“La novela de Perón” de Tomás Eloy Martínez | Fabricio Guerra Salgado

Por Fabricio Guerra Salgado

Es 1973. Tras dieciocho años de exilio, el general Juan Domingo Perón se apresta a arribar a Buenos Aires, en donde millones de seguidores y descamisados lo esperan ansiosos para ungirlo como líder y guía espiritual de una nación que, desde hace tiempo, ha perdido la brújula. Pero la lucha de facciones dentro del peronismo se ha tornado feroz. Izquierda y derecha se disputan el favoritismo del caudillo y la dirección del proyecto político justicialista.  

Entre la crónica periodística y la ficción novelada, el autor compone un verosímil retrato del personaje. Surge entonces el Perón marcial, populista, mesiánico, marcando a fuego el devenir histórico de la Argentina contemporánea. Héroe y villano, sumido en sus propias contradicciones. Admirador del Duce fascista a la vez que valedor de los desposeídos. Santo y seña de una era convulsa, plagada de conspiraciones, charreteras y fusiles. 

La obra recorre la época juvenil del general, su entrega incondicional a la carrera militar, su primer matrimonio con Aurelia Tizón, el misticismo de Eva Duarte o la exótica aparición de María Estela Martínez. Resulta llamativa la mutua desconfianza y tensión que siempre sostuvo con Francisco Franco, que, por cierto, fue quien le concedió el asilo español. De igual manera, sustanciosos son los detalles del desprecio profesado hacia Héctor Cámpora, aquel dentista bonachón que, tras ser elegido presidente, llegó presuroso a Madrid a prosternarse ante el líder y a colocarle la banda presidencial, en un gesto de canina fidelidad que solamente logró enfadar a Perón. 

En consonancia con la dicotomía peronista, emergen figuras antagónicas y excluyentes cobijadas en la misma bandera justicialista. Nun Atezana es el militante rojo, radical y adscrito a Montoneros, agrupación que exigía al general que, a su regreso, se instaure la patria socialista. Por otro lado, José López Rega, oscuro e influyente secretario, salido de la nada, mueve los hilos del poder y manipula a su antojo. Conocido como el Brujo, por sus aficiones esotéricas y astrales, constituyó la cara más visible del conservadurismo retrógrado, llegando a promover la temida Tiple A, entidad clandestina responsable de crímenes innumerables.  

Así, dadas estaban las condiciones para un fatal desenlace. Horas antes del aterrizaje del avión que traía de vuelta a Perón y su comitiva, en las zonas aledañas al aeroparque bonaerense, se enfrentaron las distintas facciones. Un grupo de matones pertenecientes a las bases sindicales derechistas, a las órdenes de López Rega, cargó a tiros contra distintas células de las juventudes de izquierda.  

Este episodio, denominado la Masacre de Ezeiza, definió la ruta que habría de tomar el proyecto peronista, el cual terminó inclinándose hacia el ala más reaccionaria del movimiento, en detrimento de los sectores zurdos y combativos, a los que, el propio general se encargaría de expulsar meses más tarde, tachándolos de “estúpidos e imberbes”, durante un multitudinario mitin en Plaza de Mayo. 

Asumiendo ciertas licencias y libertades que posibilitan la reconstrucción de hechos reales desde un abordaje literario, Tomás Eloy Martínez afirmaba alguna vez que su narración está “tejida sobre el bastidor de la historia”, por lo que realidad e invención se funden, creando una versión personal de los acontecimientos, que intenta -y consigue- distanciarse de la tiranía del historicismo oficial.  

La Novela de Perón es también el relato conmovedor de la esperanza que las clases populares depositaron en un hombre. Encarnaba, el general, el anhelo de justicia social y empoderamiento de los de abajo. Aquellos que, aunque ya no lo reconocían en sus últimas arengas, tan funcionales al poder como distantes de las masas, lo lloraron pocos meses después, mientras velaban sus fotografías e imágenes en cada villa miseria, lejos de toda pompa y protocolo. “Resucitá machito, qué te cuesta”, sollozaba al unísono la multitud desconsolada y doliente.

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