El color del vino | María Dolores Cabrera

Por María Dolores Cabrera

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

He bebido bastante. No sé cuántas horas o cuántos días y noches estoy encerrado en este despacho. El olor a humo de tabaco y a vino tinto está dentro de mí, me sale por los poros. Siento los párpados pesados. El sueño envuelve mi mente y, aunque tengo dudas, creo que he dormido por etapas en el día.

No quiero salir, a menos que sea para ir al baño.

Qué ironía, me digo y sonrío (los labios me duelen como si los tuviera hinchados), si estoy solo, aquí no hay nadie más.

Hace días dejé la ciudad para venir a refundirme en esta hacienda abandonada y vacía como mi propio mundo, antigua y árida como mi piel.

Mis ojos se detienen con lentitud en el centro del espejo ovalado que está sobre el bar. El reflejo de mi rostro se envuelve con el marco tallado en madera antigua; lo adorna. En el extremo superior, una especie de hojas o quizás sean pequeñas alas de ángeles. Ya no soy el mismo. Me miro asombrado. ¡Qué difícil aceptarme así!

Cuando estabas a mi lado, Paula, no tenía la frente tan ancha ni el pelo gris, hasta lo noto algo azulado ahora. A pesar de todo, creo que me reconocerías. Aún tengo los ojos pequeños y redondos pero las cejas están más finas. Mi nariz, un poco grande, sigue igual a pesar de que veo los pómulos un poco endebles y pálidos. Mis labios, que siempre fueron delgados, ya no tienen su color, ahora los siento espesos. Mi quijada prominente sigue así; pero ya no soy el mismo, después de todo se apergaminó la piel.

Cada objeto se me presenta solitario, desfallecido, ajeno uno del otro. Cada estante, cada libro atestado de un olor a polvo y a humedad. Mi viejo escritorio, las cosas que permanecen encima desde hace años, desde esos tiempos en los que todavía no se me pasaba la vida, la tenía activa y llena de oficios gratos.

Te pienso tal cual eras en aquellos días. Sonreías. Alababas a diario mi ropa de vaquero joven y ese gusto por saberme impecable. El sombrero café que tanto te gustaba, Paula, mis camisas a cuadros, los pantalones apretados y las botas caoba con punta de metal.

Cómo disfruté del trabajo de campo. Llevaba el control de toda la producción, del ganado, de la leche. Sin embargo, me doy cuenta de que nada ha tenido el suficiente valor para sobrevivir a la soledad.

Todo es inerte; un cementerio por cuyo aire flota, como en todos los demás, una estela de añoranza por la vida perdida.

Solo el vino está despierto. Recorre mis venas. Me altera. Se queda en mi cabeza. Me erosiona. Siento placer y río, me burlo de la sobriedad, de la mesura, de la prudencia. Lleno otra vez la copa con lo último que hay en la botella y sigo bebiendo. Esta vez es mi trago final.

Antes de terminarlo, volteo muy lentamente la copa. La mantengo suspendida entre mis dedos. Juego. Veo resbalar por el cristal las gotas púrpuras, sofisticadas por la luz, nobles; se reflejan débiles en mis ojos, colorean los contornos de mi mano. Se derrama el vino, se derrama poco a poco tu figura en cada gota y se pasma casi inerte sobre los poros de mi piel. Es la sobra de todo lo que he bebido.

Me detengo y reservo sonriente, un ínfimo sorbo para ti, Paula, para ti, la de los ojos grandes, capaces de abarcar en una sola mirada todas las nubes blancas y todas las nubes grises para luego cerrarlos con fuerza y evitar que se escapen todas tus comprensiones, Paula, y toda su resignación. La botella se ha quedado sola y vacía en la esquina del barcito.

Siempre amé el vino, pero el vino tinto, el que se parece a mi sangre… y a la tuya.

¿Te acuerdas, Paula, cuando disfrutábamos juntos, cuando entramos contentos ese miércoles tarde al bar de Don Lucas? Tomamos la mesita redonda del rincón, la más discreta, la más aislada. Me vienen a la memoria las sillas antiguas y pequeñas. No había más clientela, solo nosotros, Paula, solo nosotros y el vino que ordenamos.

Me miraste y tu mirada se me incrustó para siempre, charlamos y bebimos. Me abrazaste y te besé. El mesero se sentía incómodo y le pedimos más vino.

El aroma del deseo dio vueltas alrededor nuestro, se mezcló sutilmente con el humo de un tabaco que encendiste. Salimos. Caminamos sintiendo que el uno iba metido dentro del otro, como el vino tinto.

Ahora te siento así todavía, metida dentro y al mismo tiempo girando fuera de mí, danzando con tu falda blanca.

Entrada la noche, miramos hacia arriba.

—Son fragmentos de locuras que salpican el cielo —me dijiste—, trozos de ilusiones, estrellas nada más.

