarla y asesinarla, dejó en la pared, escrito con sangre: «Nosotros ganaremos, perritas».

Me tomó seis días encontrarlo, se ocultaba en la casa de su hermana. Primero le disparé a ella en la frente, a él le di cuatro balazos, en las dos piernas, en los dos brazos; mientras lloraba, me dijo que su líder dio la orden, que no era personal, que no fue cosa suya, que no lo maltratara más, que, por favor… Lo torturé dos horas, fue una suerte que se hallara en las afueras de Lima, en un terreno alejado, en el cual los vecinos no pudieran oír sus alaridos.

El líder está aquí, con gran parte de sus jefes, en la casa de Santiago de Surco. Rosas me dice: «Moreno, ya estamos listos». No me apellido Moreno, me apellido Salas. Se enterarán eventualmente. Pienso en las víctimas de esta organización criminal, que posee un enorme poderío. Tantos compatriotas muertos, esa dama baleada y dinamitada, hombres, mujeres y niños heridos, mutilados de forma permanente. Mis compañeros reunieron los datos con minuciosidad, actuando eficazmente. Primero atraparon a un mafioso que aseguró haberse reunido con El líder. Desde entonces planearon y ejecutaron la operación, la vigilancia, el seguimiento. Fueron dos meses de labor obsesiva. Yo me les uní dos semanas atrás, como refuerzo, impuesto por mi contacto gubernamental.

Agradezco la oportunidad que yo mismo me brindé. Hube de falsificar documentos, era ilegal, lo sé, no obstante, el fin justifica la vía que decidí seguir. Además, yo estoy seguro de que saldremos victoriosos. Habíamos arrestado a otro implicado en los atentados de ese grupo maldito. El siguiente punto era conocer cada paso de la pareja del líder. Supimos los movimientos de ella. También detectamos a otro facineroso que solía acompañarla al salir.

La captura estaba en marcha.

Más tarde, uno de los malhechores, al ser acorralado, aullaría: «Mátenme, mátenme».

Unos suplicarían, pero la mayoría estaría orgullosa de sus horripilantes actos.

Nos bajamos del automóvil. Éramos media docena. Se nos unieron seis efectivos más para cubrirnos. Entramos a la casa, la cual era enorme. Apareció el gritón (el que después rogaría), y subió corriendo la segunda planta, delatando torpemente a sus compinches, pues el departamento se hallaba oculto con placas de metal y madera. El muy tonto nos escuchó en el primero piso. Cómo no iba a pedir que lo matemos. Quedó como un idiota ante todos.

Ya habíamos derribado la puerta de entrada a la enorme casa, que tenía varios pisos y diversos ambientes. Es fascinante cómo funciona la labor policial. Una cosa debe encajar con la otra. Si una mujer compra veinte panes para ella y su pareja, el panadero pensará y nos dirá que es clarísimo que allí viven más de cinco personas. Esos indicios fueron primordiales antes de dar el gran golpe. Pensé en Celia, quien se hallaba embarazada de tres meses. ¿Un niño o una niña? Nunca lo sabré. Al menos murió rápido, luchó por su vida y un fuerte golpe contra el suelo segó su existencia. Me da ira rememorar eso. Lo último que ella vio fue a aquel gorila lleno de maldad. Me dio tanto placer ultimarlo, aunque, al mismo tiempo, trasgredí la justicia. Pero ¿de qué justicia hablo?

Esa noche me convertí en lo que más odiaba, no hay marcha atrás. Solo por llevar esta jodida placa. Sé que después de este arresto me llamarán héroe, tal vez anónimo, quizá mi nombre se filtre al público, o únicamente se quede en los pasillos y oficinas del grupo de efectivos que me acompañan a culminar con presente labor. Se tiene que hacer ya. Subimos las escaleras. Quebramos la puerta. No puedo contar los minutos, será la estocada final en contra de estos genocidas. La ansiedad y la alegría me carcomen, a la vez les entregan a mi cuerpo y mente las energías necesarias para continuar.

En este momento no me interesa qué pasará después de que haga lo que planeé hace un año, cuando me despojaron de mi única familia. Aunque, pensándolo con la cabeza fría, será lo mejor. Luego me enteraría de que los efectivos encontrarían importantes archivos para traerse abajo a la organización asesina, y que aquí había altos mandos criminales. De forma increíble salto del presente al futuro, y viceversa, reconstruyéndolo todo.

Los tomamos por sorpresa, hoy jugaba la U versus Alianza Lima. El líder está bailando con Elena; vemos mujeres y hombres en la amplia sala.

«¡No se muevan, mierda!», ordena Rosas.

La operación es un éxito, no ponen resistencia.

Será fácil, como jugar con un cachorro perruno. Demasiado fácil

Me acerco al líder, una vez que los efectivos lo reconocen. Saco mi glock gen de 1992, le disparo directo a la cabeza. Mi acto paraliza a mis compañeros. La cúpula, en cambio, se aterra y se pone de rodillas, incluyendo a Elena, quien abraza el cadáver, mientras yo grito:

«¡Púdrete, Camarada Gonzalo!».


Carlos Enrique Saldívar (Lima, Perú, 1982). Es director de las revistas El Muqui y Minúsculo al Cubo. Es administrador de la revista Babelicus. Finalista de los Premios Andrómeda de Ficción Especulativa 2011, en la categoría: relato. Finalista del I Concurso de Microficciones, organizado por el grupo Abducidores de Textos. Finalista del Primer concurso de cuento de terror de la Sociedad Histórica Peruana Lovecraft. Finalista del XIV Certamen Internacional de Microcuento Fantástico miNatura 2016. Finalista del Concurso Guka 2017. Mención honrosa en I Premio Literario Valle del Pillko. Finalista del Concurso III Antología Tabula Escrita. Mención Especial en el reto 25 (microrrelato de horror) de Editorial Cthulhu. Publicó el relato El otro engendro (2012). Publicó los libros de cuentos Historias de ciencia ficción (2008, 2018), Horizontes de fantasía (2010) y El otro engendro y algunos cuentos oscuros (2019). Compiló las selecciones: Nido de cuervos: cuentos peruanos de terror y suspenso (2011), Ciencia Ficción Peruana 2 (2016), Tenebra: muestra de cuentos peruanos de terror (2017, 2018, 2021, 2022), Muestra de literatura peruana (2018), Constelación: muestra de cuentos peruanos de ciencia ficción (2021) y Vislumbra: muestra de cuentos peruanos de fantasía (2021).


Foto portada tomada de: https://bit.ly/3xzifmv

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