“La naranja mecánica”, o la ultraviolencia que se rebeló contra Burgess | Richard Jiménez A.

Por Richard Jiménez A.

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

Novela escrita por el literato inglés Anthony Burgess (1917-1993) —fue un intelectual creador de más de 47 obras y cerca de 250 piezas musicales— la cual, muy a pesar de su autor, fue convertida en objeto de culto gracias a la película homónima dirigida por Stanley Kubrick en 1971, eclipsando así sus otros escritos. En un ensayo sobre el libro, aparecido en 1986, Burgess advierte: «Publiqué la novela A Clockwork Orange en 1962, lapso que debería haber bastado para borrarla de la memoria literaria del mundo. Sin embargo, se resiste a ser borrada, y de esto la versión cinematográfica de Stanley Kubrick es la principal responsable.» A esto habría que añadir la omisión del cineasta del capítulo 21, debido a que la novela llegó así al público estadounidense; capítulo que describe la transformación de Alex y su aburrimiento hacia la violencia, reconociendo lo ventajoso de la creación sobre la destrucción. Burgess, ante la sociedad de masas, quiso dejar en claro su renuencia a ser un apologeta de lo violento.

La naranja mecánica nació al tiempo que su autor había sido diagnosticado de un tumor cerebral inoperable. El escritor se empeñó en producir incansablemente y así dejar legado para que su posible viuda viviese de las regalías de sus libros, sin embargo, la enfermedad le dio muchos años de tregua siendo que murió, irónicamente, de cáncer de pulmón en 1993.

La historia, narrada en primera persona por el drugo Alex, está basada en un hecho real: en 1944, en plena Segunda Guerra Mundial, durante un oscurecimiento en Londres (apagón controlado para evitar bombardeos enemigos), cuatro marines estadounidenses agredieron, robaron y violaron a la esposa de Burgess, incluso provocándole un aborto. Este acontecimiento lo marcó, siendo que, muy posible, lo haya hecho escribir acerca del ejercicio de poder y su influjo sobre los demás. En La naranja… el poder de los fuertes recae sobre los débiles: los málchicos (sociópatas) lo ejercen sobre los chelovecos (individuos), en especial starrios (viejos), indigentes, intelectuales y mujeres; los militsos (fuerza pública) lo hacen sobre los prestúpnicos (delincuentes); y el Gobierno sobre los ciudadanos, al pretender establecer un orden transgrediendo el albedrío y la individualidad de estos.

Cabe decir que la hoja de ruta de la novela atraviesa los principales atributos humanos: el amor a la agresión (Eros y Thanatos / el sexo y la muerte), el amor al lenguaje (Eros y logos) y el amor a la belleza (Eros / lo estético y lo lúdico). La violencia, la destrucción y la muerte serían la tramoya.

En cuanto al primer atributo, la pulsión sexual de Alex, sumada a su narcisismo inescrupuloso, le inclinan al sadismo y a la falta de empatía en su actuar. Se presenta como el gran líder ante sus drugos (amigos), a quienes constantemente minimiza, en especial a Lerdo; también rivaliza con otras pandillas, como la de Billyboy. En un pasaje de la historia se comporta salvaje en el unodós (copular) con las niñas de diez años que conoció en la tienda de discos; en otro, viola a la mujer de un escritor, al que los drugos atacaron en una visita sorpresa. Este sociópata no sabe diferenciar entre el bien y el mal, para él resultan ser lo mismo. La muerte de las personas no le hace mella. Hace el mal porque le gusta y considera que es una fuerza necesaria dentro de la historia humana, pues los humanos constan tanto de bien como de mal. Para él, la sociedad es la que no permite el mal, porque no admite la totalidad del individuo en todas sus facetas.

Alex explota a los demás, y al ser manipulador y arrogante se aísla; sus padres le temen, e incluso, cuando este permanece en prisión le buscan un reemplazo que haga las veces de hijo modélico. Sus supuestos amigos le tienden una trampa y posibilitan que sea capturado tras un acto de ultraviolencia, además, cuando uno de estos y Billyboy se pasan al lado de la Ley, operan una venganza cuando el pequeño Alex cae en sus manos. Nuestro personaje principal en lo eventual queda solo, salvo por la compañía del fiel lector.

Sobre el amor al lenguaje, este se lo puede percibir en la creación del nadsat por parte de Burgess. Según se sabe, al haber sido lingüista y políglota, inventó esta jerga juvenil basado en lenguas eslavas, el inglés y alguna palabra gitana. También desarrolló el lenguaje prehistórico de la tribu Ulam, utilizado en la película En busca del fuego (1981). La palabra ‘nadsat’ significa adolescente y su invención, según el mismo Burgess, tuvo como finalidad relegar el impacto de la violencia y de la pornografía, ocasionando que la lectura se vuelva una aventura lingüística; «un curso de ruso cuidadosamente programado», a decir del autor. Es por ello que, en el lector, está la decisión de leer todo de corrido o consultar los significados en el glosario final, que no fue incluido en la edición original, sino en la inglesa de 1972, publicada por Penguin Books y con la colaboración del mismo Burguess. Sin embargo, la mayoría de las palabras se las entiende en contexto y así el lector se evita cortar la fluidez de la narración.

