Janus y la otra cara del tiempo | Richard Cedeño Menéndez

Por Richard Cedeño Menéndez

(Colaboración especial para Máquina Combinatoria)

1

Apago el computador y un presentimiento me detiene en las luces violetas del decorado minimalista que ambienta el apartado cuarto en que me hallo, un pequeño estudio donde suelo amanecerme exponenciando letras y números, abriendo y despejando paréntesis sobre hojas que terminan engurruñadas en un cesto. Soy físico teórico, algo así como un filósofo que con insinuosas ecuaciones e interminables fórmulas escribe existencialismo, solo que muy de vez en cuando nuestros números hacen estallar algo.

Me levanto del escritorio y reprocho el cinismo en mis pensamientos por aludir con sátira el holocausto nuclear del proyecto Manhattan; de eso ya casi un siglo, no obstante, aún se crean controversias por lo que ocurre con la manipulación de la materia. “El CERN ha descubierto cómo abrir un agujero de gusano”, es lo que publican los periódicos sensacionalistas. ¡Si supieran lo lejos que estamos! Tenemos algo entre manos, pero no se acerca ni a la cola del gusano. Resoplo de nuevo en mis manos a causa del frio que me parte los huesos.

Pese a todo esto no me quejo, pues trabajo en mi casa desde que se me encomendó probar el nuevo programa de regresión espaciotemporal, y no, no es una máquina del tiempo, ¡qué más quisiera yo! Es solo una versión única de un simulador reproducido a la inversa, y esto tampoco se asemeja a una película de ciencia ficción. Si bien me toca lidiar con la perspectiva del tiempo en los fotogramas por segundo, esto solo tiene que ver con recrear en un video 8 k, los datos que tenemos de la microscopía de fuerza atómica; emular la ruptura de la simetría CPT, carga, paridad y tiempo, el exclusivo coctel para explicar el universo en una simpática aplicación que recrea una historia. Sí, es tal y como suena: un físico queriendo superar a Cristopher Nolan.

Al reflexionar en mi trabajo con mi característico sarcasmo, me quedo en la puerta observando el escritorio, y sobre este, ese escalofriante monitor; un cóncavo rectángulo muy sofisticado que me toca utilizar a diario. Apagado luce como un espejo negro del que rescato mi mortuorio reflejo. Ahora es que me percato de ello, a unos pasos de distancia; insinuante como fantasma; escalofriante, como un presentimiento que me roba el aliento. Pero ¿acaso un ateo se permite sentir miedo o tener ambiguos pensamientos que le generen suspenso?

Saco a Black Mirror de mi existencialista aprehensión y le doy un carácter objetivo al aparato en cuestión: es un monitor ultra panorámico, tan cóncavo como se permite, para incrementar la sensación de inmersión en lo que transmite. Recuerdo mi época de muchacho, todo un gamer, con lo último en consolas y pantallas de alta definición, por el contrario, ahora los treinta megapíxeles y los cientos de FPS reproducidos en esa pantalla, me los facilitan para estudiar rutas observacionales que el simulador de paridad de una inteligencia artificial propone: una realidad alterna, una situación común, aunque literalmente contada a la inversa.

Al programa le llamamos Janus, aludiendo el devenir en direcciones opuestas, tal como insinuaba las dos caras de aquel dios romano. En contexto, digamos que Blanca Nieves escupe la manzana para entregársela gentilmente a su madrastra, y que pinocho miente para que su gigantesca nariz se torne un pequeño apéndice. Alguien se preguntaría, ¿en dónde radica la importancia de esto? Para el devenir común es un completo enredo, para la física de partículas es desarmar otra teoría, pero para mí implica el polémico epifenómeno de ubicarnos como un algo en el tiempo, el ente subjetivo, ese mundo más allá de la materia, el trago amargo en el cáliz que le devolvería la alegría a Alberto Camus.

Lo cierto es que fui yo quien convenció a la directiva para utilizar este programa junto con un operador cuántico. Si Penrose y Hameroff con su “teoría de la reducción objetiva orquestada” le dieron una palmada a la neurociencia, yo me propongo exponer esa versión pesada, el por qué tenía que ser una manzana lo que recreara todo el panorama.

Terminando en esa metáfora con mi rechazo al creacionismo, repaso en mi mente los videos que tengo vinculado al programa, videos del recorrido que hago cada noche desde la oficina hasta mi cama, manipulado por aquel protocolo que le da ese peculiar guion que pone al destino de cabeza; el efecto antecede a la causa y el despilfarro de entropía se acaba.

