“Salomé”, teatro de Oscar Wilde | Fernando Endara I.

Por Fernando Endara I.

Portadilla de la edición francesa de 1895 de Salomé de Oscar Wilde, con ilustraciones de Alastair (Fuente: https://bit.ly/3LFCsv2)

Salomé es una de las obras teatrales más controversiales del autor inglés Oscar Wilde. Escrita en francés y publicada en 1891, la tragedia en un solo acto fue vetada, de modo que su estreno se complicó para ser llevado a cabo en varios recintos privados casi clandestinos, recién se pudo estrenar en Inglaterra en 1931. La obra además sirvió de inspiración para la ópera homónima de Strauss estrenada en 1905. La censura señaló con desdén al amor casi incestuoso, la pasión abigarrada, el deseo homosexual y la transgresión bíblica de su argumento que nos lleva a la prisión de Jokanaan (Juan el Bautista), para asistir al famoso pasaje del evangelio de Marcos, cuando la hija de Herodías, esposa de Herodes Filipo (Tetrarca), enigmática, pide la cabeza del Bautista en bandeja de plata. Herodes apresó a Jokanaan, pero no se atrevió a tocarlo, lo tenía por un santo varón, algunos decían que era Elías, lo temía. En la versión de Wilde los personajes son devorados por un ardor febril, un ímpetu del espíritu por la persona amada, un deseo sombrío de posesión, anhelo de amor o morir, matar o besar. Salomé es una criatura sublime, orgullosa de su porte, conduce a los hombres al desvarío con una mirada, al encontrarse con Juan, briosa, vehemente, excitada, cantará loas a su cuerpo, ensalzará su cabello y deseará sus rojos labios iracunda, irascible. El profeta habla de viejos tiempos y nuevos dioses, de castigos y lamentos, de arrepentimiento y humildad, encara a la muchacha recalcitrante, despiadado, insultando a su estirpe y a su sexo. Herodes se maneja entusiasmado por las gracias de su hijastra, glorioso sexo envuelto en talante lírico, resplandeciente diosa convertida en carne para el deleite de mortales. Los acontecimientos se precipitan bajo la luna roja que presagia sangre derramada, que, como muerta, llama a otros muertos. Herida en su orgulloso, pero derramada en plenitud, Salomé hipnotizada por los labios de su amado/odiado hará la danza de los siete velos, para cumplir caprichosa sus embustes. Herodes dio su palabra, no puede arrepentirse, después de gozar entusiasmado de los bailes de la párvula, ejecuta sus órdenes, condenado por su propia palabra y desventura.

La tragedia de Wilde es sensual, simbólica y paródica: la luna, los pájaros, los ruidos de la noche anuncian los tormentos venideros. Varios personajes como soldados, nazarenos, romanos y gente del común, contextualiza el escenario y las ideas de aquel tiempo de reyertas y fanatismos religiosos. En ese marco, Wilde coloca variadas formas del amor, ninguna convencional y desde la óptica de la época, todas reprobables: homosexualidad, incesto, perfidia, venganza, necrofilia. La sociedad inglesa se escandaliza, como de costumbre, con la obra de Wilde; sin embargo, la estela de su obra es inmensa. Aunque el personaje bíblico apenas aparezca en escuetos versículos, es una mujer retratada con diversos matices y desde distintas perspectivas a lo largo de los siglos; fue Flavio Josefo en las Antigüedades Judías, quien dio nombre a la hija de Herodías: Salomé, recordemos que en los evangelios no se menciona su nombre. Desde ahí atravesó las edades, el medioevo y el barroco, en pinturas sugerentes, rostros malévolos o angelicales; algunas de las versiones más comentadas, y con un posible nexo a la obra de Wilde, son los cuadros de Moreau Salomé bailando y La Aparición. También Flaubert retrató con anterioridad una versión de Salomé ingenua y manipulable en “Herodías”, relato contenido en sus famosos Tres Cuentos. La Salomé de Wilde, en contraste, es ardiente y poderosa, hembra indomable y deseada, tesoro prohibido al vulgo y a los nobles, arrebatada de apetitos enfermizos urde la tetra y consigue el beso anhelado, al rozar los amargos y fríos labios de la cabeza cercenada del profeta con los suyos, exclamando al final: es más fuerte el amor que la muerte.

La Salomé de Wilde, pudo ser una inspiración para el estereotipo de la femme fatal, recurrente en el cine y la literatura. Salomé figuró en odas y poemas durante algunos decenios más, hasta casi extinguirse el interés por este personaje en nuestros días. En 1988 Ken Rusell realizó una adaptación cinematográfica titulada “La última danza de Salomé”, que incluye una metanarrativa en donde el propio Wilde asiste al estreno de su obra. Una tragedia corta que abre interrogantes sobre la representación de la mujer en la literatura, no se puede negar que, para Wilde, la superioridad masculina era incuestionable; sin embargo, se puede resaltar el interés por un personaje oscuro y casi inexplicable desde las fuentes históricas, que desplegó todo tipo de ideas e intrigas en el curso de los años, y que lejos de ser vilipendiada, podría resignificarse como un prototipo de la participación política y religiosa de las mujeres en la antigua Judea, normalmente relegadas a terceros planos. Salomé es un personaje histórico grandilocuente en la medida en que consiguió, con facilidad, lo que estaba prohibido para los hombres, temerosos ante el profeta, supersticiosos del porvenir. Salomé no tuvo miedo, ni del profeta, ni del Mesías, ni de Dios, amó con desesperó en la versión de Wilde, hasta conseguir ese beso más allá de la vida y la muerte. La polémica sigue abierta, por eso la obra se mantiene suculenta en bandeja de plata.

Fernando Endara I. Comunicador social. Magíster en Investigación en Antropología por la FLACSO-Ecuador. Director, libretista y productor del programa radial “Antropología en 35 mm” emitido por http://www.flacsoradio.ec

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