El tema de la belleza —lo estético— está enteramente abordado con la presencia de la música, misma que aparece a lo largo de la novela, sobre todo en momentos determinantes. Burgess perteneció a una familia ligada a la música, su padre, Joseph Wilson, fue pianista; y su madre, Elizabeth Burgess, fue cantante y bailarina. Él, por su parte, compuso su primera sinfonía a los dieciocho años. Ante esto, no extraña que la estructura de la novela siga la de un aria operística, es decir, estar dividida en tres e ir relacionando la primera parte con la tercera: el capítulo 1 de la primera parte se relaciona con el 7 de la tercera, el 2 con el capítulo 6, etc. También la repetición de frases y muletillas, como «¿Y ahora qué pasa, eh?» o «hermanos míos», dotan de una cadencia especial a la narración.

Alex adora la música clásica, empleó la fuerza para que sus drugos la respeten cuando Lerdo se burló de una muchacha que estaba cantando una ópera que le gustaba. Conoció a las dos chicas, con las que tuvo un encuentro sexual, mientras compraba un disco de Beethoven que estaba buscando. Hay un busto del mismo en la casa de la vieja a la que asesina, y por la que fue sentenciado. En el camastro de prisión soñó con el compositor, con la Novena Sinfonía, último movimiento, y esta melodía es la que lo acompañó cuando se enteró que cometió homicidio. Le permitieron volver a acercarse a la música al dejarle poner las canciones en la Iglesia de la cárcel. Al participar en la muerte de un preso homosexual, la paliza dada a este hizo que sueñe ser parte de una orquesta dirigida por Beethoven y Handel. Finalmente, la técnica de Ludovico, que fue su boleto de salida de prisión, ocasionó que sintiera asco al escuchar música y de esta manera se trastocara ese placer estético. Y esta, puesta como método de tortura, hizo que salte por la ventana buscando la muerte liberadora.

Nuestro personaje es la naranja predicha por el escritor F. Alexander, víctima de los drugos, pues justo antes de recibir una dosis de ultraviolencia estaba escribiendo La naranja mecánica y Alex, irónicamente, leyó el párrafo donde su autor exponía su oposición a que al humano se le impongan leyes. Para él, todos hemos crecido de un árbol común plantado por Dios, como si fuésemos frutas, pero la sociedad se ha encargado de volvernos máquinas para no crecer al natural. Es de aquí de donde surge el debate en torno a la moral: ¿es conveniente dejar a su libre albedrío a los humanos, o la sociedad debe imponerse y dictaminar lo mejor, así pase por encima de la libertad de cada uno?

El tratamiento de Ludovico —aplicado en el Instituto Estatal de Recuperación de Criminales—, siendo altamente conductual, convierte a Alex en una naranja mecánica, en un mecanismo de relojería que no elige el bien por decisión ética; este deja de cometer delitos y hacer el mal por imposición y por la supresión del reflejo criminal, lo hace solo para dejar de sufrir. Lo paradójico es que su perdición fue, precisamente, fruto de una elección libre, pero, a su vez, dicha elección le privó de la libertad moral de elegir lo correcto o lo incorrecto. La falta de albedrío hace que decida suicidarse al haber perdido su condición humana. ¿Son acaso el Gobierno, los políticos o la sociedad dueños de los individuos? Sobran ejemplos reales, dígase proyecto MK Ultra o Proyecto ARTICHOKE. De pronto estos drugos ultraviolentos, antisociales, tan solo son fruto de un contexto determinado y solo son la cuña del mismo palo, los verdugos de la sociedad.


Richard Jiménez A. (Neal Moriarty). Escritor a ratos, Licenciado en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica del Ecuador y Máster en Estudios de la Cultura (Mención Literatura Hispanoamericana) por la Universidad Andina Simón Bolívar, sede Quito. Fundador y miembro activo de la Revista Literaria Independiente Matapalo y Revista Heptaedro. Ha colaborado en varios cafés filosóficos y recitales poéticos en Quito. Ha participado en talleres de escritura y lectura precedidos por escritores como: Huilo Ruales Hualca, Juan Carlos Cucalón y Raúl Serrano Sánchez. Investigador independiente, redactor de contenidos en Revista Súper Pandilla (suplemento para niños de diario El Comercio) y documentalista en diario El Comercio de Ecuador. Ha publicado una biografía novelada sobre el poeta Gastón Hidalgo Ortega, dentro del libro Los 7 que fueron cinco, y viceversa (2017).

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