Un hombre de piedra | María Dolores Cabrera

Por María Dolores Cabrera

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

Abro los ojos. Una sensación de mareo y de escalofrío me recorre por la piel y por los huesos. Siento los párpados hinchados. La luz del sol no me deja ver y la rechazo con enojo. Me incorporo y me doy cuenta de que estoy en la banca de una parada de transporte público. Poco a poco se aclara mi vista. Detrás, hay un parque pequeño con plantas mal cuidadas y yerba crecida. Miro de reojo al poste de luz que tal vez, la noche anterior, me alumbró generoso. Una pareja trota con audífonos en los oídos. Un perro flaco se detiene unos segundos para mirarme; quizás espera algo de mí, pero desiste porque intuye que soy un ser humano raro, diferente. Se va. Consigo ponerme de pie. Me tiemblan las piernas. Una señora que carga una funda se para junto a mí; también un muchacho con un niño. Entiendo que un autobús llegará pronto y ellos lo abordarán. Me ignoran como suelen ignorar a los mendigos o a cualquier ser vivo cuyo destino no es importante para los demás. No sé dónde estoy y no me atrevo a preguntar.

Camino y me alejo un poco del sitio en donde me he despertado sin saber quién soy ni de dónde vengo. Desconozco mi edad y me asusta mucho mi situación. Tengo que vencer el miedo y preguntar. Pedir ayuda. Explicar que perdí la memoria y me extravié. Quizás tengo familia y me buscan. Recorro un poco más. Mi ropa no es de un indigente, tampoco se ve fina o cara. Debo ser un tipo común y corriente al que le drogaron para robarle. Meto la mano en el bolsillo del pantalón marrón que llevo puesto y no hallo nada. Ninguna identificación, ni dinero, ni algún llavero o un recibo, nada que me ayude a recordar mi nombre. Una mujer de mediana edad camina en dirección contraria a la mía y le digo:

—Buenos, días. Disculpe. Necesito ayuda, creo que estoy perdido y no recuerdo…

Antes de que yo termine de hablar, ella acelera el paso con temor de ser asaltada por mí.

Yo continúo por la vereda, pero cada vez con más temor. Empiezo a sudar, no por el calor del sol sino por el temor a no recordar, a no volver a saber nunca quién soy, a mi destino, a no tener un techo ni comida. A morir.

Avanzo unas cuadras. Doy la vuelta en una esquina y llego hasta el portón de una cafetería. Entro. Saludo y una mujer asombrada alza la mano para saludarme. Está sentada y desayuna con alguien más. Me asusto pues pienso que me ha reconocido. Me apresuro e intento acercarme para preguntarle si me conoce, pero antes de lograr mi objetivo escucho una voz que viene desde la barra del local:

—Señor Méndez —volteo y un hombre con delantal blanco me mira directo a los ojos y continúa—. Señor Méndez… ¡Se extravió otra vez! Siéntese y espere. Voy a llamar a su esposa para que venga a recogerlo. Parece que en esta ocasión se alejó demasiado. Lo buscaron hasta altas horas de la noche. Incluso con un patrullero, pero yo cerré el negocio a las 23:00 horas y usted aún no aparecía. Qué bueno que ha regresado.

Consigo pronunciar un “Gracias” y tartamudeo al intentar preguntar algo más. El hombre del delantal lo nota y me dice:

—No se preocupe. El espejo de siempre, ¿verdad?

Sin esperar mi respuesta, sale de atrás del mostrador y me acerca un espejo mediano. Mi mano titubea, pero lo tomo y me miro. Siento terror por lo que voy a ver. Observo un rostro maduro de piel áspera. Unas cejas gruesas y oscuras. El ceño fruncido y los ojos pequeños, enrojecidos. El pelo castaño, una nariz ancha. Una quijada prominente y grisácea debido a una barba que apenas empieza a aparecer. La expresión de mi cara es triste, melancólica. Hay un gesto de delata incertidumbre y la mirada evidencia pánico, angustia, preocupación.

Me siento confundido. No puedo entender nada aún. Tiemblo por dentro y creo que se me nota en los labios pues se mueven en medio de un tic nervioso que no consigo controlar. Estoy pasmado. Ansioso. ¿Cómo será esa esposa que pronto vendrá a recogerme? ¿A dónde me llevará? ¿Tengo una casa? ¿Tal vez más familia? Esta gente sabe quién soy y, sin embargo, no me atrevo a preguntar nada.