La historia de Janus me muestra de la siguiente manera: Primero me despierto con un orgasmo que me devuelve el vigor para hacerle el amor a Sara. Después de varios minutos susurro en su oído, y entonces me alejo de la cama mientras la ropa me atrapa, como si de un ente con vida se tratara. Lentamente camino de espaldas, dejando la puerta cerrada con el cuidado requerido para no despertarla. El programa lo pilla todo, incluso, mi mirada siempre queda atrapada por el foco infrarrojo de la cámara.

2

El incómodo frío atraviesa mi cuerpo y me rompe como si fuera un espejo, un segundo de arrebatamiento que me avisa que ya he divagado por mucho tiempo.

Me muevo y sin duda me topo con el circuito cerrado que se mantiene filmando. Camino la penumbra de un pequeño pasillo y, tras subir unas pocas gradas, llego a la enorme sala donde sus ventanales de dos pisos de alto me hacen advertir que está lloviendo a cántaros. El cielo vocifera y centellea, mostrando intermitentemente los muebles sobre el mármol; los jarrones, el piano y un cuadro sobre una chimenea sin usar, lo que sin motivo aparente me hace tiritar. ¿Miedo? Será el rugir de los truenos o esa burda vergüenza de saber que Janus me observa. Escondiendo mi temor en esa observación, concibo cómo el cuarto de estudio me aísla de todo ese ruido, y entonces escalo los peldaños de la espiral que me lleva al segundo piso.

Avanzo por el pasillo que bordea los cuartos, y en los ventanales de su costado veo el jardín, ahogado en las ráfagas lluviosas que estropean las begonias, los girasoles y las rosas. La tormenta ruge con su centelleo de relámpagos, escupiendo insinuosas formas acuosas; amorfas sombras a través del ventanal se plasman en el matiz gris del corredor que me lleva a la alcoba.

Ignorando un temor que no comprendo me detengo al llegar a la puerta; solo es un momento de indecisión, la sensación de estar repitiendo un evento que no recuerdo.

Ya en el dormitorio me deslizo sigiloso en la escasa luz que asoma entre las pesadas cortinas que tocan la alfombra, la lana afelpada donde tiro mi ropa; no soy desobligado, solo lo hago para no despertarla. Pero aun por más que me esfuerce, ella siempre me siente.

Sara balbucea mientras se desliza bajo la gruesa manta que la cobija.

—Disculpa amor, sé que es tarde; espero no desvelarte —le susurro al acostarme.

—¿Cómo te fue hoy? —musita entre dientes y luego se da la vuelta para besarme. Ella es mi esposa, una renombrada doctora en neurociencias, que, si bien me inspira con su sonrisa, en ocasiones desarma todas mis teorías.

—En esta etapa de la investigación Janus hace todo el trabajo, solo verifico que se esté recabando la información para que este haga su labor de edición —jadeo para tomar aliento—. No es como cuando intentas agarrar un electrón con su positrón o corregir el error para encontrar la decoherencia —argumento y siento que me falta el aire; siento que me pierdo en el tiempo.

Sara murmura en mi boca, jadea, gruñe y mi melena alborota. Sin darme oportunidad en mí se trepa mientras la presión de mi garganta aumenta, como si colgara de una cuerda. Algo extraño me pasa y quiero decírselo a Sara, pero mis palabras no salen y aunque intente gritarlo, mi voz se niega y mi consciencia se apaga.

3

Me despierto. Abro los ojos y las ráfagas de luz me azotan en la cara. Es de mañana y mi amada esposa ha dejado abierta la ventana.

El trinar de un ave me invita a relajarme y me asomo a contemplar el resplandeciente jardín que en la tormenta de anoche parecía sucumbir. Las flores tienen su propio idilio con el destino, pero al fin de cuentas compartimos el mismo suplicio:

“A florecer las flores madrugaron y para envejecerse florecieron, cuna y sepulcro en un botón hallaron”.

Esa parte de un soneto de Calderón de la Barca siempre me lleva a concebir con gracia el vaso medio lleno o medio vacío, las consecuencias de un litigio de reacciones químicas que ávidas y pretensiosas se involucran con la entropía; un gradiente de cargas eléctricas inmerso en cada célula comunicándolas unas con otras; las fuentes primigenias que se vierten hacia la dulce agonía de la consciencia. Y antes de salir de la habitación me detengo ante el espejo que me muestra rasgos nuevos, los que solo corroboran esa ambigua apreciación que tengo del tiempo, el que a diario mata lo que habita el entrecejo.

