El tiempo del reloj | María Dolores Cabrera

Por María Dolores Cabrera

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

Yo me perdí, sin querer, en tu pasado y tú te extraviaste, igual, en mi futuro.

Las horas del día pasan inútiles. Las manecillas del reloj que tengo frente a mí avanzan lentas, se asemejan a la agonía de un Cristo que miro de reojo cada vez que me siento en este lugar. Está colgado en la pared del vestíbulo, me aterra pensar que el avance hacia su fin es imperceptible. Parece pasmado en el dolor. No logra encontrar la muerte. Al menos, las manecillas se consuelan con llegar cansadas hacia la hora más oscura de la noche, tienen el vago anhelo de poder descansar, pero no se detienen a pesar de la quietud que brinda el crepúsculo; están condenadas a seguir viviendo. Aborrezco mis latidos y el reloj en este instante porque son iguales.

Me levanto del sofá. Allí he permanecido por horas. He escuchado la misma canción a pesar de sonar tan repetida en mis oídos, me permite hurgar en los rincones de mi interior. Camino hacia la ventana y, con un movimiento leve, recorro apenas unos centímetros la cortina. Pongo frente a mí la oscuridad; me tienta con un raro afán.

Suelto entonces la cortina. Tomo mi abrigo. Me dirijo a la puerta, la abro sin pensar en un objetivo. Salgo.

Un delicado viento fresco me estremece y me satisface a la vez. Me sorprende encontrar la calle más vacía y más fría de lo que imaginaba, pero continúo. Respiro profundo aquel aire nacido recién de la noche.

Avanzo cuadra tras cuadra, la calle parece eternamente desierta y larga. El adoquín de la vereda se ve quebrado, maltratado por el tiempo, al igual que el asfalto de la vía. Zanjas. Pequeños montones de basura que parecen incoloros por el espesor de la neblina. El poste soberbio que sostiene un foco encendido como un favor. De vez en cuando, un olor desagradable. Palabras escritas en los muros como si fueran gestos de caras amordazadas. Sigo asombrado de no encontrar a nadie, ni un vagabundo, ni una mujerzuela, ni siquiera un perro.

El frío aumenta. La niebla cubre la ciudad; esconde a medias las luces de las casas, los tejados que parece que se desvanecen frente a mi andar y una madreselva aferrada a un tapial de piedra, como yo a la idea de tener a Adela junto a mí.

Comienzo por temblar. No sé si es por el frío que ha aumentado o por el temor insulso que me causa no divisar el fin del sendero.

De repente, tengo la sensación de no haber estado nunca allí. Me confundo. No identifico la calle que escogí para transitar, pero mi curiosidad es más grande que la desconfianza que me produce lo que está ocurriendo y me empeño en continuar.

La oscuridad aumenta. Me abraza una tiniebla yerta y amenazante.

De pronto, y como tantas otras cosas inexplicables que yo he vivido, la calle deja de ser calle. De súbito veo un túnel interminable, como mi mente. Siento escalofrío. Me vuelvo para emprender el regreso y comprendo que no hay retorno; el túnel tiene iguales características y dimensiones tanto hacia adelante como hacia atrás.

Me detengo al oír un ruido vago. Arrincono mi espalda hacia un costado de la pared. Escucho una voz que susurra, no sé si llora o canta y no sé tampoco si me acobarda más o me tranquiliza.

Avanzo unos pasos guiado por cierto calor humano. Me agacho. Mi mano roza una cabeza pequeña. Constato con ternura que es un niño. Un niño con un pelo de corte antiguo, como lo usábamos hace más de treinta años. Al acercar su cara frente a mis ojos, puedo ver con mucha dificultad, un brillo de manzana en la piel del rostro, el mismo que lucíamos orgullosos luego de que mi madre nos untaba su crema casera para protegeros del sol y del viento del verano. No entiendo la finalidad de todo esto, me vuelvo incrédulo y lo palpo.

Él se calla. Yo le hablo. Él continúa callado. No responde a mis preguntas de quién es y de qué hace en este lugar.

Lo abrazo. Le digo mi nombre y movido por un instinto que me identifica con él, le cuento parte de mi vida. Intento explicarle algo de mi forma de andar por este mundo, de mi necedad sin límite por buscar lo que anhelo, por recuperar lo que he perdido, por querer borrar la realidad que me separa de Adela, por ignorar el abismo que me aparta de ella y desde cuyo fondo nace la impotencia que me impide detener las manecillas de ese reloj que tanto detesto y que hacen pasar el tiempo sin que pueda conseguir lo imposible, la realización de mis deseos.

Ahora él sabe que el avance de las horas tan solo logra que mi agonía se asemeje a la del Cristo del vestíbulo y le platico de la sensación que me produce el mirarlo. Se confunde al oír que, en un momento repentino, la alegría de mi esperanza se revuelca y se confunde con la tristeza de mi fracaso. Y a pesar de ser solo un niño, le hablo de Adela, le describo su pelo, sus ojos, la calidez de su piel desnuda, la carnosidad de sus labios, la tibieza de su sexo. Le cuento del amor prohibido, de lo que implica vivirlo, del dolor, del pecado, de cómo es que aún fluye la pasión en mi sangre…

Me quedo callado, parece que el pequeño se ha dormido. Lo llamo, pero no me responde. Sigue en silencio e inmóvil. Tengo la sensación de haberlo perdido como perdí mi infancia, mi juventud, todo mi pasado.

Lo acomodo en una esquina de la acera subterránea y lo dejo descansar en paz. Me saco el abrigo. Lo cobijo. Le acaricio una mejilla y me marcho.

Miro mi mano. Dudo. No sé si tuve contacto con él en realidad. Ya no lo veo. Quizás la memoria personificó ante mis ojos el recuerdo de mi niñez extraviada, me digo.

Camino y camino. Voy dejando atrás, dormida en un rincón, la pureza y la inocencia del niño triste y solitario que algún día fui. El túnel no tiene fin. Esta noche no tiene fin. Mi vida no tiene fin.

El pensamiento de Adela impide que me detenga. Escucho muy adentro de mi mente, la repetida canción que me enlaza a su recuerdo. Se agiganta mi necedad por encontrarla. Desesperado, intento salir. Grito su nombre. Un alarido se estrella en las gruesas paredes de la oscuridad y regresa de nuevo hacia mí.

Comprendo entonces que ella nunca me oirá porque está fuera, fuera de este túnel del que yo ya no saldré jamás mientras el tiempo sea tiempo y el reloj imparable, que está frente al Cristo del vestíbulo, controle la eternidad de su agonía y de la mía, y siga siendo un reloj.


María Dolores Cabrera (Quito, 1962). Estudia en su ciudad natal y en 1984, egresa de la carrera de Psicología Clínica. Posteriormente, ingresa como miembro del Taller Literario conducido por Abdón Ubidia, destacado escritor ecuatoriano. Luego, años más tarde en 1998, publica su primer libro de doce cuentos titulado Mas allá de la piel; en el año 2010, un segundo libro, también de doce cuentos: De nuevo tus ojos. En el 2012 presenta su primera novela, Te regalo mi cordura; en el año 2016, una nueva novela con el título Cuando duermen los Jilgueros, en el 2018, la novela: Pinceladas (Bosquejo de un trastorno). Recientemente ha retomado el cuento con Siempre de azul (2021).


Foto portada tomada de: https://bit.ly/3JoFdQt

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s