Permanezco sentado unos diez minutos. Me miran, pero nadie dice nada más. Sienten pena, incomodidad e impotencia frente a mi situación. Un carro blanco y pequeño se estaciona en el parqueadero de la cafetería. Se baja una mujer de mediana estatura. Tiene pelo encanecido, corto y rizado. Lleva puesto un jean y un blusón gris de manga larga. Ingresa y me mira con pena, casi con ternura. El hombre del delantal, le dice:

—Buenos días, señora Lucrecia. Aquí está Don Manuel. Vino solito, parece que aún no recuerda nada. Me alegro de que esté bien, esta vez creo que fue más lejos que de costumbre.

—Buenos días, Luis. Muchas gracias por llamar. Sí, nunca había pasado afuera la noche entera. Nos asustó mucho. La policía ayudó en vista de las horas transcurridas. Me lo llevo. Gracias de nuevo.

La que dice ser mi esposa, retira el espejo de mi mano y se lo entrega al hombre que se llama Luis. Me toma del brazo y me dice al oído:

—Vamos, mi amor. Tranquilo. Como siempre, todo va a pasar. Ya verás. Vamos a casa.

Ella se acerca a la mesa donde está sentada la persona que me alzó la mano cuando entré y le dice:

—Gladys, yo te llamo más tarde —la otra mujer, nerviosa, asiente con la cabeza y sonríe.

La que se llama Lucrecia, me ayuda a entrar en el carro blanco y conduce cerca de quince minutos en medio de un tráfico espeso. No me habla, pero yo rompo el silencio y le digo:

—Perdón, pero no sé quién eres ni a dónde vamos.

—Manuel, soy Lucrecia, estamos casados desde hace mucho tiempo. Ahora no recuerdas nada, pero muy pronto lo harás. Siempre sucede igual. No tengas miedo, pronto estaremos en casa.

—Pero ¿por qué no me acuerdo de nada? ¿Qué es lo que me pasa?

Tienes un síndrome llamado Amnesia disociativa. Estás bajo tratamiento psiquiátrico y tomas medicación para controlarlo. Cuando tu mente está bien, tienes un claro conocimiento acerca de tu afección. El doctor Suárez, psiquiatra, te lo ha explicado todo con detalles, con profundidad y además tú lees, investigas y aprendes sobre este mal. Sin embargo, no se sabe la razón concreta que ocasionó esto en ti. A veces, ocurre por traumas físicos o psicológicos que el inconsciente intenta ignorar. En tu caso es muy probable que sea porque has vivido profundos estados depresivos y de ansiedad crónica desde que eras muy joven. Es lamentable pero estas lagunas mentales aparecen de imprevisto y en cuestión de segundos. No siempre puedo darme cuenta el momento en el que ocurre y tú aprovechas el menor descuido de mi parte para salir de la casa. No sabes cómo volver y te pierdes. A esto, los médicos lo llaman Fuga Disociativa, y es consecuencia de los estados de amnesia que lleva el mismo nombre. Estoy preocupada, cada vez los episodios de olvido son más largos, Manuel.

—¿Vivimos con alguien más? ¿Hago algo? ¿Trabajo? ¿Tengo alguna profesión?

—Tenemos dos hijos, Pedro y Amelia, pero son adultos y viven en sus propios hogares. Lucas, nuestro primer nieto viene en camino. Por el momento vivimos solo con nuestro perro Max, al que adoras. Tú eres arquitecto, pero desde hace algún tiempo, ya no ejerces más.

En aquel momento Lucrecia curva de manera cerrada e ingresa por un garaje con portón eléctrico.

—Llegamos —me dice—. Tremendo susto y espantosa noche que hemos pasado. Voy a llamar a los chicos para que sepan que ya estás en casa. De inmediato quiero que comas algo y descanses.

En cuanto cruzamos el umbral, un perro labrador que debe ser Max, salta y jadea emocionado, se apoya en mi pecho y lame mis mejillas. Debo amarlo mucho —pienso—, y lo abrazo también.

