Las manos | Jorge Eduardo Alcalá

Por Jorge Eduardo Alcalá

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria desde México)

I

La lógica de las hermanas de Arturo era impecable: no hay que construir sin antes haber pensado antes qué se va a construir, y a la vez es imposible pensar en qué construir si no se tiene un avance. De esa manera, el movimiento es imposible, la cadena de acontecimientos que van desde los planos a la realidad se ve interrumpida por la razón y sus paradojas circulares. El mundo entra en una espiral de sinsentido que solo lo imprevisto puede corregir.

No sé por qué estas chicas no se dedicaban a dar clases de lógica en la escuela secundaria que estaba a dos cuadras de su casa porque la docencia era lo suyo y aceptaban dulces como pago por lecciones de piano a puerta cerrada, donde los estudiantes interpretaban desde las piezas más sencillas hasta algunas otras complicadísimas como las atonales de Béla Bartók, para las que tenían que desafinar a propósito el instrumento y reafinarlo después, utilizando complicados matraces Erlenmeyer y diapasones de Bohemia. Nadie, ni siquiera el papá de Arturo, podía ingresar al estudio de sus hermanas.

Por lo misma teoría lógica inestable y dinámica, la casa de Arturo estaba siempre en obra inacabada. Entraban y salían por una única puerta en fila india albañiles, plomeros y matacuaces cargados de bultos enormes de cemento y largas varillas, y más tarde niñas de falda amplia y trenzas dobles, niños y jóvenes perfectamente bien peinados y estudiantes ya mayores, tan flacos por no comer que casi desaparecían, decididos, no obstante el hambre, a escalar hacia la gloria y tocar algún día con la sinfónica o en el extranjero, como solistas, cada uno de ellos cargado de una bolsa de caramelos o una caja de bombones.

El papá, por su cuenta, no tenía tiempo para nada. Iba de aquí para allá con sus clientes, esquivando montecitos de cemento y agua para la fragua de un potencial, pero aún no autorizado segundo piso, y acariciando la cabeza de los innumerables aprendices de piano que, como mariposas, flotaban por un momento en su casa y después desaparecían, saliendo por la puerta llenos de orgullo porque finalmente habían dominado algún preludio simple o la más difícil polonesa de, obviamente, Chopin.

Creo que una de ellas se llamaba Nidia o Nuria o ambas y la otra Nancy o Valeria o tal vez Patricia. En casi todo eran opuestas, incluso en la enseñanza del piano. Nuria o Nidia —por decirle así—, comenzaba a enseñar tapándole los ojos a los estudiantes y llevándolos de las notas graves a las agudas; Patricia-Valeria, por su parte, les colocaba unas orejeras aislantes del ruido y los llevaba a sentir la vibración de las teclas blancas por medio de las yemas de los dedos. Nidia (Nuria) era espigada y de nariz fina y siempre vestía faldas que ondulaban con el viento; Patricia-Valeria era baja y usaba suéteres de cuello de tortuga y jeans. Nuria (Nidia) era obsesivo compulsiva; Patricia-Valeria buscaba la iluminación por medio del budismo zen. En lo único que coincidían era en que no se podía construir nada si no había planos y que para hacer planos había que cimentar previamente, y para cimentar, eran necesarios los planos.

Un día que Arturo me invitó a su casa y después de que esquivara a tres o cuatro hombres de casco, me di cuenta de que justo al lado de la fila de estudiantes había una ventana tosca que daba al estudio donde enseñaban Nidia (Nuria) y Patricia-Valeria. Más tarde, ya casi de noche, después de que él y yo nos despidiéramos, cuando ya los obreros dormitaban —yo no sabía, pero a algunos de ellos se les permitía dormir en la casa—, me acerqué a la ventana y me asomé. Alcancé a ver dos cosas antes de que una mano larga, café y arrugada cerrara las cortinas: una mesa de madera en la que había fruteros con plátanos, peras y otras frutas —todas echadas a perder— y, en el enorme piano, unas partituras goteando, aparentemente, sangre.

Quisiera decir que el viento ululaba y que salí disparado de allí antes de que un espectro me tocara la espalda, pero lo que ocurrió fue más mundano: el papá de Arturo me dijo “Hijo, ten cuidado”. En una de esas te quedas aquí para siempre, tomando clases de piano con ese par de locas.