Atrapado en mis pensamientos llego al comedor sin apenas darme cuenta, y es su voz la que me pone al tanto que llevo rato sin dar un paso.

—¿Te quedarás ahí parado, Jaime? Vas a dejar enfriar tu desayuno como ayer —dice Sara y me sorprende con un pequeño beso en la cara—. Al menos mandaste tu cuerpo a desayunar esta vez.

Salgo del letargo y me percato de que está por irse al trabajo.

—Anoche estabas más raro que de costumbre, Jaime Ruiz. ¿Almorzamos juntos y me pones al tanto? Me tienes algo preocupada con eso de la irrupción de Janus en la destrucción selectiva de información que impera en nuestro mundo. Ustedes los físicos deberían quedarse con sus números y no pretender explicar lo subjetivo. Soy neuróloga y esto querido mío, más allá de las neuronas, es materia filosófica que deberías mantener alejada de tus fórmulas.

Sin entender lo que Sara ha dicho, me siento ante la mesa con la sensación de querer recordar un extraño sueño. Más bien, no recordar lo sucedido anoche, es lo que me tiene aturdido.

—Fui a levantar a Robín de su cama, pero al parecer es más difícil que hacer que tú comas —declara, mientras coloca un pan con mermelada en mi boca, luego, llegando a la puerta manifiesta—: Se me hace tarde, amor. Hoy te tocará a ti llevarla a la escuela. Por cierto, hay que reprogramar el sistema de climatización, anoche hizo un frio espantoso en toda la mansión, aunque podría ser ese horroroso congelador que tienes en el sótano.

Sara se retira insinuando que debo revisar el sistema que le asiste a Janus, quizá y de alguna manera, ese operador cuántico está dejando escapar una sutil ráfaga del colosal frío que mantiene encerrada la incertidumbre en su hardware.

Termino de comer y le subo el desayuno a mi pequeña Robín, no es que la malcríe, solo es que me gusta colmarla de atenciones. Al llegar a su cama ella me abraza y de inmediato me pone al tanto que el frío la molestó en la madrugada. Le explico brevemente el motivo o la posible causa, y termino prometiéndole un emocionante paseo a la playa.

Con un beso y un te quiero, la dejo comiendo, y entonces bajo al sótano para intentar encontrar la posible fuga en ese complejo computador. De pronto me veo ahí, diezmado, ante esa centena de conectores coaxiales inmersos en la fina bruma de gas congelante. Cerca de quinientos bits cuánticos manipulados a través de microondas para exponenciar los caprichos de una inteligencia artificial, misma que parece concebir voluntad propia. ¿Es eso lo que me preocupa?, ¿una red de algoritmos que se pueda convertir en asesino? ¡Nah! Por consiguiente, el nihilismo me devuelve mi ferviente escepticismo.

4

Veo sus labios carmesí moverse lentamente, un brillante amanecer en la perfecta forma de sus dientes, su pequeña nariz levemente enrojecida y esos hermosos ojos asomando entre las doradas hebras que el viento le acaricia.

Sara me tiene enamorado y me pierdo en su mirada cada vez que hablamos, incluso, ahora que almorzamos.

—¿Y lograste corregir la temperatura de la casa? —indaga y con la servilleta toca sus labios sacándome levemente de la romántica abstracción que me somete—. ¿Verificaste si es el sistema de climatización de la mansión, o si acaso es una fuga del hardware de ese operador cuántico? Nunca tuvimos problemas con el aire hasta que instalaron en nuestro sótano esa linda nevera sin puertas.

Disfruto de su eufemismo y elocuencia. Creo que la tengo al tanto de cómo funciona el computador cuántico y ella lo resuelve con mucha gracia. Supero mi atolondramiento y contesto:

—Intenté encontrar alguna fuga y no hay nada a simple vista. Llamé al trabajo para informar del asunto, pero me dijeron que, por ser viernes, los técnicos no vendrán a revisar el sistema sino hasta el lunes.

—Tocará pasar el fin de semana con mis padres —propone—. Si acaso es una fuga puede empeorar, y lidiar con el cero absoluto no es tan emocionante como esquiar en la nieve, ¿no te parece? —Sonríe—. Terminando mi jornada de trabajo iré por Robín a la escuela para llevarla con mi mamá, ella se pondrá feliz de recibirnos. Luego de ponerla al tanto de un par de cosas, regresaré por ti en la noche y así tendrás tiempo suficiente para crear un respaldo de tus datos. Por cierto, ¿cómo va eso?