Observo la casa y me gusta la decoración. Los muebles y los cuadros. Los colores. Siento familiaridad y confianza. Me desagrada el reloj negro de la chimenea porque marca el tiempo, un tiempo que ahora no existe, que no entiendo.

La mujer que dice ser mi esposa se sienta en el sofá de la sala y hace varias llamadas desde su celular. No comprendo bien lo que explica. Habla con los hijos, luego con la policía, después con Gladys. Me acerco un poco, permanezco en silencio detrás de la puerta y le escucho decir:

—Amiga, creo que tendremos que tomar una decisión y hacer lo que nos ha sugerido el Dr. Suárez desde hace tiempo: Internarle por su propia seguridad. Nos ha dicho que le podrían aplicar terapia de hipnosis y es posible que con buenos resultados. La medicación cada vez ayuda menos —un silencio mientras escucha la voz del otro lado para responder—. No. No tiene nada que ver con el Alzheimer, Gladys. Es otra cosa muy distinta. Voy a conversar con los chicos para decidir. Te llamo en otro momento. Ahora quiero que Manuel desayune, tome la medicación y se duerma.

Empiezo a recordar: Lucrecia. Pedrito y Amelia. Max. El Dr. Suárez. Gladys. Luis, el de la cafetería. El nieto que pronto nacerá y que se llamará Lucas. Yo, Manuel Méndez, la arquitectura y mi enfermedad mental. Las amnesias y las fugas disociativas. No quiero que me encierren. Camino en silencio hacia la puerta mientras Lucrecia va a la cocina. Giro la perilla y salgo sin hacer ruido. La dejo entreabierta para que no se escuche el sonido al cerrarla. Me dirijo hacia la parada de autobús. Esta vez sé muy bien quién soy yo. No voy a quedarme en el barrio, ni en la ciudad. Me voy lejos, hacia el norte. Avanzaré por aquel llano que conozco cerca de la frontera. Atravesaré el bosque. Bajaré a la quebrada. Cruzaré el río. Sé dónde está cada sitio, cada espacio. He estado ahí varias veces. Ese lugar es preciso, apropiado. Escucharé perplejo el canto de los pájaros. Me quitaré la ropa y el sol cubrirá mi cuerpo desnudo. Sonreiré complacido cuando el viento me acaricie la piel, pero al final lloraré. Lloraré a mares porque estaré consciente. Lloraré a gritos porque sabré que soy Manuel Méndez. Evocaré con claridad a mis padres, a esa infancia triste e injusta, solitaria. A mi baja autoestima, al bullying de la escuela. Al terror por los demonios y a las pesadillas. Lloraré porque ya no podré olvidar más, porque las lagunas mentales no aparecerán, aunque yo las invoque y las llame y las añore, pero, aun así, no vendrán. Lloraré porque todos estarán acechando en mi pensamiento cuerdo y diáfano, incluso Max con su amor y mi familia con su preocupación y cariño, pero también la amenaza de la Institución para enfermos mentales y el pánico infernal. Lloraré porque ya no podré eliminar mis remembranzas y así, en ese estado de lucidez, no querré volver nunca. Nunca más a mi pasado. Mi cabeza se volverá de piedra para no pensar, ni imaginar, ni reflexionar. Todo mi cuerpo será una roca insensible.

Los recuerdos de quién he sido, se fusionarán con mi espíritu, ese que no deja huellas de su trayecto, ni pistas, ni vestigios, ni rastro alguno de nada.


María Dolores Cabrera (Quito, 1962). Estudia en su ciudad natal y en 1984, egresa de la carrera de Psicología Clínica. Posteriormente, ingresa como miembro del Taller Literario conducido por Abdón Ubidia, destacado escritor ecuatoriano. Luego, años más tarde en 1998, publica su primer libro de doce cuentos titulado Mas allá de la piel; en el año 2010, un segundo libro, también de doce cuentos: De nuevo tus ojos. En el 2012 presenta su primera novela, Te regalo mi cordura; en el año 2016, una nueva novela con el título Cuando duermen los Jilgueros, en el 2018, la novela: Pinceladas (Bosquejo de un trastorno). Recientemente ha retomado el cuento con Siempre de azul (2021).


Foto portada tomada de: https://bit.ly/3goZ71q

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