Échame a mí la culpa | María Dolores Cabrera

Por María Dolores Cabrera

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

Tu mirada esquiva procura no cruzarse con la mía. Sin embargo, yo busco tus ojos. Examinas el plato y no puedes elegir cuál bocado has de llevarte a la boca. Yo espero una palabra, un gesto, algo que sirva para romper el magnífico silencio que amenaza con agrandarse y engullirnos. El silencio puede tragarnos hasta convertirnos en simples partículas, pienso. Siento miedo.

Sonrío y una tos nerviosa brota de mi garganta. Consigo llamar tu atención y no tienes más remedio que preguntar si voy a comer. Digo que no, que no tengo hambre y sigo sonriendo. Quisiera levantarme y huir, pero parece que mi blusa se hubiera atorado en el espaldar de la silla. Todo mi cuerpo está adherido, empotrado en el mueble. Debo quedarme y comento mi deseo de hacerte compañía.

Te ofrezco un jugo. Prefieres agua. El silencio vuelve a dilatarse y terminas la comida. El tiempo se contrae y el instante se acorta. No hay frases apropiadas, nada es preciso ni oportuno. Te levantas. Escucho un gracias seco y también tus pasos firmes que se alejan. Me quedo sentada y pronuncio tu nombre, Carlos. Parece que no escuchas. Lo repito con más fuerza, entonces te vuelves. Tu mirada es áspera. No hay nada de qué hablar ¿verdad? Las cosas son como son. Están ahí y puedes verlas, no es necesario que las narres. ¿Para qué describir lo que tienes frente a ti? Eso piensas, entonces te digo que no es nada.

Me quedo sola con las cosas inanimadas, llenas de prudencia, calladas y sensatas como solo ellas pueden serlo. Con la mesa y el mantel, con dos vasos y un plato. Son tan inertes como todos los muebles, como toda mi vida.

El amor está en alguna parte. Lo sé, puedo presentirlo, pero se escabulle, se desliza receloso, resbala de nuestros cuerpos, se nos escurre del alma.

En la mesa, mientras comías, quise contarte que vi a José trabajando en el supermercado, parece que empezó esta semana; no sé si lo recuerdas, pero te hablé de él. Vivía junto a mi casa antes de conocerte. Fue tan placentero conversar y recordar esos días maravillosos cuando todo era ilusión. Disfrutamos de una época llena de risas, de música de juergas. Rosa y Manuel estaban siempre con nosotros, compartimos tantas cosas, nos gustaba organizar paseos, fogatas… Rosa y Manuel eran otros amigos, creo que también te los mencioné alguna vez. Quería que sepas que José quiso tomar un café conmigo, pero, claro, le dije que no, que jamás tú estarías de acuerdo en que lo haga. Me despedí y volví inmediatamente a casa. Fue grato, ¿sabes?

Bueno, no fue posible comentártelo ahora. Mejor recojo lo que ha quedado sobre la mesa y lo dejo en la cocina, mañana tengo que lavarlo muy temprano. Tengo sueño.

Subo las escaleras. Parece que hubieras dejado una huella delante de cada paso que doy. Percibo tu olor y me sorprende descubrirlo ajeno. Llego a la habitación. Ya estás dormido.

Me acuesto cerca de ti. El sueño desaparece. Te miro y siento de pronto unas ganas inmensas de llorar. Lloro y hago un esfuerzo sobrehumano para que no escuches mi llanto. No sé si levantarme, entrar al cuarto de baño y llorar ahí con soltura. ¿Qué pasaría si me oyeras?, no lo comprenderías. Volverías a repetir las palabras de la vez pasada: “¿Qué te pasa? ¿Te hace falta algo? ¿De qué te quejas? ¡Qué sensible y ridícula eres!”. No, no quiero oírlas de nuevo. No quiero oírlas, a pesar de que tengo la respuesta para cada una de ellas.

“¿Qué te pasa?”. Pasa que me ahogo, Carlos, me ahogo. Tu dureza es como una cuerda que me aprieta la garganta, no puedo hablar ni gritar. El aire no me llega a los pulmones y me asfixio. Pasa que tu indiferencia desata una angustia que duele y palpita en el pecho, y con cada palpitación nueva, fuerte, hostil, se abre dentro de mí un hoyo que cada vez es más grande y tenebroso, y que desde mi propio interior absorbe mis órganos, mi sangre, mi carne, la misma piel. Pasa que desaparezco sin poder pedir socorro, sin que ni siquiera tú lo sepas.

“¿Te hace falta algo?”. Sí. Me hace falta una migaja de cariño, Carlos. Creo que con una migaja bastaría. Sería magnífico poder sentir tu brazo en mi hombro, una caricia de tu mano en mi mejilla, una mirada que transmita dulzura. Me hace falta escuchar de tus labios una palabra de apoyo. Sería grato que pudieras decirme que vives bajo este techo porque significo algo para ti. Porque descubriste últimamente en mí, algún valor como ser humano. Me hace falta que tan solo seques una de mis lágrimas y me pidas que no llore más porque te preocupa que lo haga, porque te duele.