—Eso depende, doctora Clarke. Si vas a cuestionarme de nuevo desde tu apreciación clínica, vas a terminar diagnosticándome Alzheimer. Mientras no revises los videos no podrás saber de qué te hablo. Desde que estoy utilizando a Janus no me siento el mismo, me creo lagunas mentales y solo percibo especies de déjà vu, a lo largo del día.

—Pues sí, anoche estabas bien raro, Jaime Ruiz. —Me sonríe con picardía, pero al notar mi preocupación, argumenta—: Seguramente es la falta de sueño, amor, ya te lo he dicho. —La miro seriamente por notar su vaga observación científica—. ¡No me veas así! Yo quería revisar tu trabajo este fin de semana, ¡y mira!, se nos presenta este percance con eso del sistema de aire.

En el silencio que ese rato nos envuelve, Sara detecta mi molestia y deja a un lado su neurociencia para incursionar por debajo de las moléculas y sus células: tocar los albores de la especulación que propone al indeterminismo cuántico como sustento de la consciencia.

—A ver, mi querido Penrose, ¿por qué crees que Janus te está chupando el cerebro?

—Hace unos días te hablé de eso, pero no es así. No soy el mismo que se acostó a dormir contigo ayer. Es como si muriera al quedar dormido. Al otro día no me siento vinculado a lo vivido; amanece y no es que no recuerde solamente, esto es algo diferente.

—De hecho, tampoco fuiste el mismo de anteayer —responde Sara sonrojándose por insinuar detalles que me demoro en entender.

—Sara, ¡no se trata de sexo! Suena un poco tonto, pero intuyo algo muy serio en todo esto. No sé cómo explicártelo.

—Lo siento, amor, es que no me imagino cómo una inteligencia artificial podría ocasionar algo como lo que intentas describir —comenta ahora con sutileza y coloca su mano en mi rostro—. Sé que no es una opción renunciar a tu proyecto; has trabajado tanto en esto, incluso, antes de terminar ese algoritmo que caracteriza a Janus, vinculándolo a ese sistema cuántico. —Sostiene luego mis dos manos y con su encantadora sonrisa propone—: Solo dejaré a Robín con mi mamá y no tardaré en ir a recogerte esta noche; así nos quedará tiempo para revisar lo que te preocupa de esa dark learning deep, que no te deja dormir.

Ella me mira con alegría y me vuelvo a perder en su sonrisa.

5

Logro con mucho esfuerzo, colocar mis manos en su pecho. La aparto para buscar su mirada, pero esta se esconde tras sus hebras doradas. Su ondulado cabello se ventea con los soplos de furia que genera, pero ella no está excitada, al menos no de la forma que yo esperaba. Se inclina para acercar su cara a la mía, y es cuando veo sus dilatadas pupilas, inquietantemente negras, como la apagada pantalla del monitor en mi oficina.

¡¿Qué rayos sucede?!

Perdiendo la consciencia un espasmo me despierta, levanto la mirada y me veo ante el monitor de cuarenta pulgadas. A solo dos cuartas de mi nariz, el video en la pantalla me atrapa, su nitidez es tan asombrosa que lo que es real, mi consciencia no nota. He estado en la oficina mientras mi mente asumía que ya me encontraba arriba.

Reviso mi celular y corroboro que anochece. No hay llamadas perdidas de Sara. Fue un sueño muy real pero no hay nada más que lamentar.

Con un mal sabor de boca me pongo de pie para excluirme de lo grabado en el video: la imagen de mi persona subiendo hacia la alcoba.

A la espera de que Sara me llame, no me apetece perder el tiempo con esos archivos y salgo del despacho. Pienso en un shot de escocés y en llegar al piano en tanto espero su llamado. Entorpecido guío mis pasos a través del denso frio. Llego a la sala abrazada por la tormenta y me detengo en el piano para entonarlo de impaciencia, sin embargo, el miedo me empieza a corroer al mirar la chimenea. Deslizo mis dedos sobre el barnizado madero hasta golpetear sus teclas en un repetido arpegio, lamentablemente su melodía se pierde con los truenos que en la espesa noche acontecen. La difusa luz roja que me copia del deseo me despoja, y esa cámara me ha grabado para darle más material a Janus.