—Yo…

—No te apures. Solo ten cuidado. A las diez de la noche comienzan las “clases avanzadas”.

Esto último lo dijo mientras miraba hacia los lados, asegurándose de que nadie lo escuchara.

Yo miré mi reloj. Eran 9:54.

—Mejor me voy.

—Sí, hijo. Mejor.

 Un carpintero y un operador de maquinaria jugaban cartas junto a una fogata que habían improvisado con vigas sobrantes del que tal vez sería el segundo piso de la casa. No muy lejos, el arquitecto los vigilaba sentado en una alfombra especial, con los brazos y las piernas cruzadas, en una posición muy parecida a la flor de loto.

II

Julio fue largo y complicado, lleno de sentimientos veraniegos, que de acuerdo con los poetas clásicos que nos enseñaban en la escuela, son el ensimismamiento, el amor y el vértigo. Y en nuestro caso tenían razón: tanto Arturo como yo andábamos por la vida sumidos en reflexiones íntimas, intentando descifrar los misterios de la existencia que iban más allá de nosotros, con la vista puesta en las nubes que cambiaban de forma sin orden aparente, inventando respuestas a preguntas que estaban a punto de hacerse, pero que no tenían más articulación que una vaga sensación de que nadie nos entendía, ni siquiera nosotros mismos.

Varias de esas tardes, ya que había cruzado la puerta principal de la casa, caminé más lentamente para asomarme por unos segundos a la ventana desde donde se podían ver la naturaleza muerta y las partituras, que de día aparecían limpias, y de noche, ensangrentadas —me di cuenta de eso al asomarme a la misma ventana cuando regresaba a casa, nunca más allá de las nueve y media para no tener que enfrentarme a Don Arturo o a las tétricas manos—.

Algunas veces pude ver a Patricia-Valeria muy seria, colocándole orejeras a sus estudiantes con esmero y paciencia, como si estuviera cumpliendo una tarea en un monasterio, y a Nuria (Nidia), tapándole los ojos a los suyos, con violencia y a gritos. Los métodos de enseñanza, supuse, se alternaban y yo sacaba mis propias conclusiones e imaginaba los diálogos de Patricia—Valeria:

—Quítate las orejeras un segundo, por favor. Mira, vas bien, te falta coordinar las notas al cambio de compás y sentir el comienzo del preludio. Repítelo y repítelo hasta que lo logres. Siente la música. Fauré estaba pensando en el contraste entre lo eterno y lo fugaz. Tómate unos minutos para que memorices mentalmente los movimientos de tus dedos. Mira con calma este frutero y fíjate cómo pasa el tiempo, cómo se marchita la realidad…

Y los de Nidia (Nuria):

—Eres un imbécil. A tu edad, Claudio Arrau ya tenía el repertorio barroco dominado y tú no puedes ni siquiera con el Claro de Luna. Vas que vuelas para ser un fracasado, ¿eh? Y ni se te ocurra destaparte los ojos. Repítelo y vuélvelo a repetir. Te prohíbo, ¿me entiendes? Te prohíbo irte de aquí hasta que te salga bien, así te sangren los dedos al intentarlo.

Eso explicaba el frutero y las partituras. Pero estaba seguro de que había algo más. El papá de Arturo me había dicho de las clases avanzadas y de quedarme allí para siempre y, además, por obvio que pareciera, las manos aquellas tenían que pertenecer a alguien. Y, por cierto, no había rastro alguno de los dulces que los estudiantes llevaban a Nuria (Nidia) y a Patricia-Valeria: las bolsas de caramelos que llegaban en cantidades cada vez mayores desaparecían sin motivo aparente. Los albañiles barrían toneladas de polvo de cemento y jamás vimos envolturas de bombones en los botes de basura.

Lo que ocurría me dejaba con una certeza amarga entre los labios: una bestia nocturna de manos largas que parecían raíces reptaba por el estudio, alimentándose de azúcar, en medio de una casa que estaba en obras cada vez más caóticas, y que jamás se consideraría terminada, como un bosque que poco a poco se erosiona hasta convertirse en un páramo de grava y maderos de segunda mano. Arturo se evadía de la situación haciendo tareas y mirando las nubes.