“¿De qué te quejas?”. De tus palabras, Carlos. Me quejo de aquellas palabras que me humillaron, de aquellas que me hicieron sentir como el ser más incapaz e ignorante que pueda existir en el universo. Hubiera preferido soportar el ardor que produce una bofetada en la cara, antes que la laceración que me causaba en el alma el convencerme de que en realidad yo era lo que tú decías: Una perfecta inepta, torpe hasta el extremo, simple y estúpida. Me quejo por cada vez que despreciaste mi comida, aquella que te preparaba con ilusión, con cariño. Me quejo por cada vez que me recordaste que no era nadie, que no me preparé, que era menos que tú por haber elegido unirme a tu vida antes que capacitarme para enfrentar la mía. Me quejo por tu desconsideración, Carlos. Por no reconocer mis esfuerzos, mi trabajo diario. Me quejo por no haber recibido nunca un gracias amable a cambio de una camisa bien planchada o un pantalón limpio. Me quejo de tus ironías, de tus burlas cuando me arreglaba para intentar agradarte.

“¡Qué sensible y ridícula eres!”. Sensible y ridícula. Claro que lo he sido. Sensible porque mi alma es blanda. Porque soy capaz de amar, porque soy capaz de ofrecer ternura. Porque de mi boca pueden salir palabras cálidas que brinden afecto y apoyo. Porque puedo llorar. Porque siento cómo vibra mi interior, como late mi corazón y lo disfruto. Ridícula he sido ante tus ojos y yo lo he permitido. He sido ridícula frente al hombre al que a pesar de todo he amado, Carlos.

Aún duermes, ni siquiera te has movido. Roncas. Posiblemente sueñas. Piensas que mañana despertarás y tendrás un desayuno perfecto servido en la mesa del comedor, que me verás en bata de cama, callada y sumisa. Que tu mal genio y tu prepotencia producirán en mí una sonrisa nerviosa que vas a odiar una vez más.

No más lágrimas, las últimas las retiro con las yemas de los dedos. Siempre tuve miedo de que llegara este momento, ¿sabes?, pero creo que llegó y el temor se achica. Me siento fuerte y decidida, Carlos.

En verdad me alegro de no haber tenido que refugiarme de nuevo en el cuarto de baño para poder llorar. He podido mirarte y pensar con claridad, pensar en el respeto que merezco de mí misma, en el valor que debo atribuirme. Te miro por última vez. Me incorporo despacio, sin hacer ruido. Saco mis cosas del closet. Las guardo en una maleta chica que tengo bajo la cama, solo lo indispensable. El silencio es mi aliado. Siempre sentí pánico frente a la soledad, ahora me llama, me ofrece una seguridad que me asombra. Me voy.

Que a dónde iré, preguntarías si estuvieras despierto. No lo sé, pero de todos modos ni el silencio de la noche, ni el frío, ni el peligro, y ahora ni siquiera la soledad son tan amenazantes como tu dominio y tu desdén. Creo que la misma muerte sería más saludable que la agonía de permitir tu opresión, encontraré un lugar, ya lo verás. En el mundo debe haber un espacio para mí y si no está cerca, lo buscaré en el horizonte, en el mar o más allá de las nubes. No dejes que la sábana se te escurra del cuerpo, a pesar de tu aparente fortaleza puedes resfriarte. Me gustaría que dejaras de fumar, debes cuidar un poco más tu salud. No te olvides de apagar el televisor antes de quedarte dormido, Carlos, o vas a renegar de la cuenta de luz a fin de mes.

Ahora, los platos quedan sucios dentro del lavadero de la cocina. Échame a mí la culpa ante los demás. Recuerda la canción, Carlos. Habla con tus amigos, con tu familia y cuéntales que “fui lo peor”.

Camino hacia las escaleras. Antes de bajar, me miro en el espejo que está en la sala de descanso. Me miro por última vez. Aquella no soy yo. El recuerdo que tengo de mí es otro. ¡Cómo he cambiado!, no sé cómo José pudo reconocerme. Debo buscarme a mí misma, debo encontrarme, debo volverme a amar.

Bajo. Abro la puerta y salgo. Afuera corre viento, un viento fuerte, áspero. Una leve llovizna me roza la piel. Camino calle abajo con mi maleta y me pierdo dentro de la oscuridad. Mis pasos no se detienen, aunque quizás mañana lo hagan frente al supermercado y yo decida aceptar ese café.

Carlos, olvidé decirte que tu madre llamó el día de hoy. Nos espera a almorzar mañana. Dile que estoy cansada, muy pero muy cansada y que no iré.


María Dolores Cabrera (Quito, 1962). Estudia en su ciudad natal y en 1984, egresa de la carrera de Psicología Clínica. Posteriormente, ingresa como miembro del Taller Literario conducido por Abdón Ubidia, destacado escritor ecuatoriano. Luego, años más tarde en 1998, publica su primer libro de doce cuentos titulado Mas allá de la piel; en el año 2010, un segundo libro, también de doce cuentos: De nuevo tus ojos. En el 2012 presenta su primera novela, Te regalo mi cordura; en el año 2016, una nueva novela con el título Cuando duermen los Jilgueros, en el 2018, la novela: Pinceladas (Bosquejo de un trastorno). Recientemente ha retomado el cuento con Siempre de azul (2021).


Foto portada tomada de: https://bit.ly/3Gg2vIb

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