En este instante te veo, Paula, te veo. El olor de esa bebida nos une todavía. Estás aquí, con tu figura linda, ágil, pero no puedo precisar tu rostro en mi memoria.

Ven, ven aquí, siéntate sobre mis rodillas y déjame acariciarte, hundir mi cara en tu largo pelo como en esa cabaña desierta que un día encontramos frente al mar. Aspiré todo el aire que había, mezclándolo con tu cuerpo. Inhalé toda la brisa para aprehender tu perfume y sentí que devoraba las gaviotas, el sol, y el horizonte al son de esos besos hambrientos.

Fantasía de una noche de boda, la que nunca tuvimos antes, ni tendríamos después.

Recuerdo que lloraste de alegría, de amor; aunque estoy seguro de que esa vez no me diste todas tus lágrimas, tenías que guardar algunas para después, para cuando te marcharas, Paula. En aquella despedida yo también sentí que mis ojos se humedecieron, pero tampoco te di todo mi llanto, lo reservé para hoy, para el día del recuerdo, del vino y del dolor.

Sé que luego caminaste una y otra vez bajo aquellos fragmentos. Sentías que te miraban. Oías sus llamadas. Te pintaban de miedo. Te tentaban a morir.

Te imaginé tantas veces bajo una tenue luz y su reflejo, tono de sangre y vino sobre tu desnudez, figura ensombrecida, olor ambivalente de carbón y espuma.

Ven, acércate, déjame ver tu cara inocente de niña enamorada. Déjame ver tu gesto al amarme una vez más. Pero ¿por qué te escondes? Bebamos juntos estas últimas gotas. ¿Por qué no vienes, Paula?

Trato de alcanzarte y te esfumas en el aire. Me levanto y te sigo. Te tomo a la fuerza con mis manos. Giro tu silueta y te miro frente a frente, cara a cara. ¿Por qué me ocultas la mirada? ¿Qué te pasa? ¿Tienes miedo?

Ahora te escucho. Respondes con reproche, evocas nuestro error. Y es que entonces nos creímos muy valientes, decididos. Tomamos de la mano amores que pasaban. Construimos otros mundos. Reímos muy seguros. ¿Verdad que no pudimos, Paula, que el aire de esos días regresa a envolvernos?

Tu voz sigue sonando. Las ganas de volver te debilitan. Tiemblas al imaginar la tierra húmeda, mi árbol de almíbar clavando su raíz y el sueño de que tu semilla tierna podría germinar.

Te dolió tanto saber que todo estaba devastado: el olor de fogata ya extinguida, los frutos de carbón y nuestras esperanzas, espumas que se hundieron. Tú misma viste cómo la tierra de ceniza, aún caliente, las tragaba, las lograba diluir.

Entonces enfermaste, Paula, y tus ojos se fijaron en las estrellas que solías interpretar. Te esperaban. Aceptaste ser parte de esos fragmentos, sabías que no eran estrellas nada más.

Estabas vencida. Destruiste nuestras copas. ¡Qué sacrilegio, Paula, si brindamos con aquellas en ese ocaso en el que fuimos al muelle hace ya tanto tiempo! ¡Qué escarlata estaba el cielo cerca de oscurecer!

Fue necio prohibirnos volver a brindar. Ya nada es tan sagrado. Después no supe hacer otra cosa que internarme entre estas paredes viejas a beber mi vino, a meterlo en mi sangre.

En este instante te miro inquieta. Avanzas muy ligero. Me dejas atrás. El recuerdo se afana y quiere anular tu pena. Te sigue y va borrando tus huellas, las lame, las absorbe mientras tú te vuelves para ver mi figura inmóvil, subyugada por la falta de valor. Por un instante observas, en tu mente, a ese alguien que quizás me ama y a mis días cobardes.

Te sigo, Paula. He roto la botella. No hay más vino para brindar, el que bebí sale ahora por mis venas quebradas, fundido con mi sangre.

Sé que hoy voy a encontrarte y habrá un nuevo vino para decirte:

—¡Salud, Paula, salud!


María Dolores Cabrera (Quito, 1962). Estudia en su ciudad natal y en 1984, egresa de la carrera de Psicología Clínica. Posteriormente, ingresa como miembro del Taller Literario conducido por Abdón Ubidia, destacado escritor ecuatoriano. Luego, años más tarde en 1998, publica su primer libro de doce cuentos titulado Mas allá de la piel; en el año 2010, un segundo libro, también de doce cuentos: De nuevo tus ojos. En el 2012 presenta su primera novela, Te regalo mi cordura; en el año 2016, una nueva novela con el título Cuando duermen los Jilgueros, en el 2018, la novela: Pinceladas (Bosquejo de un trastorno). Recientemente ha retomado el cuento con Siempre de azul (2021).


Foto portada tomada de: https://bit.ly/3yBhkD2

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