Un día, a mitad de agosto, me quedé mirando a media tarde con piedad y compasión la fila de estudiantes sin más propósito que el de esperar a mi amigo para ir juntos a la nevería. En la puerta del estudio un letrero anunciaba que uno de los alumnos había interpretado perfectamente los ejes de simetría de Bartók, y que, por lo tanto, el siguiente sábado se suspendían las clases y pedía, aparte de los dulces, matraces Elrenmeyer y agua destilada, para afinar el piano.

El papá de Arturo se acercó a la fila de estudiantes y les dijo

—Chicos, hagan de cuenta que hoy es domingo. No hay clases. Dejen los caramelos en aquella carretilla.

Yo también iba a irme, pero me tomó de un brazo y me detuvo.

— Por favor —me dijo—, ayúdame. No puedo permitir que este desorden cobre más víctimas.

—Pero… yo… Yo lo único que quiero es ve a Arturo… mejor me voy.

—No, espérate. Tal vez no te has dado cuenta, pero te tengo un apego especial. Eres el único que viene a la casa sin más interés que nuestra amistad… y eso lo valoro mucho. Por favor, ayúdame. ¿Recuerdas que te dije que había lecciones avanzadas?

—Sí.

—Pues se están saliendo de control. Y no quiero perder a mis hijas. Y mis clientes se están poniendo nerviosos. Por eso necesito que vengas conmigo: porque es un asunto de confianza. Van a ser unos pocos minutos.

—¿Y su hijo?

—No hay problema. Él está a salvo. Nunca la interesó ni la música ni la construcción. Mucho menos cultivar árboles con conciencia espiritual. Él es feliz creyendo que hace tareas. Y tú has sido muy buen amigo haciéndole creer que todavía va a la escuela. Pero esto no puede seguir así.

Me di cuenta de pronto que, en efecto, Arturo no había asistido a clases en los últimos meses.

— Está bien… ¿y qué quiere que haga?

—Vente a las 11 de la noche… Aquí te espero.

—¿Traigo algo?

—Vamos a necesitar picos y palas, pero se los pedimos prestados a los muchachos aquí en la obra. Les diría que me ayuden, pero no quiero que tomen esto como pretexto para retrasar más los trabajos. Me urge terminar.

—Sí.

—Y caramelos y agua, mucha, pero de eso me encargo yo.

Eran las cinco de la tarde. Me fui a mi casa a dormir y a pensar que me esperaba una montaña de horas muy complicada de remontar, más aún, porque yo carezco de valor y de habilidades como alpinista.

A las 10:50 estaba yo de vuelta en casa de Arturo. La noche se sentía líquida, casi como el mar, y el viento ligero hacía las veces de marea.

III

Patricia-Valeria meditaba en un rincón del estudio y de sus manos salían ramas que se conectaban con las de otros árboles, unos con orejeras y otros con vendas a la mitad del tronco. Una de esas ramas-manos había cerrado la ventana semanas atrás. Una compleja red de tubos y matraces regaba por goteo a los árboles y los mantenía atentos a la pieza que la estudiante tocaba desaforadamente en un piano lleno de sangre. Poco a poco, la estudiante tocaba con menos velocidad para convertirse en uno más de los árboles.

—Mis niñas —dijo el papá de Arturo, y dejó recargado en una pared uno de los picos que habíamos usado para entrar al estudio—. No entiendo. ¿Qué les pasó?

Nidia (Nuria) lloraba sin parar en la mesa de las naturalezas muertas, con un libro de autoayuda entre las manos.

Don Arturo sacó de su mochila varios kilos de azúcar y un garrafón de agua y los puso en el matraz principal, lo que provocó que se acelerara el trasvase y la destilación. A los pocos segundos, la música aumentó de volumen.

—Esto es mucho más delicado de lo que pensaba. Me dijeron que las clases eran metafísicas, pero no esperaba tanto desorden — también echó a llorar y a los pocos segundos me miró.

—¿Qué podemos hacer? ¿Qué se te ocurre?

Don Arturo era un pobre hombre que buscaba en mí —un niño— un asidero. Yo quería largarme de allí, patear una pelota de futbol o aprender a jugar cartas. No pude: un miedo que venía de lejos me mantuvo allí, mirando el lento avance de las ramas por las paredes. Sentí frío en la espalda.

