Pedro Gil: demasiado poeta para morir | Marcelo Cruz González

Por Marcelo Cruz González

“En el país nadie como yo,

en cuanto a artistas borrachos se refiere.

Nadie.”

El Ángel recaído.

“cuando me lancé

al Estero Salado

los ahogados me salvaron.”

Rescate.

El poeta Pedro Gil (Cortesía: Marcelo Cruz)

Esto no es una reseña, en el rigor de la palabra, si acaso, una despedida a un amigo, un maestro “una buena persona” como diría él, el poeta más poeta que yo leí, o el maldito de malditos como muchos le decían. Pedro Gil (Manta 1970) murió el lunes 24 de enero de este año…

Se dice que un artista –en cualquier campo– tiene dos posibles muertes: su ausencia física y el olvido de su obra. Doy vueltas en mi cabeza, sobre todo esta última. Podría empezar un canto mítico, para nutrir ya el genio y figura de Pedro; podría enlistar varios autores “malditos” o hermanos de vida y obra, con él hablamos sobre algunos: Vizcarra, Teillier, Foster Wallace, Caicedo, Roth, Ledesma, etc.

“…La vida no es un sueño, y tampoco es realismo mágico”: me decía por teléfono la tarde que le llamé para agradecerle su libro: El Ángel recaído. Me dijo que hablemos en mi programa, le dije que sí; acordamos una fecha y se borró de mis contactos… hasta nuevo aviso. Cayó preso…

Pedro nació la madrugada del 18 de mayo, así versa en su poema “Breve biografía”:

“Madrugada de un 18 de mayo
Ahí está mi madre
fresco aun el crisol de su entrepierna,
sudando y pujando dolores
 para que luego venga yo.”

Pedro escribía desde las recaídas y los encierros, aquello que él mismo denominaba poemas demoniacos, “porque soy yo: un demonio buena gente Marcelo. Yo soy como la muerte, he visto mi parentesco con la muerte, en uno, en dos, en tres Delirium Tremens, la muerte como la vida tienen sus demonios. Yo los escribo porque si no…”

Escribir para Pedro era leer, leer con calma en una cama casi descuajeringada, en un colchón que casi se desinfla, pero era mejor que nada, en vez de los portales y el frío que muerde, como muerde el hambre o el desespero de no tener para el arriendo.

Para Pedro sus dioses eran mortales, varias veces leyó algo mío y con ternura decía: “Usted tiene algo, pero lo esconde, Marcelo usted es de los caballeros que saben lo que dicen, dígalo, y sosténgalo no recaiga como yo: «Las recaídas son para mí/ como el ataque de pánico que precede a los epilépticos/ Se recae en el odio, en la corrupción, en la droga y el licor/» las recaídas son inmortales Marcelo.”

Pedro tenía una memoria de elefante. Recordó la noche que nos conocimos allá en 2016: Una gabardina color café, un sombrero corto y una mano en el bolsillo.

—Pedro Gil, el poeta… —dijo el intermediario con su aliento a trago barato conseguido en la esquina.

—Sé quien es —respondí, dando mi mano.

—La migraña tiene su nombre (Un poema malo que escribí y leí en ese evento de facultad). Me gusta eso —me dijo Pedro sujetando mi mano.

Nos agregamos al Facebook y empezamos a hablar, que Poe, que Vallejo, que Baudelaire y los Pink Floyd, todos los días hasta el 21 de enero de este año cuando Pedro me pasó un poema suyo y luego me envío su último poemario.

Pedro fue un lector brutal, un lector amante, un lector a todas luces, leía porque así sentía cerca a su padre: “Mi padre, mulato, alto, bueno y borracho. Esmeraldeño. Aprendió a leer solo, en el cuartel, me decía siempre.”

“…No soy maldito, ni bendito, si por si acaso soy poeta y borracho público. He pasado más tiempo en hospitales psiquiátricos y cárceles y centros de rehabilitación”. Pedro y su obra son el ejemplo de cómo la vida/convalecencia posicionan la voz de quien fuera el poeta mas importante de su generación, algo que a él le importaba poco o nada. Lo nominaron para un premio, pero no se lo dieron porque las grandes figuras pusieron el grito en el cielo. Pedro se les rio en la cara, porque le bastó su “cuarto de fama”para demostrarles que Pedro nació poeta, que su obra es el resultado de tallar en carne viva algo que este vivo.

A Pedro no lo mató la cirrosis, o una sobredosis, o la mala leche de muchos que quisieron ser sus “amigos”. Pedro murió el lunes 24 de enero; un auto y un chofer fueron responsables. De los jodidos golpes que le dieron a Pedro, de este no se levantó. Su poema “Jodidos golpes me han dado”, dice así:

 “Linda noche para morir.
soledad y lujuria,
el plato fuerte.

amantes, amigos, autoridades,
jodidos golpes me han dado.
si supieran lo que llevo adentro:
legiones de diablos
que no me dejan dormir.

pero no tiro la toalla.
si quieren pelear sucio
aquí me tienen:
poemas que son ganchos
al hígado y alma,
esa es mi especialidad.

hagan ustedes lo mismo,
el que quiere llegar al cielo
debe volar.
lindo consejo para morir.”

Perdonen, pero me puse sentimental, lloro al transcribir su poema, lloro y recuerdo: «No Marcelo, los poetas duros no lloran», pero yo no soy poeta Pedrito… Lo eres, eres más poeta que los que dicen serlo y eso ya es mucho decir.

Hasta siempre Pedro Gil. Demasiado poeta para morir.


Marcelo Cruz González. Comunicador. Estudió en la Universidad Central del Ecuador. Es redactor de Metro Ecuador, columnista en Espora, bibliotecario en la Biblioteca José Moncada del IAEN. Mantiene un programa sobre literatura en la Radio de la Casa de la Cultura: “El galpón de los cuentos vivientes”.

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