“Las partículas elementales” de Michel Houellebecq | Fabricio Guerra Salgado

 Por Fabricio Guerra Salgado 

Bruno Clément y Michel Djerzinski son medio hermanos. Franceses, cuarentones, con profundos vacíos y conflictos; fueron concebidos en los albores del hippismo y la psicodelia. Cada uno fue criado por abuelas distintas y en lugares distantes, luego de ser abandonados de forma prematura por su madre, a quien solo volverán a ver, agonizante, el día en que ella muere. Aunque ya no puede hablar, parece alcanzar a escuchar cuando uno de sus hijos le espeta que “no eres más que una vieja puta, mereces palmarla”.

Bruno es un profesor de enseñanza media obsesionado con el sexo. Arrastra los traumas del acoso y la violencia que sufrió durante la adolescencia. Se ha convertido en un voyerista que se masturba en el metro y que termina internándose en una clínica de salud mental, tras perder a la única mujer con la que compartió algún tipo de afecto.  

Michel es un connotado biólogo, desprovisto de libido, que vive sumido en la abulia absoluta. Sus investigaciones sobre mecánica cuántica y partículas nucleares avizoran un cambio trascendental en el orden vigente: cuando la clonación humana se concrete, formalice y extienda, la sexualidad quedará relegada a una función riesgosa e inútil. Entonces la humanidad estará en condiciones de controlar su propia evolución biológica.

Surgirá una nueva era, la de los post-humanos, seres genéticamente perfeccionados y reproducidos en un tubo de ensayo. Ni la senilidad ni la finitud serán ya problema. Cada cosa estará calculada al milímetro en el devenir de esta civilización emergente. Más que nunca, la ciencia será el solitario tótem, la gran verdad, ya que todo, sin excepción, tendrá una explicación técnica.

“La mutación no puede ser mental, sino genética”, es la premisa mayor de aquel post-humanismo, al que uno de sus principales mentores, el mismo Michel, no alcanzará a sumarse, ya que, según se intuye, optó por suicidarse adentrándose en el mar. Dejando, eso sí, constancia escrita de sus brillantes investigaciones, las que serán la piedra angular del proyecto clonador que, poco después, habrá de imponerse.

La vida de Michel transcurrió durante un tiempo infame, en el que Occidente alcanzó un punto total de saturación, degradación y asco. Signo de su época, el protagonista constata, cada vez con mayor indiferencia, que su vida, tal vez todas las vidas, no tardan en convertirse en una larga espera por la enfermedad, la vejez y la muerte. La decadencia está activada, avanza a marchas forzadas. Lo único que puede obstaculizar su inexorabilidad parece ser la autoeliminación.

Pese a su entrega por la labor científica y su trascendental legado final, Michel siempre sospechó que el amor, esa curiosa emoción que él no llegó a sentir jamás, podía constituir, acaso, un poderoso revulsivo para cualquier existencia. Hasta el momento de su desaparición, creyó que, a partir del caótico funcionamiento de las partículas elementales y su absoluta imprevisibilidad, quizás se tornaba posible la restauración de la capacidad de amar, empatizar y conmoverse. Al menos, en ciertas circunstancias y por determinados instantes.  

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