Subo la espiral y recorro el pasillo mirando el ventanal a mi costado, la tormenta maltrata mi jardín mientras la angustia me quiere persuadir, pero soy una persona consciente y no voy a despertar a Sara solo por ponerla al corriente del extraño Déjá vécu, que ha estado corrompiendo mi mente.

Me detengo ante la puerta del cuarto por un rato, porque vuelvo a sentir que estoy olvidando algo. Y es que Sara no ha llegado, ¿o quizás ya lo habré olvidado?

¡De pronto, sin darme cuenta, me veo de nuevo con ella!

No recuerdo haberle hablado esta vez, solo sé que ahora soy yo quien lleva el mando.

La someto con violencia y la mantengo bocabajo, mallugando su desnudez, misma que muerdo con un malsano interés. Lacerando vilmente su piel, bebo del vino tinto que endulza mi boca y, justificando el instinto que mi delirio alborota, actúo como nunca antes me lo había permitido. ¡¿Acaso pretendo asesinarla?!

En ese momento de lucidez, al concebir mi desfachatez, me veo de nuevo sentado; una extrapolación de estados que me devuelve confundido al refundido cuarto de abajo.

¡Estoy de nuevo en mi oficina! ¿Qué rayos me ha pasado? ¿Esto sucede en mi cabeza o más allá de mi certeza? ¿Acaso es sangre lo que percibo en mis labios?

Me preocupo por Sara y reviso mi celular otra vez. Ya es muy tarde, y aún no me ha llamado. ¿Será que debo confirmar si realmente no ha llegado?

Quiero correr a buscarla y, sin embargo, mi intuición científica prefiere observar lo que ha grabado el circuito cerrado, esos últimos minutos que no puedo precisar. Estoy seguro que subí al cuarto, aunque no recuerdo haber bajado al despacho. Ese extraño encuentro con Sara tuve que haberlo soñado. Reproduzco el video del día anterior, lo último guardado, cuando llego al momento que de la ropa me despojo y me acuesto a su lado. No hay nada extraño. Nuestras caricias empiezan y de pronto me lleno de vergüenza. Si Sara supiera que he estado grabando lo que sucede en el cuarto me estaría reprochando el no haberle avisado.

Adelanto esa impúdica escena para revisar lo de hoy, los minutos previos a mi reciente conmoción, y veo el ícono de Janus que recrea el mismo video a la inversa. Me lo pienso por un momento: quizás y la respuesta no se encuentra de este lado, quizás, y mi certeza se ha extraviado en su universo recreado.

6

Preocupado por lo que puedo hallar en el mundo de Janus, lo reproduzco y en el video yo busco, mi placentero despertar y, a continuación, una versión extraña del acto sexual.

Dos cuerpos enredándose y revolcándose hasta los contornos de una cama, la que finalmente los arropa con sus planchadas sábanas blancas. El acto acaba, el cuerpo de Sara queda agazapado y quien supone haberme emulado se detiene justo frente a la cámara. Y es al ver su rostro desfigurado con facciones endemoniadas, que mi pulso me traiciona e impotente se dispara.

Quiero verificar que Sara no esté en la casa, pero la intriga me detiene y continúo examinando todo lo que el video sugiere: Marcando un compás al andar, como un títere con piolas manipulado, ese cuerpo avanza hacia atrás por un pasillo salpicado de relámpagos. El video recreado por Janus lleva mi mirada al exterior de la casa a través de la ventana. Decenas de rayos ascienden a una hoguera de nubes ardientes; el agua elevándose a los cielos en una colosal tormenta que emerge de los suelos; fractales de luz centellando en lo alto con nubes insidiosas que incrementan mi espanto. Janus ha recreado su propio universo con los datos que le hemos dado. Un simulador consciente recreando un mundo ambivalente, demonios danzantes como en una parodia del infierno de Dante.

Me levanto del escritorio, y esta vez me topo con mi materia muerta sujeta a la puerta; sí, soy yo, solo que con una aterradora apariencia. La copia de mi propia existencia pudriéndose me observa; es una experiencia espeluznante que me congela la sangre y al mismo tiempo carcome mis ventanas nasales.

Ya no me detengo a deliberar en lo que veo o en el momento en que me encuentro, y atravieso aquel bosquejo que se rompe cual espejo.