—Señor, mejor vámonos.

—¿Y ellas?

—Hable con ellas mañana, señor.

—Sí, tienes razón. Habrá que derrumbar esto y empezar de nuevo. Qué tristeza… si viera esto, su difunta madre me mataría. Esto tiene remedio, esto tiene remedio…

Salimos casi a media noche. Don Arturo lloraba en mi hombro, como lo hacen los hombres de verdad.

Ya en mi cama, sentí cómo una fuerza cósmica, una criatura mística me llevaba hacia un lugar de paz y en un momento le pude ver el rostro: era el arquitecto de la obra inacabable. Me susurró en secreto que el cemento era en realidad polvo de estrellas.

Septiembre fue increíble, en muchos sentidos. Nuria (Nidia) comenzó a ir a terapia y creció un bosque lleno de melodías en la casa. Cada mes, con éxito creciente, organizaban un recital para los familiares de los árboles, con el piano en el medio del jardín. Las manos de Patricia-Valeria quedaron como ramas, a la mitad entre un ser humano y un árbol y ella las presumía, porque decía que eran una evidente evolución hacia la iluminación.

Patricia-Valeria, Nidia (Nuria) y el Arquitecto entablaban largas discusiones acerca de qué sería primero, si los planos o los cimientos, con argumentos muy similares a los usados en la polémica del huevo y la gallina. Mientras tanto, el papá construyó él solo habitaciones especiales para que los obreros durmieran allí y no a la intemperie y un almacén pequeño para instalar el dispositivo de destilación y riego para el pequeño bosque.

En enero, Nuria (Nidia), Patricia-Valeria, Arturo y su papá enfermaron de silicosis y a los pocos días hubo que internarlos en el hospital. Los obreros les hicieron una sentida despedida y se retiraron a paso cansino hacia nuevas obras ante el incierto futuro. Los clientes de Don Arturo, ataviados con abrigos largos y sombreros de copa, organizaron jornadas de oración por su salud, que se rezaron llenas de fe y buena voluntad.

Los árboles con conciencia espiritual aún tocan Chopin y Shostakóvich en el piano, pero ya no interpretan melodías atonales, porque no hay quien lo afine. Yo los escucho cuando voy de camino a la escuela secundaria. Por las tardes, coloco un kilo de azúcar y agua en los matraces, para que la máquina siga funcionando. Los sábados, cuando estoy triste, abrazo a los árboles, y siento cómo me abrazan de vuelta con sus manos nudosas y con su aroma almibarado. ¡Ah, los recuerdo todavía como estudiantes!

Mañana voy a ir al hospital a visitar a la familia de Arturo. Estoy pensando en llevarlos de regalo frutas de cera, porque esas no se marchitan nunca.


Jorge Eduardo Alcalá (México, 1967). Estudios de posgrado en Humanidades por la Universidad Anáhuac. Es autor de El Corazón del agua, thriller esotérico que propone un universo narrativo arraigado en la Ciudad de México, rescatando una de sus múltiples historias fantásticas: el demonio que escapó de la Catedral, preso desde 1633. También es autor de Viajes en el tren de los deseos, editado en España por la Editorial AMG, (ganador del premio de Narrativa Bretón, 1997) y de Sin Justicia ni Gabrielas desnudas (editora Groppe, Guadalajara, 2017). Su obra ha sido publicada en distintas antologías y revistas como El Cuento, La Otra, Páramo, en la revista Anarquista Solsticio y en la Antología de cuento fantástico 2019, Mujer que teje de noche (Editorial Cuentacuentos, Guadalajara). Desde 1993 ha impartido talleres de creación narrativa en los museos Carrillo Gil, Franz Mayer y en distintos centros culturales. En 2022 publicará El corazón del tiempo, un segundo thriller esotérico que documenta los aspectos sobrenaturales de la visita a México del último emperador de Etiopía, Haile Selassie, en 1954. La Trilogía de los corazones concluirá con El corazón de San Patricio, actualmente en diseño y documentación. Direcciones: Facebook.com/elcorazondelagua. Instagram: @elcorazondelagua


Foto portada tomada de: https://bit.ly/3pwa6eu

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s