Pájaros humanos | Benjamín Román Abram y Carlos Enrique Saldívar

Por Benjamín Román Abram y Carlos Enrique Saldívar

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde Perú)

La prensa de espectáculos reseñaba de manera más que positiva la interpretación de Emilia Tur, destacaba, además, que ella había recibido la bendición del público, con un aplauso inacabable, uno que el entendido de la ópera reservaba para las divas. La columna periodística «Viva el bel Canto» en sus primeras líneas decía que, si bien había ofrecido la imitación de un ruiseñor, esta había sido tan excepcional que superaba su trino y que, si hubiera vivido su compatriota, la venerada soprano Yma Súmac, le hubiera dado su bendición.

De su vida personal apenas se sabía que era de Chiclayo, apasionada del mar, y que había estudiado en el Cleveland Institute of Music, pero solo ella conocía que su registro vocal había mejorado con los innovadores métodos de Saulo Toro, un polímata de su país, como los que ya no era usual hallar en un mundo de especialistas, un genio en cada campo en el que incursionaba, desde el entrenamiento a deportistas de élite, la investigación científica o el desarrollo de nuevos tipos de motores ecológicos, aunque siempre se mantenía detrás de bambalinas, parecía que le bastaba que sus protegidos alcanzaran el triunfo.

Saulo recibió la llamada maledicente de un ornitólogo de la ciudad, quien, sin saber de su vínculo, no pudo dejar de reírse, mientras hablaba sobre lo que denominó una combinación de figuretismo de la chica y desesperación de la prensa por tener a una nueva estrella de la cual vivir, cosa que no le hizo gracia a su interlocutor, así que enseguida se excusó para concluir la comunicación.

«Me alegro por ella, tiene gran talento, no cualquiera hubiera podido alcanzar esas notas, y yo apenas le di una nueva técnica».

Recordó que Emilia era más que un éxito de su larga lista de promesas cumplidas, estaba tan contento porque también la amaba, por algoestuvo entre los espectadores de la gala. Sabía que ella lo consideraba una persona de admirable inteligencia, alguien bueno, un tutor, pero no un hombre del cual prendarse. Así que, para él, quien por primera vez en su vida se había enamorado, fue demasiado; cortó los lazos académicos unos meses atrás. Ella le increpó eso, pero además le dijo que él también debería gozar de la miel de la alabanza, que ya estaba en sus cincuenta y uno y, por tanto, en el camino de regreso.           

Pronto comenzó a extrañarla, así que corrió a su computadora para ver el nuevo proyecto que venía desarrollando. Inmediatamente, se dirigió a su piscina temperada, y, previos estiramientos, encendió la máquina de olas y se lanzó al agua. Sentía su cuerpo tonificado, recordó cómo en su adolescencia los más cercanos a él habían pensado que sería un campeón mundial de natación, pero nunca sobrepasó el ámbito local, tan solo quería pasar desapercibido.

A la mañana siguiente, con la confirmación de que ella estaría presente, convocó por todos los medios posibles a familiares y amigos para su cumpleaños. Una semana después, en un popular club de playa de la alta sociedad se hallaba un buen grupo de sus allegados; hacía tanto tiempo que no lo festejaba, era el primer sorprendido, sobre todo cuando realizó el tradicional soplido de la vela, retirándola antes de la torta para no contaminarla con su exhalación. Pidió mentalmente un deseo, luego solicitó a los asistentes que lo acompañaran a la playa, ahí les dijo que por la ocasión regresaba a su gloriosa disciplina deportiva, que ya era hora de innovar, que miles de años con cuatro estilos de nado y unas pocas variantes eran más que suficientes. A continuación, a las cuatro de la tarde y con el abrigo del sol, se lanzó al mar. Con unos movimientos de tirabuzón en el agua y con las manos en V, así como un riguroso pataleo, atravesó las olas medianas, pero pronto llegó la que esperaba: una grande. Los asistentes observaron que aumentó su velocidad, traspasó la onda azul y terminó en el aire por metros, kilómetros. Regresó para aterrizar entre los invitados y vio a su rolliza cantora de elegante vestido verde helecho, esta abrió los brazos y por fin se dejó rodear. Esta vez la llevó cargando al mar, otra proeza, y con ella hizo el tirabuzón, pronto estuvieron volando entre los piqueros, las cuales oían por primera vez a un ruiseñor; él, en tanto, le hablaba a su delicado oído. Volvieron con los invitados y dijeron: «Nos vamos a casar». Todos aplaudieron. Nadie discutió el prodigio. Era tan natural para el público como las gaviotas que, a lo lejos, embellecían el paisaje.


Carlos Enrique Saldívar (Lima, Perú, 1982). Es director de las revistas virtuales El Muqui y Minúsculo al Cubo. Es administrador de la revista Babelicus. Publicó el relato El otro engendro (2012). Publicó los libros de cuentos Historias de ciencia ficción (2008, 2018), Horizontes de fantasía (2010) y El otro engendro y algunos cuentos oscuros (2019). Compiló las selecciones: Nido de cuervos: cuentos peruanos de terror y suspenso (2011), Ciencia Ficción Peruana 2 (2016), Tenebra: muestra de cuentos peruanos de terror (2017, 2018, 2021), Muestra de literatura peruana (2018), Constelación: muestra de cuentos peruanos de ciencia ficción (2021) y Vislumbra: muestra de cuentos peruanos de fantasía (2021).


Benjamín Román Abram (Lima, Perú, 1970). Es director de la revista virtual El Muqui. Sus cuentos y reseñas se han publicado en diarios, antologías y revistas nacionales e internacionales como El Comercio, Correo (Huancayo), Heterocósmica, Fabulador, Umbral, Buensalvaje, Cosmocápsula, miNatura, Agujero Negro, Plesiosaurio, Zona libre, etc. Es autor de los libros de relatos En Envase Pequeño y Bioficciones. También cultiva la poesía y la ha publicado en diversos medios.


Foto portada tomada de: https://bit.ly/3OIzHvp

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