Una experiencia sobrenatural | Graciela Enríquez

Por Graciela Enríquez

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde Argentina)

Era un día frío. A media mañana los árboles de la plaza bailaban muy alegres, ese zarandeo iba cruzando de copa en copa. Las ramas se sentían libres de expresarse como quisieran. Los juegos solitarios estaban quietos e inertes, nadie jugaba con ellos. Las hamacas dominaban al viento y comenzaron a llevar el compás, con armonía y timidez, al son de la danza de los árboles. En frente había una escuela con un jardín de infantes y un primario. Era sabido que, para el medio día, la plaza se llenaría de niños e invadirán los juegos.

Las horas iban cruzando entre ese viento muy frío y una muchedumbre que transitaba, sin ni siquiera pestañear hacia la plaza. El mediodía llegaba y algunos niños desde adentro del establecimiento, se colgaban por las ventanas, mirando si los vinieron a buscar.

Chillidos, murmullos, risas y los ajetreos de toda salida de un colegio. Varios irrumpieron en esa salida con alegría, corriendo a los brazos de quienes estaban esperando por ellos. Unos subieron al micro escolar, otros a sus coches propios, más allá los que se iban caminando. Ya casi no quedaba nadie del turno mañana e iban llegando los empleados y maestros del turno tarde. Algunas maestras se quedaron en el aula, porque seguían dictando clases por la tarde. Y dos de ellas muy apuradas porque el clima ya estaba muy feo, con un beso y un “Hasta mañana”, se separaron cada una por su lado. Una de ella con su caminar mecánico y rutinario, ida en sus pensamientos, cruza en frente, que daba a la plaza solitaria. Es que iba a tomar el colectivo en aquella parada. Y se dio cuenta que una fuerte tormenta se avecinaba ferozmente, cabalgando en el viento, con el aire pesado y frío y más allá en los cielos, escondida entre nubes grisáceas, oscureciendo todo el lugar. Se sentó en un banco, porque sintió una puntada en el pecho, creyó que si se quedaba quieta se le iba a pasar. De pronto se sienten truenos y relámpagos, chipoteando a su derredor, por encima de los árboles. El lugar fue enrareciéndose y su mundo se acababa en aquel mismo instante. Las arenillas de la plaza llegaron hasta sus ojos incrustados en ellos, quedando semi ciega, parpadeando para ver de nuevo como siempre. Cuando…Un rayo… Cayó sobre un árbol que estaba a su lado. Una helada sensación y extraña Electricidad se apoderó de sus extremidades la que sacudió todo su cuerpo dejándolo caer, sin avisar. Y así, sin saber cómo, se encontraba tendida en la arena de la plaza en pleno Mediodía. Nadie absolutamente nadie, observó el hecho, hasta mucho después.

¡Yacía en el suelo! Mientras esto ocurría, a la vista de los que pronto se darían cuenta, que ella estaba allí. Otra era la historia dentro de ella. Pues, le fueron aconteciendo varios sucesos extraordinarios, casi sobrenaturales. Salió de su materia viva, y pudo volar muy, muy alto, llegando a las copas de los árboles. Luego parecía que iba a chocar con los edificios y los traspasaba como sí nada. Caminaba por las veredas, pero era raro, rápido, aún no entendía que pasaba.

Se asombró por lo que podía hacer.

En segundos estaba en un sitio y luego, casi al mismo tiempo en otro. Hasta que penetró a través de unas personas, que iban sumergidas en si mismas. Una cadena de plata muy, muy larga la sostenía de la cintura, si bien iba hacia donde quería, tampoco se sentía que era libre. Porque la tenía sujeta a su cuerpo terrenal. Al paso que se alejaba de la plaza, se acercaba a su infancia y juventud. A su primer amor y su primer desamor, a la primera vez que le contaron que era la muerte y ver un cuerpo sin vida, de un ser querido. Fue allí donde se sobresaltó.

Y viendo todo ese pasado con sus aciertos y desaciertos, pensó en que debía cambiar ciertas formas de actuar. Pero cuando quiso seguir hacia adelante la cadena de plata brilló, y mucho, haciéndola retroceder hasta la plaza. Ahí vio su cuerpo aún desmayado, casi sin pulso y con muy poca respiración. Atinó a ir a buscar ayuda, entró en el colegio, todos iban y venían, las aulas con niños ya del turno tarde estudiando.

¿Cómo no la vieron tirada en el suelo?

Pero tampoco nadie, allí, la podía ver. Corrió a la avenida y se dirigió hacia el otro lado, del que había ido anteriormente. Y se encontró, con un futuro con posibilidades para realizar sus sueños y otro no muy alegre. En ese instante escuchó una voz, sin poder ver a nadie, aunque era dulce y calma. “Nada de esto puede llegar a ser”, o tal vez, “Pueda suceder”, “Nada aún está escrito”. Y dejó de escuchar.

Nacimientos y muertes, alegrías y tristezas, todo o nada, era posible.

El temor a lo incierto hizo que la cadena volviera a brillar. La sacudió a la plaza, una vez más. Del cielo se desprendía una copiosa lluvia, iluminado por los rayos y centellas. ¡No cesaba! Su cuerpo se estaba helando cada vez más. Y la cadena intentó brillar fuerte como al principio, pero no pudo, ahora era una luz que se iba esfumando en la nada. Y tampoco la sentía pesada, como cuando entró en esta experiencia extraordinaria. Al contrario, le resultaba liviana y Lloró; lloró mucho, se desesperó, se llenó de pánico y emociones, que la quebraron en espíritu. ¿Seguir… o… No regresar?… Pensaba

Cuando sintió un murmullo de voces “Mabel, Mabel, Mabel”, primero lejanas, luego más cercanas.

Fue cuando decidió soltarse de la cadena de plata. Pero otra voz aniñada gritó “Mamá, mamita quédate conmigo”. Se volvió a sacudir, se estremeció y súbitamente saltó a su materia terrenal.

Justo unos segundos antes, que la cadena de plata caía, dejándola libre. Ella, otra vez, estaba de regresó. La cadena de plata volvió a brillar.


Graciela Cecilia Enríquez (Buenos Aires, Argentina), escritora. Dirige un diario literario mensual donde son invitados especiales escritores y poetas como artistas en general. Columnista en @posdatadigitalpress. Su obra forma parte de varias antologías nacionales e internacionales desde hace 3 años. Libros publicados: Cuentos de hadas y fantasías (2017), Ela… La heredera (2018), El indigente y otros cuentos (2019). En poesía: La verdad no se puede esconder (2020). E-mail: enriquezgraciel9@gmail.com. Instagram: @gracielaenriquez5


Foto portada tomada de: https://bit.ly/3umluwj

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