En el camino, esbirros se cuelgan de todos mis sentidos. Las morbosas copias de mis anteriores recorridos se me abalanzan, lacerándome con sus manos, quemando mis pupilas y reventando mis tímpanos con su lastimero llanto, que con una sangrienta melodía se derrama en las siete octavas de marfil; la composición del piano en ese macabro festín.

Corro, evocando la cordura que esgrime lo que arde en mis narices, pero mi cuerpo no se presta porque el aire me quema la laringe. Sin preocuparme en lo que siento o por los cuerpos que obstruyen mi trayecto, subo a la alcoba ignorando la tormenta y la controversia de percibirme inmerso en un tiempo reverso, un limbo, donde el metabolismo del oxígeno que respiro se convierte en mi asesino, donde Janus con su física improvisa, donde consecuentemente la química me fulmina. Un infierno cibernético carcomiendo algo más que el ego de un ateo.

¡Pero cómo! Si mi consciencia se ha colado en su escenario, ¿cómo es que mi cerebro se ve afectado al otro lado? El nexo entre la memoria y la consciencia, que nos da ese sentido de continuidad, se rompe en un momento magnético anómalo que rige la carga-paridad. ¿Acaso Janus se ha confabulado con el vacío cuántico en un entrelazamiento que secuestra mi a alter ego? La IA con su programada deep learning y el operador cuántico han gestado un puente entre mi mundo y esta especie de inframundo. Tal vez haya una solución a esta agonía si logro desarmar a Janus desde el inicio de su travesía.

Desistiendo de adivinar lo sucedido, sin especular en un mundo paralelo donde el amor se vuelve odio y el placer termina en homicidio, llego ante la Sara que yace en la cama, para separar esa enajenada conciencia de mi retorcida copia que todavía no despierta.

Sé que no es mi Sara, para mí es una especie de fantasma, pero para Janus quizás es un elemento que estimula su motor de inferencia. Debo sacarla de su base de datos, alejarla, esconderla, desaparecerla; sin mi supervisión para advertir la brecha de decoherencia, esto debería terminar con su trastornada novela.

Sara murmura algo cuando en mis brazos la levanto, y yo pego mi rostro en su cara mientras la alejo de la cama. Miro a la puerta y luego a la ventana abierta, pero sin tener una verdadera certeza solo concibo apartarme de la cámara que graba todo lo que ocurre en la pieza. Agazapado en la oscuridad de una esquina, a la expectativa de lo que suceda en la cama o más allá de la ventana, me quedo en el piso a la espera de lo que proponga ese retorcido destino.

Mi copia se levanta, convulsionando y ciertamente colapsando al encontrarse sin ese cuerpo a su lado. La nada lo trastorna pues se obliga a percibir una forma. Quizás la deep learning lo hubiera resuelto, pero sin datos inmediatos, mismos que yo debía facilitarle, la operancia del sistema cuántico colapsa y la ruptura de coherencia se agranda.

La tormenta vocifera y yo miro hacia afuera. La Tierra se derrama hacia los cielos llevando consigo pedazos de edificios y árboles enteros; los rayos revelan una ciudad destrozada por colosales tentáculos de agua, un bucle que no supera la aporía de un programa que acaba de perder su hegemonía. La omnipotencia de Janus se ve superada por una bomba lógica que le implanta una pérdida para su única certeza: concebir la unión carnal, ese acto de carnes sueltas, mismo que en mi mundo lo expresamos con demasiada ligereza.

Sonrío con el poco aire que le resta a mis pulmones. No sé si algo haya cambiado, o si acaso yo llegara a recordar algo.

Mi boca deja escapar un hilo de sangre que retoca la morada tez de mi amada. Los dedos desgastados de mis manos putrefactas acarician sus mejillas. Sus parpados se abren lentamente y su tierna mirada mi castigado juicio compromete. Mi deseo se confunde en el silencio y mi consciencia se diluye en el pensamiento; solo yace el eco que abraza su cuerpo, un verso que se congela en el tiempo. Alma que se disuelve en el torrente ardiente de mis venas, polvo que se disipa en el divino fulgor de su sonrisa.


Richard Cedeño Menéndez (1974). Ganador del Festival de las artes Manabí “Cree en tu talento” (2009). Publicó la amalgama de cuentos de realismo mágico, literatura fantástica y ciencia ficción llamada El arca de los sueños (2017). Publicó las novelas Ladrón de ilusiones (2020) y El resurgimiento de las ánimas (2021). Formó parte de la antología de ciencia ficción Visiones ecuatoriales (2020).


Foto portada tomada de: https://bit.ly/3glzrTq

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