“La nave de los muertos” de B. Traven | Fabricio Guerra Salgado

Por Fabricio Guerra Salgado

En el puerto de Amberes, mientras Gerard Gales anda de juerga y furcias, su barco ha zarpado dejándolo en tierra. Sin carnet de identidad ni un centavo en el bolsillo, debe deambular por varios países de la Europa de entreguerras, al no poder demostrar documentadamente su nacionalidad estadounidense ni su oficio de marinero.

A continuación, es expulsado de una frontera a otra, malviviendo y soportando carencias de todo tipo en Bélgica, Holanda, Francia, España, siendo arrestado varias veces por su condición migratoria irregular y por viajar de polizonte en el tren. Su gran anhelo es conseguir un pasaporte u otro papel que le permita enrolarse en cualquier embarcación que lo lleve de regreso a su anhelada Nueva Orleans.

Luego de penosas esperas e inútiles trámites en los consulados norteamericanos, Gales es rechazado por los funcionarios, quienes dicen dolerse de su situación, pero concluyen que no pueden, ni deben, certificar su ciudadanía. Se convierte entonces en un paria, sufriendo los efectos de una burocratización desopilante, impuesta por la ley del dinero y la autoridad estatal, en detrimento de las necesidades elementales de las personas. 

Semanas después, en un muelle portugués, el protagonista es reclutado para integrar la tripulación del Yorikke, que parece ser el único navío que no exige credenciales. Sus marinos van llenos de mugre, piojos e inmundicia, el buque posee un aspecto andrajoso y siniestro. Con solo verlo, Gales sabe que todo empeorará si sube a bordo, pero lo hace, siguiendo alguna oscura pulsión y sellando así su aciago destino.   

Tales presagios se cumplen a cabalidad cuando es designado a trabajar en las calderas, cubriendo turnos extenuantes a cambio de un mísero salario que jamás llegará a cobrar. La comida es deplorable y el hacinamiento, indescriptible. Pronto descubre la existencia de una “cámara del horror”, en la que se encierra a los tripulantes que reclaman algún pago pendiente para que sean devorados por una colonia de ratas hambrientas.

El Yorikke es la nave de los muertos. Quienes viajan en ella, están desahuciados. No obstante, por una especie de sortilegio, se muestran dispuestos a permanecer a su lado, a irse a pique al fondo del océano con tal de no abandonarla. Profesan un amor tóxico hacia esta vieja damisela de los mares que, en épocas inmemoriales, debió haber sido una joven inocente, prostituida al poco tiempo y dispuesta a aprender todas las tretas del oficio, para terminar, convertida en la anciana alcahueta que aún se atreve a seducir a los hombres.

Entre tanto, ya sea en tierra firme o en alta mar, Gales descubre que la libertad, la solidaridad, la justicia, el progreso, no son más que palabras vaciadas de contenido, meros eslóganes utilizados por aquellos que detentan el poder político y económico para defender sus propios intereses. Al menos en el Yorikke no tiene que enfrentar el desdén de los cónsules que le cerraron la puerta en las narices, ni las miradas de soslayo de los marineros de los barcos honestos que nunca lo contrataron.

El uso de la primera persona narrativa le otorga una singular intensidad emocional al relato, el cual constituye una denuncia burlesca pero frontal de las crueldades y taras del orden occidental. Al parecer, el capitalismo rapaz, la maquinaria burocrática, la seguridad nacional y hasta la jerarquía sindical, tan solo conllevan a la extenuación de las grandes mayorías. Esas que, más allá de guerras, revoluciones o restauraciones, parecen estar condenadas siempre al naufragio.

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